Terranova: nuevas miradas a una tierra “vieja”

Los realizadores Alejandro Alonso y Alejandro Pérez Serrano abordan el proceso de construcción de las ciudades desde el juego de representaciones entre el sujeto y la otredad.

El documental Terranova resultó premiado en el 50 Festival Internacional de Cine de Rotterdam.

Foto: Cortesía de los realizadores.

La antropóloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui ha dedicado parte de su obra a validar la cultura aymara de lo chi’xi como metodología para entender lo complejo de las relaciones sociales y las representaciones que hacen de sí mismos los habitantes de América Latina.

Desde una encrucijada donde dos polos opuestos no se suprimen uno al otro, sino conviven de forma activa para formar algo completamente diferente, Rivera Cusicanqui propone entender la diversidad y la complejidad étnica del continente americano.

La palabra chi’xi, en una traducción aproximada al castellano, significa jaspeado, abigarrado o manchado. Es precisamente la segunda acepción del vocablo la que ayuda a desentrañar los misterios que propone Terranova (2020).

Este documental, realizado a cuatro manos por el cubano Alejandro Alonso y el español Alejandro Pérez Serrano, resultó ganador del premio Tiger Hivos de cortometraje en la edición 50 del Festival Internacional de Cine de Rotterdam. También alcanzó en 2021 el lauro de mejor filme iberoamericano en el Festival Lima Alterna, de Perú.

La historia de las ciudades contada por el ser humano

Dos personas hablan sobre qué entienden por ciudad y lo que es para ellos la historia de las ciudades. Con ideas y nociones diferentes de la urbe, aunque sin contraponerse enfáticamente, ambos personajes representan dos extremos en un mismo universo de la otredad.

Uno de ellos declama retazos de lo que lo que se conoce como historia oficial fundacional. El otro ha creado su propio esquema histórico de la construcción de las ciudades. Ambos, desde las antípodas, logran crear una nueva representación de ciudad.

Los cineastas Alejandro Alonso y Alejandro Pérez Serrano se plantean como tema el peso de la mirada, el juego de las representaciones, en la conformación de las ciudades.

Asimismo, los realizadores, junto a las sonidistas Glenda L. Martínez Cabrera, Irina Carballosa Socarrás y Velia Díaz de Villalvilla, se empeñan en construir una ruta auditiva que provoque la inmersión de cuerpo entero en esa ciudad. No buscan un diseño de banda sonora ilustrativo, que complemente las imágenes, sino una serie de efectos acústicos que produzcan las sensaciones de habitar los diferentes lugares mostrados en cámara.

Los seres humanos se han reflejado a sí mismos y a los otros a través del arte. En el cine, ese “otro” es la cámara. Esta relación es parte de la obsesión que persiguen muchos cineastas, incluidos estos realizadores.

La manera en que son mirados algunos de los personajes de Terranova, remite a la obra del cineasta David Lynch. Alonso y Pérez Serrano se permiten reconciliar el eterno dilema de la extrañeza que padece el que mira y los que son mirados.

Lo que miras, te mira

Las preguntas: ¿qué eliges mirar?, ¿qué queda en tu plano/ojo diario?, aparecen en Terranova desde la intención de sus autores. Varias escenas del material ocurren en la Cámara Oscura emplazada en lo alto del edificio Gómez Vila, en La Habana Vieja.

Este singular artefacto tuvo sus orígenes en la ciencia árabe del siglo X, cuando el físico Abu alí ibn al-Hasan utilizó el principio de esta cámara para explicar la formación de la imagen visual en el ojo. Durante el Renacimiento, el artista Leonardo Da Vinci la utilizó también, para explicar las nociones geométricas y su relación con la pintura y el dibujo.

Interroga este instrumento la noción de realidad, el juego con lo representativo. La imagen y la ilusión de la misma conviven en las calles de La Habana. Una representación que es espejo, pero a la vez reflejo distorsionado.

Construir y apuntalar pueden ser parte de un mismo proceso; pero son dos acciones que remiten a esa complejidad de la mezcla, antes enunciada. Ese “jaspeado” entre lo nuevo y lo antiguo que debe ser salvado. Así, en ese vínculo que puede resultar dialéctico, ha estado siempre La Habana.

Como ciudad del “nuevo mundo”, se debate entre las cosas a preservar y las cosas por crear. Entre los andamios de apuntalamiento y las grúas de nuevas construcciones están los habaneros, circunscritos en una composición visual. Son los diferentes estratos de una ciudad que intenta escapar de la mirada colonial y construir su propia organización y escala de valores.

Una ciudad como la Torre de Babel

Para Rivera Cusicanqui, las pinturas y el cine son una fuente inagotable para entender la episteme (el conjunto de conocimientos) de los pueblos del sur latinoamericano y, específicamente, de las naciones quechua y aymara.

En Terranova asistimos al descubrimiento de la conformación de la “ciudad habanera” a través de la cámara de los realizadores y de la mirada de los personajes restauradores. La luz ultravioleta descubre los diferentes esquemas en los que se organizó el cuadro La Torre de Babel, esa idea prístina de un espacio aglutinador, sin noción de la otredad.

Es conocido el trágico final que tuvo, sin embargo, este proyecto común. El simple hecho de modificar el lenguaje, de cambiar la forma de comunicarse, fue suficiente para desbaratar la idea de unidad y echar a andar el concepto de sociedades culturalmente diferentes.

Los maestros restauradores descubren que, aun cuando los descendientes de Noé huyeron de su proyecto de igualdad, todos han seguido buscando asentarse en otras “torres”, esas que se denominarían ciudades y, dentro de ellas, proyectarían las distintas maneras de vivir. En la palabra proyección está la clave, pues ¿qué es imaginar una ciudad sino proyectarla, antes de edificarla?

La ciudad es vista y edificada por el otro: él que no es “normal” o, más bien, “normado”. Recordando así que los que un día fueron los otros, los recién llegados, tendrían la capacidad de establecer ahí dentro nuevas lógicas, que les aseguraban la sobrevivencia. Estos otros participan en el redibujo de la ciudad. El dibujar da la posibilidad de construir.

Ver para representar

A través del guion (Lisandra López Fabé) y el montaje (Alonso) se persigue la intención de que una historia o personaje no se superponga a otro. Simplemente, vuelve la figura del mosaico; y no solo por la variedad de humanidades representada, sino por cómo estos logran convivir en el espacio sin dificultad alguna.

La ciudad se conforma de diferentes capas, donde cada uno de sus habitantes se integra en la construcción de una colectividad. Y Terranova se instituye como un planteamiento inicial para especular sobre las ciudades que todos construimos.

Desde la invención de la cámara oscura hasta la foto fija se le trazó a la humanidad la posibilidad de “ver”. Esto que, en términos filosóficos, significa ir más allá de una primera impresión, capturar algo más que la simple forma física. Hallar el sentido de lo que se presenta delante de nuestros ojos, lo que significa para cada uno. Así surge una nueva forma de abordar la representación.

El sentido que le damos a estas imágenes luego de observarlas, suele ser un faro en el mar de pensamientos que nos invaden. La acción de mirar lleva implícita una dosis de imaginación, la cual puede ser descrita en términos conceptuales o haciendo uso de los preceptos biológicos que condicionan el ojo humano.

En cualquiera de los dos casos puede inscribirse Terranova; o mejor aún, para no desactivar la complejidad de la película: bien vale verla desde las dos formas. Tengamos en cuenta que al apagarse la sala de cine, seremos esos “otros”, a los que el filme nos devolverá la luz luego de pasar por las sombras de la realidad (2023).

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