La esquiva labor de la institución Arte

A propósito de una exposición de Ventura González.

Me es difícil entender cómo funciona el universo de los artes visuales en Cuba, el sistema donde se colocan (o descolocan) las galerías, los curadores, los críticos, los promotores, la academia, el mercado y los artistas, porque no encuentro coherencia, conexión orgánica en él.

Aunque esa sensación no es nueva, se me reactivó ahora al asistir a una muestra del pintor Ventura González Padrosa, un creador incesante cuya obra, de altas calidades, lleva mucho tiempo en espera de ser “descubierta” y colocada en sitios de mayor visibilidad y legitimación institucional.

Pero cómo se llega a esos espacios es una gran incógnita porque no se establecen jerarquías de acuerdo con el crecimiento profesional de un autor. Si así fuera, el artista referido contara, hace tiempo, con el reconocimiento que merece sobradamente.

Ventura González (Báguanos, 1952) ha transitado por todas las enseñanzas de las artes visuales, incluyendo el diseño, hasta licenciarse en Historia del Arte. A ese currículum académico lo acompañan más de treinta exposiciones personales en las que solo se recoge una ínfima porción de su frondosa obra. En su casa, en innumerables recipientes, reposan dibujos y pinturas para ocupar varios salones. Pero, ¿quién lo sabe, qué curador del jet set visita las galerías municipales?

“La Moderna” es una modesta galería de Centro Habana, situada en la calle Reina, entre Ángeles y Águila. Allí expuso Ventura la muestra “Piscimanía”, conformada por 27 dibujos donde instala una de sus obsesiones temáticas, los peces, nadando por mar, tierra y aire.

Aunque la naturaleza domina su obra plástica, no es Ventura exactamente un paisajista. El paisaje, la naturaleza, son elementos que se integran en su expresión, como también el hombre y la mujer, nunca extraños, nunca discordantes, sino perfectamente orgánicos en la composición porque su clave es la armonía.

Al repasar los nombres de sus últimas exposiciones, encontramos similares designios: “El árbol de la vida”, “Con olor a primavera”, “Huella verde”, “Guardianes del agua”. Este último título es común a un folleto de 2004,  editado por Gustavo Masciocchi, que recoge catorce plumillas de Ventura y poemas de siete autores. Allí el pintor señala: “Mi obra se inserta en el trópico como concepto de la naturaleza orgánica; parto de esto para fabular y articular un lenguaje plástico en torno a una función insular personal…”

Una obra de arte centrada en la armonía, cuyo discurso visual emana de una relación entrañable hacia el entorno, distiende los conflictos y penetra cual mantra benéfico en la conciencia del organismo urbano, saturado de ruido y hostilidad. Muchos Venturas hacen falta para curar las ciudades. Sin embargo, como un enorme iceberg, la mayor parte de su obra permanece sumergida, esperando para salir a la superficie y mostrar su efecto sanador.

Como una prueba del concierto que establece el artista en sus composiciones, donde también integra el texto que nomina las piezas, ofrecemos los títulos de “Piscimanía”, colocados por el propio creador como una suerte de poema en el catálogo de la exposición:

Un pez recorre el universo/ Puede ser libre, feliz/ Ante lo inconmensurable de la noche/ Y triste ante el imprevisto/ Golpe de las sombras/ Pero curarse con la mirada del hermano/ Brillar con sus escamas/ En luna llena/ Y buscar al espantapájaros nocturno/ En signo de amistad/ Nos trae el misterio de la Atlántida/ Y los poderosos tsunamis/ Que acechan/ desde las profundidades abisales/ Aún buscar el sol/ Y regocijarse/ Con las botellas que flotan en el mar/ Que anuncian/ El regreso y la esperanza.

Y como la esperanza es lo último que se pierde, los peces de Ventura siguen nadando en su paleta, lejos del esquivo designio de los curadores, el mercado, los promotores, la crítica, oscuras entidades ajenas a las botellas que flotan en el mar. (2014)
  

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