Cine cubano que no se ve

Desafortunadamente, la filmografía de los cubanos transterrados tiene, si no nula, una escasa promoción en el circuito de salas de cine en Cuba.

El documental A media voz (2019) es un viaje a través de los recuerdos de la patria perdida de dos amigas y realizadoras cinematográficas, Patricia Pérez y Heidi Hassan.

Foto: Tomada de habanafilmfestival.com

En la edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana de 2019 fue noticia el premio Coral alcanzado por el documental A media voz, dirigido por Heidi Hassan y Patricia Pérez, cubanas residentes en Europa.

El hecho de que compatriotas de la diáspora recibiesen el máximo lauro del principal certamen de la cinematografía cubana era un suceso inédito hasta entonces. Como antecedente de ello pudiera aludirse la Muestra Joven del ICAIC, donde desde hace años intervienen cineastas formados en nuestro país, pero que viven fuera de Cuba.

En un contexto caracterizado por la movilidad humana, las nociones de migración, diáspora y transnacionalismo asociadas a la cultura, en particular al cine, no hacen más que complicar y rearticular las maneras de entender la identidad, comprendida no como un elemento estático sino como un proceso, un estado en constante (re)construcción.

Cuba, país de emigración, constituye una variante peculiar de la migración transnacional. En ese contexto se inscriben un grupo de creadores audiovisuales radicados en la diáspora que generan, desde allí, una producción cinematográfica que no puede ser ajena al “cuerpo audiovisual de la nación”.

Este concepto planteado por el crítico de cine Juan Antonio García Borrero se refiere más que a una suma de películas y biografías de cineastas ubicados en el espacio y el tiempo, a un cuerpo donde se conectan de modo natural todas las prácticas cinematográficas cubanas, sin entrar en distinciones que fragmentan la producción nacional.

Esa otra historia del cine nacional

La cinematografía cubana de la diáspora tiene como paradigma el filme El súper, de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal (1978). En esa otra historia del cine nacional, inaccesible para el que debe ser su público natural, se incluye el quehacer de nombres como Manolo Alonso, Fausto Canel, Carlos Gutiérrez, así como películas un poco más conocidas como Guaguasí (1978), de Jorge Ulla; Los gusanos (1980), de Camilo Vila; Conducta impropia (1984), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal; Amigos (1985), de Iván Acosta; o La imagen rota (1995), de Sergio Giral.

Ese ser “cubanos nuevos” o “ser ciudadano del mundo” es ser cubanos trasnacionalizados, ser parte de un espacio global que tiene desdibujadas las fronteras y no se ciñe a espacios físicos estrictos. Así, estos filmes ayudan a replantear la noción de “cine nacional” que se ha asociado históricamente a la filmografía producida en, desde y sobre Cuba”.

 

Radicados en diferentes latitudes de la geografía internacional se encuentran representantes de generaciones más jóvenes, como Ernesto Fundora (Oblivion, 2006; Lezama Lima: soltar la lengua, 2018; Los vencedores del desierto, 2021); las citadas Patricia Pérez (Piscina municipal, 2014) y Heidi Hassan (Tierra Roja, 2007; Otra isla, 2014); Aram Vidal (Ex-generación, 2009; Bubles Beat, 2012); Alejandra Aguirre (Voces de un trayecto, 2009).

También, Rafael Ramírez (Las campañas de invierno, 2019), Ana Alpízar (Hapi Berdey Yusimi in yur dey, 2020), Adriana F. Castellanos (Dos islas, 2017); Carlos Quintela (La obra del siglo, 2015; Los lobos del Este, 2017; y la webserie El sucesor, 2019), Susana Barriga (The Illusion, 2008), Eliécer Jiménez Almeida (Entropía, 2013; Persona, 2014; Now!; Palabras a los (des)intelectuales y Elegía, 2016); Para construir otra casa, 2017).

Es importante mencionar a los realizadores Rodrigo Barriuso (For Dorian, 2012) y Sebastián Barriuso, quienes dirigieron el filme Un traductor (2018). Esta coproducción Cuba-Canadá fue candidata a los Premios Oscar 2020 por Cuba: un hecho inédito para la cinematografía nacional, teniendo en cuenta que es un largometraje independiente, dirigido por cubanos residentes en Canadá.

En relación con las investigaciones que se acercan al cine cubano de la diáspora, sorprende  la escasez de tales estudios. Cine Cubano: nación, diáspora e identidad, de Juan Antonio García Borrero, es uno de los pocos, si no el único libro publicado con el fin de examinar la producción audiovisual de los cubanos que viven fuera de la isla. Esta obra se inspira en la investigación de la profesora Ana López, primera persona que pensó desde la academia esta zona del audiovisual nacional.

Otra exégesis sobresaliente es Roots and Routes: Cuban Cinemas of the Diaspora in the 21st Century, la reciente tesis doctoral de Zaira Zarza. La migración y lo que ella representa en el plano emocional, social y cultural para los protagonistas de las películas producidas fuera de la isla, forma parte de las líneas discursivas del cine cubano de la diáspora.

Al principio, las producciones tenían un fuerte carácter adverso al proceso revolucionario y mostraban el impacto de las oleadas migratorias ocurridas en Cuba luego de 1959. En el caso de las producciones más actuales, en su mayoría son audiovisuales no enmarcados por el resentimiento ni por una concepción convencional de lo político.

El accidente de Chernobil y su repercusión en la isla inspiró a Rodrigo y Sebastián Barriuso el filme Un traductor (2018), coproducción Canadá-Cuba.

Obras como Tierra roja, Ex-generación, Voces de un trayecto, The Illusion y Dos islas exploran la condición de migrante desde una perspectiva narrativa más abierta e íntima, donde lo que se cuenta funciona como autobiografía de los propios realizadores.

En sentido contrapuesto, se ubica el cineasta Eliécer Jiménez Almeida, quien ha desarrollado el cine de montaje político, heredero de Santiago Álvarez y Nicolás Guillén Landrián, desde Miami y siempre con la perspectiva de una oposición abierta a la Revolución.

Cine de géneros populares y cine con problemática de género

Otra línea explotada por realizadores cubanos en la diáspora es el llamado “cine de género”. En esta vertiente se insertan los trabajos de Alejandro Brugués, quien al radicarse en EEUU se ha consagrado a la dirección para la televisión; y a su cargo han estado diferentes producciones de las series de horror 50 States of Fright e Into the Dark (ambas de 2020), de un segmento del filme antología Nightmare Cinema (2018) y también de episodios de From Dusk Till Dawn: The Series (2015-2016). Asimismo, ¿Eres tú, papá? (Rudy Riverón, 2018) demuestra tal aproximación.

Las problemáticas de género no quedan fuera de la mirada de los cineastas cubanos de la diáspora. Audiovisuales como Tormentas de verano (Heiddi Hassan, 2008), Buey (Carlos Quintela, 2015) y el cortometraje Hapi Berdey Yusimi in yur dey (Ana Alpízar, 2020) representan el sujeto mujer y, lo que es más relevante, deconstruyen estereotipos alrededor de lo femenino.

Todos estos títulos plantean una reformulación de las definiciones de “cubanía”, “ciudadanía cubana” y “cultura cubana”, dotándolas de un carácter transnacional.

Replantear la noción de “cine nacional”

Como dice la cantante Gema Corredera en el documental Voces de un trayecto: “No existe ningún cubano de Groenlandia, ni de Miami, ni de España, ni de Alemania, somos todos de Cuba, pero estamos metidos en todo ese universo sonoro que no nos hace ser menos cubanos, pero sí nos hace ser cubanos nuevos”.

Ese ser “cubanos nuevos” o “ser ciudadano del mundo” es ser cubanos trasnacionalizados, ser parte de un espacio global que tiene desdibujadas las fronteras y no se ciñe a espacios físicos estrictos. Así, estos filmes ayudan a replantear la noción de “cine nacional” que se ha asociado históricamente a la filmografía producida en, desde y sobre Cuba.

Desafortunadamente, el cine hecho por los cubanos transterrados tiene, si no nula, una escasa promoción en el circuito de salas de cine en Cuba, lo que provoca que, aun cuando las producciones forman parte del ecosistema cinematográfico trasnacional de nuestra cultura, se haga imposible su (re)conocimiento por parte del público cubano.

El cinéfilo nacional, ávido por descubrir estas producciones, solo accede en parte a ellas a través de eventos como la Muestra Joven y el Festival de Cine Latinoamericano de la Habana. Se pierde, de esta manera, la oportunidad de entender y asumir el cine cubano de la diáspora como parte de un país y de una cultura que pasó de ser insular a convertirse en trasnacional. (2021)

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