La bahía: Picnic en las ruinas circulares

Las ruinas de la Central Electronuclear de Juraguá (CEN) vuelven una y otra vez al audiovisual cubano. La bahía (Alessandra Santiesteban y Ricardo Sarmiento, 2018) es un documental que relanza al presente este añejo y olvidado sitio.

Fotograma de La Bahía, documental de Alessandra Santiesteban y Ricardo Sarmiento.

Foto: Cortesía del autor

Con el documental La bahía (Alessandra Santiesteban y Ricardo Sarmiento, 2018) regresa a la palestra fílmica un viejo pánico cubano, una obsesión simbólica embozada bajo la dermis social de la nación desde los inicios de la última década del siglo XX hasta hoy: la inacabada Central Electronuclear de Juraguá (CEN), abocada justo al borde de la bahía de Cienfuegos, como un masivo sauce llorón de melancolía atómica.

Esta propuesta retoma el batón largado recientemente por Carlos Machado Quintela con su largometraje La obra del siglo (2015) y se acerca de nuevo a esta monstruosidad que yace en estado tan ambiguo como el mismo gato de Schrödinger. Es una ruina a medio hacer. No ha nacido ni ha muerto. Vive y muere cada día en el horizonte de los habitantes de la Ciudad Nuclear, con cada amanecer y cada crepúsculo. Sale puntual como el sol y se disfraza de estrellas o brumas cada noche. La CEN permanece en un estado de latencia indefinida, como feto criogenizado al aire libre, susceptible del vandalismo local por décadas. Su domo erizado de fierros comparte honores con otras eternas atrofias como el Instituto Superior de Arte (ISA) y la Autopista Nacional, otros ilustres trompicones en la carrera por alcanzar las más altas cúspides civilizatorias.

La distancia entre la Ciudad Nuclear –espacio en el que transcurren casi todas las acciones de La obra…, ya que el domo se aprecia casi siempre en lontananza– y la CEN es prácticamente infranqueable. No se mide en unidades métricas convencionales, sino en tabúes y secretos, en ambiciones y fracasos. El rey está desnudo, pero ningún atrevido vocea esta verdad. La desnudez de la Central es muy terrible para asumirla. Lo mejor es ignorar y, de vez en cuando, evocarla con cierta curiosidad.

Como Quintela, los autores de La bahía vadean convencionalismos narrativos y acercamientos reporteriles, aunque renuncian a la dramatización como dispositivo conductor de la historia; para terminar concomitando estéticamente más con otra pieza sobre la quebradura arquitectónica de la utopía cubana: El proyecto (Alejandro Alonso, 2017). Ambos apelan distintivamente a los subtítulos sin voz, redimensionados de su común accesoriedad: se presentan como cristalizaciones de monólogos interiores, de secretos revelados a medias, susurros sordos.

Situados conscientemente en el centro de las acciones, Santiesteban y Sarmiento protagonizan una verdadera pesquisa, con leves aires detectivescos y conspiratorios, para robar secretos de una zona aún vedada al público, cercada, vigilada, amputada de la cotidianidad. Se confiesan voyeristas, extranjeros, fisgones, motivados por este secreto a voces que apenas puede otearse a distancia prudencial. Son cazadores de misterios, perseguidores de la historia no contada, no testimoniada, apenas comunicada de padres a hijos gracias a la oralidad. Lo más cercano al Área 51 que tenemos en Cuba. Sus destinos permanecen tan ignotos como los de la nación misma. Su suerte futura apenas se supone a través de furtivos rumores y especulaciones. Su grandeza se delata incompleta, hueca y disfuncional.

De haberse completado la obra cubana del siglo, en el seno de esta ruina circular se iba a recostar plácidamente la nación a soñar el Hombre Nuevo, para regalarle a la realidad su nuevo conquistador, su superhombre plausible. Ahora su epicentro yace vacío, estéril, sin posibilidad para la elucubración. Un caballo, en silencio, pasta despreocupado en las cercanías…

La pareja de documentalistas se acercan a la CEN movidos por la pura curiosidad, sin planes más nítidos que mirarla de cerca, entrar en sus predios vetados, palpar la piel dura de este kilómetro 0 y final de la grandilocuencia triunfalista. Como sucede con El último país (Gretel Marín, 2018), documental que, como este, también se presentara en la Muestra Joven 2019, La bahía termina resultando una crónica de obstrucciones, de imposibilidades, de no-explicaciones, resquicios, suposiciones, vistazos, escapes. Como un libro leído con la vista perimetral, a golpe de rabillo del ojo. A pesar de sus dimensiones pantagruélicas, la mole atómica escapa de la percepción abierta. Se oculta justo en el punto ciego del ojo. (2019)

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