Los desastres desde el lente fotográfico
Cuando interesa mostrar el dolor de los demás hay que saber por qué y para qué se quiere mostrar.
El fotorreportero se coloca del lado del ser humano que es y que quiere captar.
Foto: Archivo IPS Cuba/Randy Rodríguez Pagés
La llegada de la fotografía de prensa marca el comienzo de una nueva era en la comunicación. Como muy bien afirma la fotógrafa francesa, nacida en Alemania, Gisèle Freund (1908 – 2000) autora de importantes textos sobre esta materia. “La introducción de la foto en la prensa es un fenómeno de capital importancia. Cambia la visión de las masas”*
Hasta entonces, el ser humano común solo podía visualizar los acontecimientos que ocurrían a su alrededor, en su calle, en su pueblo. Con la fotografía, se abre una ventana al mundo. Los rostros de los personajes públicos, los acontecimientos que tienen lugar en el mismo país y allende las fronteras, se vuelven familiares, cercanos, accesibles.
Los fotorreporteros se vuelven protagonistas y, a la vez, mediadores entre el público y el suceso relatado; tienen la responsabilidad de dirimir qué imagen captar, cómo contar una historia, un suceso… Hoy la palabra se vuelve abstracta ante la imagen como reflejo de la realidad del mundo concreto en el que vivimos. Y ese mundo se entiende mejor visualmente, así lo confirman los públicos: la fotografía ya no solo es complemento del discurso sino discurso mismo.
Fotografiar desastres
En esta ocasión vamos a hacer especial mención a la fotografía de desastres, una de las vertientes del fotoperiodismo más seguidas y aclamadas pero también una de las más complicadas, sobre todo por el conflicto ético que entraña.
Las imágenes han servido en muchas ocasiones, como propaganda o contrapropaganda de los conflictos bélicos ante la opinión pública. Se considera que los pioneros de la fotografía periodística se presentaron en la guerra de Crimea (entre 1853 y 1856), principalmente representada por reporteros británicos del Illustrated London News, asimismo ocurrió con la guerra de Secesión de los Estados Unidos cuyas imágenes fueron publicadas en el Harper ́s Weekly. La Segunda Guerra Mundial es el punto culminante en la consolidación de la imagen y el fotoperiodismo de conflictos bélicos.
Apretar el gatillo en una zona de guerra o un desastre natural, poner ante el visor de la cámara la vulnerabilidad, la destrucción, la muerte puede ser un arma de doble filo para el fotógrafo, que se debate entre la condición humana de su ser y la posibilidad de captar un momento histórico y revelarlo para otros mediante su sensibilidad.
Creo que la gente se debe ofender con el genocidio. Se debe ofender con la limpieza étnica. Se debe ofender con el hambre. Mi trabajo no es hacer que esas cosas sean cómodas o fácilmente digeribles. Mi trabajo no es hacer sentir cómoda a la gente con estas cosas, ni entretenerles. Mi trabajo es hacer conciencia en la gente del hecho de que son crímenes contra la humanidad”.
James Natchwey, influyente fotógrafo estadounidense que tomó numerosas instantáneas de guerra, conflictos y situaciones sociales de precariedad.
Las fotografías que llegan a ser simbólicas con el tiempo puede desnaturalizarse e interpretarse según nuestro imaginario las recuerde porque la fotografía implica, cuando menos, dos procesos adicionales: su utilización discursiva y su interpretación, es decir, su producción y su recepción.
La cuestión es que tanto la intención discursiva de la foto como la observación e intelección que de ella hace la sociedad y la persona, exigen una reflexión ética irreductible. Así la ética de la transparencia no sería solo de la producción, sino también de la interpretación fotográfica que hace cada individuo.

Por supuesto que no solo podemos circunscribir la fotografía de desastre a los conflictos bélicos, los desastres o catástrofes que se producen en la naturaleza; también los daños sociales y económicos que dejan han sido muy tratados desde el fotoperiodismo.
En Cuba, por ejemplo, son muchas las instantáneas que cuentan la historia de un ciclón o huracán, del mar inundando las calles, de familias que pierden sus casas, de lágrimas en los ojos por ver el desastre que a su paso deja un fenómeno natural.
Pero además de la desolación, la incertidumbre, la pérdida quien ha podido ser testigo de estos momentos, ha podido también enfocar, cámara en mano, la solidaridad, la confianza y el acompañamiento a esos seres que han perdido mucho pero que no se sienten abandonados.
Cuando interesa mostrar el dolor de los demás hay que saber por qué y para qué lo queremos mostrar. Muchos tuercen el gesto ante tales imágenes; otros aplauden la valentía de los fotógrafos desplazados en zonas de conflicto o desastres pero captar en imagen la crudeza de una guerra o la destrucción que a su paso deja un evento climatológico no debe ser parte de un “espectáculo”, debe tener un interés social marcado, debe ser una forma de denuncia o bien la posibilidad de contar una historia.

Las redes sociales
En la cobertura de desastres, los medios digitales y las redes sociales cobran mayor relevancia por la rápida y efectiva difusión de informaciones importantes, así como por el gran número de usuarios a los que alcanzan con herramientas comunicativas que muestran la magnitud y los efectos de la catástrofe, y las principales necesidades de la población afectada.
En la época en la que vivimos y con los medios tecnológicos de que disponemos, todos podemos hacer una foto de un suceso y al cabo de pocos segundos difundirla por las redes sociales.
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Algunos datos Se estima que en los últimos años, más de 800 catástrofes han afectado alrededor de 64 millones de personas en América Latina, siendo las mujeres, los niños y los ancianos los grupos más vulnerables. |
Hay quienes dicen que en el siglo XXI, la nueva era del fotoperiodismo, se destacan tres eventos de principal importancia para la disciplina: los atentados del 11 de septiembre en las Torres gemelas de Nueva York, la invasión de Iraq en el 2003 y el Tsunami del Océano Índico, un año después. Todos han ocupado espacios en los grandes medios de comunicación y también en las redes sociales. Sin embargo, si comparamos el terremoto en Haití, del 2012, o los más recientes ciclones que han pasado por Cuba, vemos que estos últimos no han tenido la repercusión mediática que alcanzaron los primeros. La tragedia haitiana, lastimosamente, sigue siendo silenciada.
Pero el dato destacable, en relación con los hechos mencionados, es que los mismos marcan el inicio de una crisis en el fotoperiodismo, ya que las imágenes fueron captadas principalmente por protagonistas aficionados quienes documentaron las primeras imágenes con sus videocámaras, teléfonos móviles y cámaras digitales.
Entonces los límites éticos ya no solo son valiosos para el profesional de la fotografía, cada uno de nosotros podemos romper esas barreras.
Muchos recordamos las imágenes de un fotógrafo ayudando a un niño africano para que pudiera llegar al puesto de comida de un campo de refugiados de la ONU, hecha por otro fotógrafo que quería dejar constancia del suceso. Y aquí volvemos a la cuestión ética. Al primero le interesó antes que tomar la foto, prestar auxilio; mientras a otros les interesa, sencillamente, “tomar la foto”. ¿El fotógrafo debe enseñar al mundo lo que ha visto? Es obvio. Es su tarea esencial, mostrar los hechos, por qué han ocurrido pero acaso ¿es preferible apretar el obturador antes de salvar una vida?
No se trata de dirimir si hay que disparar el obturador o no, se trata de plantearse las consecuencias de publicar una imagen con el agravio que puede representar para el sujeto retratado e incluso para la humanidad del mismo fotógrafo. Y esa es una posición que va más allá de la técnica, el encuadre, la luz y la marca de la cámara con que se trabaje. (2026)
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Nota:
*La fotografía como documento social, Editorial Gustavo Gili, México, 1993.
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