A debate

Familias y responsabilidad parental a debate

Manuel Calviño

Doctor en Ciencias Psicológicas, profesor universitario y fundador del programa televisivo “Vale la pena”.

En mi visión —no jurídica, soy psicólogo—, un código es una estrategia educativa. Es una estrategia psicológica que, valorando la mentalidad de una época (sus contradicciones, figuras obsoletas, prejuicios, estereotipos y, por supuesto, sus valores proactivos), se proyecta a la consecución de una mentalidad más completa, más humana, más a la altura de las conquistas sociales, culturales, educativas y otras. Así entiendo yo el proyecto de nuevo Código de las Familias. Y no podemos pensar que el acto de su aprobación producirá cambios en los modelos mentales en un corto plazo. Se aplicarán legalmente sus nuevos preceptos, pero habrá que avanzar la contienda educativa, cultural e ideológica que supone.

A diferencia de lo que algunos consideran y plantean, un Código no es un instrumento de legitimación de la realidad. Es, sobre todo, una declaración de intencionalidad que busca lo que se quiere lograr y crea las pautas legales para que esa búsqueda sea posible, sostenible y cumpla sus propósitos.

Un concepto como el de “responsabilidad parental” no es una simple sustitución de un antecesor (en el caso que nos ocupa, el concepto de “patria potestad”). Refleja una concepción más adecuada, justa y socialmente significativa de las esencias de los vínculos parentales, familiares. Abandona la mirada hegemónica y de poder absoluto entre las personas y abre las puertas al establecimiento de una misión, la misión parental, como articuladora de la funcionalidad de esas relaciones en aras del bien de las y los menores (sus necesidades y derechos, su protección y educación, etc.), de las familias, de la sociedad. No se trata sencillamente de prescribir un rol y sus potestades, sino de dar contexto a un ejercicio de construcción social de bienestar, de ciudadanía, de amor.

La responsabilidad supone, incluye, respetar, escuchar, consensuar, pero también cuando sea el caso decidir colaborativamente, asumir consensos, orientar. Un ejercicio más democrático de la parentalidad. Obviamente, en dependencia de los momentos del desarrollo de los miembros de la familia y de su situación personal. La noción de responsabilidad parental no niega la autoridad; por el contrario, la vuelve a su esencia, que no es el ejercicio del poder hegemónico, sino el ejercicio de la racionalidad, la persuasión, el convencimiento, el diálogo.

Creo que el punto de partida no es el beneficio. El punto de partida es la construcción de la justicia, del respeto a los derechos de todos los seres humanos. Que no quede en el discurso. Que se haga realidad. Es un acto de coherencia. Yo recordaría la prédica martiana de la utilidad de la virtud, lo que quiere decir el beneficio espiritual, socio-simbólico, cultural, educativo del ejercicio virtuoso. Y no dudemos que el reconocimiento de los derechos de todas y todos sin distinción de credo, raza, identidad sexual, género, etc. es eso: un ejercicio de virtud. Con cada ser humano que logra su realización personal, que logra el ejercicio de sus derechos, la sociedad crece, mejora, se alimenta de felicidad.

Es difícil señalar los cambios “más novedosos”. Pero creo que puedo apuntar algunos. El primero es el valor que se concede a los afectos, a los afectos activos, reconocibles, como factor de construcción de la filosofía del código en todo su contenido. Desde aquí, la superación de la determinación solo biológica de la parentalidad. Asimismo, yo destaco el reconocimiento de la horizontalidad de los derechos humanos plasmada en el reconocimiento de la diversidad, la opcionalidad y el ejercicio de la democratización de las relaciones intrafamiliares. El ejercicio de la voz de las y los menores y, junto a esto, la voz de las y los adultos mayores. La responsabilidad como correligionaria de los afectos, juntos en aras del bien de la familia y sus miembros. Por último, sin decir con esto que sean los únicos, la mirada justiciera y de apertura a temas tabúes de nuestra sociedad. En muchos elementos el Código nos reta a crecernos, a superarnos a nosotros mismos.

La ley supone en su ejecución la garantía de que los derechos sean respetados, observados y, dicho de alguna manera, actuados. Pero esto es solo una parte de la cuestión. La efectividad no reside sencillamente en la existencia de la norma jurídica. Nada más lejano a la realidad. Todos los días se incumplen normas jurídicas, leyes y, en no pocas ocasiones, no sucede nada. El incumplimiento se premia con la ausencia de consecuencias y, en ese sentido, se devalúa. La cultura idiosincrática, esa que tiene que ver con las representaciones de la vida, los roles sociales, las creencias, etc., es capaz de subsumir incluso aquellos elementos que la contradicen o la niegan. Los reinterpreta, los decolora, y deposita la contradicción afuera, quedándose con su patrimonio casi intacto. El problema es mucho más complejo, aunque no cabe dudas que tener una norma jurídica ayuda, y mucho.

Para mí no habrá mucho avance si no se abre una campaña de educación popular e institucional. Una campaña de pueblo, con lenguaje de pueblo, con vivencias de pueblo. Una campaña que parta del respeto y la consideración de la “cultura subjetiva” (los paradigmas, los modelos mentales, las lógicas populares) para reconstruirla desde las nuevas realidades, desde los saberes compartidos y a compartir. No puedo dejar de decirlo así: un cambio de mentalidad. Un cambio de todas y de todos.

El problema no es solo de la “cultura machista, adultocéntrica y verticalista”. El problema es también de los que en sus prácticas (incluso bien intencionadas), sostienen estos modelos mentales. El problema es también de los que manejamos conceptos, narrativas y lenguajes que son distantes de la población. Creo que sería mejor, dotados de las representaciones al uso actual, abrir las puertas de la comunicación efectiva. Una comunicación que no supone solo narrativas, sino también y sobre todo acciones, prácticas consistentes que hacen de los conceptos realidades tangibles. La mentalidad no solo se cambia desde su dimensión subjetiva; se cambia desde sus formas objetivas de existencia, desde el cambio de las condiciones sostenedoras de la mentalidad que se quiere transformar.

La educación es la estrategia. La comunicación, la táctica. Las prácticas jurídicas, las hacedoras del paso de lo difícil a lo posible. Vale la pena.

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