Los cineastas cubanos vuelven a declararse… ahora en cardumen

Una aproximación a la declaración de los jóvenes cineastas cubanos, dada a conocer esta semana.

La última línea de las Palabras del cardumen. Declaración de jóvenes cineastas cubanos, todo un manifiesto cuasi programático, apela a dos sucesos importantes, históricos ambos: el Mayo Francés, que está cumpliendo cincuenta años, y la primera convocatoria de hace un lustro a la Asamblea de Cineastas Cubanos que “daría origen al ya extinto g-20”. 

Comienzo por el final, pues refiero un texto que insiste en proponerse no como un acontecimiento aislado, ni como una escaramuza efímera. Con voz generacional y aires gremiales, sus autores se autoreconocen como herederos directos de una primera brega precursora que persiguió reivindicaciones puntuales y definitorias para el desarrollo próspero, honesto y plural de la imagen en movimiento en Cuba. Pues “no somos el mañana, ni el mero presente, y mucho menos el pasado del cine cubano. Somos una combinación activa de tres tiempos, una maquinaria de múltiples voces e intenciones diversas unidas por el deseo de soñar. Soñamos con un país capaz de verse frente al espejo negro que es el cine, y que ante él logre reconocerse, amarse y odiarse, criticarse y alabarse, resistir y transformarse, todo al mismo tiempo”.

Sin pecar de retórica falaz, igualmente se autoreconocen como “continuadores de un cine inconforme y revelador, ese que el ICAIC acogió y defendió, de amplia tradición dentro del Nuevo Cine Latinoamericano. Por ello, no aceptamos zonas de silencio en nuestra historia ni obstáculos para el conocimiento y la representación artística de esta, aún de aquellos sucesos más cuestionables. El dolor acallado solo genera represión, odio e hipocresía social”.

Palabras del cardumen… resulta inmediato colofón y secuela continuadora de la intensa polémica cultural, desplegada casi en su totalidad en redes y plataformas digitales desde el 22 de marzo de este año, a propósito de la suspensión abrupta de la Conferencia de Prensa de la edición 17 de la Muestra Joven por parte del presidente del ICAIC en nombre de toda la institución. ¿La causa del desaguisado? Una previa declaración formal en las redes sociales de los organizadores del certamen, puntualizando su desacuerdo con decisiones institucionales respecto a una cinta que, a criterio de los funcionarios, injuria a José Martí.

Gran parte de los criterios escritos y gráficos de toda laya, provocados por esta situación han sido además compilados por la Muestra en un copioso documento en pdf, que con más de cien páginas ya comienza a circular entre los interesados, y cierra (por ahora) con estas Palabras

Si de algo hace gran gala esta Declaración de jóvenes cineastas cubanos es de conciencia histórica y sentido del momento histórico. Muy a propósito de los continuos llamados desde medios oficiales cubanos a preservar la memoria, a vivir el hoy con plena conciencia del ayer, a ver la actualidad cubana como parte de procesos iniciados hace un siglo y medio. Estas Palabras… honran sin dudas tales convocaciones, y retoman el batón largado por el g-20 a partir de un penoso episodio, suscitado precisamente en el mismo Centro Cultural Cinematográfico “Fresa y Chocolate”, donde fue frustrada la referida Conferencia de Prensa de este 22 de marzo. Sin dudas, este espacio resulta todo un hot spot de los más recientes avatares vindicatorios fílmicos —y culturales por extensión— cubanos. Vale aclarar que una posterior y digna declaración firmada por el primer grupo fungió más como epílogo que como resurrección.

Ante la irresolución de todas las demandas planteadas por dichos precursores, e incluso el agravamiento de varias de las problemáticas denunciadas, los autores de las Palabras… claman porque “el Estado dé respuesta a demandas del gremio que son impostergables: el Registro del Creador Audiovisual, el Fondo de Fomento, la Comisión Fílmica, la legalización de las productoras independientes, y, por último, la promulgación de una Ley de Cine ante la obsolescencia de la Ley 169 de Creación del ICAIC”.

Me permito un grueso subrayado para este último reclamo de los creadores, que declaran padecer “la inexistencia de plataformas consolidadas y eficientes que nos permitan producir y distribuir legalmente nuestro trabajo como artistas. Nuestras obras nacen por las más diversas vías: utilizando recursos propios, aportes solidarios de colegas, fondos de cooperación internacional, crowdfundings y la gestión de productoras independientes, estas tres últimas, sometidas a una burda campaña de descrédito. A ellas se suman apoyos esporádicos y parciales que proveen instituciones y empresas estatales de la cultura u otros sectores. Todas estas vías juntas, sin embargo, no son suficientes para responder a nuestro potencial creador ni se integran de manera eficaz”.

La sumatoria de estos numerosos factores nítidamente enumerados, apunta a una crisis, donde no es menos que preocupante “el tenso ecosistema nacional en que se desarrolla actualmente la creación, y de manera particular el audiovisual. La arbitrariedad con que se aplica la política editorial en instituciones como el ICAIC, el ICRT y, en fecha reciente, la FAMCA, así como sus correspondientes episodios de censura, minan más aún la confianza en nuestras instituciones. Resulta alarmante, por demás, la inconsistencia intelectual de los argumentos que funcionarios y asesores suelen esgrimir para vetar o regular la visibilidad de proyectos u obras. Tales prácticas, sumadas a la difamación, en medios de prensa oficiales, de críticos y realizadores, generan un clima inapropiado para la libre creación y circulación de las ideas”.

Este contexto no menos que aciago y detalladamente expuesto, delata que la verdadera e intransigentemente conservadora Contrarreforma fue la única respuesta posible de la institución ante el disenso de los cineastas del g-20 y su Asamblea de entonces. Como deviene tradición amarga, todos han sido acusados, sin prueba alguna casi siempre, de contrarrevolucionarios y (o candidatos a) mercenarios del gobierno de los Estados Unidos en la guerra cultural que afirman sostiene contra este país. Como también se puede apreciar en varios textos recogidos por el dossier mencionado, el descrédito y la deslegitimación moral y política parecen ser la única estrategia de la institución y sus voceros (quienes no dejan de estar en su total derecho de escoger el bando de su preferencia) para impugnar cualquier criterio divergente como inspiración de la malicia y la perfidia de personas innobles y no merecedoras de crédito.

Por eso, desde un espíritu plural y diverso, no puede dejarse de clamar por un verdadero entendimiento que trascienda la obcecación, ya que “se impone construir un diálogo con las instituciones y sus representantes, así como al más alto nivel del Ministerio de Cultura y de organizaciones que deben representar a los artistas, como la UNEAC. Pero ha de ser un diálogo en condiciones de equidad a partir de una lógica no autoritaria, patriarcal, paranoide; sino horizontal, respetuosa y desprejuiciada; y sobre todo efectivo, que conduzca a resultados concretos más allá de la retórica. En un país como el nuestro, la política cultural no debe ser un sobrentendido ni puede imponerse como dogma”.

Poco hay que apostillarle a un texto como este cuando se comparte racionalmente su lógica de cardumen infinito y multicolor —como se aprecia en la imagen gráfica que lo acompaña—, donde la unidad se presenta como sumatoria de individualidades participantes, no como la supresión homogeneizadora de toda diferencia, ni movilizaciones enajenadas para pelear a la riposta. Solo queda seguir sus instrucciones para suscribirlo electrónicamente, y formar parte de la historia con plena conciencia de esta. Yo también #FirmoSoyCardumen. (2018)

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