Los paraísos perdidos del cine o una época que desaparece
Crónica de una muerte decretada.
Por primera vez en 35 años no asistí ni una sola vez al Festival de Cine Latinoamericano de La Habana. Y no lo lamento. Fue una liberación. Me libré de invertir tiempo y esfuerzo de espera y traslado por guaguas atestadas, gastar dinero en taxis que desbordan mi presupuesto y hacer colas por filmes que tal vez me decepcionaran.
Toda esa “ganancia” me la proporcionaron los organizadores del festival y el gobierno de la ciudad. Los primeros, porque han limitado la programación a unos pocos cines en el Vedado, y los segundos, porque les brindaron esa posibilidad al dejar morir una de las mayores riquezas culturales de la capital, las salas de cine.
Este año tacharon del circuito al Payret y al Alameda que habían sobrevivido a las talas anteriores. No importó la cantidad de cinéfilos que mueve el emblemático teatro de Prado ni la numerosa población de Diez de Octubre, donde solo queda la sala de Santa Catalina. ¿Sistema de audio deficiente?, ¿tecnología obsoleta? Quizás esto fuera el aviso de un destino incierto para ambos cines que acaso ya estén en la lista de los condenados. Una lista larga y dolorosa.
Porque doloroso es contemplar los cadáveres de cines que se han ido amontonando en todos los municipios de la urbe, una buena parte de ellos desconocidos por los nacidos en las tres últimas décadas: Capri, Campoamor, Capitolio, Verdún, Negrete, Apolo, San Francisco, Majestic, Ideal, Rialto, Martha, Irene, Gran Cinema, Mónaco, Continental…, son nombres que ingresaron al olvido. Su pérdida en masa nos hizo una herida en los recuerdos, en el lugar donde se archiva la nostalgia.
Cómo duele ver las ruinas del Rex-Duplex en el “bulevar” de San Rafael, el espacio cinematográfico con más glamour en los años 1950, donde se implantó un récord de asistencia en la década siguiente, cuando durante meses se proyectó la cinta musical checoeslovaca Vals para un millón y la gente acudía feliz para apreciar un filme que las hiciera desconectarse de la avalancha de películas rusas de guerra que les cayó encima.
- tiempo más tarde, otro filme, La vida sigue igual, también llevó multitudes a varios cines. La causa de su éxito fue similar: el deseo de los espectadores de sumirse en una historia entretenida, adornada con música, para tirar un cable a tierra.
Más de cuarenta años después, la gente sigue necesitando acudir al cine, pero estos ya casi no existen. Quedan muy pocos sobrevivientes. Sin apenas darnos cuenta, así como vamos perdiendo el cabello, nos quedamos sin cines en los barrios: sus espacios, o desaparecieron, o son utilizados para otros fines. ¿Será que alguien, con poder, decidió que los cines no eran importantes y que con unas cuantas salitas en el Vedado ya bastaba?
Desde que este arte se asentó en el gusto popular, en el pasado siglo, las salas de cine han sido uno de los mayores espacios de socialización existentes y lo siguen siendo, pero su paulatina desaparición deja huérfanos de su consumo a una cantidad considerable de espectadores.
Para los residentes en zonas distantes de las pocas salas sobrevivientes, disfrutar del cine en la pantalla ancha ha ingresado en la relación de cosas difíciles. Y esa orfandad, apuntada antes, de la misma manera que no significa lo mismo para todo el mundo, no se presenta igual para todos.
Los cinéfilos que transitan por la tercera edad y ahora se ven privados de asistir al cine no están en situación similar a las personas jóvenes, quienes pertenecen a una época de cambios en el consumo de productos audiovisuales.
Las nuevas tecnologías han ido cambiando los patrones en el consumo del audiovisual y, aunque en la isla todo pasa por las limitaciones, un creciente mercado underground de productos audiovisuales se mueve indetenible por la ciudad, portando series, telenovelas, música, juegos, revistas, deportes… películas, en copias bajadas de internet de calidades diversas, pero películas al fin y al cabo, incluyendo los estrenos recientes. Ese mercado pirata –los llamados paquetes– está llenando, entre otras cosas, el vacío que deja la ausencia de salas cinematográficas.
Pero la magia de la proyección en la sala oscura no la sustituye un reproductor de DVD; la película puede ser la misma, en cambio, los estados de ánimo son distintos porque se conectan con la energía que circula durante la función. Un filme de terror, a sala llena, es una inyección de adrenalina impensable en la quietud del hogar.
La mala noticia es que los cines sobrevivientes tienen los días contados si el estado no realiza una fuerte inversión en los mismos que renueve su tecnología, butacas, la instalación en general. Como están las cosas, para el próximo festival pueden ser menos las salas hábiles.
La gestión privada ya demostró –durante el breve tiempo que duró el experimento de la salas en 3D– que puede significar una opción para el disfrute cinematográfico. Aunque solo fue el sueño de una noche de verano, pudiera volver si el estado lo permite. Lo mejor sería que ambas opciones estuvieran abiertas: un circuito de salas estatales con tecnología adecuada, confortable, y precios módicos,y las salitas particulares en los barrios, en los sitios que difícilmente recuperará el Estado. La población lo merece. El cine no es cualquier cosa. (2013)
2 comentarios
Ciro
Puede tener en parte razón el articulista, y solo en parte. El fenómeno de la eliminación de las grandes salas de cine es mundial, la variante, desde hace rato, es la de salas como la del Multicine Infanta. Por otra parte, el hecho de agrupar para el Festival de Cine las salas del proyecto 23 es viable y factible para los cinéfilos, que pueden moverse más fácilmente entre los cines, incluidos los rpóximos a la 3ra edad, como yo (y que conste que vivo en 10 de Octubre). También es cierto que, fuera del Festival de Cine u otra ocasión en el año, como la del Festival de Cine Francés, el resto del año la maypría de las salas permanecen vacías, lo que a los precios subvencionados del Estado cubano, hacen inviable el cine como negocio, y solo una política cultural como la nuestra hace posible que podamos seguir disfrutando de los estrenos mundiales, más o menos, con bastante inmediatez. Es cierto que las salas actuales necesitan reparaciones a ojos luces y modernización de sus equipos, desde los de proyección, hasta los de aire acondicionado. Pero también es cierto que el país no tiene liquidez para enfrentar incluso, otras prioridades y urgencias, como por ejemplo, la vivienda. Así que solo en parte le concedo la razón.
Ricardo Viñalet
Estimados colegas:
He leído el último artículo de mi amigo Michelena, y quiero contactarlo pero he perdido (no yo, en rigor, sino mi computadora) su dirección electrónica. Quiero intercambiar con él a propósito de los cines de La Habana. ¿Serían tan amables de facilitarme su email o decirle que comunique conmigo?
Si mi estimada Elsa Methol sigue con ustedes, le mando un abrazo.
Feliz año 2014.
Ricardo Viñalet