Antes de responder sobre el “liderazgo natural” de las comunidades cubanas, creo que es útil atender al carácter y sentidos de los “liderazgos formales”. Como es conocido, el sistema de Órganos del Poder Popular en las bases —instancia local del sistema político cubano— integra a los delegados del poder popular, con presencia a lo largo … Leer más

Antes de responder sobre el “liderazgo natural” de las comunidades cubanas, creo que es útil atender al carácter y sentidos de los “liderazgos formales”. Como es conocido, el sistema de Órganos del Poder Popular en las bases —instancia local del sistema político cubano— integra a los delegados del poder popular, con presencia a lo largo y ancho del país. Ellos podrían pensarse como los líderes formales de las comunidades, pero su legitimidad es harto discutida.

En la actualidad —tal como han hecho notar multiplicidad de estudios desde 1990—, la figura del delegado se encuentra vaciada de sentido para amplios sectores de la sociedad. Y no es debido a las personas que ocupan esa función, sino a la ausencia de poder que entraña, contradictoriamente, su condición de representantes políticos.Un ejemplo entre muchos: cuando entrevistas a las personas en la calle y ellas hablan de los políticos, los delegados —que son los que están en las comunidades, a quienes los ciudadanos y ciudadanas eligen y acceden a través de las vías que ofrece el sistema político— no están incluidos; son, por el contrario, un “objeto decorativo”. De ese modo, se cuestiona menos la eficiencia de aquellos, que su posibilidad de ser mandantes políticos; posibilidad que se entiende lastrada tanto por el diseño institucional del sistema político como por su funcionamiento. Con todo, no podemos buscar liderazgo alguno en las instituciones políticas locales —como generalidad—; por el contrario, hay un quiebre entre el liderazgo formal de las comunidades y lo que aquí llaman líderes naturales.

Estos últimos, donde los hay, emergen de otro tipo de redes comunitarias, asociadas a institucionalidades diversas, pero casi siempre ajenas al sistema político local. Me refiero aquí a líderes procedentes de asociatividades formales o informales de carácter religioso, cultural, etc. Sería difícil dar más detalle porque es muy diferente, según la comunidad de la que estemos hablando. Por ejemplo, en algunas de ellas —especialmente aquellas llamadas “en desventaja social” o en “situación de vulnerabilidad”, que son, en definitiva, comunidades con extendidas situaciones de precariedad—, los Talleres de Transformación Integral del Barrio (TTIB) han jugado un importante papel cohesivo y dinamizador, y de allí han emergido liderazgos interesantes desde todo punto de vista. En otros lugares, son las iglesias o comunidades religiosas de distinto tipo las que favorecen la aparición de líderes naturales.

En ese orden de cosas, uno de los problemas que se presentan es que los liderazgos naturales a veces son demasiado coyunturales. Ello no le quita legitimidad alguna, al contrario, tales procesos hacen parte habitual de la vida comunitaria, pero, al actuar reactivamente, en respuesta a necesidades específicas, no articulan tejidos permanentes y estables que dinamicen los espacios locales.

Ahora, también son notables las comunidades donde hay una muy visible carencia de liderazgo social. Al decir esto, caigo en el asunto del tejido social (des)hecho durante décadas en Cuba. Ese en un gran tema, tanto teórico como político, que atraviesa sociedades con distintos regímenes políticos. Para nuestro caso, habría que decir que a partir del Periodo Especial (nombre local a la crisis económica que comenzó en 1991 y llega hasta hoy) se ha producido un persistente retraimiento hacia los espacios más descolectivizados de la vida. Ello se ha explicado atendiendo a las condiciones de escasez que ha vivido la sociedad cubana, que ha potenciado la búsqueda de soluciones individuales y familiares antes que sociales y colectivas.

Sin embargo, la descolectivizaciónno es un resultado directo de la escasez, sino una de las respuestas posibles a ella, que está conectada con la disolución de lazos sociales o la agudización de tal proceso allí donde su tejido ya era endeble. Entonces, ella hace parte de procesos históricamente constituidos; y su presencia o ausencia no es natural ni permanente. En un proyecto que se dice socialista, como el cubano, un eje relevante debería ser el incentivo, educación y potenciación de procesos dinámicos en las comunidades; por el contrario, el desinterés hacia los espacios de deliberación, confrontación y cooperación que se producen allí, deberían entenderse como indicador de debilitamiento del espacio político.

Con todo, la escasez de líderes naturales en las comunidades tiene que ver con lo endeble, creciente y persistente de los lazos asociativos, que muchas veces resulta, también, de una institucionalidad formal que entorpece, coarta, los procesos “espontáneos” que transcurren en las comunidades y que son generados por actores diversos fuera del sistema político local.
Ahora, aun con lo dicho, habría que atender espacios y procesos interesantes de liderazgos que emergen constantemente y, en algunos casos, permanecen. De ello pueden dar fe los ya mencionados TTIB o centros como el Memorial Dr. Martin Luther King Jr., de amplísimo trabajo con líderes comunitarios, formales y no formales.