Celia Cruz regresa a La Habana
Archivo IPS Cuba celebra el centenario del nacimiento de Celia Cruz volviendo a esta crónica sobre su regreso a La Habana gracias a Delirio Habanero.
Celia Caridad Cruz Alfonso nació en octubre de 1925 en La Habana. Hasta el día de hoy es reconocida como una de las artistas latinas más importantes e influyentes.
Foto: El Fogonero
Gracias a la magia del teatro y, al parecer, a una política cultural un tanto más flexible, la figura de la legendaria cantante Celia Cruz ha recibido aplausos en la céntrica sala Llauradó. El texto de Delirio habanero fue escrito por Alberto Pedro –uno de los más importantes dramaturgos cubanos de los últimos lustros- en la arrancada de los ‘90s. El estreno mundial se produjo el 25 de marzo de 1994. Después, la puesta en escena de Miriam Lezcano con Teatro Mío se presentó en diversas plazas del mundo con buena acogida del público y la crítica.
Alberto Pedro, fallecido hace un año a sus 50, se destacó por llevar a las tablas temas polémicos y atractivos. En 1987, con Week-end en Bahía, asumió el reencuentro entre dos antiguos compañeros de escuela y puso sobre el tapete las dudas y contradicciones tanto de la muchacha que emigró con su familia como las del protagonista que se formó y mantuvo en las circunstancias de la sociedad cubana.
En 1989, su versión de la novela de Bulgakov, El maestro y Margarita, tenía mucho que ver con la atmósfera de desconcierto que propició la caída del bloque comunista europeo. Después, con Manteca, logró una efectiva metáfora de las condiciones de la vida familiar y el peligro que corren los valores espirituales o éticos en tiempos de aguda crisis económica. Para muchos, este texto envejecería cuando desaparecieron los apagones, la cría de cerdos en los apartamentos de la ciudad y otros detalles del llamado período especial. La obra, sin embargo, ha conservado su vigencia porque más que a lo factual apuntaba al eterno tema de la defensa de las utopías en las más disímiles condiciones.
Ahora Delirio habanero ha sido asumido por Raúl Martín con su grupo Teatro de La Luna. Si cuando el estreno, la mítica cantante -radicada en Estados Unidos desde la arrancada de los ‘60s- se encontraba viva, ahora han transcurrido tres años de su muerte y muchos en Cuba se las arreglaron para acceder a las imágenes y noticias del gigantesco homenaje en que se convirtieron sus funerales.
En el argumento de la obra dos seres febriles, enloquecidos, pretenden asumir la personalidad de Celia y la de Benny Moré, otra leyenda de la cultura cubana del siglo XX. El texto subraya que mientras La Reina de nuestra música abandonó rápidamente el país después de 1959, El Bárbaro del Ritmo permaneció en Cuba hasta su muerte en 1963.

El tema del éxodo o la permanencia ha sido muy debatido a lo largo de las últimas décadas. A partir de los ‘90s se ha flexibilizado bastante la difusión y la justa valoración de las figuras que decidieron radicarse en otros lugares. Los casos más complicados son, tal vez, los del gran escritor Guillermo Cabrera Infante y el de la propia Celia Cruz, por su decidida militancia contra el gobierno cubano y el presidente Fidel Castro.
En un reciente libro de testimonio, que firma Evelio Mora, la actriz y cantante Rosa Fornés –que siempre ha vivido en La Habana- expresaba su respeto por los que decidieron vivir fuera y también por los que se mantuvieron en su país. Según la artista, ha habido excesos de ambas partes y mientras en una época se negó a todo el que “se fue”, en otros círculos se subestima a todo el que no lo hizo. Por cierto, en dos ocasiones -1996 y 2002- en visita a Miami, Rosa Fornés fue víctima de amenazas de la extrema derecha del exilio cubano que la llevaron a suspender sus presentaciones.
Sobre el regreso de Delirio habanero, el crítico Osvaldo Cano, en el sitio web Tablas-Alarcos, destaca el énfasis en lo musical de la puesta en escena de Martín, elogia el hermoso ámbito escénico y pondera la actuación de Laura de la Uz en este personaje que evoca la figura de Celia Cruz. Esta actriz es bastante conocida por su desempeño para el cine y ha protagonizado dos películas de Fernando Pérez, un director muy destacado dentro de la cinematografía cubana de las últimas décadas: Hello Hemingway y Madagascar.
A pesar de las intensas lluvias de la primera quincena de junio, la sala Llauradó ha resultado insuficiente para la gran cantidad de público que desea disfrutar de Delirio habanero. La televisión cubana y la prensa escrita han hecho una intensa promoción del espectáculo y los tres intérpretes gozan de popularidad por sus apariciones en telenovelas y en el cine nacional. Las opiniones (“a pie de aplausos”) se destacan por el entusiasmo pero también por su variedad. Enrique, ingeniero de 38 años, ha visto las dos versiones de la obra: “En ambas ocasiones la he pasado muy bien. Creo recordar que en la otra se insistía más en la figura del Benny y menos en Celia. Ahora –con lo bien que trabaja Laura- uno siente que se está llenando un pedacito del vacío que dejó la ausencia de esta gran artista en la radio y en la prensa. Creo que, cuando se trata de figuras tan grandes y queridas, la política debe quedar en un segundo plano”.
Francisco, promotor cultural de 54 años, discrepa: “Debemos tener una sola política. Se sabe que Celia fue una gran cantante, pero también que se prestó mucho para las campañas estadounidenses contra Cuba. No digo que no se ponga, que no se hable de ella, pero debe de ser de una forma coherente. Así, en una obra de teatro aislada, endiosándola además, puede confundir a los más jóvenes.

“Hubiese preferido que por los días de su muerte –o un poco antes o después- se hiciera un programa amplio y serio, para explicar sus méritos artísticos y sus inconsecuencias como persona. La puesta en escena, aunque, por cierto, es agradable y muy bien actuada, insiste demasiado en mencionar al ron Bacardí, una marca de la que la mayoría de los cubanos ni se acuerda y se sabe que sus dueños han tenido disputas y litigios con el gobierno nuestro”.
Cuando el estreno, en 1998, del documental Yo soy del son a la salsa -de Rigoberto López, con la participación de Leonardo Padura en el guión- se escucharon aplausos en la sala Chaplin en el momento en que aparecía Celia en pantalla. Ahora, en la sala teatral, suele producirse una ovación cuando Laura de la Uz – “posesionada” de la cantante- interpreta una de las canciones que la hicieron mundialmente famosa.
Para los más jóvenes, esta obra teatral abunda en significados. Lucía, instructora de arte de 22 años, enfatiza: “Había oído poco su música. En mi familia son muy estrictos y siempre se evitó todo lo que tuviera que ver con Miami o la contrarrevolución. Cuando sus funerales, la gente que sintoniza emisoras o canales de afuera contaba sobre todo el despliegue que se hizo. Ahora veo su imagen sobre las tablas y me emociona. Eso lindo tiene el arte, que te obliga a reflexionar”.
Elizabeth –de 19 y estudiante de Biología- va por otro camino: “Creo que había oído más a Celia que al Benny. Como con ella la cosa ha sido conseguir el casette o el video, devolverlo rápido a quien te lo prestó… Pero al Benny lo pasan constantemente por la radio, lo mencionan en el periódico. Los jóvenes ahora no estamos muy atentos a esas cosas. Haría falta otra orientación más directa en la escuela o en la familia.
“A mí me gusta la música cubana, desde chiquita, y en el preuniversitario me decían repartera, que es algo así como vulgar, chea, fuera de moda. Tengo la suerte de que en mi familia hay tradición, costumbre de venir al teatro, de ver las películas de los viernes en la televisión, que son las mejores artísticamente, pero la mayoría de mis compañeros del barrio o hasta de la universidad no están puestos para eso. Lo que les importa es el reggaeton. Yo espero que, cuando pasen unos años, maduren un poco y empiecen a enterarse de lo que es la riqueza de la música cubana”.
El teatro cubano en los últimos lustros se ha venido caracterizando por la frescura, desenfado y vocación crítica de sus contenidos. Con Delirio habanero se está rindiendo homenaje a dos bastiones de la cultura nacional y también a un dramaturgo que se distinguió por desacralizar, interrogar, cuestionar desde adentro.
Cultura y Sociedad, No.6, junio de 2006
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