A debate

Feminismo en Cuba: el camino de la sospecha

Sandra AbdAllad Álvarez

Psicóloga, bloguera, editora web e investigadora. Licenciada en Psicología (Universidad de La Habana), diplomada en Género y Comunicación por el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, máster en Estudios de Género.

En mi opinión*, se puede hablar de muchos feminismos en Cuba: desde los más radicales hasta los más light, desde los más inclusivos hasta los hegemónicos, desde los más naifs hasta los más estudiados. Hay de todo, gracias al Universo. Yo estoy construyendo en estos momentos una especie de sistematización o hitos del feminismo y de la lucha de las mujeres por sus derechos en Cuba.

Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista y, si bien el feminismo como corriente de pensamiento fue vilipendiado en algún momento posterior a 1959, pues se le identificaba con corrientes burguesas, lo cierto es que cada vez hay más personas interesadas por él, especialmente gente muy joven, no conforme con el mundo que hemos construido para elles.

Noto, por otra parte, muy pocos debates acerca de temas que hoy constituyen prioridades en las agendas de cualquier tendencia feminista, como son la interseccionalidad, la decolonialidad, el antirracismo, el capacitismo, el antiespecismo, el cambio climático, la economía solidaria, el veganismo, etc. Es como que en el archipiélago andamos aún, como para otros tantos temas, 30 años atrás.

Un ejemplo sencillo: muy poca gente se cuestiona la radicalidad del feminismo, dado que ciertamente querer subvertir las relaciones entre los géneros, entre niñas, niños y adultos, entre las identidades raciales, o entre las especies animales es algo que solo haciéndose de raíz es que podría lograrse. En Cuba, ser, “feminista radical” ha pasado a ser insulto, cuando hace ya muchos años que las propias activistas de otros países han revindicado el término.

Otro ejemplo: el ciberfeminismo existe desde finales del siglo pasado. La publicación “Cyborg Manifesto” (1985), de la docente universitaria Donna Haraway (Denver, Colorado, 1944), ha sido considerada trascendental en su origen. Personalmente me reconocí ciberfeminista desde el primer día de salida de mi blog Negra cubana tenía que ser, en el ya lejano junio de 2006.

En ese entonces, ya participaba de colectivos ciberfeministas internacionales, fundamentalmente europeos. En las redes sociales cubanas se ha intentado criticar esta vertiente del feminismo, lo cual evidencia el desconocimiento de los movimientos de mujeres/feministas y los usos que ellas han hecho de las tecnologías, que ya dejaron de ser nuevas para la consecución de su derechos, para su bienestar y desarrollo profesional.

*Los criterios aquí planteados no representan una visión unánime del Consejo Editorial de Afrocubanas. La Revista​, responden a opiniones personales. 

No estoy muy clara acerca de lo que se necesita para que una tendencia, preocupación o modo de sentipensar y actuar se convierta en un movimiento. Claro que se precisa de un grupo de personas más o menos numeroso; sin embargo, quizás lo trascendental no está en el número sino en los intereses, metas, propósitos comunes, los vasos comunicantes entre unas y otras tendencias o ramas, que permiten trabajar con una misma finalidad, o al menos establecer puntos de encuentro y trabajo.

A partir de ahí, no creo que en Cuba exista, en la actualidad, un movimiento feminista pues, entre otras cuestiones, el activismo, tal cual se le conoce en el siglo XXI, es relativamente nuevo en el país.

Razones para ello son, por solo citar algunas: cómo se organiza nuestra sociedad y la centralidad del poder en ella, la estructura vertical que prevalece; una frágil sociedad civil, así como el paternalismo con el que somos vistas las mujeres y el rol salvador que aún se le adjudica a los hombres. Por demás, un “movimiento” no es ni un grupo, ni varios proyectos, ni una comunidad, sino que constituye un “algo” mucho más no solo en términos cuantitativos, sino sobre todo en los contenidos, las estructuras, las sinergias entre sus diferentes componentes, las alianzas, las metas.

Lo que noto, luego de tantos años de activismo y ejercicio intelectual, son feministas (no todas son activistas) que trabajan de manera individual, que eventualmente se reúnen para llevar a cabo una iniciativa, un proyecto, un “algo”.

Otra cuestión es que no todo el feminismo cubano se hace en el archipiélago. Por razones harto conocidas, la migración ha supuesto también la residencia fuera del país de activistas y pensadoras feministas, lo cual no es una novedad. Por ejemplo: Inocencia Valdés, líder de las despalilladoras y quien participara en el Segundo Congreso de Mujeres (La Habana, 1929), realizó una buena parte de su activismo desde Cayo Hueso, Florida, Estados Unidos, en el marco de los clubs de mujeres que se fundaron en el exilio. La artista de la plástica Ana Mendietta (La Habana, 18 de noviembre de 1948– Nueva York, 8 de septiembre de 1985), una de las voces más irreverentes de las artes cubano-estadounidenses, vivió la mayor parte de su corta vida en Estados Unidos. Por otra parte, Cuba también se ha enriquecido con mujeres extranjeras, como la dominicana Camila Henríquez Ureña (Santo Domingo, 9 de abril de 1894-La Habana, 12 de septiembre de 1973)

Ya no estamos en la Cuba (casi) uniforme de las pasadas décadas de los setenta y ochenta. Ahora existe un país más segmentado, que enfrenta problemáticas como la gentrificación, la profundización de las desigualdades, la violencia machista, la creciente diferenciación entre capas sociales, la feminización del empleo, el establecimiento de una élite del emprendimiento y el negocio privado… En ese contexto, a los feminismos les toca ajustarse a lo que se vive, al menos a aquel que se hace en los barrios o con su gente, y también para quienes toman decisiones.

Para mí el feminismo no es una filosofía, aunque sí existe filosofía feminista. El feminismo en el cual milito no quiere más derechos: quiere que no nos maten, porque aun teniendo derechos nos matan, y quiere que el patriarcado racista binario misógino capacitista y homotransfóbico no exista. O, más bien, quiere el derecho a una vida digna, a la educación, al bienestar.

Efectivamente, en el feminismo la reivindicación de los derechos de las mujeres constituyó la principal de las preocupaciones. Con los años se ha complicado, de manera que ya hay muchas otras problemáticas en dependencia del lugar donde se viva: en algunos sitios todavía se pelea el derecho a recibir instrucción; en otros por abortar y en algunos por un parto humanizado. Es conocido que la crisis económica de los noventa hizo retornar a muchas cubanas al hogar, mujeres que luego se reincorporaron o que jamás volvieron al trabajo remunerado.

Referencias:

Álvarez, Sonia. Para além da sociedade civil: reflexões sobre o campo feminista. Cadernos Pagu(43), janeiro-junho de 2014, pp.13-56 .
Bento, Berenice. Transviad@s: gênero, sexualidade e direitos humanos. Salvador: EDUFBA, 2017.329 p.
Evans, D. T. Sexual citizenship: the material of construction of sexualities. London, UK: Routledge, 1993.
Hemmings, Clare. Contando estórias feministas. Revista de Estudos Feministas, v.17, n. 1, 2009, pp.215-241.
Hooks, Bell. Feminism is for everybody: passionate politics, Nueva York, South End Press, 2000.
Oliveira, João Manuel. Desobediências de gênero. Salvador, Ba: Devires, 2017. 124 p.

El “objeto de estudio” de los feminismos son las relaciones que establecemos entre nosotres los seres humanos, sin distinción de ningún tipo, y también con los otros seres, la naturaleza, las cosas. Si partimos de que declararse vegana o antiespecista también es un conflicto, podremos entender por qué asumir el feminismo como posición política y actitud ante la vida despierta, por lo general, suspicacias y críticas. Además, el feminismo es tan variado, tan diverso, que en muchas ocasiones en su interior se generan contradicciones. Están tanto las abolicionistas como las reformistas, como quienes creen que los hombres pueden ser feministas, como quienes creen que pueden ser profeministas, incluso quienes consideran que ellos deben renunciar primero a ser hombres para poder serlo o como quienes creen en la igualdad y quienes no. Todes encuentran su espacio en el feminismo. Poner el “feministrómetro”, algo que todes hemos hecho alguna vez, no sirve para nada. No existe una manera de ser feminista. Esa es una realidad.

Ser feminista, en mi opinión, es estar en contra de la opresión de todos los seres que han estado subordinados al homo sapiens (fíjate que ya homo es masculino). Por eso ser feminista también incluye no participar en circuitos de opresión de los animales, por ejemplo, o de les niñes. Rechazar el capacitismo también podría ser un ejemplo de lo anterior.

Sobre los estigmas: las mujeres feministas son “frígidas”, “están mal folladas”, no han encontrado un tipo que les “dé bien”, son lesbianas. Si un hombre se declara “feminista” es cool, progresista, buena gente; en fin, un amor. O sea, hasta en eso las mujeres llevamos la de perder.

Por otra parte, los hombres que he conocido en mi vida cerca del activismo, ya están comprometidos con el feminismo hasta la médula —quienes no luchan al lado de las mujeres, sino detrás, a veces desde el anonimato—, ninguno ha declarado ser “feminista”. Precisamente de ellos aprendí aquello de ser “profeminista”, en absoluto respeto por lo que las mujeres hacen cada día, especialmente por cómo son tratadas por ello y también porque saben que su rol en la lucha por los derechos y el bienestar de las mujeres no puede ser el tradicional. Una manera fácil de entenderlo es considerarse “pronaturaleza” —como es mi caso— sin ser ecologista.

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