A debate

Feminismo en Cuba: el camino de la sospecha

Diarenis Calderón

Curadora de artes visuales. Activista e integrante de la colectiva Afroqueer Nosotrxas.

Sí, podemos hablar de feminismo en Cuba desde hace años. En la historia hubo muchos sucesos que lo narran, en mi criterio: desde el siglo XIX, cuando el sufragismo en Cuba tomó voz a través del Club Revolucionario cienfueguero “Esperanza del Valle” (fundado en 1896) y su  representante Edelmira Guerra (186?-19?), así como otras: María Luisa Dolz y Arango (1854-1928) y Aurelia Castillo de González (1842-1920)

Hay varios ejemplos: en 1912, en La Habana, el Partido Nacional Feminista, presidido por  Amalia E Mallen; el surgimiento del Club Femenino de Cuba y luego la Federación Nacional de Asociaciones, que organizan los Congresos de mujeres de 1923 y 1925; o el feminismo negro, comenzando por Inocencia Valdés (1868-1952), desde 1925, pasando por la revista  Avance, en 1935.

Algunos hitos son el derecho al voto femenino; también lograr la independencia y reivindicaciones de la mujer en entornos domésticos, económicos, académicos y sociales; la idea de asistir a estudios superiores o poder trabajar fuera de casa como obreras; crear una estrategia de alianza, afinidad e integración para empoderar a un mayor número de mujeres y afianzar intereses  comunes.

Además, elevar la conciencia social de las mujeres; el derecho al divorcio, con una ley en 1918 y, anteriormente, en 1917, la ley de la Patria Potestad; la creación de la cárcel de Guanabacoa, donde las reclusas tenían derecho a la instrucción primaria y se les garantizaban camas, ropas, alimentos y clases de corte y costura.

Entre los tropiezos se puede mencionar: el distanciamiento de las luchas y realidades de las mujeres negras por parte de las feministas blancas, quienes solo las veían por su condición de obreras…

La existencia es viva, a veces con mayores aciertos que otras, desde mi punto de vista. El feminismo surge en la isla para transformar la vida de las mujeres, movilizar la situación cotidiana y cuestionar las visiones androcéntricas y fálicas de la ordenanza cívica cubana y todas sus aristas.

Durante mucho tiempo, la idea de ser feminista era una mala palabra, una manera de visibilizarnos en contra de los hombres, alejadas de los asuntos del hogar y la maternidad, como mujeres que renegábamos de nuestras supuestas tradiciones y herencias de responsabilidad. Lo que trae como consecuencia que algunas personas satanizaran el feminismo, su existencia y participantes, entrando en negación con todo lo relacionado con la lucha por las reivindicaciones femeninas. Eso supone una ganancia para la opresión patriarcal, una manera magnífica de separarnos y hacernos ver como locas indeseables, insatisfechas y hasta tristes, desesperadas por cambiar la tradición.

Es un movimiento que aún no tiene la presencia ni la fuerza organizativa que se desea. Falta cohesión entre todas las  participantes que acogemos la idea y la práctica social, y también el requerido reconocimiento y acompañamiento gubernamental. Quizás por esa razón queda invisible o sectorizado, en ocasiones.

Durante un tiempo, se divulgó y manipuló la imagen de mujer moderna y casi siempre se  hizo referencia a las mujeres blancas y burguesas, dejando de lado las demandas de las mujeres negras y, en la actualidad, a la diversidad que significa ser mujer.

Necesitamos mucho mover y activar las luchas desde varios frentes, poner en agenda detalles comunes que impulsen la urgencia y los presupuestos del tema. Debemos ver el efecto de asociación como una necesidad del feminismo cubano. La verdadera fortaleza está en juntarnos y dialogar. Es imposible trabajar sin diálogo. Debemos integrar las voces en el concepto de comunidad e institución. Revisar la cuestión de saber si somos números o ciudadanas es algo que me cuestiono muchísimo. Hay cambios, como una ley integral contra la violencia de género, que apoyarían el concepto de ciudadana, persona con derechos.

Desde donde sigo el contexto, la composición cubana de feminismo tiene muchas transformaciones que dibujan el mapa de la realidad, exigiendo líneas de fuerzas y empatías para discusiones de mayor calibre con los enemigos comunes: el sistema capitalista, el neoliberalismo, las violencias, los fenómenos de las fronteras y las migraciones, el bloqueo, los localismos o regionalismos existentes en las muchas Cuba que somos.

Entre los impactos negativos, todas las brechas de desigualdad social se han disparado.  Aparecen como marpacíficos nuevas capas sociales relegitimadas, las remesas familiares como un nuevo sustento económico, los viajes, las casas de rentas, los negocios particulares de rápido desarrollo. Las mujeres son  despedidas o menos contratadas en esa implementación de empleos y, en algunos casos, se busca mujeres jóvenes, sin hijos, “bonitas”, delgadas, blancas o mestizas. Hay otros espacios donde la hipersexualización se dispara y crea un contexto de cosificación.

Por otra parte, se legitima  la mediocracia cubana: las mujeres esposas de los hombres con dinero (gerentes, marineros, turistas, residentes extranjeros, etc.) gozan nuevos privilegios y contratan a otras mujeres con menores oportunidades económicas para emplearlas y no siempre con una remuneración que se corresponde con las largas jornadas de labor. Muchas de estas últimas migran desde otras provincias o abandonan sus estudios o trabajos, reportándose una nueva forma de “esclavitud” doméstica.

Las diferencias, discriminación y prejuicios raciales crecen desenfrenadamente y hacen que se escuche con más frecuencia el viejo y usado término de “adelantar”, lo que trae como consecuencia que deje de ser prioridad el orgullo por ser quién eres y sí por lo que tienes; en fin, capitalización de la existencia.

Las fobias vinculadas a la diversidad sexual emergen en una nueva cruzada de exclusión, en particular, hacia poblaciones lesbianas y trans, que son atacadas a diario hasta en lugares públicos y tienen menos oportunidad de encontrar empleos.

Las periferias estarán cada vez más pobladas y serán menos productivas, debido al  desmoronamiento y desmantelamiento de la economía nacional y los recortes de presupuesto (cierre de fábricas, destrucción de los entornos agradables, cierre de lugares de recreación, colapso de edificaciones convertidas en vertederos o parques, dependiendo del lugar), la elevada contaminación sonora y ambiental.

Todo ello trae aparejada la disminución brusca de la autoestima en las poblaciones vulnerables o periféricas, una paralización de jornadas de trabajo y, por ende, de la creatividad ciudadana, tan vital para enfrentar la cotidianidad; la fractura de la conciencia cívica y de identidad; la jerarquización en los barrios de conductas y referentes machistas, así como la gentrificación de esos entornos y la movilidad masiva hacia las capitales  de provincias u otras, con mejor oportunidad laboral y de vida, lo que es lógico en esa nueva ordenanza de complejidades. También el aumento de las televisoras extranjeras y sus productos, como materiales audiovisuales, para  naturalizar los maltratos, la desvalorización, la sumisión femenina y los vicios.

Algo que me preocupa es el empobrecimiento de diálogos y la comunicación general con las nuevas generaciones.

Hay elevados riesgos para la existencia de grupos o experiencias feministas y el resultado de su trabajo, pues aumentan las tendencias fundamentalistas, sexistas y misóginas en las redes sociales y la sociedad civil. Hay acoso. También se eleva la posibilidad de la desilusión entre grupos y experiencias en ese escenario,  por no ver una plataforma equitativa y justa para el movimiento.

A la par hay ciertos impactos positivos, como los relacionados con el emprendimiento y la responsabilidad de las mujeres. Las que logren ser contratadas traerán un salario diferente a casa, que se traducirá en mayores beneficios. Se podrán crear cooperativas feministas con vocación sorora y reuniones entre mujeres, estableciendo horarios laborales justos y diálogos sobre movilidad social. Igualmente plataformas digitales y medios que desarrollen las estrategias feministas interseccionales de conciencia y pensamiento descolonizador en comunidades; negocios liderados por mujeres y que tengan en cuenta conceptos feministas.

Podrán fomentarse propuestas para  la existencia de algunos escenarios a corto plazo para el empoderamiento de seguridad social y vivienda de poblaciones vulnerables; emprendimientos afrodescendientes y de la comunidad LGBTIQ, individuales y colectivos, en menor medida; y propuestas  para  beneficiar al sector educativo jubilado, con nuevos programas sociales de acompañamiento sistemático.

Considero que sí, pues se ven presionados o enfocados con un paradigma antiguo, detenido en el tiempo o construido desde una dirección machista y sexista, que controla cómo se relacionan las mujeres feministas y las no feministas, dividiéndonos en bandos orquestados por la opresión patriarcal.

El país y sus cambios, desde su concepción, son traducidos para el hombre nuevo. La falta de empoderar al feminismo, de una manera holística, horizontal, vivencial, espontánea, creativa y de poder como fenómeno renovador y transversal, se vincula a quienes lo  critican, asumen con prejuicios y desarrollan el contexto social donde nace, por lo que el proceso de conocimiento queda ligado a dinámicas sociales y a centros de poder.

Por otra parte, está la relación entre lo masculino y lo femenino: en la actualidad la expresión feminismo transita por las relaciones de mujer y hombre. En diversos espacios sociales se habla de discursos de género importantes de analizar para reconocer las diferencias de comportamientos, oportunidades, accesos, creencias, responsabilidades, roles y dinámicas, pero no se hace la interpretación del fenómeno y sus resultados.

No se respeta el estado de opinión, objetivamente, de las mujeres; se tiende a minimizar. Tampoco veo de forma transparente la voluntad política y  de acción  de buenas prácticas que legitimen campañas feministas, ni la toma de conciencia masculina para participar en tan esencial movimiento. El porcentaje decisivo en la visión de país siguen siendo hombres, heterosexuales, blancos, trabajadores asalariados y privilegiados; o lo más cercano a esos presupuestos o lineamientos de conductas.

Por otro lado, las mujeres somos vistas como cuotas que hay que llenar. Realmente, la cultura masculina y la femenina tienden a verse como contrarias, según el imaginario social y su construcción. La cultura patriarcal coloca a la mujer como sujeta de segunda mano y su producción de pensamiento como de segundo plano. O sea, que lo dicho o vivido por las mujeres es subordinado al discurso oficial, el masculino.

Veamos, por ejemplo, el sector de los TCP (trabajadores cuenta propia): ¿cuántas experiencias o negocios visiblemente exitosos y de grandes ingresos están dirigidos y/o representados por mujeres?, ¿cuántas son desempleadas, divorciadas, madres solteras, negras, adultas mayores, trans, con capacidades diferentes? ¿Cuántos de esos empleos  tipificados son vistos como aceptables a los roles femeninos y cuáles a los masculinos?

El discurso artístico, por otro lado, sigue siendo un espacio sagrado para la heterosexualidad blanca y cisgénero —con miras al desmantelamiento del léxico feminista, de lenguaje inclusivo— y operado por las lógicas binarias, reprobando el talento y la habilidad de las artistas para crear.  Por tanto, el arte debe ser terreno transformado y politizado desde “las cuerpas” y voces femeninas, con las potencialidades, iniciativas, prácticas, la fuerza y confianza de sus hacedoras. Hablar de autorrepresentación, de pensamiento, amenazas, logros e intervención dará un giro a la visión del arte como complacencia sexista, para verse como labor feminista. Esto cambiaría los puntos de vista de los derechos.

Creo que el principal estigma es que el patriarcado piensa y refuerza la idea de que las mujeres le pertenecen como propiedad, para así exigir el control sobre nuestra sexualidad, reproducción y felicidad. Que los medios convencionales de divulgación y promoción eligen a las feministas blancas, heterosexuales y cisgénero, buscando crear un modelo representativo.

Las sexualidades disidentes se sublevaron ante ese orden para modificar las vivencias de control y exigir nuestro propio control sobre “nuestras cuerpas”. Las revoluciones de la comunidad LGBTIQ son expresiones de libertad que amplían las opciones de ser feliz, sexual y emocionalmente, para validar y legitimar el reclamo de la existencia, autoamor radical, afirmación erótica sin aprobación masculina.

Podrá cambiarse el estigma cuando se derrumben las fronteras mentales, la transfobia, la lesbofobia y la homofobia. Hay que hacer presente, en cualquier dirección, la educación sexual; transmitir la sabiduría de las comunidades LGBTIQ, sin excepción y con respeto, destruir la concepción de amor romántico y propiciar espacios inclusivos. Estas transformaciones hay que hacerlas también al interior del movimiento feminista. No puede haber feminismo clasista, racista y transfóbico, lesbofóbico y homofóbico. En todo caso es una hipocresía.

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