Familias y responsabilidad parental a debate
Geidy Díaz Crespo
Profesora auxiliar de la Universidad de Pinar del Río, educadora popular y máster en Psicología Social y Comunitaria.
La sustitución de responsabilidad parental por patria potestad es uno de los elementos sustantivos que refuerza el carácter revolucionario del nuevo código. Más allá de interpretaciones diversas –o malas intenciones–, conviene entenderlo como la evolución del propio concepto de patria potestad, que fue perdiendo su valor absolutista desde los imperativos de las dinámicas de las sociedades y las resoluciones de los seres humanos de luchar contra todo lo que los coarta, los domina. A mi modo de ver, se trata de una pauta legal que tendrá que reconfigurar imaginarios colectivos y nuevas maneras de relacionarnos dentro de la familia; ir deslegitimando la herencia patriarcal, hegemónica, heterosexuada y machista, que invisibiliza el irrespeto a la pluralidad, el abuso de poder y propicia la formación de seres débiles y codependientes, condicionados socialmente, incapaces de decidir por sus asuntos sin el consentimiento de sus “superiores” (entiéndase padres, maestros, jefes, pastores de iglesias, por ejemplo).
En el nuevo código, los padres siguen teniendo la responsabilidad con la integridad física y moral de sus hijos, tienen el deber de construir y hacer respetar los límites, mas no el poder sobre sus vidas, no la legitimidad para decirles “vete de la casa”, “tendrás que hacer lo que diga hasta que te mantengas”, “aquí se hace lo que yo diga”.
Con seguridad, una sociedad de cubanos más autónomos y creativos, libres de pensamiento y acción y autodetermiandos en sus aspiraciones, será el resultado de este paso de avance, siempre y cuando su implementación sea efectiva y, en el discurso oficial, el respeto a la diversidad humana (de todo tipo) deje de ser cliché para convertirse en filosofía y práctica políticas.
El principal beneficio es poder dar un paso más en el intento por omitir las etiquetas, los polos opuestos (heterosexuales – homosexuales). Desde la llegada del sida, estamos haciendo esfuerzos por el respeto a la diversidad sexual, pero hemos reforzado la diferencia en tanto comparación con la norma. No logramos aún pensarnos en la pluralidad (de todo tipo) y hacemos campañas de aceptación de la diversidad sexual con y para los homosexuales, lo que muchas veces ha provocado la saturación, en lugar de sensibilizar.
Siento que, por herencia cultural, es esta cláusula la más provocadora y no es por presión, sino por desmontaje, que iremos asimilando la naturalidad con que el fenómeno debe reconocerse socialmente. De la misma forma considero, que dar “el primer paso” es una emergencia y, más allá del ordenamiento jurídico, la batalla se ganará en el campo ideocultural (educación, cultura, medios masivos), que debe naturalizarlo, presentarlo como parte de la vida, sin pasar por encima de idiosincrasias, posiciones religiosas, herencias machistas y heterocentradas. La cuestión de formar familias y educar es de derechos y deberes humanos, más que de preferencias sexuales.
Reconocer que niñas, niños y adolescentes no son propiedades de sus padres, sino personas titulares de derechos; que deben ser cuidadas, protegidas y acompañadas por ellos. Reconocer que entre criar y educar hay un abismo. No es solo alimentar, vestir, proveer; sino comprender, construir, respetar, apoyar. Cuando los nuevos cambios logren introyectarse en el imaginario colectivo, los padres ya no estaremos enfocados tanto en la inteligencia cognitiva como en la emocional; dará el mismo orgullo un resultado docente de excelencia como la capacidad resolutiva de nuestro niños para resolver un conflicto cotidiano. Ganar una carrera tendrá para los padres el mismo impacto que ganar un amigo; exponer respetuosamente su disenso frente a la posición del maestro dejará de tratarse en la familia como una falta de respeto para abordarse con madurez, responsabilidad, apoyo.
Es una tarea dificil y el código no es suficiente, mucho menos en la coyuntura de tensión y carencias que vivimos. Sería ingenuo pensar que el padre violento nunca más levantará la mano a su hijo, una vez que se apruebe el código. Más que de normas intrafamiliares, se trata de civismo y ahí se acentúan muchas fisuras en los últimos tiempos. No es visión pesimista, pero si en la casa nos apropiamos de estos avances, pasamos por encima de lo que aprendimos, de las maneras en que nos educaron y nos empeñamos en resignificar la funcionalidad de nuestra familia, entendiendo la responsabilidad parental, madurando con nuestros hijos y otorgándoles progresivamente más autonomía en las decisiones colectivas, no es coherente que en la escuela el maestro se le imponga con su poder o su verdad. Con esto digo que la plenitud del derecho es multifactorial y dudo que todas las instituciones cubanas estén preparadas para el desafío emancipador que propone el código de las familias. Sobradas experiencias tenemos de la naturalización con que el uso –y abuso- de poder se expresa en Cuba a esta hora.
Papel central, al encargarse de que el código no sea letra muerta. Yo estimo que el proceso de evaluación, una vez se apruebe e implemente, se tome con total seriedad, lo cual dará pautas para su acomodo en las prácticas jurídicas concretas.
En relación con la educación y la comunicación (mencionadas en respuestas anteriores), el nuevo desafío nos acerca al convencimiento de que la palabra POPULAR tiene una cualidad mágica. No es en la distancia, sino con la gente y su multiplicidad de posiciones; no es la actualización fría, sino el dato en diálogo con la emoción cotidiana; no es el contenido, sino la forma; no es el panfleto, sino la vida puesta en diálogo con las cosmovisiones variopintas, lo que nos hará recuperar una espiritualidad atropellada por las circunstancias, punto de partida para que este código –u otros– fertilice en la sociedad que queremos y merecemos cubanas y cubanos.