Ida y regreso de Ítaca en un ómnibus urbano
Las tribulaciones con el transporte en La Habana
La batalla por subir a una guagua no es nada fácil
La Habana se ha ido llenando de motocicletas y bicicletas con motor; los jóvenes que pueden adquirirlas han hallado en ellas un recurso efectivo para paliar la crisis de transporte; pero la mayoria de la población no puede permitírselo, como tampoco acudir a los taxistas, cuyas tarifas crecen a la par de la crisis del combustible. Para esa población, dependiente de las guaguas, cada viaje es como el regreso de Odiseo a Ítaca.
Tomar una guagua o un taxi en la mañana en la bulliciosa esquina de La Palma, en Arroyo Naranjo, es sumergirse en un tumulto que va y viene en todas las direcciones: por Diez de Octubre, por Calzada de Bejucal, por Porvenir, por Calzada de Managua… Gente que quiere llegar a su centro de trabajo, a un hospital, a un mercado, a un banco…, o a su casa, en Centro Habana, el Vedado, la Víbora, Marianao, Playa, Mantilla, Párraga, Calabazar, o Santiago de las Vegas.
Quienes quieren montarse en un taxi colectivo (los llamados boteros) se arremolinan cerca del antiguo Sylvain y corren al grito de “Habana” o “Vedado”, hacia los autos y jeeps que van hacia esos destinos; pero esta mañana hay muy pocos boteros y alcanzar uno es en extremo difícil, sobre todo si no eres joven.
La batalla por subir a una guagua en la parada después del puente, en Calzada de Bejucal, tampoco es fácil. Pero marco en la cola del P9 a ver si aparece alguno. Debo llegar al Vedado antes de las 12 meridiano y son las 9:30 a.m. En teoría tengo tiempo. Cuando ya no soy el último me adelanto unos veinte metros para ver si pesco uno de esos miniómnibus llamados gacela. Sería una maravilla. Son cómodos, baratos y rápidos. Mas están desaparecidos, apenas pasan dos –llenos– en una hora y siguen de largo. Así que el P9 es mi única opción.

Cuando llevo más de una hora en la parada, aparece el P9. Como me he estado moviendo de un lado a otro, no localizo a las personas que iban delante de mí en la cola, así que debo ir hacia el final. No importa. El ómnibus es un articulado bien espacioso y cabemos todos.
A las 10:45 a.m. arranca el P9 desde la parada de La Palma, la segunda de su travesía. Le queda un mundo por recorrer hasta el Vedado. Montó toda la cola sin problema y yo avancé lo que pude hasta posicionarme donde al menos entra aire.
Con los pasajeros que suben en las dos paradas siguientes, las de María Auxiliadora y San Leonardo, todavía queda espacio, pero en La Víbora ya se llena la guagua, y el chofer, que parecía muy sereno y relajado antes, comienza a hablar a gritos, a exigirles a los pasajeros que caminen, que los tubos no son suyos, que no se amontonen en la puerta, que él no sale hasta que la puerta no cierre. Apenas hemos recorrido algo más de kilómetro y medio y me parece que llevo un siglo en el P9.
El trayecto de ahora en adelante es lento y angustioso. El ómnibus avanza por la Calzada de Diez de Octubre como si fuera un carro tirado por caballos. Aunque la guagua va repleta, el chofer se detiene en cada parada y sigue subiendo gente, pero es cada vez más difícil cerrar las puertas. En la parada frente al excine Moderno el chofer explota y le dice a un pasajero que si se cae y la guagua le pasa por encima es su problema, él se lo buscó. A estas alturas me inquieta seriamente el estado emocional del chofer, me preocupa que le vaya a dar un infarto y lo que pueda ocurrir con nosotros si la guagua se queda al pairo.
Para no estresarme demasiado yo también, he venido observando las maltrechas edificaciones a lo largo de la Calzada “más bien enorme de Jesús del Monte” de que hablara Eliseo Diego. Si el poeta pudiera ver lo que queda de ellas, en qué se han convertido esas construcciones, sobrevivientes a duras penas, erguidas a duras penas, condenadas a una muerte lenta como el paso del P9.
Cuando cruzamos el semáforo de Diez de Octubre y Calzada de Luyanó, recuerdo los versos de Eliseo: “Luyanó y Jesús del Monte resplandeciendo sus torsos como si fuesen dos ríos jóvenes crueles de transparencia y ruido”. Ah, poeta, ya estos “ríos” no son jóvenes ni transparentes, solo les queda un infernal ruido.
En Cuatro Caminos logro sentarme. Si bien es un alivio para mis pies, no puedo relajarme y descansar despreocupado porque se trata de un asiento destinado a mujeres embarazadas o con niños pequeños. Como no hay ninguna en la guagua, puedo permanecer aquí por ahora.
En Belascoaín y Reina se quedan muchos pasajeros, gente que va para Centro Habana y La Habana Vieja, pero también suben otros que buscan llegar al Vedado y más allá. El tiempo del recorrido hasta aquí ha sido enorme y ya no sé si llegaré tarde a mi destino.
Cuando el P9 se detiene en Coppelia me percato de una señora a punto del desmayo y le ofrezco el asiento. Ella rehúsa, y yo insisto, pero se queda de pie, dice que ya está llegando, que va para el cementerio, que si se sienta no va a poder pararse. Nos quedamos en la misma parada entonces, le digo.
Arribamos a 23 y 8 a las 11:55. La guagua ha demorado una hora y diez minutos en el trayecto. Más o menos lo que demora un auto para llegar a Matanzas desde La Habana; más o menos lo que demoraba una guagua desde La Habana hasta varios municipios de la provincia Mayabeque unas décadas atrás. Me quedan cinco minutos para llegar a la oficina donde debo recoger un documento importante, distante unos cien metros. Si no lo logro, el esfuerzo habrá sido en vano.

II
Lo que sucedió con mi gestión en el Vedado no será tema de esta crónica, forma parte del absurdo cotidiano, de las tribulaciones en que nos envuelve la burocracia de las instituciones culturales, solo valga decir que llegué a tiempo, pero todavía me quedaban varias sorpresas, otras esperas, y otras colas.
El viaje de regreso fue mucho menos angustioso porque capturé una de esas guaguas que antes tenían aire acondicionado y solo transportaban pasajeros sentados. Ahora sube todo el que cabe mientras el chofer lo permita. Como el pasillo es estrecho los cuerpos gravitan unos sobre otros (sin aire acondicionado).
A diferencia del estresado chofer del P9 articulado, este era un joven que no se irritaba, sino que alegremente, con cierto desparpajo, exhortaba a los pasajeros a avanzar y les decía que no tuvieran miedo de tocarse, de apretujarse, “que no fueran tan finos”, así que olvidándome de la “finura” llegué hasta el fondo y en poco tiempo me senté; luego tomé mi celular y comencé a teclear. (2023)
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