Jóvenes emprendedores y producción de alimentos en Cuba
Leidy Casimiro
Integra el proyecto familiar campesino de Finca del Medio, en la central provincia de Sancti Spíritus. Es consejera internacional de Slow Food para el área del Caribe. Tiene varias licenciaturas (Economía, 2004; Derecho, 2012) y un doctorado en Agroecología (graduada en 2016 de la Universidad de Antioquia, en Colombia). Trabaja como profesora universitaria y consultora de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Cuba para el Plan de Soberanía Alimentaria y Educación Nutricional. Cuenta con más de 35 publicaciones científicas a nivel nacional e internacional.
Soy continuadora de un emprendimiento que realizaron mis padres cuando eran jóvenes en Finca del Medio. Ellos decidieron hacer un proyecto de vida familiar en el campo, motivado por una situación crítica en aquel momento, el periodo especial. Tuvieron la posibilidad de llegar a una finca entonces totalmente degradada, donde mi papá vivió hasta los 11 años de edad.
A pesar del contexto difícil, vio que era una oportunidad para emprender un proyecto de vida que le proporcionara autonomía, resiliencia e independencia. Mi hermano y yo éramos niños. Yo tenía 12 años. Poco a poco, nos fuimos enamorando del proyecto y empezamos a verlo como un emprendimiento colectivo que con el tiempo se fue agrandando.
Empezamos a ver el campo con una visión diferente, como una forma creativa de darle vida a un espacio que prácticamente estaba en ruinas y donde ir recreando una cultura en la cual pudiéramos depender de las fuentes renovables, es decir, de los elementos que teníamos a nuestro alcance.
Por eso, siempre promovemos el respeto a la diversidad ecológica y cultural. Sobre esas bases hemos ido fundamentando nuestro emprendimiento hasta el día de hoy.
Desde mi experiencia como campesina, profesora e investigadora universitaria, considero que para el desarrollo de vida familiar en el campo el acceso a la tierra es una limitante.
En primer lugar, no hay modo de comprar o tener una tierra como propiedad, a no ser que la persona propietaria de esa tierra fallezca, entonces se origina un proceso sucesorio. Esto impide que los jóvenes desde que comienzan a formar su núcleo familiar puedan tener acceso a la tierra en propiedad.
En Cuba existe la propiedad en usufructo, pero bajo esa forma, las personas no se empoderan. No se puede establecer un proyecto de vida, realizar inversiones en capital y en sueños porque, en algún momento, por diversas causas, puede que se pierda esa oportunidad.
Otra traba consiste en la falta de insumos y recursos. Los mercados domésticos están muy deprimidos y eso dificulta cualquier emprendimiento. A ello se suman otros aspectos que vivimos a diario y que tienen que con la escasez de transporte y de combustible, entre otros.
En el caso específico del campo, el poco acceso tanto físico como económico a tecnologías apropiadas para mejorar la eficiencia en los procesos de producción, transformación y conservación de alimentos constituye también una traba.
De forma general, visto desde el punto de vista de otros emprendimientos que como joven me gustaría desarrollar con mi familia, algunas actividades que me gustarían hacer y por las cuales siento una especial vocación, no puedo emprenderlas porque se encuentran dentro de la lista de prohibiciones para ejercer el trabajo por cuenta propia.
Y eso frena la oportunidad de hacer cosas importantes y necesarias que podrían tributar al bien común desde la iniciativa de jóvenes familias.
Este tipo de emprendimientos aportan novedad, nuevas ofertas, empleo y oportunidades en un contexto donde, debido a la alta demanda y la pobre oferta, producir diversidad de alimentos resulta una urgencia. Súmese a ello el déficit de recursos para la importación, en especial, para la propia producción de alimentos.
Por otra parte, emergen como una oportunidad para recrear una nueva cultura de las familias campesinas. Ello incluye nuevas maneras de asumir las tradiciones, a partir de elementos de la ciencia moderna, como puede ser una agricultura sustentada en la agroecología, lo que nosotros defendemos.
Incluso, estos emprendimientos recrearían la cultura de vida campesina en sus propios espacios de convivencia para dar respuesta también a las crisis sistémicas que se han dado en los últimos años en el agro cubano.
Otra oportunidad que darían estos emprendimientos consiste en lograr la añorada relación intergeneracional, con lo cual saldría más enriquecido el vínculo entre jóvenes y personas adultas que viven y trabajan en el campo.
Además, sería posible que hijos e hijas se vincularan a una cultura agrícola de convivencia con la naturaleza bajo principios diferentes, lo que permitiría a esos emprendimientos ser sostenibles en el futuro. Si no existe un relevo generacional, esa sostenibilidad está sesgada desde el primer instante.
Como familia tuvimos la capacidad de llegar y asentarnos en Finca del Medio, en Sancti Spíritus, “en contra de la corriente”: desde entonces y hasta ahora no ha sido común asentarse en el campo, sino migrar a las ciudades y a otros países.
Además, restauramos los recursos naturales de la finca e incorporamos diferentes procesos tecnológicos, muy novedosos, para emplear los recursos disponibles localmente y así mejorar con los propios medios familiares y la cultura que íbamos enriqueciendo.
Eso constituye un gran avance desde el punto de vista ecológico a la restauración del sistema y a una nueva cultura de vida familiar en el campo.
Con nuestro emprendimiento se evidencia el potencial de cultura familiar agroecológica no solo para Cuba, sino para otras partes del mundo, pues en este pequeño espacio se han validado principios y tecnologías que pueden ser extrapolables a otros sitios.
Ese proceso ha sido acompañado de investigaciones y propuestas concretas. Ha servido también para poner a prueba el valor de la toma de decisiones a todos los niveles. Nuestra familia campesina ha demostrado que se pueden hacer las cosas de manera diferente para ganar resiliencia, autonomía.
Por otra parte, deberían existir políticas públicas coherentes con la territorialización de la agroecología que permitan que procesos como el nuestro (que realmente ha sido una larga transición de 30 años) puedan ser alcanzados por otras familias a corto y mediano plazo.
Hemos desarrollado el proyecto de vida familiar en Finca del Medio, Sancti Spíritus, a partir de principios agroecológicos, al contextualizar tecnologías apropiadas para el empleo de las fuentes renovables.
La familia vive en su sistema y aporta a esa cultura intergeneracional, evidencia que no solo se puede tener la soberanía alimentaria tan demandada en Cuba, sino que es posible alcanzar la soberanía en el uso de la energía, de la tecnología y ser eficientes energética y económicamente.