Sobre vueltas de tuerca y transmutaciones en Factoría Habana
La galería de La Habana Vieja inauguró recientemente sugestivas exposiciones del maestro Arturo Montoto y la muy talentosa joven Lianet Martínez.
La pieza “Trampa”, cesta tejida que atrapa la mirada desde su duplicación en el centro del espacio y la pared, da la bienvenida a la exposición de Arturo Montoto.
Foto: Cortesía del autor
Otra vuelta de tuerca es el título de la exposición. Y le encaja perfectamente. Arturo Montoto no ha parado de cambiar. Hagamos un repaso apretado desde distintos ángulos… En lo perceptual: va del énfasis en lo sensorial en su obra anterior al 2000 y a comienzos de siglo hacia una mirada más intelectual (en expos como Ámbitos silenciosos y La lección de pintura, de 2004-2005), hasta recalar en lo afectivo-emocional durante el último lustro (desde Dark, en 2019).
En lo psicológico: de la sublimación como operación estética deliberada a inicios de su carrera muta para una representación más descarnada y terrenal a fines de la primera década del 2000, y hoy recala en una sublimación de nueva cepa, obtenida a partir del proceso de destilación de su experiencia y su memoria.
Por último, observado desde lo formal: transita desde la exquisitez barroca en el detalle, la precisa demarcación de fondo y figura con las técnicas del claroscuro, y la brillantez cromática, que en un momento lo definieron como “neohistoricista”; hacia una ambientación oscura y el “neoexpresionismo” de texturas sucias y trazo gestual; para retornar ahora a la claridad, con el empleo de una coloración más dedicada a la recreación de una atmósfera sensible que al realismo de lo representado.
Y mientras estas evoluciones ocurren, la vista de un espectador menos entrenado puede que acaso sólo perciba la apariencia de una continuidad, por la repetición de los motivos de frutas y objetos, y de un cosmos de lo humano que se ha ido configurando en ausencia de su imagen tangible, para expresarse únicamente a través de su universo habitual de cosas fungibles, de herramientas e implementos de uso cotidiano.

La verdad de las cosas
Luego de estas consideraciones, que debí colocar al final, vamos a donde tendríamos que haber empezado. O sea, hablar con más detenimiento de Otra vuelta de tuerca, la exposición más reciente del pintor, grabador y fotógrafo cubano, nacido en Pinar del Río, en 1953. Factoría Habana, en la calle OʾReilly, es el lugar de emplazamiento de esta muestra, que se inauguró el pasado mes de marzo, al mismo tiempo que una de Lianet Martínez, la cual reseñaré también más adelante.
El mismo Arturo Montoto define así su nueva puesta en galería: “Mi intención actual es provocar un giro sobre mi propia figuración tradicional en la representación de ciertos objetos de la vida cotidiana, sea del ritual espiritual o del doméstico y familiar que componen mi memoria personal. Estos retratos protagónicos, a través de los procedimientos pictóricos, han transitado desde un lenguaje verista hasta un neoexpresionismo dramático”.
Lo que como público vamos a contemplar son grandes cuadros, de 200 x 200 cm o más, que exhiben piezas del ámbito doméstico; ora de las que se encuentran en la cocina: un jarrito esmaltado, el mortero, una vasija, la cacerola para preparar casabe; ora elementos de la liturgia religiosa afrocubana y su envoltura musical: una nganga, el chéquere, un tambor…
Todos estos objetos cubren la superficie del lienzo casi hasta los bordes, difuminados por un clima surreal, como de maravilla, sugerido por la cualidad evanescente de los colores, las tonalidades apasteladas y unos fondos planos que parecen sostenerlos en medio del aire. Cada una de estas representaciones es cuidadosamente explicada al pie de los cuadros por el propio pintor, quien revela no sólo el referente real que las inspira sino también el terreno que ocupan en su muy personal configuración espiritual y su memoria.

Otra lección de pintura
Al centro de la sala, una pieza esculturada, que tiene su correlato igualmente en una pintura y cuyo título es “Trampa”, devela su significado con la siguiente exposición:
“Esta cesta tejida es un objeto muy propio de muchas culturas, siendo el tejido una legendaria actividad primaria, puesto que el hombre necesitó tejer fibras de plantas para transportar sus alimentos, y por supuesto es un contenedor de múltiples sombras y bondades. De su interior solo deja escapar los líquidos, siendo los sólidos como presas que quedan atrapadas en una especie de jaula. Es una trampa tejida con misterio.”
De modo que Montoto practica una suerte de viaje arqueológico al interior de sí mismo y de sus raíces identitarias y culturales, donde los cuadros serían recipientes para el contenido de nostalgias individuales y añoranzas íntimas. Aunque sin dejar mucho margen para otro tipo de elucubraciones intelectuales e interpretaciones allende el material expuesto, dado que el mundo evocado brota de las oquedades subjetivas del artista, sobresale el sesgo de interés etnológico de su pintura. En otro pasaje de su intervención, dice: “La casa, en ese sentido, funciona como un pequeño mapa de la historia cultural del país”.

Y es ahí, en esa alusión a un espacio singular como expresión de lo general, en la llamada de atención hacia ese acogedor paisaje doméstico hoy perdido o vulnerado por los tornados del devenir político y socioeconómico del país, en esta operación de rescate es donde encuentro que la nueva vuelta de tuerca es otra lección de pintura acerca de las maneras en que un artista no deja de seguir dialogando con su realidad circundante.
Metamorfosis en el segundo piso
De la cualidad etérea y el cromatismo refulgente hacia la austeridad y fijación del blanco. Subir la escalera de Factoría Habana y cruzar de la expo de Montoto hasta la emplazada en la segunda planta es otra vuelta de tuerca. Es pasar de la concreción del marco pictórico al asalto del espacio y la tridimensionalidad. Ir de la memoria afectiva a lo cerebral y la construcción conceptual. Es una Transmutación, para decirlo con el título de la muestra de Lianet Martínez que ahí se exhibe.
También la nacida en Cienfuegos, en 1993, a pesar de su juventud, ya es una artista mutante. Habrá quien la recuerde por sus cuadros con imágenes de mujeres de cuando se graduó de la Especialidad de Pintura en la Academia de Artes San Alejandro, en 2012; o quien la identifique con “Alud”, pieza escultórica de grandes dimensiones colocada en un espacio público de La Habana en 2019.
Ella escapó de la trampa bidimensional para volar a lo escultórico y el objeto reconstruido como metáfora intelectual. Amplió los márgenes del refugio en lo vivencial y la autorreferencia para dar un salto hacia la libertad del pensamiento. Y esta nueva vertiente, la de su “transmutación”, es la que hace ostensible ahora en Factoría Habana.

En las palabras de presentación a esta muestra, cuya curaduría corrió a cargo de Concha Fontenla —al igual que en la de Montoto― se describe a Transmutación como “una investigación en torno al cambio y la metamorfosis, exploración de ʽciclosʼʼ en los que destrucción y reconstrucción se entrelazan como fases necesarias de un mismo proceso. A través de cinco grandes instalaciones de distinta naturaleza y materialidad, diseña un recorrido en el que surgen tensiones entre contención y desborde, memoria y herida, depuración y sacrificio, derrumbe y resurgimiento”.
Materia que es símbolo y poesía

Cada una de las piezas está acompañada de una densa exposición de su creadora, que denota la intensidad conceptual de cada pieza y la incitación al espectador para elaborar el sentido. Una esfera blanca con dibujos que recuerdan la silueta es “Ablución”, donde “El símbolo de defensa se convierte en receptáculo. La protección se convierte en inmersión”. Una serie de marcos despliegan segmentos de un organismo humano, bajo el título de “Cartografía de un cuerpo” y una disquisición que los cataloga de “relicarios contemporáneos”, que “contienen no solo materia física sino también memoria, historia y vulnerabilidad”.
“Leña del árbol caído” remite al perfil del vegetal, inclinado, primorosamente delineado a partir de innumerables fósforos incrustados sobre telas de lino, en una alianza simbólica de fuego y elemento matérico justificada así por la artista: “Quemar es transformar, es reducir la forma para liberar su potencia”.
Una copa bocabajo sobre tierra diseminada en el suelo de la galería. Al fondo, una suerte de bañadera con la recurrencia a la forma del escudo… Cinco artefactos, en resumen, entre lo instalativo y lo escultórico, que parecen aspirar no sólo a ser “leídos” desde su racionalidad metafórica y su poiesis filosófica, sino también a imponerse con cierto preciosismo decorativo en el ojo que las contempla.
Aquí, la reflexión, las resonancias espirituales y afectivas, los procesos a veces traumáticos de la experiencia personal, no son componentes reñidos con una búsqueda artística de lo bello. Y esto es algo que emparenta a Arturo Montoto y Lianet Hernández, a Otra vuelta de tuerca y Transmutación. En ambos, la huella dramática del cambio humano es capaz de convivir con el impulso voluntario de ansiar lo imperecedero y hacer un arte que trascienda las fugaces circunstancias históricas y vitales (2026).
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