Evocación de Choco y una imagen en la memoria

Eduardo Roca Salazar, Chocolate o, sencillamente, Choco, sigue transitando, pincel en ristre, hacia la eternidad.

La obra toda de Choco es infinita y universal y por eso, auténticamente cubana.

Foto: Tomada del Museo Nacional de Bellas Artes.

La noticia de su muerte es como un puñal en el centro de la memoria. Nunca llegué a entrevistarlo, aunque sí lo saludaba cada vez que nos encontrábamos en el Centro Pablo de la Torriente Brau, donde era asiduo visitador y parte del jubiloso público que se reunía bajo la sombra de las yagrumas en los conciertos de A Guitarra Limpia.

Siempre admiré su obra plena de figuración, cercana al expresionismo y, a la vez, abstracta. Pero más que eso, que ya es en sí complejo —porque también lo patentó en todos sus matices como dibujante, pintor y grabador—, lo que más llamó mi atención fue esa manera peculiar de Choco de dialogar con su entorno, su avidez por descubrir y contribuir a transformar las esencias humanas.

«Abrazo», Choco. Maestro de la colagrafía, su obra abrazó está técnica en toda sus expresiones. (Foto: Tomada del Museo Nacional de Bellas Artes)
 

Eduardo Roca Salazar, Choco, (Santiago de Cuba, 1950- La Habana, 2026). Considerado un gran exponente de la plástica cubana contemporánea. Su obra, raigalmente cubana y marcada por la herencia africana, renovó el lenguaje de las artes visuales en Cuba.
Su peculiar y contundente obra fue expuesta en numerosos países de Europa, América Latina, EE.UU. y, por supuesto en Cuba.

Maestro de la colagrafía —asumida por él y otros grabadores cubanos (Belkis Ayón, Raúl Alfaro y Miguel A. Lobaina, entre otros— fue un entusiasta impulsor de todo cuanto de audaz e inteligente se le propusiera o propusiera él mismo en el Taller Experimental de Gráfica, sitio que resultó escuela y, al propio tiempo, espacio creativo, abierto a todas y todos los artistas y, muy en especial, a los jóvenes.

Pero tal vez lo más singular de su creación fue su propuesta artística en el campo de la escultura, lo que algunos han denominado como “escultura colagráfica”, que nació  de su experiencia en la colagrafía y los aprendizajes en el mundo de la tridimensionalidad de la mano de su amigo y colega Alberto Lescay.

Si bien su estirpe proviene de una fusión de culturas patrimoniales, donde el resultado —aquello que Fernando Ortiz identificara como ajiaco—, siempre niega y supera a las partes, al tiempo que privilegia una noción de lo cubano no precisamente carnavalesca ni esperpéntica, sino arraigada en la conjugación de lo propiamente conceptual, lo simbólico y lo genuinamente popular; si bien todo eso, o quizás por eso mismo, la práctica artística en Choco rebosa un diálogo que va más allá de lo que se deja ver, inapresable en el disoluto juego de las apariencias, o mejor —ahora cuando todo se vende—, de los abalorios».

Tomada del blog de Omar González

 

La obra toda de Choco es infinita y universal y por eso, auténticamente cubana. No hay artificios en ella pero sí constantes preguntas sobre su entorno, su tiempo, su gente, la de a pie, la de piel curtida bajo el sol santiaguero que lo vio nacer, la de La Habana que lo acogió como hijo y que le dio un espacio para la creación en la calle Sol, en pleno corazón del centro histórico.

Ahí están las temáticas que le apasionaron y distinguen su obra: el rostro y el cuerpo humano, los símbolos religiosos, los signos cotidianos, la naturaleza, el dolor, el amor, la tristeza, lo sublime… Y están también los recursos visuales que empleó¸ el apego al concepto, el color, el volumen y una composición basada en el collage y en tonos compactos y contrastantes.

“Mujer con hoja de tabaco”, Choco. Ahí están las temáticas que le apasionaron y distinguen su obra: el rostro y el cuerpo humano. (Foto: Tomada del Museo Nacional de Bellas Artes)

Su creación artística, como bien ha dicho el periodista y crítico Omar González, es “espectáculo de luces y sombras, de claroscuros y reverberaciones”.

Pero su impronta como artista y ser humano pensante y soñante no se define, al menos pienso yo, por la diversidad que es mucho más esencial que temática, más humana que formal.  Y por esa misma razón Chocolate sigue siendo un misterio. Tan grande y tan sencillo, como lo fue aquel gesto que guardo en la memoria una tarde a la sombra de la yagruma cuando lo vi acercarse a un joven trovador y, en tono suave y sincero, decirle: ¡Te admiro, te admiro mucho, hermanito!

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