Cundo Bermúdez, con un poco de rabia y muchísima nostalgia
Un aura de largo silencio.
Hace cien años nació en Cuba un pintor que sería considerado una de las figuras notables de la segunda promoción de nuestra vanguardia pictórica, junto a Portocarrero, Mariano y Carreño. En los últimos años de su larga existencia pudo llegar a insertarse, con no poca fortuna, en el mercado internacional del arte: uno de sus cuadros llegó a valorarse en Sotheby’s en medio millón de dólares…aunque ya no le pertenecía, pues lo había vendido en Cuba, varias décadas antes, por apenas 200 pesos. Sin embargo, el nombre de este creador tiene que ser buscado con lupa en las historias del arte cubano. Mucho antes de su salida de la isla en 1967 había ya una conspiración de silencio contra él. Algunos medios insulares le dedicaron notas necrológicas cuando falleció en octubre de 2008. Solo entonces comenzó un lento deshielo que este centenario debería rematar.
Segundo Bermúdez había visto la luz en La Habana, el 3 de septiembre de 1914. Aunque estudió en la Academia San Alejandro, su educación plástica había comenzado mucho antes, de forma autodidacta. Era una especie de pasión incontrolable desde la infancia, como declaró en una entrevista que le hiciera el escritor José Lorenzo Fuentes:
[…]alrededor de los cinco años yo empecé a pintar en unos papeles blancos que los chinos utilizaban en las lavanderías para envolver la ropa cuando la devolvían a sus clientes. Recuerdo que yo no pintaba sentado a una mesa sino en el suelo, en contacto directo con los mosaicos del piso. Las formas bellísimas de los mosaicos de los pisos cubanos quedaron grabados desde entonces en mi interior, en mi subconsciente, y más tarde, cuando ya era adulto, comenzaron a aflorar en mi pintura. Para mí, aquellos mosaicos eran un tesoro. Cuando encontraba abandonado en algún lugar un fragmento de mosaico lo recogía, lo limpiaba y lo guardaba. Así que no es ilógico ni casual que las formas que me entregaron esos mosaicos, que tanto amé siendo niño, se convirtieran en elementos que fui incorporando a mi obra.
A fines de los años 30 ya participa el novel artista en salones con piezas que firma con el nombre artístico que lo hará conocido: Cundo. Como otros de sus contemporáneos, recibe la decisiva influencia de Picasso. En su caso, es la vertiente cubista del creador la que alimenta sus figuras bidimensionales y algo hieráticas. Su experiencia del viaje a México en 1938 para aprender del muralismo le aporta técnica y fervor, pero no se convertirá en émulo de Rivera o Siqueiros. Su pintura se hacía más auténtica en las dimensiones reducidas del caballete que en los vastos espacios públicos, aunque a lo largo de su existencia realizara varios murales.
Alguna vez el artista contó que aunque provenía de una familia de ciertas posibilidades económicas –como las de Carlos Enríquez y Amelia Peláez– el intentar vivir de la pintura fue para él fuente de penurias. A pesar de que, ya en 1941, expone en la galería del Lyceum y logra vender su primer cuadro, Dos niños, la bonanza no llegó tan fácilmente y alguna vez, junto a otros colegas, colgó sus obras de los árboles del Parque Albear, para tratar de seducir a eventuales paseantes con el audaz gesto.
Sin embargo, Bermúdez logró el éxito con cierta rapidez. Su obra de los años 40 cosecha elogios. En 1943, con motivo de la Exposición de Pintura y Escultura Moderna Cubana, organizada por José Gómez Sicre en la Institución Hispano Cubana de Cultura, David Alfaro Siqueiros escribe:
Cundo Bermúdez representa audacia en las artes plásticas. Él sabe cómo construir de una manera sincronizada. Con tonos y primeros planos situados en profundidad pictórica, en contraposición, él construye y organiza, a veces de manera casi milagrosa. Yo creo que este artista ha tenido gran importancia en la gama cromática de la pintura moderna cubana.
Por su parte, el crítico Guy Pérez Cisneros asegura en “Pintura y escultura en 1943”:
Cundo ha llevado a lo agresivo las conquistas formales y de color de la nueva generación. Sin embargo, su estridencia agria y ácida es simpática. Como en friso medieval o indígena mexicano, sus personajes, individuos de una sola raza y de una sola forma, van recorriendo en su obra una robusta farándula, rica en simetrías, en paralelismos, en secretas rimas plásticas.
La pujanza agresiva, por otra parte, deja siempre translucir una sonrisa sencilla e ingenua: deja siempre escapar un aliento de juventud de buena ley. Cundo está aquí representado por su Barbería y sus Músicos.
Al año siguiente participa en la Exposición de Pintura Cubana en el Museo de Arte Moderno de New York. Dos de sus piezas, La barbería y El balcón, entraron en la colección permanente del MOMA. Edwin Alden, de The New York Times, escribió sobre la segunda de ellas: «Este cuadro demuestra que el color, impulsado hasta un tono abrasador, puede, cuando se controla bien, lograr resultados importantes».
Su pintura, por alguna razón misteriosa, lograba una comunicación muy inmediata y especial con el público. Quizá porque aunque su composición era rigurosa, el hábil empleo del color y el no sacrificar jamás la figuración, asociada casi siempre a un referente de la realidad cotidiana o de la mitología popular urbana, le hacían más familiar para los potenciales coleccionistas que otros artistas con propuestas intelectualizadas.
Aunque tuvo amigos en los círculos del arte y la crítica, fue una figura muy independiente. Colaboró más de una vez en las cubiertas e ilustraciones interiores de la revista Orígenes, pero nunca fue un “origenista” al modo de Amelia, Portocarrero o Mariano. Quizá el maestro Lezama no halló asideros en su obra para sus fabuladores ensayos sobre pintura.
En los años 50 del pasado siglo, ya el artista es un consagrado. Expone sucesivamente en San Francisco, Ciudad México, Buenos Aires, Estocolmo y Munich. El Museo de Arte Moderno de París acoge sus cuadros en 1951. Asiste en 1952 a la XXVI Bienal de Venecia junto a sus amigos y compatriotas Mario Carreño, Víctor Manuel, Luis Martínez Pedro, José Mijares, Felipe Orlando, Amelia Peláez, René Portocarrero y otros. Participa también en la de Sao Paulo en 1956 y, poco después, recibe un premio en la Exposición Internacional de Arte del Caribe.
Por esos años no puede sustraerse a una influencia tangencial del abstraccionismo, pero jamás sacrifica totalmente la figuración. La sensualidad de las formas, la cualidad musical del color siguen al servicio de un tema, siempre elevado a la categoría del mito: así lo demuestra su serie dedicada a los músicos populares que desemboca en una obra arquetípica: Trío, de 1960.
Bermúdez no era un hombre al margen de la historia. Fue uno de los artistas que se negó a participar en la Bienal Hispanoamericana coordinada por emisarios diplomáticos de Franco y funcionarios de Batista en 1954. Más aún, adverso al gobierno de facto de tal presidente, colaboró con la labor conspirativa citadina, junto a su amigo Sergio González, “El Curita”.
El triunfo revolucionario lo sorprendió en pleno apogeo de su obra. Sin embargo, aunque tenía amistad con connotados intelectuales comunistas, como Pablo Neruda, a quien había conocido a través de Mario Carreño, no logró una plena inserción en la nueva política cultural, a diferencia de sus coetáneos Portocarrero o Mariano. Incomprensiones, desencuentros con funcionarios, instantes dolorosos que se reforzaron por conductas absurdas: más de una vez se enteró de que cuando algún galerista o crítico extranjero preguntaba por él en las instituciones oficiales le decían que él vivía muy lejos, o que no tenían su dirección o que no quería recibir a nadie.
Una de las pocas figuras intelectuales que no contribuye a su aislamiento es la Dra. Graziella Pogolotti, quien en su conferencia “El expresionismo en la pintura cubana”, pronunciada en la Biblioteca Nacional “José Martí” el 13 de mayo de 1965, hace una apreciable valoración de su obra:
[…] Cundo Bermúdez en su fidelidad a un mismo modo expresivo es pintor característico de un momento, de ese que puede situarse un poco antes y después de 1940. Búsqueda de lo cubano, unida a una actitud entre irónica y bonachona, en que la tragedia se deja a un lado y la realidad inmediata se proyecta hacia un pasado que está dejando de existir. Así La Habana, en el momento de empezar a devenir gran ciudad, es vista entonces como suma de barrios, en los que se conserva un marcado carácter provinciano. Tal es el caso de La barbería, no solamente en lo que se refiere al tema, que no rehúye un carácter costumbrista, sino en los elementos seleccionados y en la forma en que están dispuestos en la tela. Siempre fiel a cierto voluntario puerilismo y a una temática muy cubana, la composición de Cundo Bermúdez evolucionará hacia un progresivo esquematismo, sin perder en su concepción los rasgos típicos de este primera época.
Su exilio no comenzó con la salida del país en 1967, sino mucho antes. Era un exilio interior, una soledad forzada. De esta actitud da muestra su serie Gusanitas, basada, según él, en esas mujeres cuyas familias habían salido de Cuba y ellas quedaban encerradas en sus mansiones como guardianas de sus tesoros y memorias de otro tiempo. Un buen ejemplo es Mujer en interior habanero. La pieza demuestra un vuelco hacia la interioridad, aunque hay abierto un balcón hacia la luz y el mar, pero se establece un contrapunteo entre el adentro protector, maternal, donde se conserva todo lo valioso y el exterior abierto, pero inseguro y peligroso.
Es llamativo que apenas sale al extranjero –primero a Washington y después a Puerto Rico, para, por fin, establecerse en Miami- Bermúdez, que no era hombre religioso, pinta una Virgen de la Caridad en 1968, que, a pesar de su ornamentada belleza, tiene mucho de exvoto. Él se siente uno de los atribulados Juanes, a sus pies, implorando desde la barca. Su empeño es no perder a Cuba y acude para ello a la búsqueda de viejas memorias y tradiciones, como ocurre con el gouache La Macorina, un homenaje al mito femenino de inicios del siglo XX. Tanto el gusto por lo ornamental como el predominio y fuerza del color apoyan la atmósfera novelesca de esta pintura en la que siempre parece subyacer una historia.
Es un arte que no excluye el humor, sino que se vale de él como elemento distintivo del ser cubano. Su ironía, no por discreta es menos punzante, como se aprecia en Club de señoritas, óleo sobre lienzo de 1995, donde hay cinco figuras femeninas –dos blancas y tres negras- con cabezas rematadas por llamativos tocados, que funcionan como guardianas de un orden tradicional, de un ritual que la pareja de enamorados del centro, descubierta, debe respetar y cumplir. En el lienzo parece hacerse una mueca al estilo ancien regime de ciertas asociaciones de cubanos emigrados, de sabor anacrónico y levemente ridículas. Pero el color quita todo dramatismo al asunto, lo convierte en una especie de ilustración de un cuento desconocido, o en un amable divertimento.
También es significativo su Punto de luz, óleo sobre papel del año 2000, una especie de retrato imaginario, en el que se contrapone la frialdad del azul que cubre y rodea al cuerpo de la figura y el amarillo oro cálido que baña al rostro con un “punto de luz” , reforzado por un marco en naranja. Esta diferencia de temperaturas genera una tensión, un centrarse en esa especie de nimbo sagrado que la luz coloca en lo humano.
Bermúdez concibió su lejanía geográfica como un ansia desesperada de autoafirmación. También él, como las mujeres que descubrió en La Habana, quiso preservar un bagaje, una historia y hasta un modo de hacer.“Miraba a la otra orilla y pensaba en la unión con la tierra que lo vio nacer» ha dicho el coleccionista Martínez Cañas. Para él la anécdota era imprescindible porque quería hablar de un país, de una sociedad, de un modo de pensar y sentir, de ahí la dolorosa coherencia de su obra, que funciona en el “allá” como una prolongación fidelísima de lo que hacía acá. A pesar de su éxito internacional, su obra siguió siendo arte local de gran factura y poesía de la mejor.
Nunca faltaron encargos a Cundo en su tierra adoptiva. Realizó murales en San Juan, así como en la sede de la OEA en Washington y en edificios de Miami como el Bacardí y el Centro de las Artes Escénicas. Pero se dolía de que el mural que había fijado en 1958 en el Habana Hilton hubiera sido arrancado de su sitio, sus obras no se exhibían, no aparecía en los textos de arte oficiales y algunos de sus antiguos amigos no hablaban de él en voz alta.
En los últimos años la actitud de la cultura oficial cubana iba modificándose. En el nuevo montaje de las salas de Arte Cubano del Museo Nacional había obras suyas. Una de sus piezas se incluyó en 2008 en la muestra “Cuba y el mar”. Apenas se conoció en la isla la noticia de su muerte, el semanario digital La Jiribilla, del Ministerio de Cultura, le dedicó un pequeño dossier. Una rectificación tardía, pero aleccionadora.
Cundo se murió con un poco de rabia y muchísimo de nostalgia dentro. Ni la música de cámara que escuchaba ni sus heterogéneas lecturas lo consolaban totalmente. El mismo se veía en sueños como lo recordaba José Lorenzo Fuentes: “atravesaba la calle Galiano o ingresaba al Paseo del Prado envuelto en un aura de indispensable silencio”. Este Centenario debería traérnoslo de vuelta. (2014)
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