¿Amor Cristiano en José Martí?

José Martí concibió al amor como una categoría ético-religiosa que le permitía clasificar a los seres humanos antropológicamente.

Kaloian Santos Cabrera

Fragmento de la serie

La palabra amor, que se refiere a un sentimiento casi tan antiguo como la existencia humana, en la actualidad ha adquirido un carácter simplificado que la reduce a meras formas del comportamiento restándole significado y profundidad. La Enciclopedia UTEHA (Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, Diccionario Enciclopédico) al referirse al amor lo define como un afecto por el cual el hombre busca con ánimo el bien verdadero o imaginado, a la vez que apetece gozarlo. También ofrece una acepción filosófica del amor en la que lo define como una tendencia de un ser hacia otro y, en sentido estricto, de la persona humana, opuesta esencialmente al egoísmo.

Desde la óptica cristiana, el amor es la virtud primordial que encontrará su fuente principal en Dios: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Juan 4, 16). Estas palabras de la primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen amorosa de Dios.

Los textos del apóstol San Pablo son posteriores a Juan y en ellos podemos ver como el amor llegó a ser un elemento fundamental en la doctrina de la Iglesia germinal. Cuando se habla de San Pablo y el amor, rápidamente se piensa en su primera carta a los corintios:
«Tener amor es saber esperar, es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es creerlo todo, sufrirlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.» (1 Corintios 13; 4-7)

Sin comentar palabra por palabra el texto, sino más bien ofreciendo algunas perspectivas que den una visión sintética y en profundidad; lo primero que deseamos puntualizar es que aquí se habla de cosas cotidianas y concretas para que no se piense que, al poseer el amor, se pudiera prescindir ya de estos hechos elementales y sencillos. Hay que mantenerse firme, con sereno valor para ser paciente; generoso y bueno, para no dejarse llevar por la amargura, para no sacar una y otra vez a la superficie el mal que se nos ha hecho y dárselo a entender a los demás, con palabras claras o con rostro resignado. San Pablo no exige que esa sea la conducta a seguir, simplemente señala que el amor es capaz de esto.

José Martí, hombre íntegro y religioso, desde esta óptica cristiana que nos plantea San Pablo, se nos presenta como fiel ejemplo del ente imbuido por lo que hemos decidido llamar «amor cristiano».

Ahora bien, sin afán de agraviar a otras religiones y reiterando que esta es una visión desde un sentido netamente cristiano, nos atrevemos a plantear que Martí fue un hombre, como dijimos anteriormente, impregnado de un profundo «amor cristiano», aunque probablemente de forma inconsciente.

De sobra es conocido que José Martí recibió una educación enmarcada dentro de los valores católicos de la época, algo muy común para un hijo de padres españoles. Existe constancia de su bautizo, así como de su matrimonio por la Iglesia. Los centros donde cursó estudios, si bien no todos eran dirigidos por autoridades eclesiásticas, sí al menos estaban influenciados por la retórica católica. En fin, José Martí vivió dentro de un contexto donde lo más común era profesar la fe cristiana, algo que él mismo realizó al declararse «Cristiano, pura y simplemente cristiano.»

Pero también es muy conocido su profundo anticlericalismo, sobre todo en su etapa de mayor madurez intelectual. Solo basta una ojeada a sus cuadernos de apuntes para percatarnos que en Martí existe un rechazo hacia las maneras, para él poco cristianas, del propio clero católico.

En sus notas Martí critica la actitud acomodada de muchos curas; el cobro indiscriminado de los sacramentos por parte de estos; la tendencia al quietismo social de la Iglesia y su intolerancia hacia otras religiones.

Su decepción con la entidad católica alejó a José Martí de las doctrinas institucionales, sin embargo no del cristianismo.

Con anterioridad mencionamos que muy probablemente Martí haya estado imbuido de «amor cristiano» de manera inconsciente. Para comprender esto es preciso analizar las teorías de un mártir de la Iglesia: San Justino.

Este fue el más importante de los Padres apologistas del siglo II. Tempranamente se dedicó a reflexionar en torno a la filosofía del amor al prójimo y de carácter universal planteada en los Evangelios.

San Justino, durante mucho tiempo, estuvo tras la búsqueda de la verdad recorriendo las diferentes escuelas de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta en los primeros capítulos de su Diálogo con el judío Trifón, un anciano le demostró la incapacidad del hombre de satisfacer con sus propias fuerzas la aspiración a lo divino y le explicó que tenía que acudir a los antiguos profetas para encontrar el camino de Dios. El anciano lo exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz. Este relato constituye el episodio crucial de la vida de San Justino. Al final de un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana.

Las dos Apologías y el Diálogo con el judío Trifón son las únicas obras que aún existen de San Justino. En ellas, su autor quiere ilustrar ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el Logos. Todo hombre, como criatura racional, participa del Logos, lleva en sí una «semilla» y puede vislumbrar la verdad:

«Así, el mismo Logos, que se reveló como figura profética a los judíos en la Ley antigua, también se manifestó parcialmente, como en «semillas de verdad», «semina Verbi», o «Logos spermatikos» que se halla ingénita en todo el género humano».( II Apología, 8, 1-2; 13, 3-6).

Esta «semilla del Verbo», según la creencia cristiana, se encuentra en nosotros desde el principio de los tiempos y se traduce en amor que es, al fin y al cabo, razón y medio de la propia creación. Así el hombre es capaz de amar gracias al amor supremo recibido de Dios. Él nos amó primero, así lo expresa Juan en su primera carta cuando señala que: «El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su hijo como víctima por nuestros pecados» (1 Juan 4; 10). Todo amor que entregamos no es más que una respuesta a ese amor heredado. Haciendo alusión a esto, el Papa Benedicto XVI en su primera carta encíclica Deus Caritas Est señaló que: «El «mandamiento» del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser «mandado» porque antes es dado».

Teniendo esto presente podemos plantear entonces que todos contamos con el amor de Dios en nuestro ser, sin importar raza, género o la fe que profesemos. Las diferencias entre los hombres se sustentarán entonces en la cuantía de amor que seamos capaces de entregar, consciente o inconscientemente.

José Martí concibió al amor como una categoría ético-religiosa que le permitía clasificar antropológicamente a los seres humanos. Consideró que los hombres no se tenían que distinguir por su raza o por la clase social, sino que debían ser diferenciados según su capacidad de amar: «Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen.»

Pero que haya hombres que odien y deshagan no significa que carezcan de la capacidad de amar; es solo cuestión de voluntad. Voluntad para levantar al oprimido, voluntad para dejar de lado las miserias humanas y luchar por la justicia; en fin, voluntad para amar al prójimo.
La vida entera de José Martí fue un canto de amor al prójimo, que se traduce precisamente en «amor cristiano», pues es Cristo quien nos lo decreta: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22; 37-39).

El Apóstol de la independencia de Cuba, sobrenombre con el cual se le conoció a José Martí, se destacó por ser siempre un hombre de bien. Sembró y cultivó el amor en todo momento de su vida. Aunque muy joven, y por su inmadurez, declaró odiar a sus enemigos, pronto esta idea será descartada para dar paso al perdón y a la compasión. El odio nunca más tendrá cabida en su corazón, y el resto de su vida se destacará por ser una lucha en la cual el amor nunca estará ausente.

Si tomamos la definición del amor, realizada por San Pablo en su primera carta a los Corintios, vemos que en Martí, probablemente de forma inconsciente pues todos los hombres tenemos la semilla del amor intrínseca en nuestro ser, estas actitudes y sentimientos se reflejan en su vida de una manera quizás superior a la de otros hombres comunes. Este «amor cristiano» es el que hace a los hombres grandes, pero en hombres de la talla de José Martí este amor los vuelve aún más grandiosos.

Siguiendo las premisas de San Pablo, vemos que Martí supo soportar el presidio en sus años más jóvenes y la separación de su familia y de su país; se mostró siempre como un ser bondadoso y nunca presumió de su genialidad como escritor o político, carreras que habrían podido llevarlo a una destacada posición económica en su momento, y de las que se desentendió por su dedicación total a las tareas de la independencia de Cuba. Nunca se mostró incorrecto ni siquiera con sus enemigos, todo lo contrario, siempre fue un caballero. Martí nunca albergó el egoísmo pues se entregó de lleno a la causa redentora de su país. Conoció el enojo, como cualquier ser humano, pero nunca guardó rencores. Cuando atentaron contra su vida, supo perdonar a los autores del hecho e incluso los ganó para su causa. Condenó siempre las injusticias y ensalzó la verdad.

José Martí fue una persona que todo lo soportó, todo lo esperó y sufrió sólo por la esperanza de hacer más libres a los hombres.

2 comentarios

  1. Olga

    Soy una joven cubana de 25 años. Considero esta temática muy interesante ya que no había tenido la posibilidad de un acercamiento a la figura de José Martí desde este punto de vista. Deben existir más reflexiones de este tipo que se salgan de los temas a los que siempre se asocian a Martí que lo simplifican y no permiten que nos acerquemos a su pensamiento espontáneamente. Me gustó el diseño del espacio y los temas que aquí se tratan. Los felicito!

  2. José Antonio Yhanes Colmenero

    Soy casi ya un anciano, y mis maestros me mostraron desde fui un niño y despues adoklenscente, quien era José Marti Pérez, y prontamente mientras más leía lo que tenía a mis manos de él, más empecé a entenderle, a quererle y amar su obra gigante, tanto así que pude relacionarle con Itos de muchos tiempos, mostrandome su inmensa bondad humanismo y percepcion religiosa demostrada. Antes, ahora y siempre mientras existan quienes le podamos conocer por su obra, seremos y serán mejores seres humanos, realistas pero compasivos, y amantes del projimo, o como dice mi padre Roberto, amar al proximo, que dios nos guie siempre al Aposto.

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