Malas palabras en el audiovisual cubano

En el imaginario cubano, las palabras soeces son parte de la cotidianidad, pero las personas eligen censurarlas en la construcción social de los buenos modales y la decencia.

El actor Jorge Molina en la ya célebre discusión sobre el barroco latinoamericano del cortometraje Utopía.

Foto: Tomada de la Web de Muestra Joven ICAIC.

El uso de las llamadas “malas palabras” en el audiovisual remite a la dicotomía entre “habla culta” y “habla popular”. Alrededor de las palabras soeces se ha creado un halo mórbido y fetichista que ha llevado a grandes industrias del entretenimiento a inmortalizarlos en algunos casos, como el famoso cuestionario realizado por el presentador James Lipton a los invitados del programa Inside Actor´s Studio.

Memorable era el momento de silencio en que cada actor o actriz era interrogado sobre su mala palabra favorita. A seguidas su respuesta era solapada con el bleep, el pitido de censura clásico de la TV dirigida hacia públicos familiares, y remarcada con las reacciones divertidas de la audiencia.

Por estas últimas, los públicos consumidores del programa podían saber cuán “malas” eran las expresiones seleccionadas. Esta censura a medias prolonga esa dicotomía entre reconocer la existencia de este tipo de expresiones del habla, pero no amplificarlas en cadenas nacionales.

En el caso cubano, encontramos obras audiovisuales que interpelan esta dualidad, aunque relacionada con el proyecto revolucionario y su intención de llevar la cultura, o una determinada forma de entenderla, a todos los rincones de la isla.

Una utopía entre lo culto y lo popular 

Es esta la idea argumental de un cortometraje como Utopía (2006; Arturo Infante). La película puede considerarse un clásico nacional que, mientras reflexiona sobre la baja/alta cultura, fue protagonista de un fenómeno democratizador del consumo de esa propia cultura: el “copia y pega” en memoria flash de obras audiovisuales que ya no solo se consumirían por la TV o las salas de cines, sino al interior de las casas a través de una PC o un reproductor de DVD.

Las malas palabras que espetan los personajes de Utopía van relacionadas a una forma biologicista de utilizarlas. Así, uno de los personajes masculinos usa la palabra “pinga”, estableciendo una relación entre biología y masculinidad. Por su parte, uno de los personajes femeninos utiliza la palabra “bollo” para reafirmar su identidad biológica.

El animado Sin pelos en la lengua imagina una normalización de las malas palabras

La resemantización que ocurre con ambos términos no está dada únicamente por la aparente concordancia biológica, sino por la asociación a términos y contenidos relacionados con la alta cultura, como el barroco latinoamericano y la ópera La Traviata en Sol mayor.

Por absurdo o utópico que parezca, Infante propone pensar la reapropiación que deben hacer las personas de lo que se considera culto, la cual puede devenir en culteranismo si se establece en un rígido canon.

Para que sea un elemento vivo, la cultura tendrá necesariamente que transformarse con lo popular y para que las mal denominadas clases bajas o marginales la acepten y la transformen deberán consumirla y digerirlas en sus propios términos, o quizás inventar nuevas formas de hacer arte y consumir cultura.

Yesapín y la atracción de lo prohibido

A la hora de hablar, existe en lo prohibido o en lo denominado “políticamente incorrecto” un imán de atracción para los públicos. Es esta otra de las razones por las que un animado cubano como el fenómeno web Yesapín García (2010; Víctor Alfonso Cedeño) goza de preferencia.

Yesapín ganó su popularidad años antes del lanzamiento de la serie cuando se convirtió en viral una suerte de fragmento incompleto de lo que iba a ser —nunca llegó a realizarse—una película cubana de animación del tipo “antología”. Ahí, la niña aparecía por primera vez con Marlon, su novio futuro; y en dicha secuencia, luego de discutir por un pez peleador, ella terminaba preguntándole abruptamente: “¿Eh, y esa pinga?”

La viralización de esta frase entre los cubanos pone en el foco público un posicionamiento sobre lo que se considera “habla culta” y “habla marginal”. Pues aunque las malas palabras sean parte de la cotidianidad del cubano, las personas eligen censurarlas en la construcción social de los buenos modales y la decencia. El hecho de que esta frase se convirtiera en una línea popular representa también el choque contra el canon referente a que las mujeres, y por equivalencia las niñas, deben hablar correctamente.

Pero ¿qué es hablar correctamente? El lenguaje puede ser también un medio reivindicativo para los grupos sociales discriminados. Y una parte del cine ha interpelado históricamente estas discriminaciones y sus relaciones de visibilización y empoderamiento.

Es por estas interrelaciones que Yesapín convierte la frase en un súper poder. El enojo es parte de la conducta humana y el cómo lo gestionamos nos lleva a ser más o menos inteligentes emocionalmente hablando.

Animado sin pelos en la lengua 

La lengua es un ser vivo, cambia de canon y paradigma como lo hace la especie humana. En esa dirección va otro audiovisual cubano como Sin pelos en la lengua (2010), que intenta conciliar el antagonismo presente en Utopía y Yesapín.

Su realizador, Ernesto Piña, imagina un futuro donde cambie la norma y dichas palabras ya no sean consideradas excepcionales o calificadas de “malas”, sino que pasen a una normalidad otra. El reclamo por la conciliación que establece Piña, reconoce la arbitrariedad de los pactos culturales establecidos día a día y cómo estos pueden cambiar.

En Sin pelos… hablan falocéntricamente tanto hombres como mujeres, ya que la palabra “pinga”, sus derivaciones y conjunciones, es una de las que más ha calado en el habla cubana contemporánea. Por supuesto que no se debe dejar de resaltar la connotación sexualizada del vocablo; pero esta sexualización ocurre solo en un inicio, porque después cada término es adaptado y apropiado según la situación dramática.

Cada nación tiene incorporado en su corpus lingüístico vernáculo una serie de términos soeces permitidos o asimilados, y estos se integran al audiovisual, en la recreación de la realidad que esa producción artística intenta. En Cuba, cada mala palabra utilizada en el cine, generalmente, es producto de un momento catártico o humorístico, lo cual refuerza la excepcionalidad de la frase.

Hacia inicios del milenio, ese tipo de frases se hicieron más presentes en los diálogos; y no porque el audiovisual cubano sucumbió o se “marginalizó”, sino porque se acercó mucho más al público real y dejó de pretender transformarlo en un público ideal (2021).

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