El cuerpo femenino en el cine de mujeres
Ya el cine no consiste solo en “la historia de un hombre que”. Tres películas exhibidas en el más reciente Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana sirven de botón de muestra.
Noches de fuego: el drama de ser mujer en el violento México contemporáneo.
Foto: Tomada de Habanafilmfestival.com
A diferencia del cine para mujeres, que describe una condición de subalternidad “otorgada” en el consumo audiovisual, apoyado por una industria que lucra vendiendo fantasías románticas, el cine de mujeres expresa un conjunto de situaciones enfocadas en el sujeto femenino como protagonista dentro de la narrativa fílmica.
Al mismo tiempo, ofrece una continua revocación de los estereotipos sexistas y del limitado espectro de roles y situaciones que se le ha permitido encarnar a la mujer en la pantalla.
No existe una perspectiva única o un planteamiento tajante que sirva de horcón a esa voluntad performativa y significante de narrar al sujeto fermenino. Las “excentricidades” atribuidas al cuerpo en el cine de mujeres llegan a equipararse con prácticas que los hombres creían inventadas y capitalizadas por ellos, como la masturbación.
Mientras el discurso en el cine de corte aristotélico coloca el deseo masculino como detonante del conflicto, la mirada femenina se abstrae de la necesidad de posesión que oculta todo deseo.
Todo cine de mujeres produce una narrativa en cierto modo autobiográfica o autorreferencial, donde con mayor frecuencia se expone el cuerpo como territorio de peligro, de poder, o como fuente de autorreconocimiento y autosatisfacción.
Tres filmes presentados en el más reciente Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana sirven de botón de muestra: Regla 34 (Júlia Murat, 2022), Clara sola (Nathalie Álvarez Mesén, 2021) y Noche de Fuego (2021, guion y dirección de Tatiana Huezo).
Regla 34: jueza y parte no se excluyen
A través de Regla 34 se plantea el conflicto de Simone (Sol Miranda), una mujer leguleya, expandida entre su proyección social y profesional, su vocación y sus apetencias sexuales. Un conflicto que corre a expensas de aquel espectador acosado por sus propias reticencias y presionado a establecer empatía o no con la protagonista.

Simone tramita su sexualidad en términos compatibles con su práctica jurídica sobre los temas de violencia de género. El suyo es un cuerpo negro, real, no inscrito en el estándar de belleza preconizado por el mainstream. Sin albergar reparos se opone al discurso feminista de corte radical que cuestiona la prostitución, sancionada a partir del orden moral burgués. Supone que el servicio sexual o sexo transaccional es un derecho que debiera correr parejo para hombres y mujeres.
Pero este implica para la mujer una serie de riesgos derivados de la dominación que históricamente ha colocado al hombre como figura despótica y abusiva. Por eso, más allá de su decisión libérrima a explayar sus fantasías fuera del marco de las redes sociales, la suya se va convirtiendo en un deporte de alto riesgo.
La existencia de plataformas de internet que permiten exponer el cuerpo y explotar la sexualidad con el consiguiente provecho económico, es bien vista no solo por aquellas interesadas en aumentar su peculio mensual, sino por quienes aplican un narcisismo sanador contra las imposiciones de una praxis cultural prohibitiva.
Simone no duda en arrastrar su cuerpo hacia zonas de placer no convencionales. Y por más peligroso que parezca su plan, hay que reconocer su legítimo derecho al riesgo.
Nadie cuestiona que el héroe ponga en riesgo su vida para enaltecer su prestigio o para acceder al cuerpo de la princesa como trofeo. El reto del cine de mujeres es el de rebasar el desafío y proyectarse hacia la puesta en crisis de la conflictividad tradicional.
Ni locas, ni santas, ni putas, ni vampiresas, ni brujas. Sino sujetos en plena potencialidad, sin fronteras, sin límites y sin ciudadanías.
El nombre secreto de Clara
Por el contrario, en Clara sola, una mujer vive el agobio de no expresar su sexualidad libremente. Este drama costarricense presenta a Clara, autista y sanadora, quien suele aliviar las dolencias de los vecinos a cambio de una pequeña remuneración, que la familia cobra y malgasta en su nombre.
María, su sobrina adolescente, la baña, la peina y la viste como si fuera una muñeca. De lo contrario, quién sabe si Clara preferiría llevar sobre su cuerpo el olor de Yuca, la yegua blanca que solo responde a su llamado.
Donde la sorprende el deseo, ahí se masturba; y detrás viene la madre escandalizada, reprimiendo, culpabilizando. Todo se complica cuando aparece Santiago, encargado de manejar a Yuca, enamorar a María y avivar con su carisma los instintos de la madura virgen.

Los deseos de Clara no provienen de su condición mental, sino del natural apremio de la libido a una edad en la que concluyó el furor de la primera juventud, pero empieza a manifestarse el hervor hormonal de la cercana menopausia.
Un motivo que la directora explota es la plasticidad sinestésica del tacto. Sentimos cuando Clara acaricia a Yuca, la baña, repasando con suavidad su pelambre húmedo mientras le platica. Tentamos la tibieza del agua cuando se sumerge en el río invitada por Santiago. Nos invade el chapoteo en el tórrido fangal cuando ella se echa por tierra arruinando la pulcritud de su vestido.
Sentimos un ligero picor cuando se deja caer sobre el pasto. Difícil escabullirse al olor de sus dedos cuando se toca o al ardor de su vagina preñada de chile.
Noche de fuego: crimen, vírgenes y amapolas
Hay películas que duelen, pero son necesarias. Noche de Fuego es una de ellas. Con furibundo realismo, la directora Tatiana Huezo muestra la vida de Ana, de ocho años, en una pequeña comunidad rural del estado de Jalisco, donde un nuevo cártel de la droga ha venido a sembrar el terror entre los pobladores.
Los obligan a pagar impuestos por permanecer en aquellas tierras; así como a cultivar amapolas para surtir el mercado ilegal de los opiáceos. Sin embargo, lo que mantiene en permanente pavor a Rita, la madre de Ana, es que se lleven a su hijita y la desaparezcan para siempre.
Noche de fuego visibiliza un segmento de la silenciosa masacre que vive la sociedad mexicana en diferentes instancias y, particularmente, en el sector femenino, diezmado por la violencia de género que solo es un capítulo más dentro del escenario espeluznante y naturalizado del narcovandalismo en ese país.
La película nos recuerda que, muy lejos de las construcciones mitológicas occidentales sobre los raptos y sacrificios de doncellas, protagonizados por minotauros, machos cabríos y otras quimeras, las mujeres han sido obligadas a servir como esclavas sexuales desde tiempos remotos. La pequeña comunidad donde viven Ana y su madre, es solo un ejemplo de la sociedad toda. Allí se encara día a día el peligro de ser mujer.
Por eso el pelo corto, la prohibición de maquillarse, los escondrijos cavados en la tierra, un vivir de gusano. La primera escena, en la que Ana cava con sus propias manos una tumba refugio, describe en apocalíptica premonición el destino de estas niñas: escapar o morir.
Similitud en la diferencia
El cine de mujeres suele destacarse por su autenticidad tanto como por la sencillez de su urdimbre epistemológica. Tiende a una transparencia que confunde por su espontaneidad. Apela a la intuición del destinatario, asegurando a su potencial espectadora el alivio moral y resarcimiento lúdicro. Jamás traiciona a su protagonista, aunque pueda terminar derrotada como la jovencita Macabea de La hora de la estrella (Suzana Amaral, 1986). La tarea queda cumplida por la magnitud de la denuncia implícita.
El cuerpo se corona a sí mismo como fuente de placer sin esperar la gratificación masculina. El falo es una opción no un destino. El cuerpo recupera su realidad, su polifuncionalidad, a partir del cuestionamiento revocativo de los roles impuestos por la tecnología del género. El cuerpo sabotea los mandamientos, se libera, se democratiza y se expande.
En Good Luck to You Leo Grande (Sophie Hyde, 2022), una mujer madura paga los servicios sexuales de un joven gigoló para recuperar el cuerpo que le fue hurtado por un matrimonio y una maternidad inducidas por el habitus. Como en otros filmes con una clara female gaze, aquí se desmonta el criterio sobre la mujer considerada como complemento simbólico pasivo del hombre y como máquina de reproducción biológica.
Ya el cine no consiste solo en “la historia de un hombre que”. El cine de mujeres representa el exorcismo contenido en una diégesis que no habla de pecado, castigo, resignación y purga, sino de poner el cuerpo a vivir sin límites opresivos.
Lo femenino es esa multiplicidad de enfoques y experiencias vivibles y plurívocas, que definen un cuerpo empírico, antimachista y antipatriarcal por antonomasia. Con su rico patrimonio de historias in crescendo, el cine de mujeres es en sí mismo un hecho emancipador, en el que ellas se niegan a pagar por su osadía lanzándose al precipicio como imponían los tiempos de Thelma y Louise (2023).
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