Mis dibujos animados cubanos favoritos
Recientemente se celebraron los 65 años de la fundación de los Estudios de Animación del Icaic y aquí se mencionan algunas de sus mejores creaciones.
Hace 65 se presentó El maná, primera creación de los Estudios de Animación del Icaic
Foto: Tomada de Animados ICAIC en YouTube
No soy amante de las listas. Siempre me parecen injustas o incompletas; pero envuelto en la tristeza de un apagón, me puse a pensar cuáles podrían ser esos “muñequitos” ―como por lo general los llamamos― que siempre recuerdo sin previa consulta de catálogos ni disquisiciones críticas.
Salieron los ocho que mencionaré a continuación, y como el pasado 15 de enero los Estudios de Animación del Icaic arribaron a los 65 años de existencia, me animo, por tal razón, a exponer esta lista personal de dibujos animados.
La relación será en orden cronológico; pero esa organización no indica mi grado de preferencia por los incluidos.
El maná, Jesús de Armas, 1960
Es un ejemplo de ese tipo de cortometraje animado creado para apoyar los nuevos discursos revolucionarios. Siempre me ha llamado la atención por la sencillez de su diseño, atractivo, pero no simple, destacado por el uso de la línea para crear los personajes y la agilidad del movimiento dentro del cuadro.
En la historia tiene un papel fundamental el narrador omnisciente y el modo fluido en que nos presenta la historia del guajiro que espera la caída del maná, para poder vivir sin esfuerzo mientras los demás se empeñan en ser productivos.
Creo que este filme merece una nueva lectura desde los tiempos actuales.

Gugulandia, Hernán Henríquez, 1965
Es una serie de dibujos animados vinculada con las historietas de igual nombre que aparecían en el periódico Juventud Rebelde.
Su humor era bastante peculiar; pero tenían mucho encanto sus argumentos, con situaciones que involucraban a habitantes de la prehistoria, resueltas con muy pocos diálogos.
Quizás los recuerdo porque rompían los esquemas del costumbrismo que ya comenzaba a aparecer en otros animados nacionales, demasiado interesados en portar mensajes a tono con el devenir del proceso revolucionario.
Si fuera posible, valdría la pena retomar esas historias de Gugulandia y sus personajes y rehacerla con las técnicas de animación de estos tiempos. Me parece que tendrían éxito.
El paso del Yabebirí, Tulio Raggi, 1980
Es una excelente apropiación del cuento homónimo de Horacio Quiroga.
Lo llamativo de este corto es la liberación de estilo en su realización. Los personajes se mueven con la fluidez del animado estadounidense producido por las casas productoras de Hollywood, una influencia siempre amañada en muchas realizaciones nacionales, interesadas en no parecerse a ellas.
Sin embargo, Raggi consigue mantener el espíritu de lo latinoamericano y de los filmes que estaban llegando al Festival de La Habana por esa época, buscadores de un acercamiento con el público más amplio.
El paso del Yabebirí dejaría también algo muy importante para cualquier película: una frase recordada por todos los espectadores: “¡Si tuviera mi güinche!”.

¡Viva papi!, Juan Padrón, 1982
Nadie puede dudar de la genialidad de Juan Padrón. Pero en este animado consiguió no solo la amenidad y la soltura de la historia, sino también una obra destacable por las técnicas de realización.
Está demostrado que un buen argumento puede ser sustentado con aparente sencillez visual. Y aquí no es tanto así, porque el trabajo de dibujo con lápices de colores aporta nuevos elementos al ejercicio de creación. Y el toque de genialidad se lo aporta la inclusión de Bola de Nieve en su diálogo, piano mediante, con el niño protagonista.
El primer punto de giro es antológico en su solución, cuando el pequeño tiene que confesar a qué se dedica su papi. Conseguido dramatúrgicamente en el diseño del dibujo y el texto agrandado como la voz infantil, confesando que su padre fabrica TUERCAS.
Desde ahí se teje una fábula con trazos infantiles y letreros escritos a mano, para dejar como moraleja ideológica no sólo la admiración por su padre obrero, sino también el orgullo de querer ser como él por su utilidad social.
Posee efectividad artística además de funcionalidad ideológico-política.
El alma trémula y sol, Tulio Raggi, 1985
De todos los acercamientos audiovisuales a la obra de José Martí, lo pongo siempre entre los mejores.
Su director consigue recrear, como pocos lo han logrado, el ambiente y los días turbulentos que rodeaban a Martí cuando escribió La bailarina española, uno de sus poemas más sentidos y donde consiguió una sinestesia increíble.
Todavía hoy, al verlo sigo sintiendo las mismas emociones de cuando lo vi por primera vez. Los sentimientos puestos en la escritura están solucionados a través de una animación parcial mediante disolvencias; y de un dibujo que no fue ni es común en la producción cubana, por la fuerza de los rasgos, el empleo del color y la luz, además de las citas a obras importantes de las artes visuales.

Vampiros en La Habana, Juan Padrón, 1985
Es la culminación de una línea creativa sostenida por Padrón desde sus épocas de historietista: los vampiros, convertidos en antológicos dentro del séptimo arte desde sus Filminutos, con El error del vampiro y La indecisión del vampiro.
¿En qué otro lugar podría tener su origen el Vampisol? Vampiros en La Habana es la sabrosura de la cubanidad llevada a una historia universal. Cine noir anclado, a su vez, en una porción de nuestra historia nacional, pero con el choteo a todo motor.
La selección de Vampiros… entre las mejores películas del cine cubano, sin distinciones de modo de realización, demostró que sus componentes creativos estaban al mismo nivel de cualquiera de las cintas consideradas de ficción con actores reales… Y en muchos casos, por encima de ellas.
20 años, Bárbaro Joel Ortiz, 2009
Este cortometraje marca un punto alto dentro de la producción de animados en nuestro país. Un punto que no creo se haya vuelto a alcanzar y no solamente por el empleo de la técnica en stop motion para estructurar el relato, sino también por la concepción del argumento.
Una canción tradicional cubana le sirvió a Barbaro Joel Ortiz para construir una historia de violencia de género basándose apenas en el espíritu de la letra y la melancolía de una voz despechada.
20 años posee un tono, un ritmo, un trabajo de dirección de arte que te hace olvidar que estás asistiendo a una tragedia protagonizada por muñecos animados. Llega a dolerte la soledad de la protagonista, acompañada por esas salamandras tan comunes en nuestras casas viejas.
La luna en el jardín, Adanoe Lima, Yemelí Cruz, 2012
Fue otro paso importante en la realización del dibujo animado producido por los Estudios de Animación del Icaic.
La combinación del stop motion con las técnicas digitales consiguió que al realismo en los personajes ―ya conseguido en 20 años― se sumara el preciosismo de los ambientes que rodean a la protagonista en su jardín.
La edición juega un papel importantísimo en este corto, para separar dos mundos: el exterior trabajado con tonos oscuros y una edición rápida; en contraposición con el interior de ese patio, lleno de color, reposado, metáfora de la poesía.
La luna en el jardín es una apropiación libre de la novela El Jardín de Dulce María Loynaz. El animado buscó y encontró el espíritu de la obra literaria más que contarla. Transmitió la búsqueda de la felicidad en una mujer (2025).
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