A debate

Mujeres y covid en Cuba: construyendo resiliencia

Yuliet Cruz

De profesión psicóloga social y madre de dos hijos.

Antes de responder a esta pregunta, debo partir de las condiciones en las que desde antes de la pandemia las mujeres cubanas desarrollábamos nuestra vida cotidiana para luego comprender qué peculiaridades implica la covid-19 para nuestro día a día. En ese sentido, la pandemia irrumpe en Cuba en un escenario donde ya existía una desigual distribución del trabajo doméstico y de cuidados entre mujeres y hombres con una sobrecarga significativa para las primeras. Esto lo documentó la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género (2016); aunque es algo que ya se percibía en la cotidianidad.

Es relevante y en ascenso, por otra parte, el número de hogares encabezados por mujeres con las implicaciones que trae para la planificación y organización de la vida y la gestión de las cuestiones necesarias para la reproducción de la vida en familia. De modo que en un contexto que económicamente ya era complejo, antes de la pandemia, estas cuestiones tienen un costo físico, de desgaste emocional que, obviamente, se acentúan en las actuales circunstancias.

Asimismo antes de la covid ya existían algunas limitaciones en cuanto a las instituciones que ofrecen servicios sociales de cuidados, como pueden ser los círculos infantiles y hogares de ancianos —que tienen cupos limitados, muy por debajo de la demanda—, pero ahora la situación se complejiza aún más. Las niñas y los niños permanecen más en casa, es mayor el tiempo que hay que dedicarles y así sucede también con los adultos mayores.

En el caso particular de niñas y niños hay que hablar también de cómo ha sido necesario un acompañamiento a su educación, entiéndase el seguimiento a las teleclases, la sistematicidad del estudio, la forma en que las familias han tenido que organizarse para llevar a cabo ese proceso. Y estos son aspectos que han implicado un extra de dedicación y esfuerzo.

Por otro lado, debido a las peculiaridades de esta enfermedad, las rutinas y los hábitos de higiene en casa, suelen ser más estrictos, más sistemáticos y eso igualmente constituye otra carga que, por lo general, recae en las mujeres.

No quiero dejar de mencionar a las que laboran en el sector de la salud pública, que son mayoría, y en este tiempo están sometidas a un estrés y una carga de tareas considerable, que se agravan como resultado de las condiciones en que se desarrolla la cotidianidad en los hogares y el rol mucho más activo que solemos tener las mujeres en el trabajo doméstico no remunerado.

Otro ejemplo es el de aquellas que se han mantenido bajo la modalidad del teletrabajo, donde se asiste a la superposición en tiempo y espacio, de una multiplicidad de roles, todos muy demandantes: mamá, trabajadora, jefa de hogar, maestra, esposa, hija, cuidadora. Como es obvio esto es también muy tensionante y agotador.

Precisamente como explicaba, la superposición en tiempo y espacio de una multiplicidad de roles, muy demandantes, los cuales asumen las mujeres ya, de por sí, son condiciones bastantes estresantes y generan cansancio. Si esto ocurre en estas circunstancias —ya llevamos más de un año—, marcadas por la incertidumbre, el temor, tanto latente como práctico de enfermarse, asumir las consecuencias de un posible contagio y si, además, eso sucede en condiciones materiales limitadas, donde la satisfacción de necesidades básicas como la alimentación, la higiene es bastante difícil y requiere de esfuerzos, recursos económicos, tiempo, pues estamos hablando de unas realidades de vida complejas, estresantes para todas las personas pero, en especial, para quienes tienen mayor responsabilidad en el cuidado de otras personas.

La sensación de cansancio sostenido, tristeza, depresión, frustración ante el hecho de desempeñar estos roles con limitaciones e, incluso, la dificultad para satisfacer necesidades personales por el poco tiempo y las pocas energías disponibles para el descanso, el autocuidado, el ocio, hacen que el panorama sea muy difícil.

En esta etapa de gestión de la pandemia, así como en la tan deseada de nueva normalidad las instituciones de salud tendrán que ofrecer servicios de salud mental suficientes y de calidad para suplir las necesidades que se han ido generando y necesariamente van a emerger como resultado de esta crisis sanitaria. Ya se observan problemas de salud mental y física que constituyen desafíos adicionales.

Otro asunto, no menos importante, es la violencia contra las mujeres y las niñas, donde el hecho de estar más tiempo en casa conviviendo con sus maltratadores, y las limitaciones que existen para activar las redes de apoyo debido al acatamiento de las medidas de distanciamiento físico, es ya un problema relevante que están enfrentando muchas mujeres y que será necesario atender adecuadamente.

No es menos cierto que durante este tiempo se han venido desarrollando algunos esfuerzos para ofrecer servicios a distancia que propicien apoyo psicológico a las mujeres que son maltratadas; no obstante, será necesario implementar estrategias que trasciendan la virtualidad y acompañen de modo cercano las realidades que ellas viven.

Por mi experiencia personal, de la gente allegada y desde mi rol de ciudadana y observadora de la realidad, las redes sociales que más han funcionado y ayudado durante este tiempo han sido las informales, las que una teje desde el cariño, desde el día a día, desde la cercanía, desde la solidaridad. En ese sentido, no sé muy bien, qué decir acerca de cómo hacerlas más aprovechables, más efectivas… Puedo contar lo que pasé con una vecina adulta mayor que vive sola y, en algunos momentos, por cuestiones de seguridad, no podía salir de su casa, y no recibió apoyo solidario, como si las instituciones no sintieran que tienen una responsabilidad social también con los cuidados. En ese caso se trataba de una gestión personal a favor de mi vecina y porque la quería ayudar; sin embargo, la institución no hacía ningún esfuerzo por contribuir, porque las cosas fluyeran lo mejor posible. Eso para mí fue muy chocante.

En ese sentido hay que avanzar muchísimo para que se entienda que los cuidados, sobre todo en un momento como este de excepcionalidad motivado por la pandemia, no se pueden ver como un asunto exclusivo de la familia; las instituciones, las instancias gubernamentales, las y los dirigentes también tienen una responsabilidad social para con los cuidados y para con las personas que más los necesitan. Y eso a veces se aprecia más fácil cuando hablamos de las medidas restrictivas o que limitan la movilidad o la posibilidad de salir a ciertos lugares, pero costó mucho que socialmente se entendiera que hay personas que, ante la escasez, deben recibir una atención específica en las colas. Por suerte ya se ha ido logrando.

Hay otras instancias de gestiones no directamente vinculadas con la alimentación, pero sí con otras esferas de la vida social que no tienen esto tan incorporado. He escuchado frases como «vulnerables somos todos», lo cual denota que falta mucho por sensibilizar respecto a las necesidades diferenciadas que tienen determinados grupos poblacionales, lo cual reafirma, justamente, las atenciones y prioridades que se le deben ofrecer a esas personas en determinadas circunstancias de la vida.

Por otra parte, los medios podrían hacerse eco de estas iniciativas que han surgido de manera informal, espontánea; ponerles rostro, sobre todo porque genera satisfacción, efecto de contagio, identificación con determinadas personas y valores que están detrás de esos comportamientos.

Mi experiencia con relación a esas redes es en un buen grado a nivel barrial. Y ahí en el barrio, en la comunidad es donde también hay que intencionar esfuerzos organizados, activar modos de funcionamiento que faciliten un poco la vida y atiendan las especificidades. Por ejemplo, aquí en el barrio (Marianao) una muchacha hace la compra de medicamentos a algunos adultos mayores y en la farmacia no tiene ninguna prioridad, es decir, ella llega y hace su cola. Por otro lado, quien primero llega a la cola de la farmacia, primero compra, entonces, en este momento en que hay escasez de medicamentos y donde la población adulta mayor es la que, por lo general, tiene tratamientos prolongados debido a enfermedades crónicas, creo que podría pensarse en una estrategia organizada que permita que cada mes y en cada envío de medicamente logre alcanzarse a la mayor cantidad de personas y con un orden que no siempre beneficie a quienes lleguen primero a las colas, sino que intente ser equitativa y que atienda a la mayoría de las personas que realmente necesitan esos medicamentos.

En síntesis, podría gestionarse un mecanismo organizativo más eficiente para atender esa necesidad que es tan sensible.

No sólo es un imperativo sino una cuestión de justicia. En la medida que se comience a valorar socialmente el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, se avanzará más en la co-responsabilidad.

El patriarcado se ha encargado de meternos en la cabeza que el trabajo realmente valioso es el trabajo productivo remunerado, el otro, el que está ahí sosteniendo la vida, casi siempre detrás y casi siempre desarrollado por las mujeres se queda en el plano de la obviedad. Tenemos que empezar a romper ese estereotipo ya. Si lo hacemos permitirá, por un lado, darle valor a ese trabajo esencial para la vida de los seres humanos, y por otro, que deje de ser una responsabilidad mayoritariamente asumida por las mujeres.

Nunca había sentido con tanta fuerza la necesidad de parar, descansar, dedicar tiempo para mí misma. Me he sentido en muchos momentos colapsada con las múltiples responsabilidades solapadas, muy demandantes.

Varias veces he dicho: “Ey, tengo que parar” porque ciertamente los niños me necesitan, pero por la misma razón, en la medida en que me sienta mejor, esté más tranquila, más equilibrada, pues será mejor para ellos. Esa es una presión que he tenido en estos tiempos.

Con independencia de que una ha trabajado como psicóloga con muchas mujeres, ha elaborado estos temas de género y tiene incorporado el feminismo, siento que es un proceso en que estoy cada día aprendiendo y juntando experiencias. No es lo mismo conocer teóricamente todos esos saberes que te ayudan a reflexionar e interpelarte, porque hay momentos como este, de crisis, que la vivencia es más fuerte para lograr cambios.

En este período ha sido un sostén muy importante —más allá de las cuestiones prácticas, sobre qué se consigue para comer, cómo o dónde— participar en las redes de apoyo mutuo que se han ido desarrollando de modo espontáneo, entre mujeres, entre amigas. Esto me ha dado la posibilidad de conversar sobre cómo nos sentimos, qué nos está pasando, cómo estamos llevando la cotidianidad. Y ese sostén emocional ha sido relevante, vital porque me ha permitido compartir vivencias y entender que, en tanto mujeres, estamos pasando por cosas similares, vivimos estos procesos cíclicamente; además de compartir también cómo hemos cambiado cosas en la dinámica, qué nos ha ido mejor y tratar de incorporarlo a partir de la experiencia de las otras.

Si bien en la casa, con mi compañero, hemos tratado siempre de tener una co-responsabilidad en todas las labores del hogar y en el cuidado de los niños, nunca ha sido tan relevante el tema de pensar en eso y organizarnos para eso como en estos meses. Claro ha sido una necesidad y a partir de las sobrecargas, en el proceso, hemos logrado ajustarnos y eso ha sido muy bueno.

Con relación a la familia y a la comunidad esta realidad vivida nos deja como aprendizaje muy claro que somos interdependientes, nos necesitamos, estamos conectadas, conectados, tanto en las desgracias, en los momentos más críticos como en los que ya se han vuelto rutinarios en medio de estas condiciones.

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