Tres pilares de Guanabacoa y el drama del patrimonio
La antigua villa capitalina es la cuna de Lecuona, Bola de Nieve y Rita Montaner. ¿Existen casas museos en los lugares donde nacieron estas glorias indiscutibles de la música cubana?
Homenaje a Ernesto Lecuona, Rita Montaner y Bola de Nieve en el Parque de los Artistas de Guanabacoa
Foto: Cortesía del autor
En una esquina de la céntrica calle Pepe Antonio de Guanabacoa, tres pilares, alargados como teclas de piano, se yerguen sobre la explanada del Parque de los Artistas. Cada uno exhibe al frente la inscripción dedicada a un nombre impresionante de la música cubana.
El de la izquierda reza: Ernesto Sixto de la Asunción Lecuona Casado (1895-1963) y lo identifican con su obra La Comparsa. Mientras, a la derecha, mientan a Ignacio Jacinto Villa Fernández (1911- 1971), con su apodo artístico Bola de Nieve y la pieza Mamá Inés. Y queda el centro consagrado para Rita Aurelia Montaner Facenda (1900-1958), la voz de El Manisero.
Explayarse sobre la significación de estos nombres es casi innecesario. Al menos si eres cubano. Aunque todos estos personajes lograron trascender fronteras y alcanzar en su tiempo reconocimiento universal. Repasemos por arribita.
Tres biografías de cinco estrellas
Lecuona es el niño prodigio, la mano izquierda más fabulosa del piano. Genio de la composición, que fusionó raíces españolas, sangre africana y estilo europeo para fundar una vertiente cubana en la música de concierto. En su legado dejó María La O y otras zarzuelas inolvidables; y Damisela encantadora y muchas canciones más que capturaron para siempre el imaginario nacional. Su Lecuona Cuban Boys fue la primera orquesta iberoamericana en imponerse en los Estados Unidos y hasta a punto estuvo de ganar un Oscar, en 1943, con el tema Siempre en mi corazón.
El talento de Rita también explotó desde temprano y terminó ganando el apelativo de “La Única”. Expresamente para su voz, Gonzalo Roig compuso la zarzuela Cecilia Valdés y Gilberto S. Valdés las canciones de Ogguere, con lo que demostró ser tan dúctil para el canto lírico como para la música popular y la expresión afrocubana. Acompañó a la vedette Joséphine Baker en París y fue estrella en Romance en el Palmar y el llamado “cine de rumberas”. Escogida Reina de la Radio cubana; hizo también televisión y convertía en oro todo lo que tocaba, como el impulso que dio a la carrera de Ignacio Villa, su pianista acompañante, a quien además le puso el apodo “Bola de Nieve” con que se haría famoso.
Este último, simplemente “El Bola”, es el hombre cuyo fraseo inigualable, en la voz y con el piano, nos viene siempre a la mente con Ay, amor y Mamá Inés; o con el Tú no sabe inglé, Vito Manué, a partir de versos de Nicolás Guillén. Despuntó en México al lado de Rita y Lecuona lo llevó a recorrer el mundo dentro de su compañía. Tuvo un gran show en los 50 dentro de la cadena cubana de radio CMQ y, finalmente, ya en los años 60 fue la atracción de las noches del restaurante Monseigneur.
De cómo se metió La Habana en Guanabacoa
La existencia de tanta genialidad nativa en una población hoy periférica y olvidada, adonde los turistas no llegan y tampoco pisan los nacionales, con excepción de los habitantes autóctonos, parece una aberración. Sin embargo, cabe apuntar que fue de los asentamientos habaneros más antiguos y desde el 12 de junio de 1554 tuvo fecha de fundación, bajo el nombre de villa de Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa.
Y esa expresión tan difundida de “meter La Habana en Guanabacoa” no es manifestación exagerada ni invento reciente, sino hecho fiel de la Historia. Con un origen tan añejo como el año 1555, durante el ataque del corsario francés Jacques de Sores, que obligó a refugiarse ahí a una porción considerable de los habitantes de la villa de San Cristóbal de la Habana. A raíz de este suceso, hasta las autoridades del gobierno colonial corrieron hacia Guanabacoa, convirtiéndola transitoriamente en capital de la capitanía general de Cuba.
Y cuando fueron “los tomates” (por su color de casaca) ingleses quienes tomaron La Habana, protagonizó esta comunidad otro suceso de lustre, en 1762, al dar la cara y enfrentar a los invasores, liderados por su alcalde Pepe Antonio, devenido desde entonces héroe popular cubano.
Luego, por siglos se fue forjando Guanabacoa como espacio urbano consolidado, de importancia económica y con un movimiento artístico y cultural considerable, aunque actualmente sólo se le reconozca por su fuerte raigambre folclórica y de religiosidad afrocubana. No hay por qué extrañarse entonces de que, en los albores del siglo XX, brotaran de ahí Lecuona, La Única y Bola de Nieve.

Tras la huella de Rita
Hasta Guanabacoa a pie, literalmente, me fui no uno sino varios días, en busca de los lugares exactos donde vivieron las tres lumbreras, si bien más con afanes de visitante interesado que de periodista en estricta faena investigativa. No fue difícil, porque los guanabacoenses tienen bien identificados estos sitios.
Caí primero en la calle Cruz Verde, entre Fernando Fuero y Duarte, en la vivienda hoy marcada con el número 463, la cuna de Rita Montaner. Un hombre que arreglaba un almendrón azul delante de la casa, se me presentó como Yosvani y descendiente de la cantante ―aunque después supe, por su nieta verdadera, que no era exactamente así.
Invitado al interior, vi las evidencias de una reparación en ciernes, principalmente del techo. “Dijeron los del municipio que la iban a restaurar completa, pero comenzaron y no terminaron. Así lleva bastante tiempo”, se quejó el habitante del inmueble. Sobre la fachada, unas marcas encuadraban el espacio vacío donde alguna vez hubo una tarja que, según Yosvani, las autoridades un día se la llevaron.
Descubrí más tarde el destino de la inscripción, cuando me dirigí a la Casa de la Cultura de la localidad, a la que han dado el nombre de Rita Montaner. Estaba ahí, atornillada en una pared de adentro, cerca de fotos de La Única, dando la engañosa sensación de que esa gran edificación de dos plantas, ubicada en la arteria Máximo Gómez, era el lugar de nacimiento de la gloria musical.
Pero cualquiera con un poco de conocimiento de la historia local sabe que en ese sitio radicó el reputado Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa, donde José Martí pronunció, en 1879, su primer discurso público.

Tras la huella de Bola de Nieve
Por la misma Máximo Gómez sólo hay que avanzar unas cuadras hasta la esquina con calle Versalles, para toparse con la que fuera la vivienda de Ignacio Villa. Más bien con los ruinas. Porque tras el cascarón tapiado de la fachada queda solamente un solar yermo y una mata de mango.
Sobreviven las elegantes columnas jónicas que luciría la casa en el momento de su construcción y la harían gemela de la construcción colindante. Sobre ese portal de al lado estaban desparramados los racimos de plátano que vende Bárbaro. Vecino de hace varios años ahí, recordaba rumores de presupuestos y de planes del municipio para restaurar la casa, pero que nunca pasaron de la ideación.
Ni siquiera había una tarja puesta. Como si el lugar quisiera encarnar la letra de la canción famosa: “Si te llevas mi alma, ay, amor, no me dejes vivir”.
Tras la huella de Lecuona
Por la calle Estrada Palma y en un escampado aledaño al hospital materno infantil La Fátima que se usa actualmente como parqueo, al pie de un almendro, hay un pedestal. Se dice que hasta lo adornaban unas cadenas, pero ahora sólo le queda la tarja de arriba. Que para colmo está quebrada en pedazos —incluso le faltan fragmentos— y se torna ilegible la inscripción que indicaba la pretérita existencia de la casa donde nació Lecuona.
¿Por qué se perdió del todo la morada original? ¿Cómo pudo ocurrir ese acto vandálico en el recordatorio y, aún peor, que se haya dejado el rastro de la destrucción, en muestra de absoluta desidia?
Me hice esas preguntas mientras pegaba la espalda al cuadrado de cemento junto a mis guías lugareños, los artistas plásticos Randys Alfonso y Raúl Escobar. Para resarcir el ultraje, buscamos en youtube y escuchamos “La Comparsa”.
Cuando el niño Ernesto tenía 4 años, la familia se mudó a unos 200 metros del hogar anterior, en la confluencia de Crespo y Estrada Palma. En esa vivienda que existe aún hoy y se encuentra habitada, sí se mantiene incólume un mármol colocado en 1995, año del centenario del nacimiento del compositor.
¿Por qué, si la primera no pudo salvarse, tampoco han convertido esa segunda residencia en casa museo? ¿Cómo es que no se ha hecho más para revivir los viejos domicilios de Rita y El Bola? ¿De qué vale alzar tres pilastras en un parque de Guanabacoa si no se es capaz de demostrar ese orgullo con acciones más contundentes, en pos de que esa herencia cultural pueda exhibirse a visitantes nacionales y foráneos?

Patrimonio en peligro extremo
Antes aclaré que esta iba a ser la crónica del caminante, que simplemente revela lo que aparece ante su vista y no un trabajo de investigación y análisis de fuentes. De todas maneras, voy a retomar esas preguntas a propósito de un artículo publicado en Cubadebate el 25 de enero de 2024, bajo el pomposo título de “Guanabacoa, ciudad patrimonial”.
En ese texto se reconocen “las insuficientes acciones realizadas para la protección y salvaguarda del rico legado histórico, arquitectónico y cultural de Guanabacoa” y se esgrime como justificación “la no existencia de una Unidad de gestión especializada y de un Plan de gestión del desarrollo integral para el Centro Histórico y su zona de protección”.
Sin embargo, ahí se apunta que desde 2020, “a propuesta del Consejo de Ministros y las autoridades de La Habana y del propio municipio, se decide la creación de un órgano gestor y de un plan operativo de obras” que permitan revertir la situación. Y se hace explícito también que dicho órgano gestor ya fue creado desde el 30 de enero del 2021, con el nombre de Oficina de Gestión del Centro Histórico de Guanabacoa.
Según el mismo artículo, dos años después (2023) se aprobó “la política para la creación en el 2024 de la Oficina del Conservador de Guanabacoa, lo que permitirá asumir nuevas funciones, homologándonos a las competencias de las Oficinas del Historiador y del Conservador existentes en las ciudades patrimoniales del país”.
Como se refleja con estas informaciones, aparecen propuestas y planes y oficinas, mientras Cronos avanza implacable, ya estamos a mediados de 2026 y el patrimonio de la villa de Guanabacoa sigue padeciendo.
Ahora, entre las medidas recién adoptadas por el gobierno cubano hay un eje denominado “Transformaciones en la autonomía municipal”. Este acápite descentraliza funciones hacia el nivel del municipio y abre posibilidades para la creación de una estrategia de desarrollo local y la gestión de los fondos obtenidos de la actividad económica local y la introducción de la inversión extranjera.
Parece llegado el ahora o nunca para el patrimonio de Guanabacoa. ¿Podré regresar algún día a la villa y encontrarme no sólo sus nombres en un rectángulo erguido de concreto sino en lugares hermosos que expongan los vestigios, la memoria, los objetos de Lecuona, Rita y Bola de Nieve? (2026)
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