Cuba: Entre liberar trabas y acelerar el cambio de mentalidades
Ariel Dacal
Educador Popular. Doctor en Ciencias Históricas, Universidad de la Habana (2007). Miembro del equipo de formación en Educación Popular del Centro Memorial Martin Luther King.
La vida cotidiana es cada vez más tensa para la familia cubana promedio. Incluso, las propias manifestaciones de la crisis son inestables. Por ejemplo, lo que hoy es un problema, como el suministro del pan, suma mañana otras faltas, como la del gas licuado para cocinas y así, sucesivamente, aparecen de manera permanente otras carencias en el acceso a productos y servicios. Tres temas son, dentro de tantos otros, destacables: el incremento notable de la pobreza, la migración y la violencia. Los que, en alguna medida, alcanzan a la mayoría de las familias cubanas.
Ahora bien, no es posible ni justo hablar de familias, como una generalidad. El nivel de afectación de la crisis en la vida cotidiana de nuestros hogares no es el mismo en todos ellos. En medio de la crisis, hay familias con elevados niveles de consumo de bienes, servicios, incluyendo posibilidad de ocio; al tiempo que otras, la mayoría, padecen una realidad que por momentos es angustiosa.
Cuando hablamos de crisis, es importante enunciar el sostenido deterioro de servicios básicos como electricidad, agua, energía para la cocción de los alimentos, los servicios de salud pública y el suministro de la cuota mínima de alimentación normada.
No observo soluciones importantes en el corto plazo. El sistema productivo cubano está colapsado, no se generan suficientes riquezas. La prioridad de las políticas sociales es cada vez más distante. Estas políticas son, comparativamente, menores respecto a las crecientes demandas insatisfechas ya por varios años. Solo una estrategia de desarrollo integral, estable y sostenible podría generar los recursos suficientes para palear, no solucionar, en el corto y mediano plazos, los problemas acumulados en la cotidianidad de la familia cubana promedio.
Es un tema complejo por la propia estructura agraria, por la descapitalización del agro cubano y por la falta de estímulos estables a las personas que producen directamente en los campos. Creo que la solución esencial es que las decisiones sobre el agro cubano las tomen, directamente, los productores y no funcionarios que, en no pocos casos, han paralizado durante décadas el despertar del agro cubano.
En Cuba hay un cambio de mentalidad evidente. En la práctica y cada vez más en el discurso, se ha abandonado el proyecto social socialista, cuya centralidad era el control de los trabajadores y las garantías a la seguridad social del pueblo. Vivimos en un país ex socialista y eso es un cambio claro y verificable. La liberalización económica, en un nítido y acelerado proceso de privatización de los procesos productivos, es un cambio de mentalidad demostrable.
La mentalidad estable de la burocracia es encontrar un problema a cada solución. En la práctica, crean tres nuevas trabas para destrabar una. Es poco promisorio que el mismo grupo social que traba, destrabe. Creo que son otras personas, con otros orígenes y lugar social, quienes deben destrabar lo que no trabaron. Eso no es garantía de que salga bien, pero sí de intentar hacerlo de otras maneras y, en algunos casos, lamentablemente, desde otros intereses.
Contribuyen, donde es posible, a la generación de riqueza, la estabilidad de ciertas producciones, la diversificación de bienes y servicios, la generación de empleo, al encadenamiento productivo y la reanimación de algunas zonas de producción y servicios en el país. Al mismo tiempo, develan la potencialidad productiva que hay en algunos sectores sociales, por la creatividad, tanto en la infraestructura como en las producciones mismas, a lo que estaban relegados e impedidos.
Ahora bien, al no ser formas privadas, esencialmente para el lucro personal de los propietarios; al no existir una protección segura a los derechos de trabajadoras y trabajadores, se convierten en una fuente importante de desigualdad y violación de derechos.
Fue una decisión política potenciar modos de producción capitalistas, como son el grueso de estas entidades productivas, y no formas sociales como las cooperativas, mutualistas, más afines al socialismo, que también han dado muestras de eficiencia económica, y sobre todo, de justicia distributiva.
Ciertamente, son un beneficio visible en el escenario productivo cubano, pero no para la mayoría.
Antes de especular sobre lo circular de la economía, habría que preguntar qué tan cerca estamos de tener economía.
La economía circular, o lo que por ella se entiende, ha sido perfectamente digerida por la lógica del capital, lo cual sugiere mirarlo con ciertos cuidados. Aun así, las experiencias que conozco en Cuba son muy pequeñas y me atrevo a afirmar que esta comprensión de los ciclos y vínculos productivos está muy lejos de ser sentido común entre los nuevos y no tan nuevos actores económicos en la isla.