La literatura universal y los lectores cubanos

Los cambios de esa historia.

La tecnología en la informática y las comunicaciones ha revolucionado, transformado, todos los procesos de la industria cultural. En la actualidad el libro electrónico resulta una alternativa ante las dificultades para poder leerlo en formato impreso.

Foto: Tomada de https://computerhoy.com

La reciente noticia del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura 2020 a la escritora Louise Glück fue una sorpresa en la Ciudad Letrada y en los medios de difusión, porque la poeta estadounidense no estaba ni remotamente en las predicciones, aunque ya sabemos que la Academia sueca, en este premio en particular, casi siempre sorprende a todos.

Pero esta crónica no abordará el desconcierto de los medios, ni la justeza o no del premio, ni la lista de candidatos que año tras año crean los expertos, ni tampoco la obra de Louise Glück, sino el hecho de que la autora premiada se integra ahora a una gigantesca relación de nombres de escritores pendientes de conocer los lectores cubanos. Es de esto último de lo que queremos hablar.

La deuda impagable

No sé si otros lo hacen, pero cuando yo terminé mis estudios, en los setenta, en la entonces llamada Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana, elaboré una lista de obras cuya lectura debía acometer de inmediato. Ya para entonces tenía una deuda grande, por dos motivos esenciales: haber cursado la carrera trabajando, lo cual me dejaba muy poco tiempo de lectura extracurricular, y las limitaciones del programa académico, que excluía a escritores imprescindibles[1] para alguien que se iba a dedicar a la literatura como profesión.

Con el tiempo, aprendí que leer toda la obra de los clásicos de la literatura y estar al día con lo más sobresaliente de los contemporáneos es una tarea imposible y no debe ser una obligación ni una tarea, que hay maestros cuya lectura se nos hace cuesta arriba, y hay otros que nos seducen hasta el punto de la adicción, como ha sido mi caso con Borges, Vargas Llosa, Kundera, Bolaño, y que no hay que sentir ningún complejo por no haber leído El hombre sin atributos o Ulises.

Pero en los años de juventud no lo entendía así, de manera que mientras saldaba una parte de mi deuda en las bibliotecas, crecía otra. Y como tantos lectores cubanos, compraba libros en cantidades generosas, porque eran muy baratos. Sin embargo, en las librerías –también en las bibliotecas– faltaban muchos autores importantes, una buena parte de los cuales ignoraba hasta su existencia.

La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, un clásico de la literatura hispanoamericana.

El cambio de época

Hasta la década de 1990, los catálogos de las editoriales cubanas estaban rebosantes de títulos de autores cubanos y –en menor medida– extranjeros; en las librerías de la isla abundaban los libros, en papel bond, semibond, o gaceta, con calidades diversas en edición y diseño, y los precios no molestaban al bolsillo; aunque los lectores más exigentes e informados echaban en falta a numerosos escritores contemporáneos.

Pero la crisis económica que se asentó con el período especial –y su secuela– comenzó a cambiar el panorama. En algún momento, el habitual comprador de libros se vio, quizás por primera vez, preguntándose si obtener un ejemplar que le parecía prometedor, o reservar el dinero para comprar una pizza.

Con el paso del tiempo, como la respuesta es –para casi todo el mundo– la segunda opción, las bibliotecas personales experimentaron un crecimiento más lento, o imperceptible, o un decrecimiento, porque muchas ediciones príncipe y ejemplares valiosos fueron a parar a las librerías de uso. Con ese movimiento, salieron a la venta obras largamente esperadas por no pocos lectores, aunque para comprarlas debían abonar un precio muy superior al de una pizza.

La reducción en la producción del libro cubano y su causa –la crisis económica– afectaron aún más la edición de títulos de escritores extranjeros. Impedidas de pagar en divisas los contratos a esos autores, las editoriales de la isla tienen un margen de maniobra muy pequeño para publicar obras cuyos derechos aún estén vigentes. La paradoja es que el mercado del libro en Cuba es, potencialmente, muy atractivo, por la –en teoría– gran masa de lectores existente; pero la capacidad de compra de esos lectores es muy baja. Entre una factura de comida y un libro no hay alternativa posible. Ese dilema impide, por ejemplo, que la circulación de los libros del escritor cubano vivo más leído en el mundo, deba esperar por la muy limitada –y tardía– edición cubana.[2]


1Q84, del escritor japonés Haruki Murakami, incluido desde hace varios años en las predicciones para el Premio Nobel de Literatura.

Otra vuelta de tuerca

Si para leer La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, La casa verde, o La tía Julia y el escribidor, yo –como tantos– tuve que esperar bastante, hasta que algún amigo me prestara una de esas novelas de Vargas Llosa, en las dos últimas décadas los tiempos se han reducido. La tecnología lo ha posibilitado.

Por eso, cuando la editorial Arte y Literatura –en fecha no tan lejana– publicó esa novela de obligada lectura que es 1984, de George Orwell, ya había leído, mucho tiempo atrás, una copia en PDF, y unos pocos años después de salir al mercado 2666, devoré como un poseso, en la pantalla de la computadora, esa obra monumental, inquietante, de Roberto Bolaño.

Como sabemos, la tecnología en la informática y las comunicaciones ha revolucionado, transformado, todos los procesos de la industria cultural en el mundo actual. Así como las redes sociales han cambiado las narrativas y los tiempos del periodismo, una enormidad de libros están ahora a la venta en las múltiples plataformas de un mercado en línea que nos desborda. Y aunque el libro en soporte de papel sigue siendo el protagonista, el libro electrónico no es un oscuro personaje secundario, pues resulta una alternativa para quienes no podemos obtener la edición en papel.

Cuando cinco años atrás, un amigo me regaló un dispositivo para leer libros en formato EPUB, me inicié en la cautivante aventura del libro electrónico. Gracias a eso pude leer la obra del escritor japonés Haruki Murakami, incluido desde hace varios años en las predicciones para el Premio Nobel de Literatura, de manera que Kafka en la orilla o 1Q84, dos de sus novelas más célebres, no estarán en mi lista de deudas si los suecos, finalmente, le otorgan el lauro.

Pero no es necesario tener una tableta lectora de libros electrónicos para acceder a los títulos que se ofrecen en las plataformas. Así como los cubanos, en la isla, no tenermos que tener cable, o internet de alta velocidad, o una cuenta en Netflix para ver películas de estreno reciente, porque el paquete nos brinda ese “adelanto”, también nos agenciamos de recursos para obtener los PDFs de los últimos libros en el mercado.

Leer literatura extranjera contemporánea sigue siendo muy difícil en Cuba, pero la tecnología ahora nos permite un atajo que no teníamos antes, y aunque a mi generación le llegó todo muy tarde, eso no debe impedirnos aprovecharlo, mientras podamos. (2020)

Notas:

[1] Me refiero, sobre todo, a escritores latinoamericanos, como Mario Vargas Llosa o Jorge Luis Borges.

[2] Por supuesto que nos estamos refiriendo a Leonardo Padura, cuyos lectores en la isla, aún esperan por la aparición de la edición cubana de su penúltima novela, La transparencia del tiempo. Anotemos que los libros de Padura, casi siempre, se agotan en las presentaciones. No llegan a las librerías.

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