SOS: Urge restaurar el cine de Humberto Solás
Luego de salvarse Lucía (1968), se anuncia la restauración de Cantata de Chile (1976). Pero queda todavía mucho por hacer con la monumental filmografía del cineasta cubano.
La única cinta de Humberto Solás que ha sido restaurada, Lucía, recibió el apoyo del proyecto del cineasta estadounidense Martin Scorsese.
Foto: Cortesía de la autora
Al asistir a las salas de cine, es común que reflexionemos sobre el filme recién visto; pero casi nunca nos detenemos a pensar en las tantas historias de la obra cinematográfica, que coexisten y permanecen ocultas más allá de lo que apreciamos en la pantalla.
Antes de que una película inicie su carrera —exitosa o no— en los circuitos de distribución y exhibición, en festivales y muestras nacionales e internacionales, debe recorrer un largo camino, comenzado en el instante justo que el artista concibe la idea, el argumento.
Con posterioridad, se integran guionistas y otros artistas y técnicos, quienes, junto al director, hacen posible el nacimiento de la obra de arte, incluidos los encargados de los procesos de laboratorio mediante los cuales se fijan las imágenes y el sonido en el soporte físico o virtual deseado.
Hasta entonces, el filme ha debido transitar por tres largas y complejas etapas: pre-filmación, rodaje o filmación, y post-filmación. Posteriormente, se lanza a la carrera comercial, donde es aplaudido o no por espectadores, críticos, especialistas y cineastas.
Poco después, es que comienza una etapa que muy pocos nombran y muchos olvidan, que incluso ignoran, y que no tiene fin: la conservación y restauración.
La supervivencia necesaria de una película
El depósito silencioso, la complicidad del paso del tiempo y la subjetividad de quienes manipulan la película en las bóvedas de los archivos cinematográficos, son los que garantizan la inmortalidad del cine y propician que los filmes adquieran nuevas lecturas, otras interpretaciones y, más allá de sus valores estéticos, se conviertan en joyas de la memoria histórica y cultural de la humanidad.
Avanza el siglo XXI y aunque la tecnología digital en el audiovisual es un hecho irreversible y evolutivo de la humanidad, aún nos encontramos en una fase de coexistencia entre las obras realizadas en formato físico (nitrato o acetato de celulosa, entre otros soportes) y las obras producidas y distribuidas por medio de soportes electrónicos e informáticos.
A propósito de la noticia que ya es viral, aplaudimos la restauración del filme Cantata de Chile, de Humberto Solás. Esta obra de 1976 es excepcional, si la comparamos con las tendencias del cine de “denuncia” o “revolucionario”, imperante dentro del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano durante la década de los setenta.
Este filme fue más allá de lo didáctico o “políticamente correcto” y devino también expresión de subjetividades y sentimientos que permiten comprender el conflicto político y humano sin esquematismos, con un lirismo extraordinario. Según una reseña de Letterboxd, “películas como esta deberían ser vistas por más gente: cualquiera que sea su opinión sobre ella, es una pieza importante del Tercer Cine.”
Queda mucho por hacer
Debemos dar continuidad inmediata al desarrollo de proyectos patrimoniales para la conservación, restauración y difusión de la obra de Humberto Solás. Queda mucho por hacer. Solo Lucía (1968), redescubierta por Martín Scorsese con su World Cinema Project, tuvo una restauración minuciosa con tecnología de última generación.
En eventos teóricos y entrevistas, siempre el cineasta Tomás Piard —otro olvidado, con una obra experimental y muy personal aún por valorar— expresaba que, para él, Lucía es “el mejor filme cubano de la revolución”, y valoraba que debía ser apreciada en todos los niveles escolares del país para comprender con más luces los procesos de formación de nuestra nacionalidad.
Es asignatura pendiente rescatar además, y no solo para su apreciación cinematográfica sino para la historia de las artes visuales cubanas, los cortos experimentales de Humberto Solás: Minerva traduce el mar y El retrato (ambos en codirección con otro grande, también pendiente de revalorizar, Oscar Valdés) y Variaciones (codirigido con Héctor Veitía).
Estas obras, de una época cuando aún no existía la etiqueta de video-arte, fueron realizadas con una total libertad expresiva, tanto en lo formal como conceptualmente. Concebidas en los tempranos sesenta, cuando la impronta realista de la Revolución triunfante era lo que debía plasmarse en imágenes, estaban, por el contrario, repletas de simbolismo, imaginación y poesía visual.
El tratamiento de “lo caribeño” en el cine de Solás merecería un estudio multidisciplinario. Obras como Simparelé (1974), Wifredo Lam (1979), Obataleo (1988) y El siglo de las luces (1992), se desmarcaron del tratamiento histórico-expositivo y deslumbran por sus inquietantes miradas antropológicas y culturales, muy personales, en el cuestionamiento de las maneras en que los cubanos asimilamos la significación de “ser caribeño”, o qué es lo “real maravilloso”.
Cecilia y otras prioridades
Si hablamos de prioridades en la restauración del cine cubano, hay que incluir sin dudas a Cecilia (1981). Obra fastuosa, inspirada en la novela de Cirilo Villaverde del siglo XIX, que resultó víctima, en su momento, de conflictos extra cinematográficos que impidieron apreciar el estilo “solasiano” en su plenitud.
Además de sus obras emblemáticas, hay en la filmografía de Humberto Solás otras muy interesantes y necesarias —realizadas acaso a destiempo, porque este realizador siempre fue un avant guard—, como El acoso (1965), Pequeña crónica (1966), Un día de noviembre (1972) y Amada (1983). Todas ellas merecen revisitaciones, tanto por los valores cinematográficos como por su pertinencia para estudios relacionados con género, raza, sociedad, historia y políticas culturales.
El largometraje de 1986, Un hombre de éxito, demostró cuánto se puede “mentir” en cine, para deslumbrar con una puesta en escena que recreaba, como pocas películas del cine cubano, un estilo de “época” con un costo mínimo.
Sería vital para las nuevas generaciones el estudio del pensamiento filosófico, estratégico y humanista de Humberto Solás, para comprender su “resiliencia creativa” dentro de la industria del cine.
Así se podría asimilar mejor el proceso de madurez y superación, como artista y como cubano, que le condujo a la creación del concepto, de vigencia incuestionable, del “Cine Pobre” y del Festival que con dicho nombre fundó en 2003.
Miel para Oshún (2001) y Barrio Cuba (2005) develaron la capacidad de Humberto Solás para transitar desde un cine cautivado por la “gran Historia” hacia uno de “historias cotidianas” o de “gente de pueblo”. Pero sin perder su estilo único, perfeccionista, interesado en los más mínimos detalles, con impecables puestas que reflejan su pretensión perenne de engrandecer “lo específico cinematográfico”.
La conservación del pasado audiovisual
En los procesos de conservación y restauración del audiovisual cubano sería ideal que se atendiese no solo a la obra fílmica sino también a todo lo que la rodea, como un “sistema inseparable”, en el que se incluyesen guiones inéditos y realizados, diseños de vestuario y escenografía, carteles, stills de producción y de publicidad, publicaciones (críticas, ensayos, textos referenciales, catálogos, press-books), bandas sonoras y música original.
Así, las generaciones futuras podrían comprender de manera holística su “pasado audiovisual”. En el caso de Humberto Solás, mucho aportarían estos elementos para sacar a la luz quién fue este cineasta, por qué trasciende y continúa su camino, mediante la divulgación y estudio de su pensamiento y su obra.
Precisamente, era Solás uno de los cineastas cubanos que más visitaba la Cinemateca de Cuba y no solamente para hacer consultas o apreciar ciclos de cine, sino porque llegó a ser gran amigo de su director-fundador Héctor García Mesa y de sus especialistas, con quienes conversaba largos ratos, porque además de un extraordinario artista, fue un apasionado del conocimiento y de la vida.
A propósito de un aniversario más de esta imprescindible institución, valga como colofón este criterio de Solás, aparecido en la Revista Cine Cubano (No. 95, 1979), y que evidencia su permanente interés por la importancia de conservar y estudiar el legado cinematográfico:
“La Cinemateca de Cuba no es sólo el lugar donde uno puede ver los más importantes filmes organizados dentro de magníficos programas; es, además, un laborioso centro de investigaciones y documentación que constituye una visita obligatoria para aquellos que nos interesamos profundamente en el acontecer cinematográfico” (2023).
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