Animales fantásticos en el Festival de Cine de La Habana

Clara Sola, Los reyes del mundo, Carajita: tres películas del cine latinoamericano más reciente que establecen un nexo simbólico entre el mundo animal y la realidad del ser humano.

En Clara sola se establece un vínculo simbólico entre una mujer y su yegua.

Foto: Tomada de Habanafilmfestival.com

Del 1 al 11 de diciembre se celebra en La Habana el 43 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Esta nueva edición llega con 185 películas en pantalla: un número que sus organizadores han intentado reducir respecto a momentos anteriores para ofrecer más proyecciones tanto a público como Jurado.

Más allá de las cifras, es interesante ver la poética y los sentidos que pueden construir y proponer las selecciones cinematográficas de estos eventos. Casi como una crítica o ensayo ficcional de una realidad circundante, el panorama que propone la cita de La Habana busca establecer un universo fantástico donde la crítica social y política llega a través de la simbología animal.

El caballo convertido en unicornio y libertad

La lectura de lo animal no como salvaje o incomprensible, sino como la vuelta a unas raíces. La escucha de lo íntimo a través del lenguaje no hablado. Estas son algunas ideas que encarna Yuca, una yegua blanca, casi tan protagonista como Clara (Wendy Chinchilla) en Clara Sola, cinta de la costarricense Nathalie Álvarez.

Su protagonista humana tiene el poder de saber el nombre secreto de los animales y humanos, y este les da el poder a los espectadores de confirmar las sensaciones y microrrelatos que se narran en el filme.

Yuca discursa entre mediadora simbólica de elementos como la libertad, lo diferente; pero también establece una relación totémica con Clara. La rareza de ambas sugiere, casi al final de la cinta, la posibilidad de una conversión de la protagonista femenina en la yegua, a modo de traspasar no solo los límites físicos que le son impuestos sino también los relacionados, más profundamente, con el cuerpo.

El cuerpo de Clara, en tanto no normativo, es el primer espacio de confinamiento de su espíritu y de su libertad. Para desplazar su alma, esta mujer transmuta en su yegua; y aunque la metempsicosis no sea posible, Yuca deviene en tótem y símbolo a la vez.

Para los propósitos narrativos del filme, la yegua es tótem. Está colocada de forma tal que entendamos la “rareza” de Clara, su singularidad; pero también funciona como adelanto de su final dramatúrgico.

El caballo encarna los deseos de los protagonistas en Los reyes del mundo.

Mientras la familia de la protagonista insiste en identificarla con la simbología judeocristiana de la Virgen, Clara elige; y su directora la presenta como un evidente alter ego de Yuca. La dicotomía entre ambas identificaciones establece un discurso sobre la representación y lo que significan para el mundo occidental.

La figura de La Virgen es lo inmaculado, lo constreñido, aquello que no merece la transformación, ni el cuestionamiento; en el caso específico del filme: la imposibilidad del cambio físico. En tanto que la yegua, o animal totémico, es la posibilidad de trasmutar, de emprender otros caminos.

Yuca y Clara son unicornios ambas. Destellos de rarezas que, ante la imposibilidad de ser comprendidas, adquieren valores mágicos y religiosos, porque es más fácil otorgarle poderes a lo desconocido que asumirlo como parte de la vida.

Los reyes del mundo no tienen temor de dios

Laura Mora ha seleccionado hablar de los desplazamientos del campo hacia la ciudad que son un resultado de la violencia y la guerra contra el narcotráfico en su país. Pero como lo hace en su primer filme, Matar a Jesús (2017), la interrogante es hacia el futuro y por ello sus cuatro protagonistas son jóvenes que viven y aspiran a ser los reyes del mundo, guiados “casualmente” por Rá (Carlos Andrés Castañeda).

La representación de realidades difíciles no tiene por qué estar reñida con lo mitopoético; y la directora colombiana elije la recreación de un mundo de sensaciones donde lo animal es también parte del discurso que elabora sobre sus protagonistas. Mora crea un presente diegético con recursos de “lo real maravilloso”.

“Chivo que rompe tambor, con su pellejo paga”: una máxima que resuena en Carajita

En Los reyes del mundo vuelve un caballo a escena; pero esta vez es el presagio de las aspiraciones de sus protagonistas. Y es, también, el velo que descubre las tristezas o los finales no contados. Este caballo blanco pudiera parecer un símbolo libertario, aunque, en realidad, es el Rey Minos del limbo muy particular en el que se sumergirán estos jóvenes, o en el que ya viven.

La condición de suspensión, de lugar intermedio, que se convierte en el presente de estos jóvenes, es el manto sensorial que intenta recrear la película. Más que apelar a una alocución grandilocuente, política y vulgar, Mora opta por discurrir sobre el estado de marasmo en el que se encuentra un desplazado de su tierra o, incluso, aquella persona que no se va pero queda atrapada en medio de estas áreas en conflicto.

Justo en esta atmósfera ambigua y dual es donde su animal simbólico se presenta a medio trote entre la realidad fílmica y el presagio cabalístico del final de sus personajes.

Chivo que rompe tambor…

De la tradición africana hemos heredado los caribeños el refrán: “Chivo que rompe tambor, con su pellejo paga”. La frase ilustra la máxima de que cada acto tiene su consecuencia, o según la película dominicana Carajita, debería tenerlo.

Para los directores Silvina Schnicer y Ulises Porra, la figura del chivo es tanto símbolo de presagio como elemento de juicio. En su historia, cual tragedia griega, una joven de familia acomodada arrolla accidentalmente a la hija de su nana, con quien tiene una relación materno-filial muy especial.

La decisión a la que se enfrenta la victimaria es sobre si decírselo a su cuidadora o no. Las diferentes opiniones que va recibiendo sobre el tema durante todo el trayecto fílmico, conforman una atmósfera enrarecida donde el rebaño de chivos, como elemento de ruptura, refuerza un enjuiciamiento a los personajes acomodados de la trama.

Carajita no pretende dar lecciones morales a nivel narrativo; pero sí establece una línea de sentidos entre lo que significa en el habla quisqueyana la palabra “chivo” (tramposo o reacción ambigua ante una situación), y lo que hace el grupo de animales dentro de los  planos y en la toma final de la casa.

De tres maneras diferentes son colocados los animales en estos filmes. Pero lo que su participación en los mismos comprueba, es la voluntad de encontrar maneras más auténticas de representar problemas sistémicos de la región, que no por aparentemente manidos dejan de ser medulares (2022).

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