A debate

Sistema empresarial de Cuba: retos ante la crisis

Víctor Proenza

Abogado y fundador de Bagú, una microempresa privada familiar constituida en 2021 en la oriental provincia de Holguín, que se especializa en la producción y comercialización de condimentos naturales.

El sistema empresarial cubano es complejo: en el estatal (hoy predominante en volumen de servicios y productos) existen muchísimos años de arrastre de diversos problemas.

Por ejemplo, la ineficiencia, el continuo rescate de empresas quebradas con presupuesto público, que es el dinero recaudado por exportaciones, impuestos, ventas internas y en el peor de los casos (y muy puesto de moda), la emisión monetaria de la banca cubana, es decir, un “rescate” con déficit fiscal.

El sistema empresarial estatal no ha sido capaz (no en todas, pero sí en una gran parte de sus estructuras) de fomentar la innovación, el desarrollo, la productividad y la eficiencia.

Puede parecer que una de las mayores causas de lo anterior es que no tenemos verdaderamente “empresas”, toda vez que carecen de lo principal: autonomía. Por ello me gusta hablar de administradores o funcionarios estatales, no de empresarios.

Por otra parte, tenemos el sistema cooperativo (agropecuario o de otros ramos) que también tiene muchísimas complejidades, y en los últimos años, el privado.

Ambos sistemas (salvando las distancias en formas de gestión y propiedad) han demostrado mayor gestión, capacidad de respuesta al mercado y eficiencia, aun cuando también presentan dificultades para alcanzar un mayor protagonismo dentro y fuera del mercado cubano.

Analizar el sistema empresarial de Cuba desde pocas líneas es injusto, conlleva un análisis profundo y multisectorial, pero no por ello se puede dejar de mencionar algo que no solo vemos sino que sufrimos: la forma en que “funciona” el entramado de actores en el ecosistema empresarial no nos va a llevar a un “despegue” económico.

En el mejor de los casos, nos está llevando a un tipo de “meseta”, donde la estanflación (aumento de precios mientras la economía se contrae) está en el orden del día, y es que dos más dos es cuatro.

Cuando se redactó la Constitución del 2019 no existía la empresa privada en nuestro país. No obstante, aunque hubiera existido, el texto seguiría siendo el mismo, y es que no podemos olvidar que el sistema cubano tiene su basamento en el socialismo.

Uno de los principios es los medios de producción (los fundamentales) son “propiedad del pueblo” y el Estado los administra en su representación. Hoy ese sistema convive con algunos rasgos vistos en el programa de la Nueva Política Económica, de Lenin (1870-1924, político ruso y líder comunista), implementada en 1921, pero con predominio de la forma de administración y planificación de Stalin (1878-1953, político y dictador soviético) en la extinta Unión Soviética.

Si bien no es correcto hablar de socialismo de mercado, tampoco lo es decir que es puramente de planificación, más bien es un híbrido, con características de ambos modelos, algo que adolece de un aspecto esencial: la información dispersa del mercado, lo que impide hacer, entre otras cosas, un cálculo económico racional.

El rol de la empresa estatal, excepto en algunas ramas principales como la Medicina, la Industria Militar y alguna que otra de interés público, deberían gestionarse bajo un verdadero control popular y las mismas condiciones que cualquier empresa del país.

Si eres ineficiente, quiebras y desapareces, no hay rescate, porque cada vez que pones dinero público en una empresa con pérdidas, sin cambiar las causas de su ineficiencia, lo que haces es alargar en el tiempo la ineficiencia y traspasar ese “rescate” a déficit y con ello, cada día, inyectas más inflación.

El sujeto principal a largo plazo en Cuba será quien dé respuesta al mercado.

El privado, por supuesto, a la corta o a la larga siempre será de ese modo, y no me refiero solo a las mipymes, que en muy breve tiempo han hecho lo que el contexto, las normas y las políticas le han permitido, sino a todo el sector privado, que agrupa desde el pequeño agricultor hasta el trabajador por cuenta propia.

Por ejemplo, usted observa la finca de un pequeño agricultor sin ninguna subvención, ni recursos o ayudas, que funciona bien, todo está sembrado; en cambio, va a una granja estatal y es lastimoso el abandono, eso para no hablar del sector azucarero.

También existen empresas estatales con éxito, como BioCubaFarma, pero son casos aislados, excepcionales.

El porqué de esas diferencias es un tema de mucho debate, pero pasa por la propia gestión del que administra, los sistemas de pago hasta temas de fondo, como la gestión y la propiedad.

Aún no son lo suficientemente comprendidos, y donde sí lo han interiorizado incluyen entonces la burocracia, las trabas e incluso la incompatibilidad de gestión y propiedad.

El sector privado toma riesgos permanentes, como riesgos al fin, esas decisiones pueden salir bien o todo lo contrario. La empresa estatal no toma riesgos, quiere –y puede–trabajar a lo seguro.

Reitero, sin análisis de mercado, sin cálculo económico, no es posible hablar de verdaderas empresas. Un ejemplo claro se aprecia en una empresa estatal de cigarros que funciona para cumplir un plan trazado centralmente.

Produce cuatro cajetillas para cada persona mayor de 18 años, que las compra mediante la libreta de abastecimiento (cartilla de racionamiento de productos y alimentos que conforman la canasta básica normada por el Estado), eso es puro plan rentista, sin ningún tipo de lógica. No hay empresa que funcione así en un contexto de libre competencia.

Jamás he visto a un directivo de una empresa estatal analizando con sus clientes determinado producto o servicio, haciendo un MVP (sigla con la cual se designa a los llamados Mínimo Producto Viable, es decir, si tienes una idea de un producto o servicio, la desarrollas y lanzas al mercado para obtener retroalimentación de los clientes, darle los últimos retoques antes de sacar la versión final al mercado).

Tampoco se analiza en el sector estatal empresarial el costo de oportunidad, el ROI (es decir, el rendimiento o retorno sobre la inversión) ni se planifica el presupuesto para Innovación y Desarrollo (I+D). Es todo mecánico, sin autonomía, así no se hace una empresa.

Esas y otras grandes diferencias serruchan cualquier camino a largo plazo. Encadenamiento no es que venga una empresa estatal que tiene máquinas de hacer picadillo y un privado que suministre la materia prima, eso simplemente es un contrato de producción cooperada o de suministro o compraventa, todos previstos en la ley cubana.

Los verdaderos encadenamientos van hacia el valor, la innovación, el desarrollo, la investigación, que pueden crear dos actores juntos, como parte de algo superior, comúnmente denominado cadenas de valor. Hoy no existen las condiciones para desarrollar algo así, lamentablemente.

Se habla de descentralización y autonomía, más no siempre se hace… Los mayores obstáculos a vencer desde el sector empresarial en la actual crisis económica pasan por la baja inversión y las políticas económicas de producción nacional ineficaces.

El sector empresarial enfrenta hoy condiciones de crisis energética, de combustible, estanflación, triple moneda con varias tasas de cambio, déficit fiscal enorme (uno de los más altos del mundo), baja inversión estatal, elevados impuestos rentistas que no distinguen entre el productor y el revendedor, inexistencia de créditos blandos

¿Cuántas mipymes hoy operan con líneas de crédito?; no nos queda mucha maniobra en el juego.

Nuestra experiencia, desde la creación y producción de condimentos naturales y productos alimenticios a microescala ha sido de sobrevivencia. No hay banca de fomento o forma de acceder a financiamiento para crecer y producir más.

Pretender que el sector estatal, cooperativo o privado pueda darle una vuelta positiva a la actual crisis de Cuba es ser fantasioso o simplemente olvidar lecciones básicas de Economía e Historia.

La solución de la actual crisis económica cubana requiere de enormes cambios estructurales, políticas de producción efectivas, aumento de la inversión en el sector primario, que hoy no llega ni al 3 %, mientras que hoteles, sector inmobiliario y actividades que “orbitan” al sector hotelero absorben casi el 40 % de la inversión.

Son muchísimos los obstáculos, por solo poner un ejemplo, es casi imposible para una mipyme solicitar tierras en usufructo para producir determinado cultivo especializado que necesite en su proceso productivo y así sustituir una importación.

La ley contempla la posibilidad de solicitar la tierra, pero en la práctica, el Ministerio de Agricultura no la cumple y las solicitudes caen en saco roto; al igual que el acceso a divisas para adquirir conocimientos (know how), patentes, maquinarias o materia prima. No hay posibilidades de créditos en monedas extranjeras. En este escenario es complejo hablar de producción y desarrollo.

¿Por qué la banca cubana no implementa un sistema de Unidades de Fomento (UF) para préstamos en dólares que permitan la adquisición de maquinarias y materia prima con devolución en pesos cubanos?

La UF se mantendría flotante en la tasa real de cambio, y en caso de ocurrir más devaluación del peso cubano (CUP) no afectaría a la banca. Debemos analizar esos temas y no si el precio de un paquete de salchicha está “caro”.

Hay mucho que corregir para impulsar de verdad el sistema empresarial cubano, pero no pongan en esa lista de “correcciones” a las actuales políticas y normativas dirigidas al sector privado

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