Transición agroecológica, una oportunidad para las mujeres cubanas

Este trabajo integra la serie Cubanas y agroecología, un esfuerzo conjunto de la oenegé humanitaria Oxfam e IPS Cuba, sobre género y transición agroecológica en el país.

Agroecología en Cuba

Los aportes de las mujeres han sido históricamente invisibilizados por el modelo agroalimentario y la masculinización de la agricultura, que subvalora y margina el trabajo reproductivo y sobrevalora el trabajo productivo, atribuido principalmente a los hombres.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Hablar sobre agroecología en Cuba debe pasar por el reconocimiento de los aportes de las estudiantes, profesionales, investigadoras y sobre todo de las agricultoras, además de analizar el contexto histórico y los desafíos que presentan las mujeres para su participación equitativa.

Esta es una ciencia holística y transdisciplinaria, que estudia el funcionamiento de los agroecosistemas desde el punto de vista de sus interrelaciones ecológicas y culturales, con principios y prácticas para transitar a sistemas alimentarios locales sostenibles.

Como movimiento social y político, la agroecología es un nuevo paradigma de lucha por la soberanía alimentaria de los territorios, basada en la equidad y la justicia, al tiempo que tiene en cuenta la diversidad de sujetos (humanos y no humanos) directamente involucrados en estos procesos.

El presente artículo aborda la importancia del protagonismo y la participación de las mujeres en el proceso de transición agroecológica para el fomento de una agricultura cubana que priorice la soberanía alimentaria y, por tanto, respete y promueva los conocimientos y prácticas de familias y mujeres campesinas ligadas a la autonomía y la resiliencia.

 

Antecedentes
Agroecología en Cuba
Hoy en día la representación femenina no supera el 25 por ciento del trabajo agrícola. Foto: Archivo IPS Cuba

Luego del triunfo de la Revolución Cubana de 1959, con la voluntad de ofrecer igualdad de oportunidades en educación y trabajos asalariados en el entorno urbano, hubo un fuerte proceso migratorio del campo a la ciudad que redujo en un 75 por ciento a la población rural, y con mayor incidencia a su representación femenina, que hoy no supera el 25 por ciento del trabajo agrícola.

Desde entonces, las autoridades han fomentado un desarrollo y crecimiento de las capacidades de las mujeres y la existencia de oportunidades para el cambio de su estatus social. Ello ha significado grandes aportes socioculturales en el país, aunque principalmente en el entorno urbano, ya que también provocó la desvinculación de muchas mujeres a la vida campesina posterior a la primera y segunda Leyes de Reforma Agraria.

Lo anterior, a pesar de realizarse con pensamiento civilizatorio y en apoyo a los campesinos y campesinas, antes expuestos a muchos procesos de marginación, pobreza y violencia, provocó la pérdida de tradiciones, oficios, identidad y cultura campesinas, ya que a la par se fomentó y practicó un modelo de agricultura convencional basado en monocultivos para la exportación y se priorizó la importación de alimentos y la agroindustria. Esta práctica intensiva provocó la degradación de los recursos naturales (los suelos agrícolas se afectaron en más de 76 por ciento) y la cultura local. Todo este conjunto empobreció paulatinamente la base alimentaria de la población con cambios en hábitos alimentarios que impactan en las condiciones de salud humana.

En los años 90 del siglo XX, cuando Cuba perdió más del 85 por ciento de sus mercados prioritarios con la desaparición del bloque socialista soviético y se recrudeció el bloqueo económico implantado en 1962 por Estados Unidos, se evidenció la vulnerabilidad de un sistema alimentario dependiente de importaciones. Entonces fue un momento de mirada hacia la agricultura familiar y se implementaron medidas que favorecieron la apertura de mercados campesinos y motivaron la producción doméstica, la innovación y experimentación, el crecimiento de familias involucradas al Movimiento de Agricultura Urbana y Suburbana, varios proyectos de colaboración internacional con enfoque de género, el surgimiento del Programa Nacional de Permacultura y el Movimiento Agroecológico de Campesino a Campesino (MACaC), que en sus primeros años de implementación tuvo un alcance en 110.000 familias campesinas.

Agroecología en Cuba
La agricultura urbana y la suburbana están organizadas mediante subprogramas que abarcan producciones pecuarias, mejoramiento de los suelos y manejo agroecológico de plagas. Foto: Archivo IPS Cuba

Todo esto contribuyó a comprender que con la agricultura familiar en Cuba bajo el enfoque agroecológico se podría alcanzar la soberanía alimentaria. No obstante, el enfoque fue de sustitución de insumos y no de cambio tecnológico, lo que obstaculiza aún hoy direccionarse estratégicamente hacia el fomento de la agricultura familiar, a pesar de que maneja solamente el 20 por ciento de las tierras agrícolas, con un 20 por ciento de los escasos recursos y aun así aporta más del 75 por ciento de los alimentos producidos en el país.

El propio MACaC en la actualidad cuenta con 171.422 fincas incorporadas que representan el 75 por ciento del total de fincas campesinas de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). De ellas, están iniciadas en el MACaC 144.324, en transformación 26.217 y solamente 881 están consideradas dentro de la categoría de agroecológicas, que significan menos del uno por ciento de las fincas, según como aparece en el documento de Política Pública para la Agroecología en Cuba, en proceso de aprobación por el Consejo de Ministros.

Esta metodología de Campesino a Campesino es una herramienta de alto impacto validada por la ANAP en Cuba, que puede contribuir a un escalonamiento progresivo de la agroecología en el país. Su sistema de métodos, procedimientos y técnicas facilitan desencadenar procesos de intercambio horizontal, aprendizaje, experimentación  e innovación tecnológica entre familias campesinas y otros actores.

¿Dónde están ellas?

Las mujeres han cumplido un rol fundamental en estos procesos, participando en la agroecología en diferentes ámbitos, desde sus fincas, comunidades, profesiones, universidades, etc.

Profesionales y estudiantes que participan en diferentes grupos de trabajo elevan el debate y las acciones de intervención e impacto al incorporar cuestiones de género con objetivos a nivel de región, o individualizados de acuerdo al contexto, como la defensa de los derechos individuales y la comunidad, la preservación del conocimiento, la cultura y la diversidad, los procesos de innovación y la incorporación de la agroecología dentro de marcos legales, las universidades, institutos de investigación y programas de formación.

Las agricultoras, aun siendo minoría, persisten y establecen estrategias de supervivencia familiar, conservan variedades tradicionales alimentarias, medicinales y culinarias. Estas prácticas culturales en Cuba, a pesar de ser a pequeña escala, en las fincas familiares, patios y traspatios, han mantenido viva una tradición que contribuye a la diversidad alimentaria comunitaria, así como a la conservación de recursos naturales y la resiliencia al cambio climático.

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Faltan estadísticas vinculadas a las actividades de las campesinas, lo que afecta la visibilidad de sus aportes y contribución de forma general. También es difícil encontrar estudios científicos sobre las contribuciones de las mujeres en la agroecología”.

Sin embargo, los aportes de las mujeres han sido históricamente invisibilizados por el modelo agroalimentario y la masculinización de la agricultura, que subvalora y margina el trabajo reproductivo y sobrevalora el trabajo productivo, atribuido principalmente a los hombres. En el caso del trabajo productivo de las mujeres rurales, que alternan con el doméstico, en muchos contextos se desestima y hace que su contribución económica sea relegada. Además se reconoce por varias instituciones a nivel internacional, que las campesinas trabajan más de cuatro veces el tiempo que los hombres en trabajos no remunerados y más de 10 horas a la semana en este tipo de trabajo que las mujeres urbanas.

El Plan de Seguridad, Soberanía y Educación Nutricional en Cuba declara que los estereotipos de género reproducen la tradicional división sexual del trabajo, limitan el empoderamiento de las mujeres en la producción de alimentos y provocan el desperdicio del potencial de su aporte económico-productivo. La Estrategia de Género del Sistema de la Agricultura indica que los sectores agropecuario, tabacalero y forestal son mayoritariamente masculinos, tanto por el predominio de hombres, como por la cultura machista que les caracteriza.

Faltan estadísticas vinculadas a las actividades de las campesinas, lo que afecta la visibilidad de sus aportes y contribución de forma general. También es difícil encontrar estudios científicos sobre las contribuciones de las mujeres en la agroecología, lo que puede estar influenciado muchas veces por el enfoque lineal de la ciencia convencional con un pensamiento único/universal.

Esto limita la diversidad de visiones, saberes y prácticas que son fundamentales para la agroecología como ciencia, práctica y movimiento social, devaluando no solo el trabajo de las familias campesinas en general y de las mujeres en particular, sino la construcción de conocimientos generados por ellas en el trabajo con plantas medicinales y aromáticas, prácticas de cuidado de la familia y de animales pequeños, la producción de alimentos en patios o traspatios, la garantía de la seguridad alimentaria, la diversidad en la producción y elaboración de alimentos a partir del manejo y conservación de semillas y variedades cultivadas que responden cada una a condiciones ecológicas particulares, tecnologías específicas y a atributos de alto valor.

Agroecología en Cuba
Una productora muestra ramas de Moringa cultivada en la azotea de su vivienda, ubicada en el capitalino municipio Boyeros. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Es importante que se reconozcan estos conocimientos, prácticas y aportes como fundamentales para la reproducción de la vida, la soberanía alimentaria y la educación nutricional en Cuba, como una vía para el fomento de modos de vida sostenibles soportados por políticas públicas coherentes y efectivas, que incentiven la repoblación de espacios desactivados por la agricultura convencional, la mejora de los medios de vida rural, mercados justos, el acceso a los recursos, así como para empoderar a la mujer y familia campesina, facilitando su participación equitativa e intervención en la toma de decisiones.

Las mujeres que integran y pueden formar parte de la propuesta agroecológica en Cuba tienen sus expectativas, demandas y necesidades que convergen con experiencias y realidades particulares, hasta diferentes en un mismo territorio. Por ello, las políticas públicas deben ser locales, contextuales y promovidas por la comunidad agrícola para el empoderamiento específico de sus mujeres y las familias campesinas en general.

La propuesta de Política para la Agroecología en Cuba, presentada en marzo de 2021, expone desde el eje de comunicación la necesidad de divulgar los casos exitosos que demuestren la importancia de la agricultura familiar y la vida en el campo para recuperar agroecosistemas degradados y lograr producciones superiores en cantidad, calidad e inocuidad, así como atraer nuevos agricultores, en especial a jóvenes y mujeres.

La agroecología proporciona un escenario donde las mujeres pueden escucharse y exponer sus conocimientos y necesidades. En el MACaC, varias son las experiencias que lo demuestran. Proyectos, oenegés y organizaciones de la cooperación internacional, entre los que destacan el proyecto internacional La biomasa como fuente renovable de energía para el medio rural (BIOMAS Cuba), el Programa de Innovación Agrícola Local, el Proyecto Bases Ambientales para la Sostenibilidad Alimentaria Local, la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales, la Asociación Cubana de Producción Animal, la Federación de Mujeres Cubanas, los Comité de Defensa de la Revolución, la Fundación Antonio Núñez Jiménez, Oxfam, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la Agencia Suiza para la Cooperación y el Desarrollo, la Unión Europea, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, entre otros, han implementado diferentes acciones de intervención, apoyo y divulgación de casos exitosos en comunidades rurales, fincas familiares y sistemas de agricultura urbana, destacando el trabajo de mujeres que con su liderazgo inspiran y motivan a otras hacia formas de vida sostenibles.

En este sentido, se destaca la campaña RedAR (Redes para una agricultura resiliente), la cual busca contribuir al fortalecimiento de la gestión agropecuaria local con mayor disponibilidad de alimentos, equidad de género, articulación local, así como generar evidencias de agricultura familiar sostenible y adaptadas al cambio climático. Actualmente RedAR mapea experiencias y testimonios, con visión local, para apoyar la identificación y visibilización de la mayor cantidad de campesinas que hacen agroecología y pueden constituir referentes para la transmisión horizontal de conocimientos e inspiraciones otras mujeres.

Vale destacar el fundamento legal que pueden tener las diferentes acciones para el empoderamiento y participación equitativa de las mujeres en sistemas alimentarios de base agroecológica, respaldadas por el Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres, en vigor desde marzo de 2021, que establece: “propiciar la participación de las mujeres campesinas, sobre todo jóvenes, en fuentes de empleo diversas, dada la necesidad de incrementar su presencia en este sector; valorar la entrega a estas de tierras en usufructo; y promover su participación en otros programas priorizados, así como en labores creativas donde muestren sus tradiciones y conocimientos”.

Conoce la visión agroecológica de Chavely Casimiro, Leidy Fonte, Zuleidys Pardo y otros jóvenes, a través de este video dirigido por Alejandro Ramírez y fruto del proyecto Propuestas verdes: jóvenes que apuestan por la agroecología en Cuba.
Desafíos

Varios aspectos pueden contribuir a la toma de decisiones con principios extrapolables a las diferentes realidades de mujeres campesinas y sus familias.

  • Valorar y reconocer la contribución económica de las mujeres en el medio rural, ampliar el acceso físico y económico a los alimentos mediante de créditos blandos, tecnologías e infraestructuras que contribuyan a reducir el tiempo de trabajo y elevar la eficiencia, tanto en los quehaceres domésticos y de cuidado de la familia como en labores culturales en la producción de alimentos. Esto facilitaría el cierre de ciclos y agregaría el máximo valor a sus producciones artesanales, que ofrecen alimentos sanos con alto valor nutritivo.
  • Incrementar el acceso de las mujeres a activos productivos, incluidos la tierra y los recursos naturales. En este sentido, ha jugado un rol fundamental las diferentes leyes de entrega de tierras ociosas en usufructo que dan prioridad a las mujeres que las soliciten, sin embargo podría existir la vía para adquirir fincas pequeñas como propietarias, que les permita la plena realización de este bien.
  • Mejorar los medios de vida de las familias campesinas y comunidades rurales, que contribuirán a aumentar la autoestima, dignidad, el sentido de pertenencia, la autonomía local y a la vez incrementar la resiliencia socioecológica. Involucrar a la mujer rural en otras actividades, no agrícolas, que afiancen las relaciones campo-ciudad y con otros actores de la sociedad.
  • Facilitar espacios de capacitación para la transición agroecológica y asegurarles la compra oportuna de sus productos a precios justos. Fomentar mercados locales en circuitos cortos de comercialización que favorezcan una relación directa entre las familias del campo y el resto de la sociedad, de forma tal que pueda contribuir a una transparencia en la determinación de los precios, el conocimiento de la fuente de los alimentos, a una situación de reconocimiento social y valorización de las producciones campesinas y a la identidad territorial con consumidores conscientes y solidarios.

Mujeres, hombres y familias empoderados en fincas y comunidades campesinas en transición agroecológica, más que alimentos sanos aportan valores intangibles pero tan importantes para la vida como el alimento mismo. Por tanto, hay que valorar y fomentar ese proceso de empoderamiento, la lucha por la autonomía y la resiliencia, desaprender y aprender en la construcción desde otras formas de economía que se basen en relaciones de solidaridad, reciprocidad y justicia, la práctica del cuidado y el amor por la tierra y las personas, la espiritualidad y la lucha contra todas las formas de violencia. (2021)

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