José Alberto Lezcano y las redes tendidas del cine en Cuba

Acaba de fallecer en su natal Pinar del Río, a los noventa años, un referente del ensayo y la crítica cinematográfica. ¿De qué nos habló en su último libro?

Alberto Lezcano, fallecido en este mes de febrero, y su último libro publicado por Ediciones Icaic en 2019

Foto: Tomada de Cubacine

Para José Alberto Lezcano «uno de los referentes del ensayo y la crítica cinematográfica en Cuba, fallecido en su natal Pinar del Río a los noventa años este febrero» el cine es un Aleph en el que pueden confluir todas las historias del mundo.

Como en el relato de Jorge Luis Borges, donde en un punto del sótano en Buenos Aires confluyen todas las visiones del mundo, en el cine se conjugan lo lúdico y lo sacro, lo épico y lo lírico, lo sarcástico y lo solemne, entre tantas otras posibilidades.

“La vieja idea de que el arte puede ser una gruesa mentira, más creíble que la verdad, adquiere con las cámaras cinematográficas su expresión más rotunda”, sostiene Lezcano.

Para cumplir tales proezas tuvo el cine que «saltar los bastiones de todas las artes y emerger con trofeos de guerra que, ayer y siempre, provocan éxtasis o despiertan sospechas». No hay duda de que su audacia ha sido tan fuerte como su apetito inicial, pero pocos negarán que su impronta dio al siglo veinte “una de sus características culturales de mayor calado, vitalidad y comunicación”.

Es imposible desplegar el mapa sociocultural de la contemporaneidad sin las honduras y repercusiones del séptimo arte, que ha sabido, al mismo tiempo, relacionarse con las demás expresiones y expandir sus fronteras.

A este tema dedicó justamente Lezcano el que fue su último libro publicado: El cine tiende sus redes. Relación de la pantalla grande con otras artes (Ediciones Icaic, 2019). La mirada del ensayista

En este volumen se ofrece al lector una detallada reflexión sobre los vasos comunicantes entre el cine y manifestaciones artísticas como la pintura, la literatura, la música y el teatro. También aborda sus nexos con los ámbitos de la televisión, la historieta gráfica, la ópera y el circo; además de las multiplicidades del fenómeno de lo audiovisual, que incluye el guion, la interactividad y el cine dentro del cine.

Lezcano ordena y actualiza materiales dispersos para establecer, de modo inequívoco, hasta qué punto el arte cinematográfico es deudor de las manifestaciones de índole creativa como las anteriores. Vino a encontrar respuestas en un selecto grupo de películas que ostentan «coherencia, armonía y dignidad», sin temor a las tensiones suscitadas por las bisagras que sostienen a sus componentes, como Enrique V (1944) de Laurence Olivier.

Como comenta Daniel Céspedes en el prólogo del libro que mereció el Premio de la Crítica en 2022, aunque las relaciones entre cine y otras artes pueden abrir posibilidades de análisis de la obra, los ensayistas y críticos no siempre estamos dispuestos a examinarlas y a profundizar, con una mirada vinculante, exhaustiva, en estos lindes y confluencias.

Esto es justo lo que hace Lezcano al expandir sus herramientas de análisis fomentadas por el dominio de la historia del cine y las vivencias de cinéfilo de memoria prodigiosa y curiosidad fecunda. También, por sus experiencias en el oficio de crítico, que vio publicado su primer texto en el semanario Heraldo Pinareño hace más de seis décadas, para seguir en la radio, la televisión y publicaciones periódicas como El Guerrillero.

Todo ello se resume en «interés, responsabilidad y autoexigencia», según aseguró el propio Lezcano a Céspedes en el libro Apasionados y racionales. Entrevistas a críticos cubanos de cine (Casa Vacía, 2025).

Por libros como este, y otros, Lezcano se convirtió en uno de los grandes referentes del ensayo y la crítica cinematográfica en Cuba (Tomada de Cubacine).

Literatura y cine, las primeras redes tendidas

Aunque en esas mismas páginas, se reconoció como crítico “con momentos de lucidez y ataques de incompetencia», en El cine tiende sus redes su mirada es la del ensayista que sabe que en Cuba la multiproyección artística de la pantalla grande ha sido una asignatura pendiente, porque se tiende a relacionarla sólo con el par más común: cine-literatura.

El considerado por Rufo Caballero como uno de nuestros grandes analistas del séptimo arte inicia su libro, precisamente, con un sustancioso texto sobre la relación entre literatura y cine, el tema de los que aborda que más ha suscitado el interés de estudiosos y críticos.

No deja de aportar al andamiaje teórico tres términos prestados de la biología. Habla de «comensalismo», cuando la asociación entre el cine y las letras solo beneficia a uno de los dos medios de expresión (como la mayoría de los llamados bestsellers); y de “parasitismo”, cuando un filme ha pretendido vivir a expensas de la fuente literaria (el Quijote de Rafael Gil o los Hamlet de Franco Zeffirelli y Kenneth Branagh).

Además, usa el vocablo “simbiosis” para el caso en que las letras y la imagen fílmica se enlazan armónicamente, en una suerte de beneficio mutuo, como sucede en La dama del perrito, de Josef Heifitz, sobre el relato de Antón Chejov; o en Trenes rigurosamente vigilados, a partir de la narración del checo Bohumil Hrabal y bajo la dirección de Jiri Menzel, entre otros ejemplos.

Desde muy joven, Lezcano ejerció la crítica cinematográfica en publicaciones periódicas y en la radio y la televisión (Cortesía de Daniel Céspedes).

De otras artes que acompañan al cine

Así, profundiza de manera cronológica, con abundancia de información y ejemplos concretos, en el papel del guionista, antes de llevar sus análisis al terreno de América Latina y al cubano (con énfasis en filmes de Tomás Gutiérrez-Alea, Humberto Solás, Julio García Espinosa y Enrique Pineda Barnet realizados a partir de adaptaciones literarias).

Eso es algo que encontraremos, para suerte del lector, en todos los capítulos y epígrafes del libro. Pues con idéntica rigurosidad y con miras de pasión y erudición, Lezcano se referirá al «camino accidentado» entre el cine y el teatro; o los abordajes a la música, “compañera” desde la génesis de las proyecciones de Chaplin y Valentino, de Keaton, Pearl White y Tom Mix.

Tampoco deja de incluir, a manera de información complementaria, opiniones sobre la utilización de la música en el cine de directores como su admirado Luis Buñuel, Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Francois Truffaut, Alain Resnais y Robert Bresson.

En el libro, con edición de Miryorly García y diseño de cubierta de Pilar Fernández Melo y Reinier Huertemendía, continúa con abordajes al musical, la ópera, a la obra del compositor Giuseppe Verdi, a la opereta, la zarzuela, el ballet, que son puertas abiertas e invitaciones a ver o a revisitar las películas que estudia y señala.

De las artes plásticas al «juego de las matriuskas»

Y como “en mis búsquedas, he puesto énfasis en la necesidad de que el oficio del realizador de cine sea una confiable apertura hacia las fuentes de inspiración y desarrollo que son las artes plásticas (a veces limitadas a las esferas del director de fotografía y el director de arte), Lezcano le dedica a este tema un capítulo en el que rastrea y profundiza, sin olvidar tampoco la escultura, en esta relación «lógica» y vital.

Tampoco el circo y los comics escapan de su atención crítica, ni el análisis de las propias relaciones de la audiovisualidad en el capítulo «El juego de las matriuskas». El autor, además, de La magia del laberinto (Ediciones Loynaz, 2005) y El actor de cine: arte, mito y realidad (Ediciones Icaic, 2008) subraya las confluencias, afinidades y armonías de los tópicos que aborda con agudeza; dejando aflorar zonas de resistencia, puntos de controversia y los ángulos más polémicos del tema.

Criterio valorativo: considerar y excluir

El prólogo de Daniel Céspedes advierte que si bien hay un repaso historiográfico en el libro, su meta no ha sido inventariar todas las propuestas cinematográficas según cada manifestación artística. En el caso contrario, se extrañarían entonces relaciones más directas o evidentes «si se quiere», como las del cine con la arquitectura o con la fotografía.

Añade Céspedes que no obstante el libro es harto atendible por cuanto posee, no por las ausencias. Cada acápite es específico, y al considerar algunas obras y expresiones mientras se excluyen otras, Lezcano ejerció un criterio valorativo —no exento de polémica—, que permitirá al lector/espectador “(re)descubrir en el cine del pasado tal vez una obra sobresaliente e incorporar lo que vaya emergiendo en la contemporaneidad”, como si autor y lectores fueran reelaborando y reescribiendo juntos las próximas páginas del libro.

En resumen, José Alberto Lezcano, fundador del primer Cineclub y de los Círculos de Interés Cinematográfico de su provincia, nos legó con El cine tiende sus redes, junto a sus otros libros y miles de textos críticos en décadas de profesión y amor al cine, un volumen al que siempre se puede volver. Su lectura posee el encanto de la buena escritura y nos acerca, desde la pasión compartida, a las redes tendidas para siempre por el cine (2026).

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