María Gattorno, arañando paredes

Entrevista con la fundadora de El Patio de María, un proyecto socio cultural sin paralelos en la capital de Cuba, concedida a nuestra redacción en el 2000.

Jorge Luis Baños

María Gattorno

Dice Juan Miguel Sánchez, un rockero que todos conocen por Yoss, biólogo de profesión, novelista irreverente y rebelde de alma, que María Gattorno pertenece a una especie muy rara y privilegiada de personas capaces de brindarle café a un dinosaurio si mete la cabeza por la ventana de su cocina y además preguntarle si lo desea dulce o amargo.

Ella, sin embargo, aún no se explica cómo hace más de una década se ganó la confianza de un grupo de jóvenes cubanos que, hasta entonces, sólo habían sabido de incomprensiones, rechazo y marginación por querer ser diferentes.

También es difícil entender cómo consiguió romper tantos esquemas y dogmas para lograr que una institución cultural, perteneciente al Estado, se abriera sin reservas a las personas amantes del rock en Cuba. »Debe ser que Dios protege la inocencia. Yo era como una caperucita roja, perdida en el bosque y rodeada por 14 lobos hambrientos. Atacaba un lobo primero y otro después y yo los iba venciendo uno a uno», cuenta Gattorno.

Hasta que la entonces subdirectora de la Casa Comunal de Cultura Roberto Branly, en el corazón de La Habana, decidió responder las inquietudes de un grupo de músicos, el rock y el régimen socialista cubano parecían irreconciliables. Lo que puede parecer sencillo no lo es »si se conoce la historia», asegura Sánchez.

En un texto inédito, el escritor de 30 años afirma que durante años para »funcionarios de miras estrechas», el rock era »una lacra de la corrupción capitalista que intentaba desviar a la juventud cubana de la sagrada tarea de la construcción del socialismo».

Cuando en 1988, Gattorno pronunció la frase mágica, »vengan para acá», el rechazo a los rockeros, a su música estrepitosa y, sobre todo, a los hombres con sus pelos largos, jeanes ajustados y aretes, era bastante generalizado en la isla.

»Mi sueño ha sido demostrar que cualquier estereotipo es falso, lograr que se les pierda el miedo, que se les acepte como son y se les mida por lo que son. Al ser humano hay que valorarlo por lo que es y no por lo que se ve», dice.

»No me canso de decirlo. Entre los rockeros hay de todo, buenos, malos, universitarios, desocupados, trabajadores, personas incondicionales al rock como cultura y simples consumidores de esa música», dice.

»La primera sorprendida fui yo», asegura Gattorno quien descubrió una »comunidad fuerte y, al mismo tiempo, muy heterogénea». La minoría rockera que algunas personas quieren ver es para esta activista cultural »bien entrecomillada». En estos años, por el Patio »han pasado muchísimos jóvenes. Los he visto crecer, desarrollarse, enamorarse y reproducirse», cuenta.

Delgada al extremo, con un tono de voz siempre bajo, a punto de cumplir 50 años, para Gattorno »la vida comienza en la cuarta década. Dice que lo esencial es »romper patrones», aunque para lograrlo haya que vivir »arañando paredes». Lo que pasó fue que supimos encontrar »el hueco del colador» y nos colamos, dice.

Con los rockeros, mayoritariamente hombres, no tuvo mayores problemas, después de la »carcajada siniestra» que soltaron cuando oyeron la propuesta, se sumaron al carro y creyeron. Pero con las autoridades de Cultura a niveles superiores, no fue tan fácil. »Al final, yo no sé si fue precisamente el machismo lo que hizo que no me mandaran al diablo. Pero siempre tuve problemas de incomprensión. Era la relación del macho consentidor que te deja hacer las cosas y no precisamente porque crea en tu proyecto», dice.

Así y todo, los rockeros fueron encontrando un espacio y en la programación cultural cubana y la Casa Comunal dejó de conocerse por su nombre. Pasados 12 años, es difícil encontrar a alguien en La Habana que no haya oído hablar del Patio de María, como fue bautizada informalmente por músicos y público.

»Hay avances, pero nunca un cambio radical. Se les programa pero nada es sistemático y sigue habiendo grandes diferencias a la hora de atender a un salsero y a un rockero», afirma.

Nombrada directora de la institución a mediados del pasado año, Gattorno consiguió presupuesto estatal y de un movimiento de solidaridad del País Vasco para ver, si contra todos los pronósticos, la casa »no se cae a pedacitos».

Para Sánchez y otros rockeros, »el Patio es el sitio donde la historia cambió» y Gattorno, algo así como »la Santa María del Heavy Metal».

Situada cerca del barrio marginal La Timba y a unos 200 metros de la Plaza de la Revolución, donde está la sede del gobierno de Fidel Castro, la institución cultural parecía el lugar menos idóneo para un proyecto de rock.

Sin embargo, tras la incredulidad inicial, los conciertos se sucedieron, los »pelúos» se adueñaron de la casa, y Gattorno convirtió El Patio en un lugar abierto a cualquier idea que fuera »al menos, un poco loca», según Sánchez.

Además de los conciertos sobre una tarima improvisada y apenas sin recursos, ha acogido debates sobre vampirismo, ciberpunk, sexo, un festival de tatuaje y exposiciones de artes plásticas que parten del »criterio del no criterio». »Tú pintas, tráemelo y lo exponemos. Con ese concepto aquí se han hecho las exposiciones colectivas más espectaculares que se han visto en Cuba», dice Gattorno.

»No hay que tenerle miedo a ningún tema», afirma y recuerda cómo cuando en 1991 apareció el primer rockero seropositivo al virus de inmunodeficiencia humana (VIH), causante del sida, el Patio se involucró en acciones de prevención únicas en Cuba. Rock vs. Sida se llamó el proyecto que incluye desde entonces entrega de condones en todas las actividades del Patio, encuentros con personas que viven con sida, elaboración de materiales informativos por los mismos rockeros. Hoy, los rockeros se consideran a sí mismos el sector de la población joven cubana mejor informado sobre sida.

Gattorno también trabajó en la prevención de dependencias y adicciones al alcohol y otros tipos de estupefacientes cuando, a inicios de los años 90, »nadie quería hablar de eso».

Aunque no he tenido mayores problemas de este tipo en el Patio, siempre dije que »aunque fuera un solo joven que se tomara un psicofármaco y lo mezclara después con alcohol, merecía atención. Eso no se puede ignorar porque es como una bola de nieve», afirma.

Añade que en el Patio nunca se han vendido bebidas alcohólicas ni se ha permitido la entrada con botellas. El tema se ha tratado en »muchos encuentros interpersonales, pero nunca desde la perspectiva de que yo soy la todopoderosa que te informo a ti que eres un microbio ignorante».

»No. Yo te informo sobre las consecuencias y si te decides por lo peor, me va a dolor muchísimo pero yo voy a seguir siendo la misma, te voy a querer igualito y, además, te voy a aguantar la cabeza para que vomites», asegura Gattorno.

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