Un lobo crepuscular

Aproximación crítica el nuevo largometraje de ficción de Carlos Quintela: Los lobos del Este, una producción japonesa, la primera dirigida en ese país por cineasta cubano alguno.

Fotograma de Los lobos del Este, película de Carlos Quintela.

Foto: Cortesía del autor

Más de una vez he expresado la extrañeza que me causa el interés del cine de Carlos Quintela por los personajes de avanzada edad, los caracteres dramáticos en las postrimerías de la vida. Esto, porque era así en La obra del siglo, que si bien elabora un comentario en torno a la existencia en suspenso de tres hombres, deriva el protagónico hacia el viejo cascarrabias que interpreta Mario Balmaseda.

Pero hay una razón mayor: las tres películas de largometraje de Quintela hasta la fecha consisten en volver permanentemente a un mundo desencantado y en cierta medida inane, donde la ausencia de propósito trascendente da lugar al cosmos empantanado de La piscina o al territorio de espasmos de resistencia que dibuja La obra del siglo.

Insisto en que, no por tratarse de un director joven, debería por despeje referir universos temporales familiares a su generación. Además, lo que resumo arriba tampoco es su responsabilidad única: depende en buena medida de la colaboración con su guionista habitual, Abel Arcos (y, en la película que me propongo comentar, también de Fabián Suárez). Luego porque esa insistencia en cuestiones demasiado maduras (esto es bien subjetivo de mi parte) es patrimonio curioso de varias de las voces más consolidadas de la nueva generación de realizadores cubanos, y cubre desde Carlos Lechuga (con Santa y Andrés) hasta Marcel Beltrán y Alejandro Alonso.

Pero es en Los lobos del Este (2017) donde baso mi hipótesis. Porque su personaje protagónico, Akira, es un anciano cazador de la aldea japonesa de Higashi-Yoshino, un paraje montañoso del archipiélago japonés. Akira está llegando al final de su vida y, hasta la fecha en que se abre el conflicto del largometraje, ha liderado como un patriarca recio y tozudo la asociación de cazadores del poblado. Por esa razón, acabó habituándose a suplantar a los depredadores naturales de la región, los lobos, ahora extintos, para evitar que la superpoblación de ciervos salvajes se convierta en plaga que termine afectando los nutridos bosques que abrazan el pueblo y, con ello, impactando en la explotación maderera que sostiene su economía.

El director cubano Carlos Quintela conversa con el actor, Tatsuya-Fuji, protagonista de Los lobos del Este.

Foto: Tomada de Wall Street International Magazine.

Pero no es la muerte física la amenaza directa que se cierne sobre Akira, sino su cese al frente de la asociación de cazadores. Las autoridades y los colegas lo consideran demasiado viejo para seguir en el cargo y han pactado su sucesión. El viejo se queda sin la razón de su día a día, sin la respetabilidad que el cargo le otorga; algo que ha justificado su vida se acaba. Y para Akira eso es como morir. Por eso se resiste.

El suyo es un conflicto interior, y su manifestación inevitable, encarar un ritual de paso. Va a perder su universo de referencia y tendrá que volver a la soledad: Akira no tiene esposa ni familia. Un perro viejo y huraño como él es su única compañía. Pero, en el instante preciso de enfrentarse a tamaño dilema, surgen evidencias de la reaparición de un lobo en los alrededores y Akira se obsesiona con cazarlo.

La descripción de este cosmos especial, como detenido en el tiempo y aislado del resto del universo, es fundamental para introducir la suerte dramática de Los lobos del Este. De ahí el tono contemplativo, la sensación de estar ante una de esas películas-donde-no-pasa-nada. Los breves personajes episódicos, a través de cuyo diálogo con el protagonista podemos obtener nueva información sobre quién es este individuo arisco, nos asoman a un pasado de marino mercante que recorrió el mundo, paladeó los sabores de otras tierras, pero dio con sus huesos en este paraje crepuscular.

El cine de Quintela es siempre uno donde el didactismo es inexistente. Los personajes son misterios absolutos, o casi, y a excepción de La obra del siglo, apenas se nos cuenta de dónde vienen, qué decisiones los pusieron donde acabamos de conocerlos. En el caso de Akira, hay una línea nebulosa que lo conecta a Cuba: cierta referencia al trago bautizado como Mojito; el tema musical escogido para el homenaje de despedida (Lo material, interpretado por Elena Burke) que le organizan en la asociación de cazadores; y una secuencia en blanco y negro que cierra el filme, donde una mujer ataviada como guerrillera corre a través de un bosque.

Esta última referencia es parte del ya conocido interés de Quintela por introducir en sus películas cuñas intertextuales (en La obra del siglo, el personaje de Mario Balmaseda era conectado, a través de un pliegue paratextual, a una escena de De cierta manera (Sara Gómez, 1975). La cita de Los lobos del Este pertenece a La novia de Cuba, largo de ficción filmado en 1969 por el japonés Kazuo Kuroki, en el cual un marinero mercante nipón, de paso por la nación caribeña, entabla una relación afectiva con una joven cubana y, tras un romance cruzado por la euforia revolucionaria que embarga a la mujer, esta decide, en la pulseada entre ambas pasiones, doblegarse a la causa militante en vez de al amor sincero que le ofrece el marino.

Esta línea argumental subterránea es, a un tiempo, demasiado remota para un espectador común y corriente, y demasiado decisiva para adensar el conflicto de Akira. Porque no se trata de una cita cinéfila, ni tampoco de un comentario gratuito. Si aceptamos que ese pasado se cruza en el mismo centro de las interrogantes que se le abren a Akira al final de una época en su vida, tendremos que aceptar que Los lobos del Este es un relato acerca de las convicciones personales y sobre el sentido de la utopía.

Entonces Akira deja de ser el viejo patético que debe aceptar el final del rol simbólico que le correspondió dentro de la comunidad a favor de alguien más joven y se transforma en un sujeto asaeteado por el peso y el significado solemne de la trascendencia. Cuba y la mujer que tuvo que elegir entre Akira y Fidel Castro serían una radiación de fondo que introduce aquí esa dimensión superhumana que supone la entrega a una cosa más grande que cualquier existencia individual, y que pone a circular la idea de la redención.

No otra pulsión explica la obsesión de Akira con cazar y dar muerte al último lobo, que ahora no es más un ser concreto, sino otra vez la idea de un propósito, de una causa, de algo que redime y justifica. Pero en el momento del encuentro entre el cazador y su presa, el primero duda. Y la película hace un corte que supone una elipsis de un año: ahora Akira ha aceptado su destino, trabaja en el aserradero, y otra vez los cazadores y las autoridades lo convocan para saber su parecer sobre el lobo que ha aparecido en los alrededores. Y, para sorpresa de todos, el viejo cazador les pide que lo dejen vivir. Pero la inercia de lo inevitable posee un peso invariable: los cazadores organizan la partida y la película acaba cuando estos parten a cumplir su tarea. El plano final es el de aquella muchacha cubana, fusil en ristre, corriendo a través de un tupido bosque…

Los lobos del Este acaba siendo una película acerca del sentido de la realidad que nos tejemos para justificarnos la vida. Ergo: acerca de la ideología. Su protagonista descubre que el lobo y él no son tan distintos. Ambos demandan, únicamente, sobrevivir. Son anomalías porque encarnan la persistencia de algo legendario, remoto: el misterio de algo único. Por eso Akira perdona la vida a la bestia, por eso suplica a los demás que le permitan seguir vivo. Pero el mundo es gobernado por una conciencia de la necesidad que debe cumplir los mandatos de una racionalidad a la que no le importan los rasgos inefables de lo inesperado, ni la dignidad no egocéntrica de un hombre viejo que acaba de entender que si matamos todo lo que no podemos explicar, perdemos lo esencial que nos sustenta.

El mayor problema de comunicación en Los lobos del Este es que el conflicto específico de Akira no parece enhebrar del todo con ese perímetro alegórico. O que su comentario en torno a la utopía como mito inalcanzable permanece entre tinieblas, bajo un manto de peripecias dramáticas que no evolucionan lo suficiente. Porque Los lobos del Este luce como una película menor, cuando en verdad no lo es. O no debiera serlo. La intencional baja intensidad dramática del cine de Quintela es como la obsesión expresiva de alguien desganado, pero que en verdad sabe disfrazar el borde catártico de sus relatos bajo la apariencia de una ataraxia. Y ello los transforma en dispositivos formales aun más impactantes.

Los lobos del Este es, por cierto, una película muy freudiana. Está llena de ideas complejas acerca del significado de la existencia humana, sobre el papel que juegan las convicciones personales en la producción de un imaginario propio, del cual resulta imposible desembarazarse. En esa dirección, invito a detenerse en la secuencia donde Akira penetra en la guarida del lobo, que es como abismarse en el propio inconsciente; no vemos a la bestia al otro lado, apenas escuchamos su gruñido amenazante; tampoco es posible ver lo que sucede después que el cazador lo encañona.

Asimismo, el túnel de carretera por el que Akira retorna a su casa supone otro abismo, otro trayecto hacia dentro. El bosque mismo es el recinto de lo irracional, un canal para los demonios del destino (si es que decidimos abandonar el análisis textual y optar por la lectura simbólica, por aplicar las herramientas de la semiología).

Los lobos del Este es, finalmente, un homenaje a su actor protagonista, el célebre intérprete japonés Fuji Tatsuya. Tatsuya es una leyenda en Japón (trabajó con Nagisa Oshima: es el protagonista del célebre díptico El imperio de la pasión y El imperio de los sentidos), un actor muy querido y respetado, y esta historia parece referirse al declive inevitable que sobreviene a todo patriarca. Su interpretación es el pilar más sólido y el eje de la poderosa imantación que el espectador que se entregue al misterio, a los silencios y miradas perdidas que ofrece en la película, va a ser capaz de percibir. Los lobos del Este es él, para él, por él.

Estamos ante una película que manifiesta la madurez alcanzada por el cine independiente cubano. Sin hacer una “película cubana”; más bien, en cambio, manifestando una perspectiva universal, Quintela consigue la mejor película cubana de 2017 (un año olvidable para la producción de largos de ficción nacionales). Y que, debido a su excentricidad remarcable, no será estrenada de manera normal en nuestro país. Seguramente, otro “error lamentable de la política cultural” que nos gobierna. (2018)

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