Réquiem por Leontina

La cinta se diluye en una serie de devaneos laberínticos, episódicos, inconexos, donde los niños protagonistas bregan a brazo partido contra obstáculos y villanos.

Foto: Tomada de tvcubana.icrt.cu

Suerte de secuela o spin off —¿quizás pretensión de franquicia, la tercera del cine cubano post ´59, tras Elpidio Valdés y ¡Vampiros en La Habana!?— de la previa Y sin embargo… (2012), el segundo largometraje de Rudy Mora, crípticamente intitulado Leontina (2015) (*), regresa tras los pasos del niño Lapatum (Olo Tamayo).

Ahora acompañado por toda una (histriónicamente irregular) panda de niños cómplices, en la cual se diluye casi por completo su protagonismo singular, incluida su identidad caracterológica. Encarnación posible de la Alicia de Carroll, este es plantado nuevamente en un mundo epocal y geográficamente poco preciso, con afanes preeminentemente fabulares: dada la estereotipación (caricaturización) ingente y monocroma de casi todos los personajes involucrados en la trama, en detrimento de cualquier hondura psicológica o matiz complejo.leontina-cine-cubano-2016

A partir de un forzado y baladí resorte-pretexto dramatúrgico, que ocupa las primeras secuencias de la cinta, Lapatum y sus amigos aterrizan en este país hosco, monocromo, derruido hasta el postapocalíptico retroceso a un estado poco menos que medieval. Lleno de ancianos amargados, míseros, silenciosos y estrangulados por la rutina.

Sobre esta población parece comandar una tirana encarnada por Corina Mestre, que parece coartar toda posibilidad de hablar (libertad de expresión, claro) y reír (¿referencia a El nombre de la rosa?). Mientras, ella es incontinente en su verborrea castrense, y totalmente confusa para un espectador que nunca parece tener claro qué se propone, fuera de vociferar mucho y contemplar casi estáticamente, junto a sus inútiles miñones, cómo los niños deambulan con casi semejante e inútil incoherencia por sus predios. Parece que estuvieran haciendo tiempo a posta, hasta que el metraje alcanzase la extensión adecuada para ser clasificado como un largo y ya.

Así, la cinta se diluye en una serie de devaneos laberínticos, episódicos, inconexos, donde los niños protagonistas bregan a brazo partido contra obstáculos y villanos, con tenacidad a toda prueba…para dar con una tienda donde reparten multicolores dulces gratis. Casi es escandalosa la impunidad con que retozan por los lares, mientras los “malos” pierden el tiempo en reuniones y en observar con “caras de malos”, incluso a pocos pasos, el avance de Lapatum et al.

(Pausa: hablemos un momento de la pandilla. Está Lapatum, que sin liderazgo alguno se funde en la identidad colectiva. Está el gordito glotón de rigor, cuyos consabidos chistes de glotonería “de rigor” buscan cargar con la comicidad “de rigor”. Está la niña de rigor, para matizar el excesivo absolutismo masculino. Está una —enigmática, más bien exótica— niña haitiana que habla francés y toca una flauta, sin ninguna otra connotación dramática real en la diégesis establecida para la cinta; bien pudo no aparecer, todo hubiera ocurrido igual. Y están dos niños más, sin ninguna particularidad que los destaque en el conjunto obsesionado con los dulces de utilería que regalan en la tienda “El legionario”. Regentado tal lugar por un personaje tan enigmático como ambivalente, encarnado por Jorge Alí, que a la primera parece una versión pervertida de la bruja de Hansel y Grettel, atrayendo niños con sus golosinas a las puertas de su equívoco establecimiento.)leontina-cine-cubano02-2016

Las circunstancias y el consabido desenlace de los sucesos sugiere nebulosas referencias a obras como las ineluctables novelas distópicas Nosotros (Yevgueni Zamiatin) y 1984 (George Orwell); y a cintas indistintamente concomitantes con estos presupuestos como La ciudad de los niños perdidos (Mark Caro y Jean-Pierre Jeunet, 1995), Pleasantville (Gary Ross, 1998), The Village (M. Knight Shyamalan, 2004) —¿¿Los juegos del hambre??— y City of Ember (Bill Murray, 2008). Todas adscritas a las anárquicas corrientes anti-stablishments y anti-absolutismos, engendradas por el siglo XX.

(Otra pausa: hablemos un momento de los villanos. Inexplicablemente obsesionada con sabotear un inofensivo e intrascendente concurso infantil, la “mala” de la Mestre —condenada como está esta buena actriz a tales roles rufianescos— hace de tripas corazón porque la pandilla-equipo de Lapatum fracase en pintar colectivamente una cartulina sobre algo que daña el medio ambiente. Por qué, hacia la conclusión del filme, terminan figurando una papaya es uno de los grandes enigmas que plantea la película.

Para eso, la tirana despliega a sus secuaces silenciosos y rapta a una jueza. Luego se la pasa encaramada en un diminuto faro hablando casi en acertijos. Unos caóticos montaje y fotografía se empecinan en enfatizar su inútil arrebato. Luego arrastra con una campana, que a ciencia cierta tampoco se sabe para qué sirve. Después están los referidos secuaces: otra panda de subalternos pintorescos, poco o nada influyentes en la trama, fuera de traicionar a su jefa a la primera oportunidad y golpear, de vez en cuando, a los niños.)

Spoiler Alert!: La solución del conflicto arriba tan sorpresiva como absurdamente ha transcurrido el relato hasta el momento. Unos inexplicables brebajes o soluciones coloridas (ingredientes del dulcero de Alí) se riegan por el pueblo y dan con el fin de la tiranía que, con mucho ruido y ninguna nuez, nada hizo para rechazar las aleatorias correrías de los niños. Y nada de la leontina…

Entre sus numerosos y serpeantes dead ends, la gran y dolorosa interrogante que esta cinta me impone es: ¿por qué un director tan bien encauzado en los predios televisuales como Rudy Mora —recordar los significativos seriados Doble juego, La otra cara, y la infravalorada Diana— delata tales inseguridades a la hora de remontar los senderos del “cine” convencional; más aún en tiempos donde estas fronteras se han diluido casi por completo? Incluso le sucede de una manera más acendrada que Charlie Medina, otro importante director de TV, cuyo debut fílmico Penumbras (2012) languideció igualmente frente a sus seriales (Blanco y negro ¡No!) y teleplays (Los heraldos negros).

¿Es quizás que Mora se ha aventurado azarosamente por un sendero estético-temático-conceptual demasiado ajeno a sus aptitudes creativas y sus habilidades probas de dirección de actores? ¿Es que ha llegado muy tarde al cine? ¿Es tan difícil para él y su generación clarificar un discurso sobre la libertad de expresión y la risa como símbolo prístino de libertad personal? Quizás, no sé, a lo mejor. Como mínimo, no dejo de lamentar mucho que una creatura suya haya motivado estas líneas.

Nota:

*Más aún, si se quiere, que la Japón de Reygadas o la Brazil de Terry Giliam.

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