Negro, subterráneo, informal…

Contra viento y marea, a pesar de políticas represivas o reformas de apertura económica, el mercado negro cubano sigue demostrando una fuerte capacidad de adaptación.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

“Jabones, jeans, caramelos, medias, zapatos… todo lo que quiera más barato que en la shopping… Adentro está a 5, yo se lo doy a 3″, repite la mujer que cada mañana se estaciona cerca de la puerta de la tienda de recaudación de divisas Ultra. Como ella, una turba de vendedores trata de detener a todos los que intentan entrar a la tienda para comprar cualquier cosa en dólares. (Enf, 9/96)

“Robaron un contenedor de salvavidas”, deduce enseguida un caminante cuando ve frente al céntrico establecimiento toda una “exposición” de los más diversos objetos flotantes que se usan para el baño de mar. Lo mismo piensa una ama de casa del barrio residencial de Miramar cuando varios vendedores le ofrecieron, en la puerta de su propia casa, “sopa de paquetico” de la famosa firma Maggi.

Aunque no faltan los experimentados comerciantes del mercado negro de las últimas décadas, la mayoría de los que rondan las tiendas son inmigrantes que llegan a La Habana en busca de la mejor forma de “escapar” de la crisis pero, sobre todo, de tener que trabajar duro  para vivir. Algunos viajan desde Camagüey hasta La Habana cargados de quesos, camarones o masas de langosta y otros se dedican al lucrativo negocio, con clientes fijos, de venta de leche en polvo a dólar la libra…el único problema es que la leche llega cuando llegan los barcos al puerto.

Precisamente, lo que diferencia el caso cubano del de otros similares en América Latina es la existencia de un mercado negro, informal, subterráneo u oficioso, que no responde a una estrategia de captación de ingresos de capas marginadas de la población ni es en esencia productora sino que se dedica a circular o recircular bienes o servicios deficitarios y se alimenta por lo general del descontrol en las entidades del Estado.

Contra viento y marea, a pesar de políticas represivas o reformas de apertura económica, el mercado negro cubano sigue demostrando una fuerte capacidad de adaptación.

Todo un círculo vicioso

Alfredo González Gutiérrez, experto del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas (INIE), define la economía sumergida en Cuba como “el espacio económico de las transacciones de bienes y servicios no autorizados oficialmente, de carácter legal o ilegal, que surgió en nuestro país por la insuficiencia del surtido de la oferta estatal a la población, y se acrecentó y consolidó por la emisión monetaria sin contrapartida mercantil”.

En un estudio, publicado en el número dos de la revista Cuba: “Investigación Económica” (septiembre de 1995), González define cuatro etapas del surgimiento y desarrollo de eso que llaman economía sumergida y que otros catalogan como oficiosa o, en el argot popular, bolsa negra. Las etapas serían las siguientes:

– Latente (anterior a 1989): Suple déficits en el surtido de la oferta estatal; coexiste con una situación prácticamente de equilibrio financiero interno; no sobrepasa el 20 por ciento de los ingresos de la población.

– Desarrollo (1989-1992): La demanda por factores estructurales se acrecienta y adquiere mayor dinamismo y magnitud por la acumulación de circulante en manos de la población. La economía sumergida llega a alcanzar, en valor de transacciones, volúmenes similares a los que se efectúan entre la población y el Estado.

– Auge (1993 – mayo de 1995): La insuficiencia de la oferta racionada de alimentos es el principal factor estructural de esta etapa. En magnitud de valor la economía sumergida sobrepasa al mercado estatal. Se sistematiza el vínculo con el circuito de las divisas. Se manifiestan modificaciones en los comportamientos laborales y sociales.

– Declinación y coexistencia con mercado legal (mayo de 1995 – hasta el momento de culminación del estudio en septiembre de 1995): Las medidas de saneamiento financiero, la apertura de los mercados agropecuarios, y de bienes industriales y artesanales, así como el espacio económico otorgado al trabajo por cuenta propia, determinan el reconocimiento social de una buena parte de las actividades incluidas en la economía sumergida, en tanto que también se reduce el desequilibrio monetario que le da sustento.

Si en un inicio las personas acudían a la economía sumergida para mejorar la estructura de su consumo debido a las deficiencias en el surtido estatal, llegó un momento en que la bolsa negra se convirtió casi en la única alternativa para todos. En los momentos en que la crisis económica era más aguda, la escasez se hacía generalizada y el gobierno no había aún tomado el rumbo de las reformas, el ciudadano común tuvo que acudir al mercado subterráneo, quisiera o no, para resolver desde el jabón hasta el plátano fruta.

Por supuesto, la crisis en las empresas estatales (usuales fuentes de los vendedores ilegales), el mayor grado de represión sobre las actividades de la economía sumergida y la despenalización de la tenencia de divisa, provocó que a mediados de 1993 los precios de la economía sumergida se dispararan a una velocidad mayor que la liquidez excedentaria mientras que el salario medio de la población se mantenía estable.

Según González Gutiérrez, para mayo de 1994, los precios en la economía sumergida alcanzaron un nivel 50 veces superior a  1989 y la tasa de cambio era de un monto de 120 pesos por dólar. Aunque se tienen pocos datos científicamente demostrados sobre la oferta de mercancías y servicios en la economía sumergida, una encuesta del entonces Instituto Cubano de Investigaciones y Orientación de la Demanda Interna, situó en unos 2.000 millones de pesos las operaciones correspondientes a 1989 (a precios de ese año).

En el mes de noviembre de 1992, en la ciudad de La Habana, un trabajador con salario de 200 pesos mensuales, cuando agotaba el percápita de arroz planificado en la canasta familiar (2,7 kilogramos por mes), debía invertir el cinco por ciento de su salario (10 pesos) para comprar una libra en el mercado negro. Ya en junio de 1993 tenía que gastar el nueve por ciento de su salario (18 pesos). A principios de 1994 el precio no bajaba de 20-25 pesos y llegó a alcanzar los 40 pesos la libra a mediados de ese año. Otros productos que garantiza el gobierno a través de la libreta de abastecimiento y a precios subsidiados, corrieron la misma suerte.

“La brecha entre salarios y precios determina que las personas asalariadas, que habitualmente resolvían algunas necesidades por vía de la economía sumergida, a partir de un punto no pudieron mantenerse como compradores a menos que se convirtieran en vendedores”, explica González. Así los que no se dedicaron a vender de forma ilegal, acudieron a las llamadas casas comisionistas para vender desde ropa hasta viejos recuerdos del patrimonio familiar en aras de conseguir el dinero necesario para poderse alimentar de la bolsa negra.

Mientras que el dinero no le alcanzaba a la mayoría de la población, comenzó el proceso de concentración de la liquidez en unas pocas manos. Según cálculos especializados, el 60 por ciento de la liquidez se encuentra en cuentas de ahorro y aproximadamente el 15 por ciento de los “cuenta-ahorristas” detenta el 75 por ciento del valor total depositado en esas cuentas.

De tal suerte, cuando en agosto de 1994 se produjeron los primeros disturbios antigubernamentales en más de 30 años, la economía sumergida tenía una magnitud estimada en valor superior a la del mercado estatal, estaba desplazada hacia los alimentos, comenzaba a vincularse con el mercado en divisas al cotizar algunos productos sólo en dólares, una parte importante de las grandes acumulaciones se convertían a dólares, la inflación se acelera a mayor ritmo que el incremento de la masa monetaria excedente e influye de forma perceptible sobre los comportamientos sociales al ser más rentable dedicarse al tráfico ilegal que mantener un empleo.

Bolsa negra y reformas

En mayo de 1994 la Asamblea Nacional del Poder Popular dio “luz verde” a un proceso de transformaciones económicas que se introdujo en la realidad cubana con cautela pero sin muchas contemplaciones. El “paquete” incluyó la elevación de precios y tarifas, la eliminación de algunas gratuidades históricas, la ampliación del trabajo por cuenta propia y la apertura de los mercados agropecuarios, industriales y artesanales.

De acuerdo con la investigación del INIE la conjunción de estos procesos tuvo dos grandes efectos sobre la economía sumergida: “En primer lugar, una parte mayoritaria de las actividades que constituían la economía sumergida y que tenían una connotación ilegal fueron objeto de un reconocimiento social y fue reglamentado legalmente su ejercicio. En segundo lugar, la reducción del circulante excedente disminuyó considerablemente la hipertrofia monetaria que había sustentado la expansión de la economía sumergida”, según la fuente.

Aunque, sin lugar a dudas, en los últimos tiempos el mercado subterráneo experimentó un decrecimiento en su espacio económico, no es menos cierto que la misma causa de esta reducción podría conducir a nuevos tiempos de auge.

Por una parte, se mantiene el desplazamiento de la actividad ilícita hacia la esfera de las transacciones en dólares y, por la otra, una ofensiva tributaria liderada por el gobierno contra los trabajadores por cuenta propia podría sumir en la oscuridad una serie de actividades que hoy se realizan de forma legal, con el objetivo de evadir impuestos.

“Los mejores productos los vendo de puerta en puerta”, comentó un vendedor de un agromercado habanero que prefiere pagar a un intermediario para que recorra los edificios de un barrio residencial ofreciendo ajo, cebolla, ajíes y tomates, todos de primera calidad. Mientras tanto, en las tarimas autorizadas por el Estado las zanahorias ya no son las mismas de hace unos meses y su apariencia parece confirmar una vez más la decisión de la mayoría de los concurrentes.

Aunque seguirán acudiendo a los mercados como una importante alternativa legal para los malos tiempos, la bolsa negra, el mercado subterráneo o la economía sumergida, como quiera llamársele, vuelve nuevamente como una opción más rentable que subir los precios para contrarrestar lo invertido en el pago de impuestos. (1996)

*Publicado en Enfoque, IPS Cuba, septiembre de 1996.

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