Borrador automático

Esta es una pregunta —también lo son las anteriores— que no podría responder del todo, pero me referiré a algunos aspectos que contribuyan a pensarla. Con ella se apunta hacia el tema de la desigualdad de género, muy trabajado en Cuba a nivel académico y menos en los espacios de decisión política. Nuevamente, comienzo por … Leer más

Esta es una pregunta —también lo son las anteriores— que no podría responder del todo, pero me referiré a algunos aspectos que contribuyan a pensarla. Con ella se apunta hacia el tema de la desigualdad de género, muy trabajado en Cuba a nivel académico y menos en los espacios de decisión política. Nuevamente, comienzo por un lugar de interés que contribuye a analizar el tema.

En lo referente al ámbito político, algunos estudios recientes hablan de una presencia significativa de mujeres. Nosotras somos 49,9 por ciento de la población, 42 por ciento de los miembros del Comité Central del Partido (Comunista de Cuba), 48,86 por ciento de la Asamblea Nacional y 44,7 por ciento del total de delegadas de las asambleas provinciales del Poder Popular. En el Buró Político, sin embargo, solo hay una mujer. Pero, cuando se indaga en los espacios locales, a través, por ejemplo, del número de mujeres delegadas municipales, este es significativamente inferior. Tendríamos que preguntarnos si ello tiene que ver con que, a nivel municipal, no funcionan las Comisiones de Candidaturas y las cuotas de promoción de la mujer en cargos políticos no es posible de establecer. Si eso fuera cierto, habría que pensar que es en los espacios locales donde se expresan los procesos más abiertos de desigualdad de género.

Pero más allá de la cifra de mujeres que integran los órganos políticos, la representación debe valorarse en términos cualitativos. ¿En qué medida las mujeres que lo integran abordan, proponen y defienden enfoques y agendas que tienen que ver, también, aunque no exclusivamente, con las relaciones —desiguales— de género en Cuba? Entonces, más que el grado de participación, tendríamos que pensar en su cualidad. La participación de las mujeres es menos importante si se trata de que ellas sean representativas; por el contrario, lo será más en las medida que funjan como representantes, con agendas propias y a veces convergentes con las de otros grupos sociales.

Otro asunto es que las organizaciones “de mujeres”, como la Federación de Mujeres Cubanas, se encuentran altamente formalizadas y desactualizadas de los debates globales sobre las relaciones de género; lo cual no contribuye, precisamente, al liderazgo femenino ni a nivel comunitario ni en otros niveles. Y algo similar ocurre con la estandarización del tema de género en el trabajo de las ONGs. La idea de la “transversalidad de género”, a veces, se convierte en un slogan mal tratado, que se coloca en los proyectos para asegurar financiamiento.

Ese ha sido un problema de muchos países, sobre todo durante y después del neoliberalismo, pero en distintas geografías de América Latina y del mundo se han dado pasos de importancia y las desigualdades de género —estrechamente relacionadas a las raciales o las de clase social— hoy ocupan un lugar notable en la deliberación pública. Por esos caminos se ha advertido que tal participación no es “un asunto de las mujeres” ni de “identidad de género”; por el contrario, tiene que ver con profundas desigualdades tanto materiales como simbólicas en las que se asientan procesos sumamente excluyentes que tendríamos que revisar también en Cuba.

Por último debería mencionar que la participación de las mujeres, también en las comunidades, pasa hoy por un tema vital del que se habla muy poco aún en el país: la naturalización y la falta de protección y de garantías sociales a los trabajos del cuidado que, en su mayoría, realizamos nosotras. Este es un asunto de la mayor importancia política, y tiene que ver con el reconocimiento de que el trabajo productivo y el reproductivo van de la mano, y que la garantía de la «producción» —tan en boga en el discurso político cubano— solo es posible por la existencia de actividades reproductivas no remuneradas, que realizan en su mayoría las mujeres.

En otros países, como Bolivia, el trabajo del cuidado entra en las cuentas nacionales; un tema central para debatir sobre los liderazgos de las mujeres en las comunidades y en todos los niveles de organización social. En una investigación reciente sobre culturas políticas que realizáramos en el Instituto Cubano de Investigación Cultural “Juan Marinello”, se entrevistó a una mujer cuentapropista sobre temas de la vida política, y en su respuesta decía:“Yo no podría serlo [ser política]porque no estoy a la altura, soy ama de casa, tengo dos niños… no podría serlo”. Frente a este testimonio, no hace falta decir más sobre el camino en el que hay que trabajar.