Las maneras de contar de David Martínez Balsa

Sin duda, una de las voces más pulidas e inquietantes de la joven narrativa cubana, el autor de Minutos de silencio expone las claves de su creación literaria.

David Martínez Balsa es uno de los autores más prolíficos y premiados de la joven narrativa cubana.

“Me gustan los temas oscuros y delicados, los que otros rechazan tocar”, le contesta David Martínez Balsa a Dazra Novak; y, mientras, de testigo de esta charla ocurrida en la Sala Villena de la sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), caigo yo en cuenta de que el joven narrador acaba de hacer suya esa máxima de Oscar Wilde sobre que la literatura tiene que ser capaz de decirlo todo.

Es la tarde del jueves 29 de mayo de 2025 y la cita organizada por Novak, escritora también, es un mero vehículo para entrevistar a Martínez Balsa y hacerlo protagonista de una nueva emisión del podcast Maneras de contar, espacio online creado por ella con el eslogan “Para pensar la literatura”.

Este habanero nació en 1991 y ya en 2017 había ganado el prestigioso Premio David de la Uneac con el cuaderno titulado Minutos de silencio. La autora de Cuerpo público y Niñas en la casa vieja quiere saber cómo es su proceso creativo; y él le explica:

“A veces me llega una idea, como esa del zapador que ha pisado una mina, y me cuelo bajo la piel del personaje e imagino las cosas que pasan por su mente cuando está a punto de saltar por los aires despedazado y entonces me surge el cuento completo… Pero la musa llega menos de lo que la gente se cree y para que salga todo un libro de cuentos hay que sentarse a escribir. Además de inspiración, hace falta mucha disciplina”.

¿Qué experiencias, se supone, tendría que haber vivido un autor para ocurrírsele esa clase de argumentos? ¿Cómo debería ser, presuntamente, la apariencia externa de un escritor que concibe historias tan dramáticas y duras? Son preguntas que me vienen a la cabeza ahora que tengo delante a Martínez Balsa; y saco la conclusión de que este muchacho resultaría para cualquiera un enigma desconcertante y un desbrozador de ideas preconcebidas.

“Maneras de pensar. Un espacio para pensar la literatura”, podcast creado por Dazra Novak, tuvo como invitado a David Martínez Balsa.

Escenarios

La guerra de Angola pareció haber dado todo de sí, en cuanto a materia literaria, con el profuso abordaje de esta por la generación de los Novísimos, en los 90 del pasado siglo. Veinte años después, un joven vivencialmente muy alejado de esa gesta controvertida la retomó con enorme verosimilitud en su primer libro de cuentos. ¿Cómo pudo lograrlo?

“Un tío mío estuvo ahí. Y aunque es hombre muy reservado, de vez en cuando me hacía historias impresionantes de aquel suceso. Con él fue que conté para que me asesorara sobre cuáles cosas pasaron de verdad y las que no”, aclara Martínez Balsa.

Él investiga, se documenta; trabaja en la escritura con mucho ahínco; y encima, fue dotado con la rara cualidad de saber escudriñar muy hondamente en los corazones humanos y en los asuntos de la vida y de la muerte. David Martínez Balsa tiene la madera y atributos de los escritores verdaderos. Por eso destaca tanto dentro de la más nueva hornada literaria de Cuba

Esa tarde en la casona de 17 y H, el muchacho de treinta y pocos acude con el pelo mojado, lo que acentúa la oscuridad de su pelo, y el peinado hacia atrás amplía su frente. Detrás de los espejuelos de miope, sus ojillos castaños se vuelven aún más pequeños y como adormilados. En su rostro estrecho la boca luce ancha; y cuando brota de ella una sonrisa bonachona, le sale a medias, tímida, con ansias de encubrir el diente chueco.

Su vestimenta corriente: tenis y jeans azul, sólo adquiere un toque rebelde por el pullover negro con la cara de Tupac (o 2Pac) Shakur, el rapero estadounidense asesinado en 1996. Sin embargo, el propio escritor va a aclarar que “me lo regaló mi hermana, ni sabía quién era el de la imagen”.

Ahora que los tatuajes han perdido el aura presidiaria de antaño, David Martínez exhibe los suyos sobre la piel aindiada, sin que le aporten aspecto de “autor maldito”. En el brazo derecho se amalgaman una máquina de escribir ―“el primero que me hice”, cuenta―, una pluma con su tintero, y el típico nativo estadounidense de toca emplumada ―“no es que crea mucho en eso, pero me han dicho que tengo ese indio como ángel de la guarda”, explica.

Lleva grabado en el izquierdo el nombre de su padre, quien dejó este mundo en 2019 y fue su primer lector y el consejero principal cuando se inició en la escritura. Acerca de esta figura tutelar agrega que era licenciado en Física y ejerció el magisterio, pero tuvo que reconvertirse en taxista cuentapropista y el último de sus días lo cogió manejando todavía su carro.

La madre, también licenciada (en Español y Literatura) y maestra por muchos años, dejó la escuela para laborar de secretaria en Droguería Habana y hoy finalmente descansa, jubilada.

Martínez Balsa debutó con los cuentos sobre la guerra de Angola recogidos en Minutos de silencio, que le valió el Premio David.

Deambulantes

Con tales antecedentes que lo acercaban a lecturas tempranas y la ruta de las letras, uno le imagina andares bien expeditos para terminar convertido en escritor. Pero al igual que los caminos del Señor, según los creyentes, son intrincados, así de enrevesado fue el sendero de Martínez Balsa. Entró a estudiar como Técnico Medio en Contabilidad y Finanzas, al terminar lo atrapó el servicio militar, y la hora de trabajar vino a continuación.

En el presente se gana el sustento en el oficio menos literario del mundo: “Ocupo el cargo del que controla el consumo de combustible, electricidad y tal, en la UEB Servicios Generales de la Empresa Serviquímica”, enuncia él, con tranquilidad.

Pero alguien que ha leído a Vargas Llosa, Juan Rulfo, Truman Capote, Salinger, Abelardo Castillo, Carlos Montenegro, debía tener ese bichito letrado adentro, agazapado, hasta que se diera la oportunidad. Y esta llegó con una convocatoria para el curso de formación literaria del Centro Onelio Jorge Cardoso. “Eso me dio el ánimo definitivo y aprendí mucho ahí”, confiesa él. “El Onelio te da el empuje y las armas”.

Obtuvo, además, un nuevo ente benefactor, el escritor Sergio Cevedo, profesor del Centro, quien le daba buenos consejos e iba a ayudarlo en el proceso de revisión de sus primeros relatos. Esos cuentos, con los que había ganado la Beca Caballo de Coral, después fueron el germen del libro que recibiría el Premio David para autores inéditos.

A partir de ahí, ya Martínez Balsa no ha parado y, tras Minutos de silencio (2019), ha ido publicando más libros de cuentos: Katabasis (2021), Deambulantes (2022), Escenarios (2022), Triple C (2023), Faunas (2023), Visita al cuarto oscuro (2023); dos novelas: El Indio de las nueve vidas (2023) y Zil 131 (2024), ambas de género negro; y dos títulos de temática infanto-juvenil: Amarrados al puerto (2024) y Los caciques (2024). Con varios de esos libros se ha alzado con importantes premios nacionales: Regino E. Boti 2021, Calendario 2022 y 2025, La Edad de Oro 2023, Fundación de la Ciudad de Holguín 2024, Bustos Domecq 2024. Recientemente obtuvo el premio Félix Pita Rodríguez, con Dormidos en el huracán, todavía inédito.

Con una trayectoria así en tiempo tan corto, se entiende por qué Martínez Balsa asegura: “Escribir para mí siempre será una mezcla de goce, martirio y, sobre todo, un apetito irresistible al que me abandonaré por el resto de mis días”.

Además de su obra personal, el autor de Katabasis trabajó al lado de Milho Montenegro para editar la antología Los extraños paraísos.

Katabasis

Catábasis es vocablo proveniente del griego, donde significa, literalmente, “avanzar hacia abajo”; y en el sentido literario apunta a las historias de “descenso a los infiernos”. Y no por gusto Martínez Balsa dio ese título a uno de sus libros de cuentos. Pues dentro del panorama actual de la literatura cubana, no se vislumbra otro autor más empeñado ―hasta “especializado” podría decirse ya― en arriesgarse a ahondar en las peores tragedias de la existencia cotidiana.

Sus personajes y argumentos hasta desbordan con creces los tópicos del “realismo sucio” ―puesto de moda a partir de Pedro Juan Gutiérrez y su Trilogía sucia de La Habana (1998)―, al ir más allá del escueto determinismo sociológico de esa corriente y mirar también el lado íntimo de la maldad, la lacra en el corazón, la predisposición al acto cruel en el individuo por sí mismo.

Por sus libros desfilan los bajos instintos que se desatan en entornos cerrados y de tóxica masculinidad: la guerra (Minutos de silencio), el servicio militar (Triple Sec), la prisión (Katabasis). Se atreve a plasmar la sordidez del crimen (El indio de las nueve lunas y Zil 131), las consecuencias de la marginalidad (Deambulantes) o de la corrupción moral del educador en las escuelas (Los caciques), y la agonía de vivir con trastornos físicos o traumas mentales (Dormidos en el huracán).

También de la sexualidad le atraen a Martínez Balsa los deseos más secretos y gustos menos amables, aquellos comportamientos que se salen de una supuesta “normalidad”. Por ello se unió a otro escritor, Milho Montenegro, en la preparación de la antología Los extraños paraísos. Cuentos cubanos de eróticas divergentes, publicado primero en Alemania, por Ilíada Ediciones, en 2023; y reeditado al año siguiente por la cubana Editorial Mecenas, de Cienfuegos.

En este volumen controversial y no apto para hipócritas y puritanos, los dos compiladores consiguieron aglutinar a 36 autores de la isla, de las más distintas generaciones y estilos literarios. Con gran orgullo se refiere el joven narrador a este importante logro: “Fue una experiencia maravillosa, porque permitió descubrir muchos autores y también interactuar con algunos, de las llamadas vacas sagradas, y ver la naturalidad de ellos y la humildad con la que nos ayudaron”.

Así que el joven autor de las historias oscuras posee, en cambio, ese lado luminoso y tan poco frecuente, lamentablemente, entre escritores actuales: lee con gusto a sus coterráneos y a sus contemporáneos, lee lo que le recomiendan y lo que encuentra, sin que le dé pena reconocer que otros de su edad puedan ser tan buenos como él. Menciona incluso sus nombres: “Alejandro Rama, Milho Montenegro, Karla Flores. Ariel Fonseca, Andrés Cabrera, Nathaly Hernández…”

Martínez Balsa trata “los temas oscuros y delicados, los que otros rechazan tocar” en los cuentos recogidos en su último libro Nuestra es la sangre.

Nuestra es la sangre

A un escritor tan prolífico como David Martínez Balsa no le ha tomado mucho tiempo arribar al punto en que puede hacerse ya una antología personal. Venciendo el instinto, según lo reconoce, de no “apretujar” demasiados en el volumen, y confiando en los comentarios de los lectores de mayor confianza, ha seleccionado once para armar Nuestra es la sangre.

Ese libro que acaba de publicarse por La Jauría Ediciones, un novel sello independiente registrado en Miami, es la opción más recomendable para los que se adentran por primera vez en el universo narrativo de Martínez Balsa. Primero, por la indiscutible calidad de los relatos y por su variedad, que es representativa de los distintos escenarios, personajes y argumentos abordados por este escritor.

En segundo lugar, por estar introducida por una “Nota de Autor”, en la cual Martínez Balsa pone el parche antes que salte el escándalo y explica:

“Considerando que varias de las historias puedan resultar hirientes —por las temáticas polémicas que se abordan—, me gustaría aclarar que mi propósito al escribirlas no fue el de emitir veredictos, celebrar o incitar comportamientos de semejante índole, sino solamente mostrar ciertas facetas de las múltiples que posee la naturaleza humana, pues, a mi juicio, negar, disminuir o encubrir procederes y sucesos no anulará su existencia ni las consecuencias de estos sobre otros.”

Aclaración inteligente, cuando resulta que vas a leer a continuación la historia que revela la dura verdad sobre la muerte de un niño en el río (“Centinela”), una acerca de traseros y cráneos rotos entre las paredes de una cárcel (“La flor más bella de este jardín”), aquella de la lucha interna para ocultar su homosexualidad en una persona aquejada por el Síndrome de Tourette (“Leve distorsión en la foto”) o la de la joven que emprende un viaje de venganza sangrienta contra quienes la ultrajaron sexual y psíquicamente (“Porcentaje de batería”).

Y justificación más necesaria aún para cuando el lector vaya a enfrentarse con el cuento “Miriam” y la tajante decisión de la doctora ante su prolongado sacrificio como cuidadora de la madre. O a la hora de cerrar el libro con “El olor de la sangre”, en que toca adentrarse en la mente de un pederasta cuyo siniestro impulso no puede contenerse ni ante el cuerpo núbil de su hija (2025).

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