A debate

Feminismo en Cuba: el camino de la sospecha

¿Feminismo o feminismos, movimiento o diversidad de actores? ¿Qué desafíos le presenta la realidad cubana actual a esta filosofía, profundamente cuestionadora? La Redacción IPS Cuba pulsa la opinión de diversos actores que, desde puntos de vista coincidentes o discordantes, ofrecen una visión múltiple sobre este tema.

  1. ¿Se puede hablar de la existencia de un feminismo en Cuba? ¿Cuáles han sido algunos de sus principales hitos y tropiezos?

    Teresa Diaz Canals

    Esta pregunta, que abarca hitos y tropiezos, tiene un enfoque histórico y requiere un detenimiento, un repensar su recorrido complejo, invisibilizado muchas veces, frenado.

    Habría que apuntar, primero que todo, al concepto de feminismo, que es muy fácil en un primer lugar: la lucha de las mujeres por lograr la equidad de género, la eliminación de toda discriminación y violencias sobre el sexo femenino y, a la vez, alcanzar el respeto a las diferencias, a la diversidad. Por tanto, este movimiento social y político, que surge a fines del siglo XVIII y se va extendiendo de manera paulatina a lo largo del XIX, tiene una expansión importante en el XX y el XXI.

    Sus principales hitos se pueden considerar desde la entrada de las mujeres en el espacio público, en el siglo XIX, cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), con su vida y su obra, se convierte en una precursora de un pensamiento transgresor de una moral pacata y conservadora; cuando Ana Betancourt, en abril de 1969, pide igualdad para las mujeres en una actividad convocada para el pueblo de Guáimaro, ante  la Asamblea Constituyente de la Republica en Armas, y la incorporación de las mujeres a la guerra de independencia. Hay historiadores que consideran que no fueron los mambises propiamente los que hicieron la guerra de independencia, sino las familias cubanas. Hay que investigar precisamente dónde radicaron el Palenque de la Mujeres, un hospital que atendía a los soldados heridos, y los clubes de mujeres fundados para apoyar la guerra en el exilio.

    Los Congresos de Mujeres que se celebraron en 1923, 1925 y 1939; las diferentes organizaciones femeninas que nacieron después de que Cuba se convirtiera en República; el importante papel desempeñado por el Lyceum de La Habana, creado en 1929 y eliminado en la década del sesenta del siglo XX, institución femenina que desempeñó un importante papel en la cultura nacional; la aprobación del sufragio universal en 1934. Todos son hitos que marcan una historia de esfuerzos y pensamiento.

    Hay un feminismo que defiende los derechos de las cubanas y no está precisamente encajado o amparado por lo oficial —que yo llamaría no alternativo, sino autónomo— pues defiende un “espacio polémico de habla”, integrado y disperso a la vez, con mujeres que están en el exilio o en el país, pero que tienen posiciones diferentes a las protegidas por el manto estatal.



    Si se piensa en un contexto geopolítico, del sur global, como un territorio en el que han circulado ideas y prácticas feministas, sí creo* que pueda hablarse de un feminismo cubano. Algunos de sus hitos hacen referencia al pronunciamiento de Ana Betancourt en la Asamblea Constituyente de 1869, la publicación de Minerva, una revista protagonizada por mujeres negras, en la que se destacaron figuras como María Ángela Storini, una ex-esclavizada cubana, entre otras que no cabrían aquí y que dependerían de quién cuenta esa historia del feminismo en Cuba y desde dónde la cuenta.

    Por ejemplo, algunos de esos hitos aparecen documentados en una de las últimas publicaciones feministas cubanas, me refiero al libro de Teresa Díaz Canals Mujer, saber, feminismo, publicado en 2018 por la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana.​ Tengo mis críticas sobre este libro particularmente habano-centrado y con ciertos ecos de eurocentrismo, pero considero que ilustra algunos de esos hitos y tropiezos, por lo que recomiendo su lectura. Si otra persona, intelectual, activista, decidiera contar esa historia del feminismo en Cuba, tal vez fuesen otros los hitos y otras las figuras a resaltar.

    El feminismo cubano, como todos, contiene diferentes vertientes, corrientes, posicionamientos y perspectivas.

    *Los criterios aquí planteados no representan una visión unánime del Consejo Editorial de Afrocubanas. La Revista​, responden a opiniones personales. 

    En mi opinión*, se puede hablar de muchos feminismos en Cuba: desde los más radicales hasta los más light, desde los más inclusivos hasta los hegemónicos, desde los más naifs hasta los más estudiados. Hay de todo, gracias al Universo. Yo estoy construyendo en estos momentos una especie de sistematización o hitos del feminismo y de la lucha de las mujeres por sus derechos en Cuba.

    Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista y, si bien el feminismo como corriente de pensamiento fue vilipendiado en algún momento posterior a 1959, pues se le identificaba con corrientes burguesas, lo cierto es que cada vez hay más personas interesadas por él, especialmente gente muy joven, no conforme con el mundo que hemos construido para elles.

    Noto, por otra parte, muy pocos debates acerca de temas que hoy constituyen prioridades en las agendas de cualquier tendencia feminista, como son la interseccionalidad, la decolonialidad, el antirracismo, el capacitismo, el antiespecismo, el cambio climático, la economía solidaria, el veganismo, etc. Es como que en el archipiélago andamos aún, como para otros tantos temas, 30 años atrás.

    Un ejemplo sencillo: muy poca gente se cuestiona la radicalidad del feminismo, dado que ciertamente querer subvertir las relaciones entre los géneros, entre niñas, niños y adultos, entre las identidades raciales, o entre las especies animales es algo que solo haciéndose de raíz es que podría lograrse. En Cuba, ser, “feminista radical” ha pasado a ser insulto, cuando hace ya muchos años que las propias activistas de otros países han revindicado el término.

    Otro ejemplo: el ciberfeminismo existe desde finales del siglo pasado. La publicación “Cyborg Manifesto” (1985), de la docente universitaria Donna Haraway (Denver, Colorado, 1944), ha sido considerada trascendental en su origen. Personalmente me reconocí ciberfeminista desde el primer día de salida de mi blog Negra cubana tenía que ser, en el ya lejano junio de 2006.

    En ese entonces, ya participaba de colectivos ciberfeministas internacionales, fundamentalmente europeos. En las redes sociales cubanas se ha intentado criticar esta vertiente del feminismo, lo cual evidencia el desconocimiento de los movimientos de mujeres/feministas y los usos que ellas han hecho de las tecnologías, que ya dejaron de ser nuevas para la consecución de su derechos, para su bienestar y desarrollo profesional.

    *Los criterios aquí planteados no representan una visión unánime del Consejo Editorial de Afrocubanas. La Revista​, responden a opiniones personales. 

    Siendo el feminismo una convicción liberadora y una cultura de relación y participación que se verifica, por consiguiente, en una praxis particular, puede hablarse de un tipo de feminismo cubano.

    El propio proceso histórico-ideológico que empezó a tener lugar a partir de 1959 deja una marca en su recorrido en nuestro contexto. La interacción y diálogo con grupos de América Latina, sobre todo, fueron configurando inevitablemente sus percepciones.  Creo que su propio tope puede haber estado en su misma condición de liberación. El hecho de que la agenda vital y la ruta social de nuestro contexto haya sido muy particular y paradigmáticamente liberadora con respecto a otros contextos, creó una especie de pausa en el abordaje, estudio y profundización de otras temáticas de corte feminista, cuyos desafíos y pertinencia lucían anacrónicos y desencontrados, al ubicarlos dentro de nuestra agenda vital.

     

    No puedo asegurar que en Cuba haya feminismo, pero sí puedo decir con certeza que existen feministas. Yo soy una de ellas, llevando y utilizando un feminismo personalizado como La Fina. Me gusta organizar eventos, debates, conferencias, festivales y conciertos de mujeres dedicados a ellas y, en sentido general, en mis espacios siempre la mujer es la protagonista. Por ende, todo esto me hace ser una activista feminista en Cuba, lo cual todos saben —o al menos quienes tienen conocimiento de cómo funciona Cuba con el activismo cultural— es muy difícil por la falta de recursos, el burocratismo y el pensamiento involutivo.

    Mis principales tropiezos han sido, por ejemplo, la discriminación que he sufrido dentro de la cultura hip hop en Cuba. No es secreto para nadie que está protagonizada por hombres, por lo que todo el tiempo el ambiente que se respira es patriarcal. El hecho de ser mujer rapera en medio de esta cultura es muy difícil, porque no te aceptan positivamente dentro del gremio; no ven el talento de las mujeres o, mejor dicho, no lo reconocen; nos ven como una mujer que está haciendo rap más o menos, aunque rapees mejor que la mayoría de ellos.

    Aunque obtengas más logros profesionales —dígase  premios, nominaciones, giras nacionales e internacionales—, no dan su brazo a torcer, te siguen viendo como la persona con raya, vagina y cara bonita, encima de la tarima, sin darle importancia ni reconocimiento a la calidad de nuestra música, a temáticas importantes, flow, cadencia, proyección y respuesta antes las situaciones de la vida. Muchas veces piensan que nuestras temáticas no es necesario tocarlas.

    Otro tropiezo que tuve y aún tengo es que no comprendo por qué la agencia cubana de rap —o mejor dicho, su dirección patriarcal— piensa que no soy apta para pertenecer a esa empresa. ¿Será por ser mujer? ¿Será porque les caigo mal? ¿Será porque no quiero ofrecer mi cuerpo sexualmente? Tengo muchas interrogantes, pero lo que sí sé que soy una mujer negra empoderada y con mucha calidad en mi trabajo, con muchos logros profesionales reconocidos, dentro y fuera de Cuba, en eventos importantes como FIMPRO (México), Festival MARVIN (México), Miss AFRO PERÚ 2020, universidades de Estados Unidos (Florida, Towson, Filadelfia, New York), Cubadisco, Cuerda Viva, Lucas, Festival Moviendo, entre otros. Diecinueve años de carrera artística bien aprovechados. Pero nadie es profeta en su propia tierra y, si eres mujer, debes luchar el doble.

    Sí, podemos hablar de feminismo en Cuba desde hace años. En la historia hubo muchos sucesos que lo narran, en mi criterio: desde el siglo XIX, cuando el sufragismo en Cuba tomó voz a través del Club Revolucionario cienfueguero “Esperanza del Valle” (fundado en 1896) y su  representante Edelmira Guerra (186?-19?), así como otras: María Luisa Dolz y Arango (1854-1928) y Aurelia Castillo de González (1842-1920)

    Hay varios ejemplos: en 1912, en La Habana, el Partido Nacional Feminista, presidido por  Amalia E Mallen; el surgimiento del Club Femenino de Cuba y luego la Federación Nacional de Asociaciones, que organizan los Congresos de mujeres de 1923 y 1925; o el feminismo negro, comenzando por Inocencia Valdés (1868-1952), desde 1925, pasando por la revista  Avance, en 1935.

    Algunos hitos son el derecho al voto femenino; también lograr la independencia y reivindicaciones de la mujer en entornos domésticos, económicos, académicos y sociales; la idea de asistir a estudios superiores o poder trabajar fuera de casa como obreras; crear una estrategia de alianza, afinidad e integración para empoderar a un mayor número de mujeres y afianzar intereses  comunes.

    Además, elevar la conciencia social de las mujeres; el derecho al divorcio, con una ley en 1918 y, anteriormente, en 1917, la ley de la Patria Potestad; la creación de la cárcel de Guanabacoa, donde las reclusas tenían derecho a la instrucción primaria y se les garantizaban camas, ropas, alimentos y clases de corte y costura.

    Entre los tropiezos se puede mencionar: el distanciamiento de las luchas y realidades de las mujeres negras por parte de las feministas blancas, quienes solo las veían por su condición de obreras…

    Este acercamiento al feminismo tiene como punto de partida el conocimiento derivado del activismo en temas de masculinidades y la práctica profesional en el ámbito de una comunicación que intenta ser emancipada del machismo, lo que permite reflexionar (y pensarme) como un hombre con el privilegio (y el compromiso) de acompañar a las feministas y sus proyectos desde los últimos años, como estudiante universitario hasta la actualidad.

    Desde la apostilla inicial visibilizo lo que considero una realidad: la existencia de un feminismo cubano, diverso en prácticas, agendas y espacios desde los cuales emerge.

    Prefiero hablar de feminismos, con la pluralidad de expresiones que se identifican en el país, desde las feministas académicas más asentadas y legitimadas desde hace décadas, hasta una generación de jóvenes que se articulan de forma espontánea en torno a temas específicos del momento.

    El abanico de maneras de entender el feminismo en Cuba incluye a quienes se movilizan por derechos sexuales y reproductivos, las activistas antirracistas, comunicadoras y periodistas, artistas, activistas políticas, mujeres de diversas comunidades religiosas y otras quizás menos visibles, pero con presencia en el debate actual.

    Hablar de hitos es complejo, en un contexto de constantes discusiones vivas sobre temas necesarios, algunos con más camino recorrido, como la lucha por los derechos de las personas de la comunidad LGBTIQ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales y queer), donde las feministas han ganado su espacio y protagonismo, mientras en otras cuestiones existen grandes deudas, como es el caso de la Ley Integral sobre Violencia de Género.

    Lo que considero el principal hito —y no lo sitúo como un suceso concreto, sino como un proceso— es ver a las feministas cubanas profundizar el diálogo entre su realidad específica y lo que sucede en el mundo, en particular en Latinoamérica.

    Hablar del #MeeToo a partir de lo que ocurre en el país, sumarse a la conversación global desde etiquetas como #YoSíTeCreo, #ElVioladorEresTú o #NiUnaMenos, entre otras, las visibiliza, fortalece la noción de sentidos y luchas compartidas e incluso genera reacciones en contra, que permiten identificar desde qué espacios de poder se apoya y sostiene el patriarcado en Cuba.

    En este escenario actual, resalto el ciberfeminismo, que rompe con la lógica tradicional de usos y consumos de los contenidos generados en las plataformas virtuales, en tanto contribuye a un diálogo más diverso y plural, donde no solo están amplificadas las voces de las feministas, sino también de sus proyectos, campañas y múltiples iniciativas, que buscan subvertir la manera en que funcionan nuestras sociedades, ancladas en un patriarcado todavía con mucha vitalidad, pese a los avances de las cubanas.

    Además de visibilizar la realidad de las mujeres y potenciar la generación de contenidos alejados del machismo, el feminismo en las redes usa las herramientas para la movilización. Y el feminismo necesita eso: salir de las academias, de los pequeños grupos, incluso de las mismas redes virtuales, para ganar espacios físicos donde se pueda mirar a los ojos de quienes sostienen el poder patriarcal.

     

    Hoy más que antes podemos hablar de la presencia de una agenda feminista en el país, que se concreta en feminismos, en plural, diversos. No creo que estemos frente a “la existencia de un feminismo”, sino frente a la visibilización de voces individuales y colectivas feministas, institucionales y no institucionales, que una buena parte de las veces pueden converger y, en otras ocasiones, disputar estrategias, contenidos, formas de existencias.

    La historia cubana muestra un papel clave de las mujeres en las esferas públicas, la vida política, las comunidades, los espacios domésticos. Las voces de mujeres durante toda la primera mitad del siglo XX —una parte de ellas autodefinidas como feministas— están documentadas en la literatura, la academia, el cine. Contar con ese recorrido es vital. A la vez, es necesario reconocer que esas voces están menos presentes en los libros de Historia y los currículos escolares. Ese es uno de los tropiezos: el insuficiente reconocimiento informado del lugar de las mujeres en la historia social, política y cultural cubana (incluso antes de la independencia) y el insuficiente reconocimiento también de las desigualdades entre hombres y mujeres y entre las mujeres (en relación a su estatus socioeconómico, su lugar de procedencia, “raza”, etc.) en esa historia.

    Por otro lado, la ampliación de derechos que tuvo lugar, muy especialmente, después de la Revolución de 1959 supuso un piso importante para pensar en los derechos de las mujeres. Ese es un pilar robusto. Al mismo tiempo, persisten desigualdades notables y eso también hay que reconocerlo porque es, de hecho, tanto contenido de las agendas feministas, como barrera para su ampliación.

    Considero también que es imprescindible reconocer y acoger la diversidad de actores sociales feministas, o con sensibilidad feminista, presentes hoy en el país. Ninguna lucha social es monopolio de un actor único. Tampoco un actor es hoy lo que ha sido antes; me refiero a que quienes participan del espacio público se transforman en ese ejercicio, a veces para bien, y a veces no. Pero producir encuentros puede ser lo más provechoso. Es un ejercicio difícil pero imprescindible: plantear los diálogos y listar las posibles confluencias y alianzas para beneficio de la sociedad, todas las personas, las mujeres, las niñas. En ese proceso también quedan al descubierto los antagonismos, las incompatibilidades, las cuales son igualmente importantes de verificar. En relación con esto, creo que el principal tropiezo ha sido la ausencia de canales más fluidos, que antes podrían haber parecido evitables, pero hoy son imprescindibles. Canales entre la sociedad política y la sociedad civil, entre la Federación de Mujeres Cubanas e iniciativas no institucionales si hay convergencia en intereses y enfoques, entre la academia y las organizaciones sociales, entre el periodismo y la academia feminista, entre los feminismos y los medios, y así…


  2. Existe un viejo debate sobre la presencia en Cuba de un movimiento feminista, ¿cuál es su criterio?

    Sandra AbdAllad Álvarez

    No estoy muy clara acerca de lo que se necesita para que una tendencia, preocupación o modo de sentipensar y actuar se convierta en un movimiento. Claro que se precisa de un grupo de personas más o menos numeroso; sin embargo, quizás lo trascendental no está en el número sino en los intereses, metas, propósitos comunes, los vasos comunicantes entre unas y otras tendencias o ramas, que permiten trabajar con una misma finalidad, o al menos establecer puntos de encuentro y trabajo.

    A partir de ahí, no creo que en Cuba exista, en la actualidad, un movimiento feminista pues, entre otras cuestiones, el activismo, tal cual se le conoce en el siglo XXI, es relativamente nuevo en el país.

    Razones para ello son, por solo citar algunas: cómo se organiza nuestra sociedad y la centralidad del poder en ella, la estructura vertical que prevalece; una frágil sociedad civil, así como el paternalismo con el que somos vistas las mujeres y el rol salvador que aún se le adjudica a los hombres. Por demás, un “movimiento” no es ni un grupo, ni varios proyectos, ni una comunidad, sino que constituye un “algo” mucho más no solo en términos cuantitativos, sino sobre todo en los contenidos, las estructuras, las sinergias entre sus diferentes componentes, las alianzas, las metas.

    Lo que noto, luego de tantos años de activismo y ejercicio intelectual, son feministas (no todas son activistas) que trabajan de manera individual, que eventualmente se reúnen para llevar a cabo una iniciativa, un proyecto, un “algo”.

    Otra cuestión es que no todo el feminismo cubano se hace en el archipiélago. Por razones harto conocidas, la migración ha supuesto también la residencia fuera del país de activistas y pensadoras feministas, lo cual no es una novedad. Por ejemplo: Inocencia Valdés, líder de las despalilladoras y quien participara en el Segundo Congreso de Mujeres (La Habana, 1929), realizó una buena parte de su activismo desde Cayo Hueso, Florida, Estados Unidos, en el marco de los clubs de mujeres que se fundaron en el exilio. La artista de la plástica Ana Mendietta (La Habana, 18 de noviembre de 1948– Nueva York, 8 de septiembre de 1985), una de las voces más irreverentes de las artes cubano-estadounidenses, vivió la mayor parte de su corta vida en Estados Unidos. Por otra parte, Cuba también se ha enriquecido con mujeres extranjeras, como la dominicana Camila Henríquez Ureña (Santo Domingo, 9 de abril de 1894-La Habana, 12 de septiembre de 1973)



    No, en estos momentos no creo que exista un movimiento como tal. Un movimiento jamás sería excluyente, acomodaticio a las circunstancias, conformista. Por otra parte, el feminismo autónomo ha obtenido determinadas connotaciones, como la petición de una ley integral contra la violencia de género, que produjo ciertas resonancias a nivel social y, en lo esencial, reclama el reordenamiento de una estrategia más fortalecida para accionar contra la violencia de género.

    También existe un trabajo extenso que viene de años, sustentado y alentado por la cooperación internacional y que incluye, por cierto, al feminismo oficial, pero que baja más a la base, al trabajo comunitario, a proyectos de desarrollo y medioambientales que me parecen muy útiles, necesarios y transformadores, porque alientan el surgimiento de lideresas, de trabajo por cuenta propia que eleva la autoestima de muchas mujeres y su nivel de conciencia social. Pero eso queda en proyectos que expiran, por lo general, cuando se deja de apoyar materialmente la participación de las mujeres.

    Habría que hacer una investigación más profunda y analizar los impactos, que son indudables, pero sus resonancias no creo que sean infinitas, excepto en el cambio subjetivo de un grupo de mujeres involucradas en estos apoyos, que son finitos.

    Sobre si ha existido o no un movimiento feminista en Cuba, hay investigaciones y libros (no muchos), que demuestran que sí existió un movimiento articulado de organizaciones feministas en las primeras décadas del siglo XX, quizás sin el arraigo popular de otras naciones, pero muy potente. Incluso, si bien muchas de esas mujeres eran de “procedencia burguesa” (así le llaman quienes las critican), también hubo obreras, periodistas, escritoras con más o menos poder adquisitivo y hasta despalilladoras de tabaco, mujeres mestizas y negras, aunque estas últimas hayan sido minimizadas en muchas de las sistematizaciones de la época. Libros como En busca de un espacio. Historias de mujeres en Cuba, del historiador y antropólogo Julio César González Pagés, nos devuelven a esas feministas que lograron integrarse en un movimiento.

    Después de 1959 no creo exista la noción de movimiento, ni siquiera en la actualidad, cuando hay una mayor pluralidad de voces e iniciativas. Eso sí, la efervescencia de los debates actuales y la capacidad de algunas mujeres para articularse crean, si bien no un movimiento, sí una red informal sorora que hoy gana visibilidad y les hace ganar en potencia. Y ahí, por supuesto, hay hombres que acompañan desde un compromiso sincero, que nace de las contradicciones entre los mandatos tradicionales machistas en que nos han socializado y el deseo de emanciparse, en no pocos casos transformado en acciones y actitudes.

    Ese es un debate, ciertamente, y creo que hoy día empieza a despejarse. Primero, hay que reconocer que no es lo mismo hablar de la presencia de voces feministas que de un movimiento feminista. Los feminismos, como cualquier movimiento social, implican la creación, coordinación y mantenimiento de la interacción social para intervenir políticamente. Implican también la creación de redes, símbolos compartidos, etc. Creo que en Cuba se avanza en ese camino. Algunos actores tienen una vía más expedita en ese esfuerzo, porque cuentan con reconocimiento institucional; y otros, no; y eso no habla directamente del alcance efectivo de unos y otros, sino de su capacidad de operar.

    Hace veinte años, quienes lideraban pujas en ese sentido y se definían como feministas eran menos personas, y el debate público estaba menos instalado. A ellas debemos lo que pasa hoy. A su persistencia y lucidez.

    Hoy estamos en otro punto. Temas que competen a la agenda feminista están en las esferas públicas. Son parte de los espacios donde se dirime lo político. Y voces distintas, institucionales y no institucionales, se movilizan desde ahí y se reconocen ahí. Hay, por demás, una oportunidad política para producir lenguajes y acciones feministas. No hay optimismo ingenuo en lo que digo, a lo que me refiero es que existen acciones y subjetividades alimentando el campo feminista y eso es importante reconocerlo. Habría también que aprovecharlo.

    La existencia es viva, a veces con mayores aciertos que otras, desde mi punto de vista. El feminismo surge en la isla para transformar la vida de las mujeres, movilizar la situación cotidiana y cuestionar las visiones androcéntricas y fálicas de la ordenanza cívica cubana y todas sus aristas.

    Durante mucho tiempo, la idea de ser feminista era una mala palabra, una manera de visibilizarnos en contra de los hombres, alejadas de los asuntos del hogar y la maternidad, como mujeres que renegábamos de nuestras supuestas tradiciones y herencias de responsabilidad. Lo que trae como consecuencia que algunas personas satanizaran el feminismo, su existencia y participantes, entrando en negación con todo lo relacionado con la lucha por las reivindicaciones femeninas. Eso supone una ganancia para la opresión patriarcal, una manera magnífica de separarnos y hacernos ver como locas indeseables, insatisfechas y hasta tristes, desesperadas por cambiar la tradición.

    Es un movimiento que aún no tiene la presencia ni la fuerza organizativa que se desea. Falta cohesión entre todas las  participantes que acogemos la idea y la práctica social, y también el requerido reconocimiento y acompañamiento gubernamental. Quizás por esa razón queda invisible o sectorizado, en ocasiones.

    Durante un tiempo, se divulgó y manipuló la imagen de mujer moderna y casi siempre se  hizo referencia a las mujeres blancas y burguesas, dejando de lado las demandas de las mujeres negras y, en la actualidad, a la diversidad que significa ser mujer.

    Necesitamos mucho mover y activar las luchas desde varios frentes, poner en agenda detalles comunes que impulsen la urgencia y los presupuestos del tema. Debemos ver el efecto de asociación como una necesidad del feminismo cubano. La verdadera fortaleza está en juntarnos y dialogar. Es imposible trabajar sin diálogo. Debemos integrar las voces en el concepto de comunidad e institución. Revisar la cuestión de saber si somos números o ciudadanas es algo que me cuestiono muchísimo. Hay cambios, como una ley integral contra la violencia de género, que apoyarían el concepto de ciudadana, persona con derechos.

    Desde donde sigo el contexto, la composición cubana de feminismo tiene muchas transformaciones que dibujan el mapa de la realidad, exigiendo líneas de fuerzas y empatías para discusiones de mayor calibre con los enemigos comunes: el sistema capitalista, el neoliberalismo, las violencias, los fenómenos de las fronteras y las migraciones, el bloqueo, los localismos o regionalismos existentes en las muchas Cuba que somos.

    Creo que personas feministas sí, transversalización de principios feministas en la praxis sí; pero no un movimiento feminista como tal, no al menos si se tiene como referencia la estética de lo que suelen ser los movimientos de este corte (y de todo tipo)

    Afirmar la existencia de un movimiento feminista​ va a depender de lo que entendemos por este y dónde seamos capaces de verlo. Me parece que muchas veces operamos con los referentes de movimientos sociales de Occidente e inclusive de otras regiones de América Latina y, siendo así, eso condiciona que podamos identificar o no un movimiento feminista.

    Particularmente, me gusta la definición de la activista e intelectual feminista, Sonia E. Álvarez al ubicar al movimiento feminista como un campo discursivo de acción, que contempla la existencia de este circulando de muchas formas y en varias tramas del tejido social, no apenas en un único formato. Si, además de eso, tenemos en cuenta que Cuba es también su diáspora, sí creo en la existencia de un movimiento feminista desde la perspectiva que propone Sonia Álvarez, como campo discursivo que aglutina a varias personas, no necesariamente en el mismo espacio físico, ni concordando, pues se trata de una articulación colectiva y de un campo de disputa.

    Por tanto, ese movimiento feminista va a disputar tanto determinadas representaciones hegemónicas emanadas de posiciones centrales, como a instaurar nuevos códigos culturales.

    Considero que sí existe un movimiento feminista como campo discursivo de acción, que obviamente no ha ganado todas las arenas que se desearía que ganase, y claro existe fuera del formato en que él se da en otros países.

    No creo que tenga que haber un movimiento feminista idéntico al de ningún otro lugar. Considerar al feminismo cubano, sus formas de articulación, como en retroceso respecto a otros feminismos de otras regiones es, de alguna forma, reforzar esa lógica occidental de progreso que, tomando a Occidente como punto de referencia, principio y fin de todo, juzga lo que se produce en el norte global como “avanzado” y a lo que se produce en el sur global como “atrasado”, “arcaico”.

    Creo que cada contexto seguirá sus propias temporalidades y lógicas. Las feministas decoloniales vienen cuestionando este tipo de argumentos. Hay, además, un interesante trabajo de la profesora y directora del Departamento de Estudios de Género de la London School of Economics, Clare Hemmings, que aborda esta cuestión de cómo el modo de contar las historias feministas apela a esta lógica occidental ya gastada. Hay una historia y un legado de un movimiento feminista cubano, y desde que tengo contacto con éste como teoría y acción política (mínimo desde 1999, por ende hace alrededor de 20 años), he identificado ideas y prácticas feministas circulando en Cuba, incluso en lugares asumidos como “periferias” por parte de los grandes centros de poder.

    Hay mucha articulación feminista en otros lugares fuera de La Habana, como por ejemplo Santiago de Cuba, que ha sido invisibilizada por los discursos hegemónicos.

    Creo, profundamente, en la existencia de ese feminismo en movimiento, como una trama discursiva que está presente en el tejido social, de muchas maneras, que es necesario mapearlo o cartografiarlo ahora mismo y hacerlo fuera de los lugares hegemónicos desde donde siempre se habla y se escribe; en sus intersecciones con los movimientos y activismos LGBT cubanos. ¿0 acaso no hay feminismo dentro del activismo LGBT?

    Por consiguiente, ver o no un movimiento constituido dependerá de con qué lentes se mire. Si miramos con los referentes de movimientos sociales de Estados Unidos, Europa o inclusive de la propia América Latina, eso condicionará lo que seamos capaces de ver. Para mí es una tarea pendiente estudiar la constitución de ese movimiento en la contemporaneidad, porque estoy convencida de que existe, con las singularidades que condicionan su existencia en Cuba.  

    Si existe, realmente yo no tengo conocimiento sobre su existencia. Pero, si realmente existe, debería organizarse y darse a conocer para agruparnos, incorporando a todas las que se sientan identificadas. Estando agrupadas y organizadas podemos lograr muchos cambios en todos los ámbitos, sobre todo en la sociedad.


  3. Cuba vive momentos de cambios económicos y sociales que repercuten de diversas formas sobre la ciudadanía, ¿cuáles serían los impactos que el contexto actual dejaría para el feminismo?

    Diarenis Calderón

    Entre los impactos negativos, todas las brechas de desigualdad social se han disparado.  Aparecen como marpacíficos nuevas capas sociales relegitimadas, las remesas familiares como un nuevo sustento económico, los viajes, las casas de rentas, los negocios particulares de rápido desarrollo. Las mujeres son  despedidas o menos contratadas en esa implementación de empleos y, en algunos casos, se busca mujeres jóvenes, sin hijos, “bonitas”, delgadas, blancas o mestizas. Hay otros espacios donde la hipersexualización se dispara y crea un contexto de cosificación.

    Por otra parte, se legitima  la mediocracia cubana: las mujeres esposas de los hombres con dinero (gerentes, marineros, turistas, residentes extranjeros, etc.) gozan nuevos privilegios y contratan a otras mujeres con menores oportunidades económicas para emplearlas y no siempre con una remuneración que se corresponde con las largas jornadas de labor. Muchas de estas últimas migran desde otras provincias o abandonan sus estudios o trabajos, reportándose una nueva forma de “esclavitud” doméstica.

    Las diferencias, discriminación y prejuicios raciales crecen desenfrenadamente y hacen que se escuche con más frecuencia el viejo y usado término de “adelantar”, lo que trae como consecuencia que deje de ser prioridad el orgullo por ser quién eres y sí por lo que tienes; en fin, capitalización de la existencia.

    Las fobias vinculadas a la diversidad sexual emergen en una nueva cruzada de exclusión, en particular, hacia poblaciones lesbianas y trans, que son atacadas a diario hasta en lugares públicos y tienen menos oportunidad de encontrar empleos.

    Las periferias estarán cada vez más pobladas y serán menos productivas, debido al  desmoronamiento y desmantelamiento de la economía nacional y los recortes de presupuesto (cierre de fábricas, destrucción de los entornos agradables, cierre de lugares de recreación, colapso de edificaciones convertidas en vertederos o parques, dependiendo del lugar), la elevada contaminación sonora y ambiental.

    Todo ello trae aparejada la disminución brusca de la autoestima en las poblaciones vulnerables o periféricas, una paralización de jornadas de trabajo y, por ende, de la creatividad ciudadana, tan vital para enfrentar la cotidianidad; la fractura de la conciencia cívica y de identidad; la jerarquización en los barrios de conductas y referentes machistas, así como la gentrificación de esos entornos y la movilidad masiva hacia las capitales  de provincias u otras, con mejor oportunidad laboral y de vida, lo que es lógico en esa nueva ordenanza de complejidades. También el aumento de las televisoras extranjeras y sus productos, como materiales audiovisuales, para  naturalizar los maltratos, la desvalorización, la sumisión femenina y los vicios.

    Algo que me preocupa es el empobrecimiento de diálogos y la comunicación general con las nuevas generaciones.

    Hay elevados riesgos para la existencia de grupos o experiencias feministas y el resultado de su trabajo, pues aumentan las tendencias fundamentalistas, sexistas y misóginas en las redes sociales y la sociedad civil. Hay acoso. También se eleva la posibilidad de la desilusión entre grupos y experiencias en ese escenario,  por no ver una plataforma equitativa y justa para el movimiento.

    A la par hay ciertos impactos positivos, como los relacionados con el emprendimiento y la responsabilidad de las mujeres. Las que logren ser contratadas traerán un salario diferente a casa, que se traducirá en mayores beneficios. Se podrán crear cooperativas feministas con vocación sorora y reuniones entre mujeres, estableciendo horarios laborales justos y diálogos sobre movilidad social. Igualmente plataformas digitales y medios que desarrollen las estrategias feministas interseccionales de conciencia y pensamiento descolonizador en comunidades; negocios liderados por mujeres y que tengan en cuenta conceptos feministas.

    Podrán fomentarse propuestas para  la existencia de algunos escenarios a corto plazo para el empoderamiento de seguridad social y vivienda de poblaciones vulnerables; emprendimientos afrodescendientes y de la comunidad LGBTIQ, individuales y colectivos, en menor medida; y propuestas  para  beneficiar al sector educativo jubilado, con nuevos programas sociales de acompañamiento sistemático.



    Si miramos los cambios sociales desde los retos y desafíos a resolver, que incluyen cómo revertir la feminización de la pobreza, el número de mujeres en condiciones de precariedad, mayor desigualdad, entre otras cuestiones como el avance de corrientes fundamentalistas machistas —no solo en lo religioso—, podemos pensar que, obviamente, el feminismo tendrá que enfrentar —enfrenta ya— un contexto hostil.

    Pero podemos ser optimistas si analizamos los acumulados, la mayor conexión entre “lo que se dice y lo se hace” por parte de las feministas, más claridad en los peligros y brechas existentes y la oportunidad que representa una generación de jóvenes con menos prejuicios en torno al feminismo y sus luchas.

    El feminismo tiene una capacidad de resiliencia increíble y eso parte de una idea que me sedujo desde hace mucho: lo personal es político. Todo lo que nos afecte en alguna esfera de la vida generará una respuesta, una estrategia, una acción… Y debemos tener claro que si bien el feminismo se le suele identificar con la denuncia, su principal virtud es la capacidad de transformar el orden de las cosas. Y por ello es que incomoda.

    Creo que no se trata solo de que el contexto actual impacte al feminismo y condicione el modo en que se da la práctica feminista, sino que también ese contexto desafía al feminismo como teoría e intervención social y política.

    Uno de esos desafíos es dejar de pensar la ciudadanía como una cuestión asociada apenas a la nacionalidad. Los estudios feministas en diálogo con los estudios queer​  vienen debatiendo cuestiones como la ciudadanía sexual (Evans, 1993) hace bastante tiempo.

    Uno de los retos que el contexto actual (y creo que desde hace tiempo) le coloca al feminismo es discutir cómo las regulaciones hegemónicas de género, sexualidad y otras matrices de poder retiran derechos ciudadanos a algunas personas, obstaculizan la existencia de políticas públicas que acojan sus demandas. De ahí la necesidad de concebir la ciudadanía más allá de la nacionalidad y de la cis-heteronormatividad, por ejemplo.  

    Pienso que los cambios económicos y sociales dejarían un impacto negativo, ya que el feminismo cubano necesita libertades y más expansión igualitaria y equitativa. Necesitamos unirnos y agruparnos, pero todos estos cambios no lo permitirán porque cada una de nosotras tiene problemas íntimos y personales, los cuales hay que resolver desde adentro, primero, para luego pensar y resolver los externos como feministas. Existe mucha pobreza y necesidad, sobre todo en los hogares y familias de feministas de a pie, como yo.

    Ya no estamos en la Cuba (casi) uniforme de las pasadas décadas de los setenta y ochenta. Ahora existe un país más segmentado, que enfrenta problemáticas como la gentrificación, la profundización de las desigualdades, la violencia machista, la creciente diferenciación entre capas sociales, la feminización del empleo, el establecimiento de una élite del emprendimiento y el negocio privado… En ese contexto, a los feminismos les toca ajustarse a lo que se vive, al menos a aquel que se hace en los barrios o con su gente, y también para quienes toman decisiones.

    La situación que atraviesa Cuba tiene costos sociales importantes. La crisis, que antecedió la pandemia y se agravó con esta —y que tiene que ver con deformidades internas y con la asfixia externa del bloqueo estadounidense—, de seguro está ampliando las desigualdades y la pobreza, aunque no tenemos mediciones de cuánto. Y esa ampliación de las desigualdades en general también se relaciona con la expansión y agravamiento de las desigualdades de género. Eso pone en peligro todos los órdenes de la vida y, por supuesto, pone límites también a las formas en las que se produce organización social y se disputan asuntos de interés colectivo. Para los feminismos, esta situación plantea desafíos enormes.

    El primero, es afrontar ese agravamiento de las desigualdades en este contexto de crisis que, por el momento, no se avizora que vaya a mejorar de forma sustantiva.

    Además, afrontar los problemas preexistentes, que estaban antes de la crisis: baja participación laboral remunerada de las mujeres a pesar de nuestros altísimos niveles de instrucción educativa; violencia de género persistente en los hogares y fuera de ellos; carga enorme de trabajo de cuidados no remunerados, etc. Todo eso ya estaba antes de esta crisis, junto a indicadores positivos: garantía de servicios de interrupción voluntaria de los embarazos y la alta participación de las mujeres en el parlamento, por ejemplo.

    Un tercer desafío importante es la expansión de neoconservadurismos (incluidos los religiosos) que ponen en peligro no solo derechos asegurados, sino que trabajan sistemáticamente en el campo de los sentidos comunes y las normas sociales, manifestando un programa muy seriamente conservador.

    Además, un desafío de peso es la instrumentalización de la causa feminista por actores políticos no feministas. Eso último no es exclusivo de Cuba. Ha sucedido y sucede en todos los lugares del mundo. Con ello hay que lidiar. Los feminismos caen a veces en un fuego cruzado que es tremendamente difícil de sortear y la agenda puede quedar atrapada entre conservadurismos políticos, acusaciones y sospechas estériles, o instrumentalización para asegurar otras agendas políticas que nada tienen que ver con los feminismos cuando se rasca un poco la superficie.


  4. El feminismo es una filosofía que reivindica los derechos de las mujeres para insertarse y participar en la vida política, social, económica y laboral. En el caso cubano, ¿considera que esos derechos ya obtenidos se han visto lesionados en los últimos años? ¿Por qué?

    Yamay “La Fina” Mejías

    Por supuesto que se han visto lesionados en los últimos años. Para insertarse y participar de manera activa en la vida política, social, económica y laboral, debemos tener nuestra cabeza tranquila, al menos en las necesidades que debemos priorizar que es la familia. Como dije anteriormente, existe mucha pobreza económica y debemos pensar en alimentar nuestras familias y demás necesidades. Ha sido un año muy duro para todos, pero en mi caso en particular como artista independiente me he sentido muy mal y con las manos atadas. Pensando que, si estuviéramos reagrupadas y unidas, nos estuviésemos apoyando mutuamente.



    El patriarcalismo es una cultura. Como matriz cultural excluyente por naturaleza, es propensa a que germinen en ella otros «ismos» peligrosos: racismo, sexismo, fundamentalismo… Como toda cultura no equitativa, sus brechas de exclusión a razón de ciertas particularidades identitarias quedan también naturalizadas, y esto no se puede cambiar de un día para otro. Sin embargo, le tengo mucha fe a la posibilidad que da el ámbito del derecho, por ejemplo, como espacio posible y garante de que se restituyan los derechos a las personas vulneradas con justa dignidad.

    Algo a lo que le tengo toda la fe del mundo es al tema educativo, a la labor en medio de la gente, a la trans-formación popular, local. Es allí, en situaciones particulares, donde puede mostrarse otra manera de abordar y sentipensar la realidad.

    Es allí, en la labor educativa sostenida —que pasa por la vida, en  coherencia de una praxis justa—, donde se logra sembrar la semilla del cambio y emerge la condición de posibilidad de otros modos posibles, no violentos, empáticos e inclusivos, de actuar.

    No solo como profesora, sino como pastora, tengo fe en que pueda existir un mundo más justo, donde cada persona pueda vivir de forma digna y con iguales oportunidades, el don de ser en la diversidad y riqueza de su identidad.

    Existen formas diversas de vivir la política feminista en la vida propia. Siempre digo que el feminismo es un devenir. No se llega a un punto y ya. Y a la vez es, sobre todo, un programa colectivo, que se realiza a muchas manos.

    Una parte de los feminismos ha reiterado la idea —con la cual me identifico del todo— de que no se trata solo de que las mujeres se inserten y participen de la vida política, social, económica, laboral. Eso es importante, claro. Pero los feminismos por los que me interesa apostar son los que miran críticamente esa realidad que aparece dada y producen una crítica al orden social general —no solo el de género—, si ese orden social es desigual. Feministas marxistas han sostenido que no se trata de ser igualmente explotadas que los hombres. Se trata de construir una mejor realidad para todas las personas. No se trata entonces solo de “integrarse” a un orden dado. Sino de transformarlo en ese ejercicio.

    En Cuba muchos derechos están asegurados. Otros están declarados, pero no asegurados. Y aún otros más tenemos que declararlos explícitamente, porque no lo están, y asegurarlos. Entre los segundos, pienso en la necesidad de incluir en la ley de salud pública el derecho a la interrupción voluntaria de los embarazos, por ejemplo; de contar con una ley integral contra la violencia de género que permita asegurar el artículo 43 de la Constitución y avanzar en programas más integrados y ágiles contra el problema de la violencia. En el caso de los terceros, pienso en la necesidad de reconocer el trabajo no remunerado como trabajo, que fue una oportunidad que nos perdimos con el cambio constitucional. Cada uno de esos campos es necesario analizarlos con seriedad, sosiego, buscando miradas integrales y justas. Justas para toda la sociedad.

    La mirada desde el presente a los derechos conquistados por las mujeres en Cuba suele ir más a pensar qué espacios aún no han ganado, dónde hay retos y desafíos. Sin sustento investigativo, aprecio que hay un grupo creciente de familias integradas por hombres y mujeres jóvenes que, ante una nueva realidad económica de mayor solvencia económica y acceso a recursos (sobre todo lo apreciaba antes de la pandemia), han adoptado una forma de relacionamiento en el cual ellos proveen desde su quehacer en lo público y ellas retornan a casa para realizar el trabajo no remunerado, incluso dejando de lado carreras universitarias y técnicas. Eso contrasta con la noción de juventudes más emancipadas.

    En algunos emprendimientos del sector privado es más visible la idea de una mujer como objeto para atraer a los hombres. En ese mismo espacio hay que revisar con mayor énfasis cómo se están protegiendo o violando los derechos asociados a la maternidad.

    Personalmente, me preocupa también el auge de movimientos fundamentalistas que atacan derechos importantes, como el del aborto, o que accionan para impedir el matrimonio igualitario.

    El feminismo puede ser visto como una filosofía, por ejemplo, el queer, desarrollado por la filósofa posestructuralista estadounidense, Judith Butler,  así como el trabajo de la también filósofa y profesora francesa, Simone de Beavouir, en su libro Segundo sexo que partió de la filosofía existencialista. Pero asimismo, pudiera hablarse del feminismo marxista que bebe de las propuestas analíticas de la filosofía marxista.

    En resumen, el feminismo puede ser considerado una filosofía porque desde el punto de vista epistemológico aporta formas concretas de producir conocimientos y elabora propuestas analíticas para ello. Una reflexión más amplia sobre esto la brinda, entre otras, la estadounidense Sandra Harding en el texto “¿Existe un método feminista?”.

    Por otro lado, para mí el feminismo no se trata esencialmente de derechos de las mujeres, ese presupuesto corresponde a un tipo de feminismo liberal al estilo de  Betty Friedan (1921-2006), teórica y líder feminista estadounidense de origen judío, que pretendía la igualdad sin preocuparse de la multitud de mujeres que no estaban siendo consideradas en esa reivindicación de igualdad. Digamos que entre las motivaciones que dieron lugar al feminismo, ciertamente estuvo el cuestionamiento al estatus político, económico y social de las mujeres.

    Sin embargo, varias vertientes feministas han venido problematizando, ampliando, expandiendo esa visión del sujeto “mujer” como sujeto político del feminismo, si tenemos en cuenta, por ejemplo, siguiendo a la feminista negra y abolicionista Sojourner Truth (1797-1883) que dentro de un determinado ideal racista de feminidad, algunas no son ni siquiera consideradas mujeres; o, si lo son, es apenas para ser vistas como “objetos” e “instrumentos”. Este es el principal cuestionamiento que está contenido en el histórico discurso pronunciado en 1851 por Sojourner Truth “¿Acaso yo no soy una mujer?”; y que está en línea con la reflexión que propone la activista por los derechos sociales estadounidense, Ángela Davis, en el primer capítulo de Mujeres, raza y clase. Lo mismo pudiera decirse de la problematización que introduce la escritora francesa y teórica feminista Monique Wittig (1935-2003) en su libro Pensamiento heterosexual,  cuando dice que “las lesbianas no son mujeres”, haciendo una crítica a un feminismo heterocentrado que, diciendo hablar por todas, hablaba solo en nombre de las mujeres heterosexuales.

    Por ende, el feminismo, al mismo tiempo que reivindica el sujeto mujer, lo cuestiona constantemente, y esa ha sido una contribución fundamental de los feminismos negros, lésbicos y del transfeminismo. Si me preguntaras, para mí el​ feminismo se propone un mundo sin discriminaciones de género,​ que incluyen a mujeres, así como a otras existencias, como pueden ser un hombre trans, por ejemplo. Lo cual supone pensar al género en sus intersecciones con otros marcadores sociales.

    En el caso de Cuba, algunos derechos han sido históricamente garantizados, a través de políticas de igualdad, a ese sujeto mujer pensado de forma esencialista, homogénea y universalizante, siendo necesario cuestionar cuál es el ser humano al que se le garantizan derechos humanos, como dice Berenice Bento (2017), una socióloga brasileña que trabaja con esta pregunta: ¿cuál es el humano que tiene derecho a los derechos humanos? Entonces creo que, en el caso de Cuba, cuando se coloque esta cuestión de los derechos garantizados, hay que preguntarse a cuáles mujeres, a cuáles personas. Porque el feminismo no trata esencialmente de las mujeres, trata de quién cuenta como humano; es decir, cuál es el referente de ser humano con el cual estamos operando. El feminismo se (pre)ocupa por cuáles vidas importan y cuáles son los criterios de estratificación de esas existencias (humanas y no humanas). Por tanto, denuncia y combate estos procesos de estratificación de los seres humanos y no humanos.  

    El feminismo nuestro tendría que cambiar y no ser  tan reduccionista. La filósofa estadounidense, Martha Nussbaum (1947- ) destaca: “demasiado a menudo se trató a las mujeres como apoyo para los fines de otros más que como fines en sí mismos”, Y es que, desde la revolución francesa, las mujeres han participado en los cambios y, al mismo tiempo, han sido excluidas de estos.

    A veces noto cierta reclamación de género por las denominadas expertas y no se mira para el lado, lo que está pasando alrededor nuestro. Estimo necesario una articulación del feminismo con la nación; se requiere un pronunciamiento más profundo que lo haga más participativo. Hay que incorporar derechos, no solo económicos, que apunten a una voz más libre que garantice un acceso igualitario a las funciones públicas. ¿De qué vale que seamos cuantitativamente igualitarias en la Asamblea Nacional, que tengamos ministras, que ocupen altos puestos de dirección, sin tener una visión verdaderamente de género, sin que se asuma un discurso diferente al oficial. La paridad no tiene que ver con el hecho de ser representada, como en el de ser verdaderamente representante. Por ejemplo: el feminismo, como corriente de pensamiento, jamás ha enarbolado la guerra, la violencia, el enfrentamiento.

    El feminismo en Cuba pudiera ser un complejo juego entre lo excluido y lo incluido, lo particular y lo universal, en un movimiento que debe ir desde las márgenes al centro. Debe ser una zona fronteriza, intermedia, incluso mediadora; que trabaje entre la herencia del pasado y la reelaboración y el desplazamiento de la gran teoría o el gran discurso posicionado, a una mirada donde la equidad y el respeto a la diferencia no sea una simple retórica, una quimera.

    Considero que sí, pues se ven presionados o enfocados con un paradigma antiguo, detenido en el tiempo o construido desde una dirección machista y sexista, que controla cómo se relacionan las mujeres feministas y las no feministas, dividiéndonos en bandos orquestados por la opresión patriarcal.

    El país y sus cambios, desde su concepción, son traducidos para el hombre nuevo. La falta de empoderar al feminismo, de una manera holística, horizontal, vivencial, espontánea, creativa y de poder como fenómeno renovador y transversal, se vincula a quienes lo  critican, asumen con prejuicios y desarrollan el contexto social donde nace, por lo que el proceso de conocimiento queda ligado a dinámicas sociales y a centros de poder.

    Por otra parte, está la relación entre lo masculino y lo femenino: en la actualidad la expresión feminismo transita por las relaciones de mujer y hombre. En diversos espacios sociales se habla de discursos de género importantes de analizar para reconocer las diferencias de comportamientos, oportunidades, accesos, creencias, responsabilidades, roles y dinámicas, pero no se hace la interpretación del fenómeno y sus resultados.

    No se respeta el estado de opinión, objetivamente, de las mujeres; se tiende a minimizar. Tampoco veo de forma transparente la voluntad política y  de acción  de buenas prácticas que legitimen campañas feministas, ni la toma de conciencia masculina para participar en tan esencial movimiento. El porcentaje decisivo en la visión de país siguen siendo hombres, heterosexuales, blancos, trabajadores asalariados y privilegiados; o lo más cercano a esos presupuestos o lineamientos de conductas.

    Por otro lado, las mujeres somos vistas como cuotas que hay que llenar. Realmente, la cultura masculina y la femenina tienden a verse como contrarias, según el imaginario social y su construcción. La cultura patriarcal coloca a la mujer como sujeta de segunda mano y su producción de pensamiento como de segundo plano. O sea, que lo dicho o vivido por las mujeres es subordinado al discurso oficial, el masculino.

    Veamos, por ejemplo, el sector de los TCP (trabajadores cuenta propia): ¿cuántas experiencias o negocios visiblemente exitosos y de grandes ingresos están dirigidos y/o representados por mujeres?, ¿cuántas son desempleadas, divorciadas, madres solteras, negras, adultas mayores, trans, con capacidades diferentes? ¿Cuántos de esos empleos  tipificados son vistos como aceptables a los roles femeninos y cuáles a los masculinos?

    El discurso artístico, por otro lado, sigue siendo un espacio sagrado para la heterosexualidad blanca y cisgénero —con miras al desmantelamiento del léxico feminista, de lenguaje inclusivo— y operado por las lógicas binarias, reprobando el talento y la habilidad de las artistas para crear.  Por tanto, el arte debe ser terreno transformado y politizado desde “las cuerpas” y voces femeninas, con las potencialidades, iniciativas, prácticas, la fuerza y confianza de sus hacedoras. Hablar de autorrepresentación, de pensamiento, amenazas, logros e intervención dará un giro a la visión del arte como complacencia sexista, para verse como labor feminista. Esto cambiaría los puntos de vista de los derechos.

    Para mí el feminismo no es una filosofía, aunque sí existe filosofía feminista. El feminismo en el cual milito no quiere más derechos: quiere que no nos maten, porque aun teniendo derechos nos matan, y quiere que el patriarcado racista binario misógino capacitista y homotransfóbico no exista. O, más bien, quiere el derecho a una vida digna, a la educación, al bienestar.

    Efectivamente, en el feminismo la reivindicación de los derechos de las mujeres constituyó la principal de las preocupaciones. Con los años se ha complicado, de manera que ya hay muchas otras problemáticas en dependencia del lugar donde se viva: en algunos sitios todavía se pelea el derecho a recibir instrucción; en otros por abortar y en algunos por un parto humanizado. Es conocido que la crisis económica de los noventa hizo retornar a muchas cubanas al hogar, mujeres que luego se reincorporaron o que jamás volvieron al trabajo remunerado.

    Referencias:

    Álvarez, Sonia. Para além da sociedade civil: reflexões sobre o campo feminista. Cadernos Pagu(43), janeiro-junho de 2014, pp.13-56 .
    Bento, Berenice. Transviad@s: gênero, sexualidade e direitos humanos. Salvador: EDUFBA, 2017.329 p.
    Evans, D. T. Sexual citizenship: the material of construction of sexualities. London, UK: Routledge, 1993.
    Hemmings, Clare. Contando estórias feministas. Revista de Estudos Feministas, v.17, n. 1, 2009, pp.215-241.
    Hooks, Bell. Feminism is for everybody: passionate politics, Nueva York, South End Press, 2000.
    Oliveira, João Manuel. Desobediências de gênero. Salvador, Ba: Devires, 2017. 124 p.

  5. Tanto para mujeres como para hombres y personas con otras identidades, declararse feminista ha sido un conflicto. ¿A su juicio, cuáles siguen siendo los estigmas que sufren esas personas y cómo podrían ser cambiados?

    Yarlenis Ileinis Mestre

    Pienso que es un reduccionismo asociar el feminismo a las mujeres. Muchas veces oigo ese tipo de planteamientos, por ejemplo, que un hombre no puede ser feminista. Para mí eso es lo más antifeminista que se pueda oír. Ser feminista implica tener un pensamiento y una práctica feminista, no un tipo de género o de identidad de género (si consideramos ser mujer como equivalente a tener o ser de un género o identidad).

    Un pensamiento feminista es aquel que cuestiona todos los sistemas hegemónicos (especialmente el sistema de género) que intentan regularnos, disciplinarnos y encuadrarnos; que intenta restringirnos en nuestras posibilidades existenciales. Pensar como feministas equivale (y esto es sin pretender ninguna definición) asumir como principios que nos orientan, entre otros: 1) la autonomía de los cuerpos, la autodeterminación de género; 2) el rechazo a cualquier jerarquía o relación de superioridad con base en el género, la raza, la clase, sexualidad, entre muchos otros marcadores sociales que los feminismos vienen discutiendo. De ahí que podríamos preguntarnos: ¿pensar como feministas es exclusivo de las mujeres? Inclusive, hay muchas mujeres que no son feministas, que están lejos de serlo, y reconocerse en ese lugar identitario —ser mujer— no es garantía de que lo serán algún día.

    Cada vez que se dice que un hombre no puede ser feminista, se está reforzando un cierto esencialismo como forma de entender el género y la propia práctica feminista.

    Por otro lado, ser feminista es también actuar colectivamente a través de diversas formas de articulación. Desde el momento en que alguien que se dice feminista comienza a normar, a establecer quién puede y quién no puede ser feminista, está imponiendo una norma. E imponer una norma es lo más antifeminista que pueda haber. Ser feminista no tiene que ver con ser de un género femenino o masculino (que además sabemos que no son dos géneros apenas), sino con actuar de forma colectiva, sobre todo, con base en principios feministas. Eso no es exclusivo de las mujeres.

    Ser feminista es un posicionamiento político, asumido propositivamente, no corresponde a ninguna esencia. Si consideramos que el sistema de género produce tanto a las víctimas como a los victimarios (ellos no vienen del planeta Marte, sino del mismísimo sistema de género que establece opresiones para una diversidad de existencias); es hasta deseable que todes los que están involucrados con ese sistema de género se envuelvan en la lucha y en el movimiento feminista. Para ahondar más en este asunto, sugiero la lectura del libro de la prolífica escritora y activista feminista negra estadounidense, Bell Blair Hooks (2000) titulado El feminismo es para todo el mundo, disponible en Internet.



    El “objeto de estudio” de los feminismos son las relaciones que establecemos entre nosotres los seres humanos, sin distinción de ningún tipo, y también con los otros seres, la naturaleza, las cosas. Si partimos de que declararse vegana o antiespecista también es un conflicto, podremos entender por qué asumir el feminismo como posición política y actitud ante la vida despierta, por lo general, suspicacias y críticas. Además, el feminismo es tan variado, tan diverso, que en muchas ocasiones en su interior se generan contradicciones. Están tanto las abolicionistas como las reformistas, como quienes creen que los hombres pueden ser feministas, como quienes creen que pueden ser profeministas, incluso quienes consideran que ellos deben renunciar primero a ser hombres para poder serlo o como quienes creen en la igualdad y quienes no. Todes encuentran su espacio en el feminismo. Poner el “feministrómetro”, algo que todes hemos hecho alguna vez, no sirve para nada. No existe una manera de ser feminista. Esa es una realidad.

    Ser feminista, en mi opinión, es estar en contra de la opresión de todos los seres que han estado subordinados al homo sapiens (fíjate que ya homo es masculino). Por eso ser feminista también incluye no participar en circuitos de opresión de los animales, por ejemplo, o de les niñes. Rechazar el capacitismo también podría ser un ejemplo de lo anterior.

    Sobre los estigmas: las mujeres feministas son “frígidas”, “están mal folladas”, no han encontrado un tipo que les “dé bien”, son lesbianas. Si un hombre se declara “feminista” es cool, progresista, buena gente; en fin, un amor. O sea, hasta en eso las mujeres llevamos la de perder.

    Por otra parte, los hombres que he conocido en mi vida cerca del activismo, ya están comprometidos con el feminismo hasta la médula —quienes no luchan al lado de las mujeres, sino detrás, a veces desde el anonimato—, ninguno ha declarado ser “feminista”. Precisamente de ellos aprendí aquello de ser “profeminista”, en absoluto respeto por lo que las mujeres hacen cada día, especialmente por cómo son tratadas por ello y también porque saben que su rol en la lucha por los derechos y el bienestar de las mujeres no puede ser el tradicional. Una manera fácil de entenderlo es considerarse “pronaturaleza” —como es mi caso— sin ser ecologista.

    También pienso que está pasando cada vez menos. Hoy muchas más personas se identifican con el campo de los feminismos, con la palabra, con la política feminista. Pero persisten muchos estereotipos, por supuesto. Es imprescindible ampliar el conocimiento sobre los feminismos, su historia, su agenda, su presente. Y eso es responsabilidad no solo de los medios de comunicación y las instituciones, aunque también de ellos. Igualmente es responsabilidad de las personas, las familias, los actores comunitarios. Por otro lado, hay una arremetida muy dura contra los feminismos de parte de los neoconservadurismos; que disputan y deforman el término y la existencia política que él define. Con todo eso, y con más, hay que lidiar. Nadie dijo que sería fácil.

    Creo que el principal estigma es que el patriarcado piensa y refuerza la idea de que las mujeres le pertenecen como propiedad, para así exigir el control sobre nuestra sexualidad, reproducción y felicidad. Que los medios convencionales de divulgación y promoción eligen a las feministas blancas, heterosexuales y cisgénero, buscando crear un modelo representativo.

    Las sexualidades disidentes se sublevaron ante ese orden para modificar las vivencias de control y exigir nuestro propio control sobre “nuestras cuerpas”. Las revoluciones de la comunidad LGBTIQ son expresiones de libertad que amplían las opciones de ser feliz, sexual y emocionalmente, para validar y legitimar el reclamo de la existencia, autoamor radical, afirmación erótica sin aprobación masculina.

    Podrá cambiarse el estigma cuando se derrumben las fronteras mentales, la transfobia, la lesbofobia y la homofobia. Hay que hacer presente, en cualquier dirección, la educación sexual; transmitir la sabiduría de las comunidades LGBTIQ, sin excepción y con respeto, destruir la concepción de amor romántico y propiciar espacios inclusivos. Estas transformaciones hay que hacerlas también al interior del movimiento feminista. No puede haber feminismo clasista, racista y transfóbico, lesbofóbico y homofóbico. En todo caso es una hipocresía.

    Pienso que primero deberían conocer el concepto de feminismo y luego saber si se sienten identificadas o no con él. Todas las personas que sientan que SON feministas pueden calificarse como tal; todo está en la mente, en cómo se siente la persona y cómo se identifica. Hay que estudiar, documentarse e imponerse a las normas establecidas por la sociedad. Debe existir confianza en sí misma y crecerse espiritualmente.

    En algún momento, cuando no había tenido contacto con feministas de otras naciones, pensaba en lo difícil que resulta ser un hombre profeminista y una mujer feminista en Cuba. Pero luego entiendes que los estigmas, las descalificaciones, las incomprensiones y miedos forman parte de los retos que enfrentarías en cualquier lugar del mundo.

    En nuestro contexto, si eres feminista o aliado probablemente recibas miradas siempre desde la sospecha. Hacen alusión de forma discriminatoria a la orientación sexual como un elemento esencial. Y cuando ese no pareciera ser un argumento, en el caso de las mujeres suelen ser tildadas de histéricas, locas, extremistas, feminazis (término de moda para descalificar a los feminismos), entre otras muchas expresiones.

    Aún persiste la tendencia a equiparar el feminismo y el machismo, sin entender que este último es, por esencia, un concepto que apunta a la desigualdad e inequidad y es la expresión más visible del patriarcado; en tanto el feminismo aboga por derechos, con énfasis en revertir la situación de subordinación de las mujeres, pero con una ganancia final para toda la sociedad.

    Desde que me acerco a estos temas, escucho y defiendo que para cambiar la manera en que se percibe el feminismo hay que sensibilizar, capacitar y brindar información adecuada en los medios de comunicación. A eso se le suma la labor que debemos hacer en las familias, las escuelas, las congregaciones religiosas, grupos de amistades, etc.

    Pero cada vez más subrayo que todo lo anterior es inútil sin coherencia, sin que las feministas (y sus aliados), que tienen oportunidad de dialogar en espacios de poder (y en todos en general), expliciten no solo sus ideas, sino desde dónde se posicionan. Necesitamos en ocasiones “plantar bandera” al estilo de la frase ¿feminista y qué?, y luego ir de frente con los argumentos adecuados.

    Sí, sigue siendo un estigma ser o autodeclararse feminista, sobre todo por el desconocimiento de la historia de ese movimiento y de esa actitud ante la vida. Ahora recuerdo las palabras de Dulce María Loynaz (1902-1997), ante la pregunta de que si ella se consideraba feminista. “Si el feminismo es salir para la calle con un cartel a pedir  derechos para las mujeres, yo no soy feminista. Soy feminista desde el silencio”. Respuesta que me parece espectacular, porque define este pensamiento complejo, horizontal y diverso.

    Estigmas, muchos. La diversificación de los feminismos no nos es ajena. La interseccionalidad propia de estos hace que se visibilicen rasgos como el color de la piel, la identidad sexual y genérica, las condiciones económicas, etarias, geográficas, religiosas y otras particularidades, muchas de las cuales constituyen obstáculos para la plena realización, al interactuar con la diversidad de imaginarios racistas, sexistas, homofóbicos y discriminatorios que, desafortunadamente, aún subsisten en personas y grupos, amén de todas las ventajas alcanzadas a nivel legal, y que confluyen a diario en nuestra cotidianidad, poniendo en jaque las propuestas y prácticas reales de la equidad social.


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