Violencia, puertas adentro
Golpes y maltratos siguen ocultos entre las cubanas, demuestra este trabajo de 2003.
Los avances sociales y personales alcanzados por las mujeres cubanas no han logrado desterrar la violencia de género, que permanece invisible hasta para las propias víctimas. Así lo reconocieron hace poco algunas de las asistentes al panel Mujer, violencia y representación simbólica, del proyecto Mujeres en línea del Programa de la Mujer de la Casa de las Américas, que reunió a especialistas y exponentes de diferentes disciplinas del saber y del arte.
Aun cuando en Cuba no existen estadísticas generales y confiables sobre el maltrato femenino, estudios parciales confirman la existencia de todos los tipos de violencia contra la mujer. Según participantes en el encuentro, algunos aspectos no ayudan a visualizar y enfrentar este problema, como el tratamiento reciente e insuficiente del tema y su aún escasa presencia en la prensa y demás medios cubanos de comunicación.
«En los productos mediáticos seguimos reproduciendo la cultura patriarcal, la tradición selectiva y la retórica de la ocultación, mediante la cual estamos subrepresentados. Hace falta romper esa retórica, pues de lo que no se habla es como si no existiera», señaló la socióloga y profesora universitaria Clotilde Proveyer.
Para algunas personas, también pesa el arribo tardío de cubanas y cubanos al debate y la reflexión sobre la violencia de género, hecho que relacionan con la larga exclusión y reticencia ofrecida al pensamiento feminista durante las últimas décadas en la isla. Tampoco parece existir un reconocimiento claro del fenómeno siquiera entre las mujeres que lo padecen, atrapadas muchas veces en sus historias e incapaces de salir de su situación.
La carencia de refugios para proteger a las víctimas y la falta de seguimiento y articulación coherente de lo que claramente las leyes sancionan en casos de violencia, son también otros puntos flacos del problema.
En tanto, «hay jueces y abogados que no tienen una mirada de género», opina la investigadora Daisy Rubiera, quien estudia la problemática de la mujer que mata. «Muchas son transgresoras, víctimas que responden con violencia a la violencia que reciben, pero no están hechas para matar», asegura.
Para la alemana Miriam Lang, doctora en sociología, «los logros tan importantes de la Revolución cubana en el campo de las mujeres no lograron erradicar la violencia de género, porque no abarcaron todos los efectos de la violencia simbólica». Durante varios meses Lang indagó sobre el tema en la isla y pudo intercambiar criterios con diferentes profesionales, médicos, abogados, jueces, policías, gente en las calles y mujeres víctimas del maltrato. Aunque reconoce las diferencias del caso cubano respecto al mexicano, otro que también ha estudiado de cerca, la investigadora no descarta como probable que la violencia sea menos frecuente en la isla, como aseguran algunos expertos. «Pero no cabe duda de que siempre es demasiada», añade.
Según afirma, hay ejemplos claros y variados: desde que una mujer deba recibir cualquier grosería en la calle como un piropo y con una sonrisa, hasta otras que en casos extremos resultan desfiguradas o apuñaleadas por sus parejas. También cita de ejemplo que un hombre ejerza un control permanente sobre su esposa, le prohiba salir sola, vestir como ella quiera o incluso mirar a dónde prefiera. Pero el colmo es que, además, él le llame a eso «amor».
Especialistas señalan que las escasas denuncias o el retiro de estas por las mujeres que deciden acusar a su agresor, es una de las razones por las cuales todavía resulta poco visible en Cuba el fenómeno de la violencia intrafamiliar, especialmente contra la mujer. Aunque la cobertura y acceso a las autoridades policiales y de derecho son elevadas en todo el país, la delación de esos actos sigue siendo baja, advirtió en agosto pasado el boletín electrónico Saluco, que elabora el Capítulo Cubano de la Red de Género y Salud Colectiva de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES). A juicio de la doctora Ada C. Alfonso, vicecoordinadora del Capítulo Cubano de ALAMES, la escasa denuncia de los actos de violencia es uno de los factores que contribuyen a la invisibilidad del problema, aunque no es el único.
Apenas reconocido y discutido públicamente hasta hace muy poco, el tema de la violencia intrafamiliar, y especialmente contra la mujer, comenzó a investigarse en Cuba, de forma relevante, a partir de los años 90. La creación del Grupo de Trabajo Nacional para la Atención y la Prevención de la Violencia Familiar, en 1997, contribuye desde entonces a unir disciplinas y esfuerzos en la atención del fenómeno. Aunque no existen estudios representativos y estadísticas generales, investigaciones de Medicina Legal reportan una etiología homicida del sexo femenino en la cual el 45 por ciento de las mujeres murió a manos de su pareja y el 52 por ciento de los casos ocurrió en el hogar de la víctima, en la capital cubana, entre 1990 y 1995.
En general, los trabajos realizados hasta ahora reconocen la existencia de la violencia contra la mujer en todas sus manifestaciones, desde las más sutiles hasta la muerte. También identifican que ellas suelen desempeñarse como agresoras en menor medida, casi siempre como alternativa al maltrato que padecen y que reciben mayor ensañamiento de sus hombres cuando las agreden.
Las investigaciones sociológicas refieren además el aprendizaje de la violencia en ambientes familiares violentos, la no evidencia de un perfil especial que identifique a las mujeres maltratadas y la imposibilidad de la víctima de romper con el hombre agresor. De acuerdo con una sistematización de 20 trabajos realizada en 1999 por el Centro de Estudios de la Mujer, de la Federación de Mujeres Cubanas, las víctimas de la violencia intrafamiliar eran generalmente mujeres que en cifra insignificante buscaban ayuda institucional o denunciaban al esposo. Como consecuencia, en ellas se encontraban daños físicos, emocionales e intelectuales, aunque predominaba el maltrato de palabra, seguido por el de sobrecarga doméstica y en tercer lugar el maltrato físico.
Desde la mirada de las mujeres víctimas, abundan los motivos para explicar y justificar el sostenimiento de vínculos violentos o la imposibilidad inmediata de romper con ellos. «No lo denuncio porque le tengo cariño, lo quiero como a un hermano. Él ha pasado muchos trabajos en la vida», confesó una de las receptoras de maltrato conyugal entrevistadas para un estudio sociológico. Idalmis Veitía Méndez, autora de «Consideraciones sobre la violencia contra la mujer en las relaciones de pareja», incluyó en la muestra a 11 víctimas cuyas edades oscilaban entre 18 y 42 años. Veitía constató que, al referir los sentimientos que las unen al hombre golpeador, algunas informantes suelen admitir rasgos negativos como positivos y esconden, en nombre del amor, actitudes, prácticas y extorsiones que nada tienen que ver con tan noble sentimiento. «Muchas mujeres, aunque dicen desear separarse, miden considerablemente las implicaciones que esa ruptura puede provocar. Es entonces cuando se cierra un ciclo de violencia para dar paso al próximo», advierte la investigadora.
En opinión de la crítica de teatro Inés María Martiatu, otra de las integrantes del panel promovido por el proyecto de Casas de las Américas, «la violencia ha sido impuesta desde la infancia, desde una educación sentimental». Presente desde el carácter mismo de la conquista, el fenómeno también adopta formas institucionalizadas, socializables, señaló. «No es extraño que se convierta entonces en una vía para solucionar conflictos de convivencia que se pueden resolver de otra manera.»
A juicio de Lang, en la sociedad cubana también funciona «la dominación masculina, y con ella la violencia simbólica», algo que según el sociólogo francés Pierre Bourdieu se explica mediante lo que se considera «normal» y parece «natural», inevitable o incuestionable en una sociedad determinada. Para la socióloga alemana, esa violencia simbólica que no deja huellas físicas, pero produce identidades con características y limitaciones determinadas, puede explicar la creencia «de que si hoy día, con todo lo que se ha hecho, una mujer en Cuba es maltratada, es porque le gusta». Una expresión que la especialista tomó de sus entrevistados.
Proveyer lo explica a partir de los «modelos escindidos y contrapuestos con los que somos educados los hombres y las mujeres». Algo que incluso incide en que «cuando las mujeres decidimos ser transgresoras, las propias mujeres las criticamos, porque la socialización mediante la cual se reproduce la ideología patriarcal es sensitiva, inconsciente, muy sutil», comenta.
Por su parte, Lang coincide en que la violencia simbólica no opera en el campo de lo intencional, de la agresión directa, pero produce una discriminación implacable «porque no se da voluntariamente, sino en la inocencia total de lo inconsciente. Es una discriminación solapada, que solamente puede funcionar con la complicidad, también inconsciente, de aquellos que son oprimidos», señala.
Ante ese panorama, la salida no está en invertir el orden simbólico, «que las mujeres sean como hombres y los hombres como mujeres», sino más bien en «disolverlo», propone Lang. «No basta con modificar leyes y conquistar conciencias, sino que hay que desaprender poco a poco, y desde el cuerpo, los hábitos que hemos asimilado y que nos hacen funcionar como hombres viriles y como mujeres femeninas.»
En el caso de Cuba, no parece aún tan sencillo. Habría que «deconstruir esas historias de vida regidas por roles masculinos», comenta Proveyer. «En una sociedad donde se ha hecho mucho por las mujeres y donde las mujeres han hecho mucho por ellas mismas, todavía en el espacio subjetivo no ha habido una brecha para el cambio, para subvertir ese orden», asegura la especialista.
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