Cosude: Cooperación para el desarrollo
El Archivo de IPS Cuba rescata esta monografía de diciembre de 2005 que resume el primer quinquenio de la cooperación suiza en Cuba.
Enfoques, No.23, diciembre de 2005
En Holguín, provincia del oriente cubano, Gilberto González Pérez concluyó que los silos metálicos son lo “mejor del mundo», tras descubrir que podía guardar en ellos su cosecha de frijoles sin perder un solo grano, mientras un grupo de mujeres encontraron empleo seguro en un taller de procesamiento del bambú. En Villa Clara, al centro de la isla, Felicia Lezcano se considera afortunada porque ya no pierde el techo de su casa en cada temporada ciclónica y decenas de campesinos han mejorado y diversificado su producción al calor del intercambio con la ciencia. En San Antonio de los Baños, provincia La Habana, la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) se precia de haber conseguido “asomarse a la contemporaneidad tecnológica” gracias al mejoramiento de sus equipos.
El común denominador de estas experiencias hay que buscarlo en el apoyo de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (Cosude), columna vertebral de la colaboración de ese país europeo con naciones menos desarrolladas. En la actualidad, la agencia está presente en 17 países del Sur y 10 de Europa del Este. En América Latina, Bolivia, Perú, Ecuador, Nicaragua y Cuba se benefician de la ayuda suiza.
“En el trabajo de cooperación buscamos acompañar procesos de largo alcance, mas allá de la política o de la diplomacia del día a día”, explicó a IPS Olivier Berthoud, quien llegó a Cuba en septiembre de 2000 para iniciar un programa que al cabo de tres años demostró condiciones para continuar y crecer.
En septiembre de 2003, Cosude decidió iniciar un programa de cooperación de mediano plazo enfocado a acompañar a la sociedad cubana “en un proceso de desarrollo pacífico, participativo y con equidad. De menos de medio millón de dólares a fines de la década de los ‘90s del pasado siglo, la cooperación de Suiza con Cuba alcanza hoy día más de cuatro millones de dólares anuales”, añadió.
Al término de cinco sustanciosos años de trabajo como Director Residente de Cosude en La Habana, Berthoud regresa a su país, en diciembre de 2005, con varias lecciones aprendidas sobre la cooperación en el campo del desarrollo económico. A su juicio, una de ellas es haber comprobado, en el quehacer cotidiano, que “Cuba posee una población de nivel educativo excepcional para la región y que allí reside, sin duda, su principal potencial para el desarrollo”. Desde el primero de diciembre, la dirección de Cosude está a cargo de Herbert Schmid, un economista con 20 años de trabajo en la institución. Schmid llega de Macedonia, donde encabezó la Oficina de Cooperación Suiza durante cinco años.
UN LUSTRO DE COLABORACIÓN
El programa de cooperación suizo en Cuba, en el último lustro, ha estado dirigido al apoyo de actores locales que permitan tanto fomentar sus capacidades propias, como encontrar soluciones concretas para el mejoramiento de sus condiciones de vida. Para contribuir a superar el aislamiento del país, Cosude facilita encuentros, intercambios y acceso a nuevos conocimientos.
En el área del desarrollo económico sostenible, Cosude apoya varios programas: el programa de conservación postcosecha en silos metálicos, el programa participativo de mejoramiento de semillas, uno de opciones para el mejoramiento de la vivienda que lleva a cabo la Universidad Central de Las Villas, el proyecto de producción local de piensos criollos, el de desarrollo local sostenible a partir del bambú y un programa de reducción de consumo de electricidad por iluminación con el Ministerio de la Industria Básica.
Así mismo, fuentes de la Escuela Internacional de Cine y Televisión afirman que Cosude es la institución de proyección internacional que ha colaborado más asiduamente, en los últimos años, con esa entidad académica, ya sea por el mejoramiento de la base tecnológica disponible como por el “considerable número” de becas otorgadas. También el Festival de Cine Pobre, celebrado en Gibara, provincia de Holguín, y que ya prepara su cuarta edición, ha contado con respaldo de la Agencia Suiza.
De otra parte, Cosude ha brindado ayuda de emergencia tras el paso de huracanes y también apoya, entre otras organizaciones y proyectos, al Centro de Intercambio y Referencia sobre Iniciativas Comunitarias (CIERIC), al Centro Félix Varela y a Infomed, el portal de la salud cubana en Internet.
A la vez, un proyecto de desechos sólidos acordado en marzo de 2005 permite la creación de un sistema moderno de recogida de desperdicios sólidos urbanos que contribuirá a la protección de la salud humana y del medio ambiente, además de permitir su aprovechamiento económico como fertilizante agrícola o biogás. Instalado en el municipio capitalino de Playa, se trata de una experiencia piloto de participación ciudadana que las autoridades cubanas pretenden extender a otros territorios del país.
El Gobierno de Suiza, mediante su Secretaría de Estado para Asuntos Económicos (SECO), aportó dos millones de dólares para este proyecto, a lo que se suma una contribución cubana de 2,2 millones de pesos. La ejecución ha sido confiada a la Dirección Municipal de Servicios Comunales de Playa, mientras la implementación corre a cargo de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) y el Ministerio cubano para la Inversión Extranjera y la Colaboración Económica (MINVEC).
Todo esto es el resultado de un programa que empezó con una fase de “exploración”, a la manera suiza, y que actualmente ha crecido, pero sigue siendo “modesto”, comentó el embajador Remo Gautschi, director general suplente de la agencia suiza, durante la inauguración de la oficina de Cosude en La Habana, ubicada en los terrenos de la Oficina del Coordinador Residente de las Naciones Unidas en Cuba.
Gautschi hizo una visita de trabajo a Cuba este año, del 2 al 9 de marzo, junto al embajador Oscar Knapp, director de la Cooperación Económica para el Desarrollo de la Secretaría de Estado para los Asuntos Económicos (SECO). “La cooperación suiza se ha planteado como misión acompañar a la sociedad cubana en un proceso de desarrollo pacífico, participativo y con equidad”, añadió en la apertura oficial del local.
A la hora de definir los elementos característicos de la cooperación suiza, Gautschi mencionó la descentralización, la continuidad y la flexibilidad. Lejos de desconocer las diferencias que existen entre Suiza y Cuba, aseguró que “sólo si se adapta uno a las condiciones locales, se puede establecer una relación con confianza mutua”.
En entrevista a IPS, el diplomático abundó en este punto: “La cooperación suiza tiene como principio examinar a cada país en su propia situación. En el contexto europeo, Suiza tiene un sistema en cierto modo peculiar. En el enfoque trata de ser cuidadosa en el sentido de analizar cada país en su contexto y de no generalizarlo en el ámbito regional. América Latina es una cosa, América Central otra, pero a Cuba no se le puede aplicar forzosamente lo mismo que a esas regiones. Cuba tiene su propio contexto, su propia historia. Eso no quiere decir que no observemos la situación de los otros países, pero justamente lo inspirador está en las diferencias entre las naciones”.
A juicio de Gautschi, las personas son el elemento más importante de la cooperación, que descansa en el intercambio de ideas. “Eso no quita que haya que tener resultados como, por ejemplo, los que se han obtenido en el caso del proyecto en la esfera de la energía. Pero, de todas formas, lo más importante es el intercambio entre las personas. Sobre todo el intercambio de ideas y la concreción de lo que surja de esa relación en la cooperación. Siempre es un intercambio mutuo. En Cuba aprendemos y quizás los cubanos también se inspiren en algunos aspectos de nuestro programa”, señaló.
El embajador concedió especial importancia a la continuidad de la colaboración. “La experiencia muestra que, si se quiere obtener resultados duraderos o sostenibles, deben ser en períodos de un cierto plazo. Es difícil obtener resultados duraderos si, cada tres o cuatro años, usted cambia enfoques o el sector donde usted coopera. Eso quiere decir que, en estos momentos, tenemos la visión de cooperar con Cuba a largo plazo, pero está claro también de que no se trata de desarrollar un programa a cualquier precio. En mi enfoque de cooperación, lo importante es que exista un espacio de intercambio y de debates de ideas; si eso existe, entonces se puede pensar en desarrollar un programa a largo plazo. Es necesario un ambiente, un contexto que facilite la cooperación”, afirmó.
VIVIENDAS A PRUEBA DE HURACANES
«Soy afortunada: tengo casa, pero hasta hace poco tiempo perdía el techo con cada viento fuerte que pasaba por aquí», dice Felicia Lezcano, quien vive a pocas cuadras del mar, en Isabela de Sagua, poblado pesquero de la costa norte de la central provincia de Villa Clara y distante casi 300 kilómetros de La Habana.
Millares de familias en Cuba y otros países del Caribe y de América Central viven una zozobra parecida, ya sea por la carencia de recursos o por la fragilidad de las zonas en que habitan para resistir los vientos huracanados. Los vecinos de Isabela recuerdan que, en 2001, el huracán Michelle azotó esa localidad con vientos de hasta 280 kilómetros por hora, que destruyeron decenas de edificaciones.
Sin embargo, 21 familias ya tenían cubiertas con tejas de microcemento, fabricadas con arena, cemento convencional, agua y alambre galvanizado. Ninguna se rompió ni se movió de su lugar. «Al menos en ese sentido me siento segura», afirma Lezcano. El Michelle dejó, en todo el país, cerca de 176.000 viviendas dañadas, 13.000 de ellas destruidas totalmente y 2.000 que debieron ser reubicadas en zonas más seguras.
Al cabo del tiempo, las construcciones con ecomateriales siguen demostrando su resistencia a los vientos huracanados. Una encuesta aplicada en Villa Clara con posterioridad al paso del huracán Dennis, en julio pasado, permitió comprobar que ninguno de los más de 200 techos construidos con tejas de microcemento en la costa norte de la provincia había sufrido daños. Se calcula que unas 2.500 familias se han beneficiado en toda la provincia con esta solución para rehabilitar sus casas.
Los desastres provocados por huracanes agravan el déficit ya crónico en el sector habitacional cubano, estimado en más de medio millón de casas por el Instituto Nacional de la Vivienda. A la vez, autoridades y expertos del sector académico han alertado que el estado de las viviendas continúa siendo uno de los elementos más vulnerables del país ante los ciclones tropicales.
Según datos oficiales, 40 por ciento del fondo habitacional de más de tres millones de viviendas se encuentra en regular o mal estado, proporción que se eleva a 50 por ciento en las provincias orientales de la isla. En ese sentido, expertos del Centro de Investigaciones de Estructuras y Materiales (CIDEM), de la Universidad Central de Las Villas, coinciden en que toda estrategia constructiva debe tener muy en cuenta la necesidad de reducir la vulnerabilidad ante los desastres.
«Resistir el Michelle fue una prueba de fuego. Las tejas de microconcreto y bloques fabricados con ecomateriales ganaron en credibilidad», dijo el subdirector de ese centro académico, José Fernando Martirena. A partir de ahí, las propuestas del CIDEM, que combinan la fabricación de esos materiales alternativos con el mejoramiento de viviendas en regiones de alto riesgo de desastres naturales, cobraron mayor fuerza en Villa Clara e inclusive se extendieron a otras provincias del país.
Los ecomateriales se obtienen y fabrican mediante el uso de recursos y tecnologías locales, con un ahorro considerable en los costos de producción y respetando el entorno. De ahí el nombre, que alude a su viabilidad económica y ecológica. Martirena y otros académicos consideran que la producción de estos materiales es clave para iniciar, con criterio de sostenibilidad, cualquier programa de reconstrucción, pues elimina las dependencias externas.
Esas tecnologías incluyen el cemento alternativo denominado CP-40, hecho con desperdicios reciclados de la industria del azúcar u otros residuos propios del entorno, que luego se mezclan con cemento convencional para fabricar bloques para paredes.
El ahorro es considerable. Con una tonelada de cemento en el taller de ecomateriales se hacen 1.200 bloques para paredes, más de la mitad de los que se pueden fabricar con la misma asignación en una fábrica convencional. También es menor el gasto de energía eléctrica, pues una fábrica de ecomateriales consume sólo entre 240 a 280 kilovatios por mes, a la vez que se racionaliza el uso del transporte, ya que el taller produce fundamentalmente para la localidad en que se encuentra ubicado.
La clave de este tipo de proyectos es la descentralización, que propicia el desarrollo local, sobre todo en zonas apartadas; crea nuevos empleos, impulsa el aumento de los ingresos de la comunidad y hace que esta participe, inclusive, en la toma de decisiones.
«Hemos demostrado que dentro del esquema cubano actual, sin cambiar el sistema ni las concepciones políticas, se puede descentralizar mediante la participación de organismos locales de gobierno y de los propios beneficiarios», comenta Martirena.
Los proyectos de rehabilitación impulsados por el CIDEM en varios municipios de Villa Clara, que incluyen la fabricación de ecomateriales en pequeños talleres instalados en cada territorio beneficiado, han contado con respaldo de Cosude, la Unión Europea (UE) y fundaciones privadas de Alemania. Sin embargo, esos financiamientos no duran toda la vida. «Hemos mostrado, a nivel local, un ejemplo positivo de lo que se puede hacer, pero el gobierno tiene que canalizarlo y asumirlo a nivel nacional», concluye el experto.
El CIDEM comenzó su trabajo en Villa Clara tras el paso del huracán Lili, en 1996. Luego, en Nicaragua y en Honduras, tras el paso devastador del huracán Mitch, en 1998, contribuyó en la organización de proyectos de reubicación hacia áreas seguras de poblaciones asentadas en zonas de inundación. Experiencias similares se desarrollan en 18 países de América Latina y África, donde buena parte del equipamiento utilizado para la fabricación de ecomateriales se exporta desde Cuba.
LA REVOLUCIÓN DEL BAMBÚ
Usado durante siglos en la construcción de cercas, portones, trampas de caza y corrales para animales, el bambú también ha comenzado a mostrar en Cuba las bondades que lo hacen tan imprescindible en otras regiones del mundo. Muebles, artesanías y hasta una primera casa de bambú son las partes más visibles de un proyecto de desarrollo local sostenible en el sector campesino de la oriental provincia de Holguín.
«El campesino debe ver, si no toca y no ve, no acoge», dice a IPS Miriam Peña, especialista del programa de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), con apoyo de Cosude. Más de 10 años lleva Peña trabajando en este plan, que incluye cambiar concepciones arraigadas durante siglos y transmitidas de generación en generación. «La planta podía estar en un rincón del patio y no se usaba», comenta la bióloga.
Ahora «ya se reconoce el bambú como recurso económico, protector de la tierra y fuente de ingresos. La familia campesina sabe que si siembra hay industrias que se lo compran. Se está propiciando un nuevo tipo de economía», añade. En el mundo se describen más de 1.035 especies de esta gramínea originaria de la India, agrupadas en alrededor de 90 géneros. En Cuba se encuentran siete géneros de la subfamilia más primitiva, Bambusoideae, tres de ellos endémicos.
Conocido como «la gramínea maravillosa», el bambú crece en zonas templadas de Asia y América y se distingue por su resistencia estructural, liviandad y hábitat perenne. Una vez que se siembra, estará ahí toda la vida. «Mientras un árbol maderable demora en crecer 15 ó 20 años, un bambú apenas necesita cinco años. Además protege los suelos y las cuencas hidrográficas: donde hay bambú no se seca el río y el agua es potable», afirma Peña.
Entre las ventajas del proyecto están la creación de una fuente racional de obtención de madera, la creación de empleos, la protección de los suelos y el hábitat para un importante número de especies naturales. Evelio Torres sembró «matica por matica», un verdadero bosque de bambú que crece en el Valle de Mayabe, en las afueras de la ciudad de Holguín. A las tierras, otrora erosionadas y casi sin vida, «han vuelto las aves y los reptiles», dice.
El «bambuseto» es un área demostrativa creada con fines didácticos y de investigación. En el mismo terreno hay un banco de germoplasma con la capacidad de producir 50.000 posturas anuales, para la siembra de 200 hectáreas. Una estructura similar ha sido creada en la zona este de la provincia holguinera y, en ambos polos de desarrollo, se trabaja en la instalación de pequeñas industrias locales para la fabricación de muebles, artesanías y madera prensada.
En Holguín, provincia con varios municipios montañosos, casi 80 por ciento del sector agropecuario está afiliado a la ANAP. A finales de 2003, la organización tenía en la provincia 29.880 personas asociadas, de las cuales 2.088 eran mujeres. A una de ellas, Mayda Sablón, el bambú le cambió la vida. Tras un adiestramiento de tres meses, dirige un taller de procesamiento de la planta y fabricación de muebles y artesanías, donde trabajan otras 11 mujeres.
«En algún momento se pensó en que los hombres procesaran los troncos en las máquinas de corte, pero nosotras dijimos que podíamos hacerlo también por difícil que fuera. No se le puede dar todo a los hombres», cuenta Sablón. La mayoría de las mujeres del taller de la comunidad de La Palma, a unos 20 kilómetros de la ciudad de Holguín, fueron hasta hace poco amas de casa. La cooperativa acudía a ellas sólo cuando hacía falta mano de obra en tiempos de cosecha.
Según Peña, este proyecto de desarrollo crea empleos para la población femenina y, además, le facilita el acceso a la toma de decisiones dentro de la cooperativa campesina.
Los muebles pueden verse ya en el círculo infantil de la comunidad y en otras obras sociales. En tanto, las mayores expectativas se vinculan a una casa que recuerda las viviendas tradicionales del campo cubano, pero no lo es.
Midemnys Rodríguez y Ramsés González construyeron, con sus propias manos, la casa que habitan desde hace un año. Muebles, lámparas, adornos, las vigas del techo y hasta las paredes están hechas de bambú. «Vivíamos con nuestra hija en una casita de madera, muy vieja, que estaba aquí mismo. Ahora, junto a la casa, tenemos sembrado un bambú. Cuando tengamos algún problema con el techo o algún mueble, la solución está en el patio», dijo Rodríguez.
En la comunidad se planea construir otras 20 casas de bambú. El proyecto incluye la venta de las artesanías del taller en tres pequeños quioscos construidos al borde de la carretera que va hacia el polo turístico de Guardalavaca. «Estas casas deben garantizar una adecuada resistencia a fenómenos metereológicos, como lluvias intensas y huracanes, en un período de vida útil de unos 30 años», opinó el profesor de la Facultad de Construcciones de la Universidad Central de Las Villas, en el centro de la isla, José Fernando Martirena.
Expertos estiman que con la generalización del uso del bambú y su procesamiento fabril, esta isla del Caribe podría satisfacer 75 por ciento de la demanda de madera para sus programas de construcción de viviendas. Sólo una industria programada para la comunidad del Sitio, en el polo de desarrollo este de Holguín, podría llegar a fabricar 500 metros cúbicos de madera prensada por año para la elaboración de marcos, puertas y ventanas.
Para Miriam Peña, las posibilidades que abre a Cuba la explotación de esta gramínea son aún incalculables. «El bambú es como un veneno. La persona que se liga a él no se libra nunca», comenta. La estrategia para la introducción de la “economía del bambú” en el sector cooperativo y campesino de la provincia de Holguín incluye las siguientes proyecciones para el trabajo inmediato:
– Continuar incrementando las plantaciones, en los dos polos de desarrollo.
– Desarrollar el proceso de pruebas, ajustes y perfeccionamiento de la tecnología instalada, para validar su eficacia y alcanzar las potencialidades de diseño en la producción de madera prensada.
– Incrementar las capacidades para la fabricación de muebles y artesanía, alcanzar el espacio necesario en el mercado de moneda nacional y divisas, para elevar la sostenibilidad del Programa Bambú.
– Comenzar la construcción de viviendas, a mayor escala, con el empleo del bambú como material de construcción, utilizando fórmulas que potencien la participación comunitaria hasta convertir este proceso en una alternativa sostenible de desarrollo local.
– Ampliar y profundizar el proceso de capacitación de los involucrados en el programa, mediante la participación directa en las acciones, la difusión multidireccional de los resultados y experiencias que se vayan alcanzando.
CAMPESINOS DESCUBREN LOS SILOS
Gilberto González Pérez llegó a pensar que los silos «son lo mejor del mundo». Presidente de una cooperativa campesina del oriente cubano, nunca hasta ahora había visto que alguien guardara frijoles y no perdiera ni un grano. «Esa fue la experiencia de mi hermano y, como esa, hay otras por aquí. Los silos metálicos son más cómodos que los tanques que usábamos hasta ahora, pero también más seguros si se usan bien. Así aumenta la economía», dice. González no escatima palabras a la hora de enumerar las ventajas de los nuevos recipientes. “Ahora todo es más fácil y hasta la mujer puede extraer los granos cuando los necesita, no tiene que esperar por la fuerza del hombre para hacerlo», afirma.
Los silos cilíndricos de zinc galvanizado, especialmente concebidos para almacenar granos, son toda una novedad en Cuba. Garantizan la conservación hermética, pueden guardar diferentes especies a la vez y tienen una boquilla inferior que facilita la extracción. Diagnósticos especializados indican que la inversión realizada por un campesino cubano en la compra de silos se compensa en la primera cosecha. Si este envase se cuida bien puede usarse durante más de 20 años.
Así las familias pierden menos granos que destinan a su propio consumo, a vender en los mercados agropecuarios o a usar como semilla. Todas las variantes se convierten en ganancia. Diversos estudios indican que la instalación masiva de silos metálicos podría ahorrar a Cuba varios millones de dólares anuales en pérdidas de granos arruinados por la mala conservación.
Los talleres para la fabricación de los silos en Holguín se fueron instalando en las mismas comunidades. «Pensábamos capacitar a 1.100 productores en el uso del silo y capacitamos a más de 3.000», dijo a IPS la agrónoma Néncida Permuy, de la Estación Territorial de Investigaciones Agropecuarias de la provincia.
«Con los recortes (de zinc) se hacen platos de pesas, cubos, jarros, tanques de mochila de fumigación. Estamos buscando mecanismos de comercialización de estos productos para hacer sostenible la producción de los silos», expresó González, cuya cooperativa está en Velasco, una zona montañosa de la provincia de Holguín, a más de 700 kilómetros de La Habana, históricamente conocida como el granero de Cuba.
Allí, como en otras regiones de esta isla del Caribe, el sector privado campesino podía perder de 20 por ciento a mucho más de las cosechas de granos por el ataque de roedores, insectos y diversos tipos de hongos. Granos básicos como el maíz, el frijol, el arroz y el sorgo pueden almacenarse por largos períodos y convertirse en un elemento clave para la seguridad alimentaria de una población. Pero su conservación depende de los más diversos factores.
Las pérdidas pueden producirse por una recogida temprana o tardía, por un secado ineficiente y por otros elementos como la temperatura, la humedad, la disponibilidad de oxígeno y la manipulación del envase. Estudios realizados en América Central estiman que hasta 70 por ciento de los granos que se malogran en esta etapa lo hacen por el ataque de unas cien especies de insectos, 20 de ellas consideradas plagas de importancia económica.
Fuentes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estiman que las pérdidas globales durante el período posterior a la cosecha de granos, cereales y leguminosas podrían alimentar a más de 130 millones de personas.
La vía de solución para las grandes empresas puede estar en los frigoríficos. Mientras, para los pequeños productores son más apropiados los silos metálicos, una tecnología que empezó a introducir la FAO en América Central, en 1980, y que apenas ahora llega a Cuba.
Los granos almacenados deben fumigarse con una pastilla de fosfatina (fosfuro de aluminio y carbonato amónico) o con alternativas naturales como polvo o ramas picadas de albahaca, ajo, apio, eucalipto, pimienta y sasafrás. Permuy trabaja desde 2003 en este proyecto de implantación de silos de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, con apoyo de Cosude.
«La introducción de una nueva tecnología siempre lleva su proceso, pero la aceptación de los silos ha sido muy rápida. Una vez que una familia los compraba, la vecina se enteraba de las ventajas», cuenta.
Según la Oficina Nacional de Estadísticas, Cuba gasta más de 1.500 millones de dólares en la importación de alimentos para una población de 11,2 millones de personas. En 2002, las compras de frijoles superaron los 42 millones de dólares. Un análisis de la sustentabilidad financiera del programa poscosecha, efectuado por la ANAP y Cosude, precisa que, con la extensión del silo, el país podría ahorrar más de 3,3 millones de dólares anuales sólo en el caso del frijol.
Esta cifra seguiría incrementándose año tras año, hasta que la producción de silos cubra la demanda nacional estimada en 300.000 unidades. Menores pérdidas, ampliación de las áreas de cultivo, aumento de los rendimientos por mejores semillas y más riego pueden contribuir a la autosuficiencia nacional en estos renglones básicos, asegura el estudio. Arturo Fernández, cooperativista de 62 años, exhibe sus silos con orgullo. Compró de los más grandes y caros y los tiene en un lugar privilegiado de la parte trasera de su casa, muy cerca de la mesa donde brinda café bien fuerte a cualquier visita.
Aunque todavía hay deficiencias en el uso por parte de las familias que han adquirido los silos en Velasco y otras zonas holguineras, el proyecto entra ya en una nueva fase de extensión a otras provincias del país productoras de granos. Un monitoreo realizado por la Estación Territorial de Investigaciones Agropecuarias de Holguín (ETIAH), entre 152 productores que habían comprado silos, detectó que 98 por ciento no había sufrido pérdidas en las cosechas almacenadas. El 55,9 por ciento señaló que el grano guardado lo destinaría al consumo, 45,4 por ciento a la siembra y 13,8 por ciento a la venta.
Para Josefa Leyva, ingeniera agrónoma que trabaja como económica de la cooperativa de créditos y servicios Pedro Blanco, en Velasco, uno de los problemas de la continuidad del proyecto es la adquisición de las láminas necesarias para fabricar los silos. Por el momento, la cooperativa recibe financiamiento internacional para su compra en divisas, pero nadie sabe aún qué pasará una vez que culmine la cooperación de Cosude. Como una vía de buscar ingresos, se han empezado a fabricar diferentes productos a partir de la recortería excedente, como cajas contadoras, fregaderos y ahumadores para la apicultura, que podrían servir a otros sectores de la economía cubana.
Pero el sector campesino cooperativista no está autorizado a manejar divisas y, por ende, en un futuro no podrá satisfacer su demanda de láminas de metal para la fabricación de silos. Todo dependerá, aseguran los expertos, de la voluntad de los organismos del Estado involucrados en mantener un programa que puede aumentar rendimientos, disminuir importaciones y contribuir a la seguridad alimentaria de la población cubana.
BIODIVERSIDAD EN LOS CAMPOS
«Nosotros teníamos semillas, pero cuando fuimos a la Universidad comprobamos que las nuestras no tenían buenos rendimientos. Además, supimos que había variedades resistentes a las plagas y que se podían sembrar en un mínimo de condiciones», explica a IPS Pedro Rodríguez, pequeño agricultor de la central provincia de Villa Clara.
Rodríguez conversa sin dejar de moverse entre las verdes hileras de su plantación de frijoles. «Aquí hay sembradas 125 variedades de este grano, que estamos cultivando al natural, o sea, sólo con las condiciones que ofrece la naturaleza, para ver las que rinden en las peores condiciones», afirma.
Una vez cosechadas, cada variedad de frijol será identificada con un número para que nadie se deje llevar por nombres conocidos y se llevarán a una feria a la que asisten agricultores de la zona, con sus familiares. Estos encuentros son toda una fiesta e incluyen la degustación de platos con el producto que se lleva a la muestra.
Estas «ferias de la diversidad» propician el intercambio de experiencias entre los profesionales universitarios a cargo del programa y los productores, que seleccionan entre las semillas en exhibición aquellas que más se ajusten a sus gustos y condiciones de sus tierras.
Los agricultores siembran posteriormente las variedades que eligieron y, junto con los investigadores, evalúan los resultados del cultivo. El proceso incluye la capacitación en técnicas elementales de experimentación genética, que los agricultores aprenden de manera práctica y sencilla.
El sistema permite que las comunidades campesinas dispongan, en pocos meses, de una gran variedad de materia genética, diseminada mediante las ferias o el intercambio informal entre productores, parte de la cual responde a los requerimientos de mayor rendimiento, resistencia, sabor y valor cultural, entre otros.
A la vez, el protagonismo de los campesinos en todo el proceso eleva en ellos la autoestima, la capacidad creativa y de organización, al tiempo que mejoran su nivel de vida y sentimiento de autonomía. Es así como campesinos y científicos de Cuba avanzan en el aseguramiento de la diversidad genética en la agricultura mediante un programa participativo para el mejoramiento de semillas, que exhibe buenos resultados tanto en esta isla caribeña como en otras naciones del Sur.
«Cuando a la gente se le da oportunidades, el país crece. La gente debe participar en la toma de decisiones tecnológicas para lograr mayores rendimientos; esa es la vía, no las importaciones de alimentos», comenta Humberto Ríos, profesor e investigador del Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA).
Ríos encabeza el programa de Fitomejoramiento participativo de semillas que esa institución académica cubana comenzó a aplicar en el país entre 1999 y 2000, con respaldo financiero del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, con sede en Ottawa, Canadá.
Actualmente, en el proyecto colaboran también la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional y Cosude, cuyo respaldo incluye la introducción de una tecnología para la conservación de granos en silos metálicos herméticos, que se fabrican en pequeños talleres instalados en las comunidades campesinas.
A juicio de José Oliveri Fariña, presidente de una Cooperativa de Producción Agropecuaria de la misma provincia, cuyos integrantes igualmente se insertan en el proyecto, los silos también han resultado decisivos en los aumentos productivos del campesinado de la zona.
«Antes venía un ciclón, se llevaba el techo y se nos mojaba la cosecha, ahora no. También protegen de las plagas, que dañan tanto el grano. Eso nos da mucha seguridad», afirmó el agricultor, quien añadió que hasta fines de 2004 se habían vendido 328 de esos contenedores entre agricultores de la provincia de Villa Clara.
Para Félix Senén Martínez, de la ANAP, el proyecto de Fitomejoramiento participativo de semilla ha generado «mucho entusiasmo y motivación» entre el campesinado, que busca diversificar sus producciones con variedades de plantas que resistan las altas temperaturas y la sequía que persisten en Cuba en los últimos años.
Iniciado en parcelas agrícolas de las provincias occidentales de Pinar del Río y La Habana, el programa se extendió luego a comunidades campesinas de Holguín y Villa Clara, distantes más de 700 y 270 kilómetros, respectivamente, de la urbe capitalina.
Experiencias similares de diversificación genética y trabajo conjunto de académicos y agricultores se realizan desde hace algunos años en países de América Latina, Asia y África, en regiones donde las condiciones del clima y los suelos son especialmente duras para los pequeños y medianos agricultores.
En síntesis, la estrategia busca aumentar la cantidad y calidad en la producción de granos básicos, en sintonía con las características propias de cada territorio. «No hay semillas buenas ni malas, lo que hay son semillas para diferentes ambientes y gustos diversos», señaló Ríos.
Datos de la FAO y otras instituciones internacionales coinciden en que en el mundo existe casi un cuarto de millón de plantas disponibles para la agricultura, pero de ellas se usa menos del tres por ciento. De modo que la provisión mundial de alimentos depende de unas 150 especies vegetales, de las cuales solamente 12 brindan tres cuartos del alimento consumido en el planeta y más de la mitad proviene de un número limitado de variedades de tres cultivos intensivos, que son arroz, trigo y maíz.
La concentración de la agricultura moderna en un pequeño número de variedades ha disminuido de manera alarmante la diversidad de plantas disponibles para la investigación y el desarrollo, tendencia que junto a la creciente industrialización agrícola se señalan como culpables de la llamada «erosión genética».
El «desuso», alertan los expertos, lleva al «olvido» y luego a la «extinción», en un contexto en que millones de personas pobres del mundo dependen de las plantas para cubrir hasta 90 por ciento de sus necesidades de alimento, combustible, medicinas, refugio y transporte. En ese sentido, se calcula que unos 1.400 millones de personas, agricultores de escasos recursos en su mayoría, utilizan y mejoran sus propias semillas para cultivar, lo que ayuda a mantener y enriquecer la diversidad genética, particularmente importante para la productividad y el desarrollo agrícolas.
UN BALANCE OPORTUNO
Quienes trabajaron con Olivier Berthoud en Cuba coinciden en considerarlo un entusiasta colaborador que se aplicó a fondo en los diversos programas ejecutados con respaldo de Cosude, sea en el campo económico, social o cultural, pero siempre con resultado evidente en el mejoramiento de la calidad de vida de las personas.
Historiador y pedagogo formado en la Universidad de Ginebra, vivió entre 1980 y 1990 en Nicaragua, donde coordinó los programas de una organización no gubernamental de los sindicatos suizos y apoyó procesos de capacitación en organizaciones campesinas de Nicaragua y Honduras.
Entre 1991 y 1995 coordinó en La Paz, Bolivia, un programa de Cosude de apoyo a ONGs bolivianas, en los campos del desarrollo rural y del micro-crédito urbano. Entre 1995 y 2000 fue jefe de la división de ONG de Cosude en Suiza. A Cuba llegó en 2000, acompañado de su familia. Al término de su misión en la isla, accedió a conversar con IPS sobre los principales proyectos de cooperación suiza en la isla.
¿Qué expectativas tenía al llegar a Cuba en 2000?
Vine a Cuba en el 2000 con la misión de comprobar, en un espacio de tres años, si existían condiciones para desarrollar un programa de cooperación de Suiza en el país. Trabajé con varias instituciones y descubrí iniciativas interesantes con potencialidades a largo plazo. “Es esto lo que buscamos en el trabajo de cooperación: acompañar procesos de largo alcance, más allá de la política o de la diplomacia del día a día. En septiembre de 2003, Cosude decidió comprometerse para un programa de cooperación de mediano plazo enfocado en acompañar la sociedad cubana en un proceso de desarrollo pacífico, participativo y con equidad. De menos de medio millón de dólares a finales de los ‘90s, la cooperación de Suiza con Cuba alcanza hoy más de cuatro millones anuales”.
¿Cuáles son los principales proyectos desarrollados en el plano económico por la cooperación suiza en Cuba desde 2000, fecha de inicio del programa?
Cosude ha trabajado con instituciones cubanas, apoyándolas en desarrollar opciones viables, sostenibles y rentables en tres campos: la seguridad alimentaria, el ahorro energético y el mejoramiento de la vivienda.
En seguridad alimentaria, el primer proyecto importante apoyado por Cosude en Cuba es la introducción de una tecnología sencilla de conservación de granos a pequeña escala, desarrollada con éxito en Centroamérica en estos 25 últimos años. Se trata de silos metálicos de fácil fabricación que permiten, con un buen manejo, reducir a cero las pérdidas post-cosecha. Más del 70 por ciento de los granos básicos son producidos en Cuba por pequeños agricultores y las pérdidas en el sistema tradicional de almacenamiento usado por ellos son de cerca del 20 por ciento en la isla. Con los 9.000 silos construidos en los cinco primeros años del proyecto en Holguín y Villa Clara, con la ANAP, se ha creado una capacidad de almacenaje de 108.000 quintales de frijoles. Esto evita la pérdida cada año de 16.200 quintales, lo que representa un valor anual de 372.600 dólares en el mercado internacional. Para el campesino, la cuenta se hace fácilmente: con lo que deja de perder en una o dos cosechas, paga una herramienta que le durará por lo menos 30 años. Cosude ha invertido en la adaptación de esta tecnología un total de 450.000 dólares en los cinco primeros años. También ha apoyado también un programa de mejoramiento de semillas, impulsado por el Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA). Con la siembra de múltiples variedades de granos en fincas campesinas, los interesados tienen la oportunidad de observar en el lugar el comportamiento de las variedades disponibles, tanto criollas como mejoradas, y escoger las que les convienen mejor. Con semillas que permiten elevar los rendimientos en más de un 15 por ciento, buenas condiciones de almacenamiento y aumento de las superficies cultivadas, el país puede pretender alcanzar en un corto plazo la autosuficiencia en los granos básicos.
Respecto al ahorro energético y la reducción de emisiones de CO2, hemos desarrollado desde 2002, con el Ministerio de la Industria Básica, un proyecto de ahorro de energía, llamado RECIC: con la sustitución de los tubos de iluminación y transformadores existentes por otros más eficientes, se logra reducir a la mitad el consumo eléctrico. Con este mismo ahorro inmediato, las empresas pagan la inversión en 12 ó 18 meses, y luego es pura ganancia para ellas. El fondo así constituido por los pagos permite realizar nuevas sustituciones de lámparas. Las nuevas lámparas, compradas en el mercado regional –no son de fabricación suiza-, son efectivamente un poco más caras que los dispositivos tradicionales. Sin embargo, en una perspectiva de cinco años, los ahorros son considerables para las empresas, para el país -por la reducción de consumo de petróleo- y para el medio ambiente -por la reducción de emisiones de CO2-. Las 40.000 lámparas instaladas actualmente, en cinco años, representan 23.270.400 Kwh. que se ahorrarán y 17.662 toneladas de CO2 que se dejarán de emitir.
Con una inversión adecuada, esta tecnología y este mecanismo financiero se podrían extender rápidamente, sin costo alguno, a todo el país. Aplicado a las tres millones de luminarias existentes en Cuba, significaría un ahorro de 40 millones de dólares anuales en gastos energéticos. Cosude ha invertido 1,2 millones de dólares a fondo perdido para comprobar, a escala real, la factibilidad técnica y financiera del proyecto.
Otro de nuestros proyectos se dirige a las opciones para el mejoramiento de la vivienda. El Centro de Investigaciones de Estructuras y Materiales (CIDEM), de la Universidad Central de las Villas, ha desarrollado desde hace varios años algunas opciones alternativas para producir materiales de construcción más económicos y más ecológicos, conocidos como “ecomateriales”. Así, pueden producirse techos y paredes a menor costo, de manera local, sin necesitar tecnologías sofisticadas ni instalaciones grandes, generando así empleo local y muy significativos ahorros por transporte. Cosude ha apoyado al CIDEM, entre otros, después de dos huracanes que azotaron la provincia de Villa Clara, y estos ecomateriales resultan, además de lo mencionado, más resistentes que los materiales tradicionales en caso de desastre. Ya existe una pequeña red de talleres en algunos municipios de la provincia, que logra responder en parte a la demanda de la población local.
Por otra parte, Cosude apoya desde 2004 un programa de fomento del uso del bambú a partir de experiencias piloto desarrolladas anteriormente en Holguín y en Granma, por Hábitat Cuba, y luego por la ANAP. El programa pretende contribuir a la lucha contra la deforestación y la sequía, con la extensión de la siembra de una planta que puede, en un par de años, volverse a la vez beneficiosa para el medio ambiente y rentable desde el punto de vista puramente económico. En este programa se trabaja de manera integral -desde la reproducción in-vitro de las plántulas de bambú hasta la fabricación semi-industrial de láminas a partir del bambú procesado- y en red –involucrando actores de diferentes horizontes como gobiernos locales, centros universitarios o de investigación y cooperativas.
¿Qué lecciones le dejan estos cinco primeros años de cooperación en el campo del desarrollo económico?
He podido comprobar, en lo cotidiano, que Cuba posee una población de nivel educativo excepcional para la región y que ahí reside, sin duda, su principal potencial para el desarrollo. En los campos de la salud y de la educación, tanto los logros como los retrocesos se ven solamente a largo plazo, como resultado del actuar imprescindible y sostenido de los gobiernos.
Ninguno de los proyectos que Cosude apoya constituye, a mi parecer, la única solución al problema abordado: hemos aprendido de la historia de nuestro propio país que naciones pequeñas, sin recursos naturales y dependientes del exterior, pueden lograr un desarrollo propio sostenible diversificando sus actividades y sus dependencias de la economía internacional, a partir de actividades sólidamente insertadas en la vida local. Cuba tiene un gran potencial de diversidad.
Los logros sociales tendrán que sustentarse, a largo plazo, sobre una economía local desarrollada. El turismo ha sido una solución de emergencia para salir de la crisis de los ‘90s, pero quizás no es el punto más fuerte para que el país base su desarrollo. Esta industria requiere mucha mano de obra sin calificación para el mantenimiento, la comida, la seguridad. Y puede ser una amenaza para el medio ambiente. Sin embargo, desarrollar de manera rentable sectores de punta como la biotecnología o la informática requiere de mucha creatividad, de espacios de competencia, así como de mecanismos complejos y difíciles de inserción en mercados internacionales ocupados ya por otros.
Un comentario
Jose Alberto Diaz Reyes
Nuestro saludo cordial. Somos un grupo de Promotores para la
aplicación de la TECNOLOGÍA TERMOSOLAR FRESNEL para generar Calor de
Procesos (Plantas de Producción de Jugos y Conservas, Plantas
Procesadoras de Lácteos,etc.) esta tecnología solar resulta ser la MAS
RENTABLE y a la vez la MAS RESISTENTE estructuralmente al efecto de
vientos huracanados, por lo tanto su potencial de aplicación en
nuestro país y en toda la zona del Caribe es NOTABLE. En estos
momentos tenemos la solicitud de interés en inversión de una MIPYME
Elaboradora de Conservas de Frutas y Vegetales en la provincia de
Holguin, así como la confirmación de una Empresa EUROPEA que se
encargaría del suministro, montaje, y puesta en marcha de la
instalación tecnológica,nosotros tenemos la convicción (por
experiencia práctica demostrada en otros países) de poder hacerse
realidad este proyecto, el cual resultaría ser la PRIMERA INSTALACIÓN
de este tipo en Cuba,se convertiría en REFERENCIA para que muchos
clientes apuesten por su aplicación y por lo tanto lograr redirigir
FINANCIACIONES para su ejecución. Ahora bien, para lograr hacer
realidad este propósito necesitamos para este primer proyecto PILOTO
AYUDA DE FINANCIACIÓN de entidades que comprendan la importancia
estratégica de este primer intento. Les resulta de interés conocer mas
detalles al respecto? Atentamente, Ing. Jose A. Diaz