Desarrollo social en Nuestra América
La unidad latinoamericana que Martí propugnaba ha sido una de las vías más favorables para la cooperación entre los pueblos de Nuestra América.
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Para poder entender Nuestra América, ensayo de José Martí, es preciso comprender el contexto en que fue concebido. El texto vio la luz el primero de enero de 1891 en «La Revista Ilustrada de Nueva York». Para esta fecha el continente latinoamericano se encontraba viviendo una etapa de incertidumbre debido a las intenciones expansionistas de los Estados Unidos. Mientras, en Washington se trazaban estrategias interventoras y anexionistas y las repúblicas latinoamericanas se encontraban internamente divididas, debido a la poca integración de sus capas sociales con los sectores gobernantes.
Las guerras declaradas para lograr conquistar la independencia de las repúblicas suramericanas del yugo español terminaron ensalzando a grupos conservadores de la aristocracia criolla, convertidos luego en oligarquías nacionales divorciadas de las clases populares. Esta desatención a los sectores más pobres conllevó al desigual desarrollo de las sociedades en el cono sur. Existía un enorme contraste social entre el campo y la ciudad. Mientras en las zonas urbanas se vivía a la usanza europea, un enorme «atraso» se cernía sobre los indios y las comunidades de descendientes de negros esclavos. A estas capas sociales en «desventaja» les era achacado el creciente subdesarrollo de las repúblicas americanas, principalmente debido a su incapacidad de adaptación a la vida moderna.
Esta manera de pensar tan enraizada en los sectores dominantes de la época se sustentaba en el anteriormente mencionado evolucionismo social, el cual permitía conciliar la diversidad de las sociedades y la unidad del género humano, pero prescindía del respeto a la variedad de identidades culturales. La evolución de la humanidad era para los evolucionistas sociales el único camino de desarrollo posible. La creencia en un desarrollo natural y necesario de las sociedades impedía considerarlas en sí mismas, con sus especificidades, para juzgarlas sólo en función del referente occidental. De esta manera situaban a cada sociedad en una línea de tiempo que conducía desde la barbarie a la civilización1.
Ante esta afirmación José Martí plantea una lógica de pensamiento muy diferente y señala que la culpa no radica en la identidad cultural de las clases populares como tal, sino en las formas occidentales que se quieren imponer. Para Martí «la incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales de composición singular y violenta, con leyes heredadas de tres siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez siglos de monarquía en Francia.»2
Así mismo ante la dicotomía civilización-barbarie, planteada por los evolucionistas sociales y defendida a ultranza en la obra Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, Martí señala que «No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza»3. Con esto Martí declaraba su rechazo a las ideas de un evolucionismo social que irrespetaba la diversidad cultural, y que otorgaba al pensamiento eurocentrista un aura redentora ante el «atraso barbaro» de los pueblos originarios del hemisferio suramericano. Para Martí, el hombre natural de Nuestra América y su cultura, tenían tanta riqueza, y eran tan necesarios para el avance de los pueblos latinoamericanos que llegó a plantear que: «Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra.»4
Hoy en día, para hablar de desarrollo es necesario tener en cuenta el respeto a la diversidad cultural por la que Martí abogó en su escrito de 1891. No se trata de rechazar formas que provengan del exterior, sino de readaptarlas a las realidades propias de cada nación y cultura. Cualquier otra manera puede tener visos imperialistas y colonialistas.
En lo referente a las razas en el artículo 2 de la Declaración de los Derechos humanos proclamada por la ONU en 1948 se establece que: «Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.»
Resulta curioso que el término raza sea el primero en ser mencionado en este documento, por delante de otros como sexo o religión.
Esto le otorga una importancia vital por haber sido a lo largo de la historia un factor determinante del odio entre los hombres. Hoy en día resulta inconcebible un desarrollo íntegro y humano con lastres como el racismo. Martí señaló esto cincuentaiocho años antes en Nuestra América cuando dijo que «Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas.»5
Como antecedentes de teorías de desarrollo como la de la dependencia6, pero con un carácter principalmente cooperativo ante el deseo expansionista norteamericano y sin supeditar la economía de un país a otro, Nuestra América hace un llamado a la colaboración de los pueblos en pos de un futuro mejor. La unidad latinoamericana que Martí propugnaba y que hoy en día se ha hecho una realidad con la creación del ALBA, ha sido una de las vías más favorables para la cooperación entre los pueblos de Nuestra América y ha fomentado el desarrollo de varias industrias nacionales, así como un crecimiento económico y una mejor distribución de las riquezas.
Con la unión latinoamericana, países de menores posibilidades económicas se han logrado hacer un espacio en el mercado internacional. Esto hubiera sido imposible sin la ayuda de naciones hermanas de Latinoamérica que hicieron suya la premisa martiana expresada en Nuestra América que señala que «Con los oprimidos había que hacer causa común»7, idea que el Apóstol reafirmaría más adelante en sus Versos Sencillos: «con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar…».
Para José Martí no pueden existir repúblicas con desigualdades sociales tan enmarcadas sino que estas han de ser justas; » para el bien de todos». Esta es la razón por la cual la guerra que él había estado preparando con tanto tesón, debía estar, según él, precedida de la creación de un pueblo virtuoso y justo.
Hoy en día resulta imposible pensar en desarrollo sin tener en cuenta estas cuestiones que a tiempo y acertadamente flameó el Apóstol ante el mundo. Muchas de las ideas abordadas en este texto que se desborda del sano humanismo martiano, pueden relacionarse directamente a lo que se entiende hoy en día como DESARROLLO SOCIAL, HUMANO, ÍNTEGRO Y SOSTENIBLE; el cual debe garantizar el bienestar de las personas, su seguridad, la libertad plena de cada cual y la preservación de su identidad personal y cultural8.
Notas
1- Burke, Peter. Sociología e Historia. Alianza, 1987.
2- Martí, José. Nuestra América. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, 2010, p. 9.
3- Ídem.
4- Ídem p. 10
5- Ibídem p. 15
6- Surgió como consecuencia de los estudios del CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. El primer director de esta institución, Raúl Prebisch, fue el principal defensor de esta teoría, que intenta explicar los problemas de algunos países para alcanzar el desarrollo. La teoría de la dependencia plantea que la economía de los países más pobres se encuentra supeditada a las dinámicas de producción y de mercado de los países con mayores riquezas. Este modelo centro-periferia señala que en el intercambio comercial, no todos se benefician, sino que solo las economías centrales sacan provecho en las negociaciones. De esta manera, los países económicamente atrasados tienden a convertirse en productores y exportadores de materias primas, al mismo tiempo que consumen e importan productos industriales, o sea venden el carbón y compran el diamante.
7- Martí, José. Ob. Cit. p. 12
8- Martínez Navarro, E. Ética para el desarrollo de los pueblos. Ed. Trotta, Madrid, 2000.
* Máster en Desarrollo Social por la Universidad Católica San Antonio de Murcia. La Habana, Cuba. 28 años
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