El hombre de Tom is a boy

Para hablar en inglés…

En días recientes, autoridades educativas cubanas se pronunciaron por la extensión y profundización de la enseñanza del inglés en nuestras universidades. Para la mayoría de los que escuchamos tales declaraciones no nos ha sido difícil comprender que una vez restablecidas las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos las posibilidades que se abren no solo en el terreno del turismo, sino en el del intercambio académico, artístico o deportivo, requieren del cubano una mayor atención a la lengua del vecino, un tanto descuidada en los últimos años.

Hasta finales del siglo XIX la mayor parte de población cubana parecía refractaria al aprendizaje de aquel idioma. Ni la breve ocupación inglesa de La Habana en el siglo anterior, ni el intenso intercambio comercial del puerto capitalino con la nación del norte fueron motivos suficientes para ello. La gente ilustrada presumía de hablar francés, más allá del latín todavía obligatorio para científicos y letrados.

Solo contados intelectuales que habían estudiado en la patria de Lincoln o hallaron refugio en ella a causa de la represión colonial llegaron a dominar el inglés. Un caso privilegiado es el de José Martí que no solo pudo disertar y redactar artículos en esa lengua sino que fue un respetable traductor de literatura norteamericana y textos de divulgación para la Casa Appleton. Todavía hoy su traducción de la novela Misterio de Hugo Conway es considerada un auténtico modelo en su género. Algo semejante ocurría con Enrique José Varona o con Nicolás Heredia, pero el habla de los anglosajones continuaba siendo dialecto bárbaro para la mayoría de los habitantes de Cuba.

Esta situación vino a revertirse a partir de 1898. La presencia de tropas de Estados Unidos en la isla y, sobre todo, la acelerada inversión estadounidense en tierras, ferrocarriles, centrales azucareros, evidenció la necesidad de conocer la lengua del ocupante. Muy pronto comenzaron a insertarse en los periódicos anuncios en inglés, lo mismo promovían ventas de tierras que alquileres de inmuebles o variados servicios. Muchos establecimientos cambiaron sus nombres tradicionales por otros de sabor sajón y un amplio número de desempleados y buscavidas comenzó a rondar los cuarteles y sitios de recreación de los ocupantes para servir de guías e intérpretes a las tropas. Era de buen tono colocar en la recepción de un hotel o en un café el letrero que advertía: English spoken.

La reforma de la enseñanza que el gobierno interventor confió a una comisión presidida por el pedagogo Alexis Frye introdujo, como era de esperar, el inglés en los programas de estudio. Lo interesante es que dentro de aquel grupo se ocupaba de tal materia no un norteamericano, sino un intelectual cubano llamado Leonardo Sorzano Jorrín (París, 1878- La Habana, 1950). Nieto del jurista y político reformista criollo José Silverio Jorrín, había vivido toda su adolescencia y parte de su juventud en Estados Unidos donde cursó la enseñanza elemental y media entre Nueva Inglaterra y Washington, antes de obtener el título de Bachelor in Arts en la Universidad jesuita de Georgetown.

De regreso a la isla tras el fin de la dominación española, cuando aún no había recibido el título de Doctor en Derecho en la Universidad, ya podía colaborar con la comisión interventora en la implementación de los programas escolares para la enseñanza del inglés. No le fue difícil comprender que los textos traídos de Estados Unidos para tal fin no resultaban adecuados para la cultura e idiosincrasia del cubano, de modo que, en la década siguiente no solo ejerció como abogado y notario, sino que desde la cátedra de tal idioma, obtenida por oposición en el Instituto de La Habana, se dedicó a elaborar libros de texto originales para ser empleados en Cuba. En 1917 pudo La Moderna Poesía dar a la luz su Libro primero de Inglés, al que seguiría un Libro segundo en 1919 y un Libro tercero en 1925.

En muchos sentidos era Sorzano un precursor: eligió el método directo de enseñanza del idioma, el más novedoso por entonces, como si se tratara de la lengua materna de los alumnos y redujo al mínimo las intervenciones en español en las lecciones; introdujo el uso de la fonética para trabajar en la pronunciación de los educandos, cuando esta era poco conocida en la mayor parte del mundo, lo que le valió llegar a ser primero miembro y luego parte del Consejo Ejecutivo de la Asociación Fonética Internacional. Además, complementó los textos con lo que hoy llamaríamos “medios de enseñanza”, junto a un libro guía para los profesores, concibió unas láminas que retrataban la existencia de una familia imaginaria, los Blake, que facilitarían la elaboración de diálogos, composiciones, ejercicios de sustitución y otras formas de práctica.

Durante al menos tres décadas, entre 1920 y 1950, el método de Jorrín, como fue popularmente conocido, no tuvo rival en Cuba. Fue adoptado como texto obligatorio para la enseñanza media y se empleaba además en escuelas nocturnas y academias privadas. Muchísimos profesores particulares iban a los domicilios de sus educandos cargados con el libro de texto y una gran lámina enrollada de The Blake family.

Eso explica que cuando hace unos lustros una comisión internacional aplicó un test diagnóstico a cierto número de cubanos para evaluar su conocimiento del inglés, se sorprendieran de que aún aquellos que afirmaban ignorarlo totalmente pudieran repetir dos oraciones completas: Tom is a boy, Mary is a girl, que eran precisamente las primeras que el alumno aprendía en el libro de Don Leonardo y que habían ganado para el cubano común los rasgos del ABC del idioma.

Nadie logró discutir a Jorrín la pertinencia de su método hasta el día de su muerte. Sin embargo, la sociedad cubana a partir de 1950 no era la misma de 1900 ni siquiera la de 1917. Los nexos con Estados Unidos se había estrechado, no solo era mucho más amplio el número de insulares que iban a estudiar o a buscar trabajo en esa nación, sino que la presencia de firmas norteamericanas en Cuba se había multiplicado y para obtener en ellas una plaza de secretaria, contador, publicista, había que demostrar un manejo básico del idioma. En muchos hogares se exhibía con orgullo el diploma que daba fe de que la hija estaba capacitada como “taquimeca bilingüe” y se abrieron varias academias que enseñaban la lengua con profesores venidos del Norte. Los muy exclusivos colegios católicos encontraron la rivalidad de los centros abiertos por algunas confesiones protestantes como Escuela Progresiva de Cárdenas uno de cuyos timbres de gloria era el rigor en la enseñanza del inglés.

Esta variedad de posibilidades rompió la exclusividad del método de Sorzano aunque este fuera conservado por la enseñanza pública y por algunos profesores y academias particulares. Aceleradamente se importaron del Norte métodos más modernos pero que se introducían sin adaptación alguna a la cultura local. Además, comenzó a imponerse la idea pragmática de que era posible estudiar individualmente y de forma acelerada el idioma y el mercado se vio invadido con aquellas maletitas que contenían unos folletos y discos de acetato con los que una persona podría aprender “inglés en veinte lecciones”. Había mucho menos de ciencia y bastante más de colonización cultural en tales procedimientos.

Con el triunfo de la Revolución, aunque los textos de Jorrín abandonaron la palestra, el inglés se mantuvo en la enseñanza general y aún se multiplicó con la apertura de escuelas nocturnas de idiomas en las principales ciudades del país, además de la creación en La Habana de la célebre Escuela Gorki para la formación de los correspondientes profesores y el diseño en la Universidad capitalina de la carrera Lengua y Literatura Inglesa.

Sin embargo, tales empeños pasaron por los avatares de la crisis política entre Cuba y Estados Unidos. Muchos apostaron por que en plazo corto la enseñanza de la lengua de Emerson sería desplazada por la de Tolstoi. Los alumnos muy aplicados en el estudio del inglés se hacían sospechosos de querer abandonar el país o de escuchar emisoras en esa lengua, consideradas todas enemigas, hasta aquella “QQ” que mantenía informados a los jóvenes sobre la marcha del rock en el mundo en los años 70. Al parecer la única razón aceptable para saber inglés era consultar bibliografía técnica que resultara inaccesible en español.

Aunque algunos profesores cubanos concibieron libros y folletos para la enseñanza de aquella lengua, la tendencia a la larga fue a inclinarse hacia la bibliografía británica, supuestamente en busca de la pureza original, pero en realidad para desnorteamericanizar los contenidos. De este modo, hubo una generación que estudió por el método Alexander, antes de que otra tuviera que desentrañar los folletos del Spectrum.

Cuando las autoridades educativas hablan de la búsqueda de un soporte tecnológico para el acelerado aprendizaje del inglés en nuestras universidades supongo que en último caso se refieren a laboratorios modernos, pero también a las posibilidades individuales a partir del método de moda: el Rosetta Stone. No está mal, pero aún en estos tiempos de globalización, alguien tendría que recordar a Don Leonardo Sorzano Jorrín e intentar un método adecuado a nuestros rasgos locales. Sería lo más oportuno y digno. (2015)

2 comentarios

  1. Gabriel M. Valdes

    Muchas gracias por hacerme recordar mi juventud. Estudié ingles en el bachillerato usando el libro de Jorrín. “Tom is a boy. Mary is a girl. Tom has a dog. Mary has a cat…”, primera lección. El método enseñaba a leer y escribir bastante bien. No sé si fue por mis profesores, el cubano Sr. Hernández, al que apodábamos “bombillo” o el canadiense, Mr. McKewan, que todos decíamos se llamaba Macuban, la enseñanza del inglés oral no se enfatizaba. Los exámenes, tanto en el Colegio De La Salle como en el Instituto de la Habana, eran escritos. No se examinaba ni la recepción ni la producción oral. Cuando llegué a los Estados Unidos leía y escribía con fluidez, pero tuve que aprender a comunicarme oralmente en la lucha de la existencia diaría. En cuanto al uso actual del “Rosetta Stone”, no estoy muy de acuerdo. Ese método “gráfico-oral” usa las mismas fotos para enseñar palestino y para enseñar hebreo. Lo mismo hace con algunos otros idiomas, así que el aspecto cultural no se toma en consideración.

    • Luisa Laje

      Así me pasó a mí. Llegué a New York a los 15 años, sabía leer y escribir en inglés, pero se nos perdió una maleta en el viaje y no podía hacerme entender por teléfono para reclamarla, y en la escuela el maestro de matemáticas no me entendía lo que hablaba. Me demoró años perder el miedo de hablar.

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