Otra vez Manzano
Un hombre y su tiempo.
El poeta fue un producto de las estruendosas dicotomías de la época
Una figura extraña y contradictoria de nuestras letras festeja este año los 215 de su natalicio: Juan Francisco Manzano (1797-1854). Quizá el ambiente de revisión y polémica que anima los recientes debates sobre la racialidad en la historia nacional, ayude a evaluar los méritos de este poeta, nacido esclavo, y cuya vida se desarrolló en los años más cruentos del “sistema de plantaciones” que enriquecía a la burguesía azucarera del occidente cubano.
Hijo de la esclava predilecta de la Marquesa de Jústiz de Santa Ana y de un mulato de la propia casa, que se destacaba en las ejecuciones al arpa, Manzano, como otros esclavos domésticos de la época, gozó de los privilegios de un ama benevolente, quien lo empleó como paje, para acompañarla lo mismo a ciertas visitas que al teatro o a la iglesia. También lo enviaron a una escuela donde aprendió las primeras letras y mostró una facilidad prodigiosa para aprender lo mismo breves piezas teatrales que los sermones de Fray Luis de Granada.
Sin embargo, su tragedia personal comenzaría a los once años, cuando falleció su benefactora. Poco después pasó al poder de la Marquesa de Prado Ameno, quien le mostró el reverso de aquella sociedad hasta entonces idílica para él: le prohibió leer y escribir, lo hizo azotar con frecuencia y lo encerraba por más de un día en una especie de carbonera sin ventilación.
En su “Autobiografía” encontramos uno de los pasajes más desgarradores de la literatura testimonial cubana del siglo XIX: aquel en que siguiendo a su dueña por el jardín, mientras ella recogía flores, extasiado, el adolescente de trece años, toma “una ojita” de geranio y la deshace entre sus dedos, para comprobar que de ello “resultaba mallor fragancia”. Descubierto, fue puesto en el cepo, en el mismo lugar donde se depositaba a los esclavos fallecidos, por lo que su febril imaginación le hizo pasar la noche rodeado de fantasmas hasta que al amanecer fue sacado de allí, para ser azotado con cujes hasta el desmayo.
A pesar de que la madre de Juan Francisco había entregado todos sus ahorros al ama para liberar al hijo, la señora se apropió de los fondos y se negó a darle la manumisión al muchacho. Lo más que pudo lograrse fue que en 1818 se le permitiera ir a la Habana con Don Nicolás de Cárdenas y Manzano quien lo hizo estudiar.
Bajo el patrocinio de este, aprendió a escribir y fue redactando versos, imitados de uno de los más populares poetas españoles del momento, Juan Bautista Arriaza y Supervilla. En 1821, bajo garantía de su protector, porque los esclavos no podían acceder a la imprenta, publicó sus Cantos a Lesbia. Pero muy pronto, ofendida la Marquesa porque un negro escribiera versos, se lo lleva de vuelta al ingenio, lo hace vestir de cañamazo y trabajar descalzo en la plantación, para que supiera cuál era su sitio.
Tiempo después logró regresar a La Habana, donde va a tomar contacto con el círculo de Domingo del Monte. El esclavo, que ha publicado nuevos versos en La Moda y en El Pasatiempo de Matanzas, no tarda en ser invitado a algunas de las famosas tertulias del célebre intelectual, en una de ellas, hacia 1836, leyó Manzano su soneto “Mis treinta años”. Este texto, marcado por la lectura de los poetas españoles del Siglo de Oro y por los más cercanos vates neoclásicos, es, sin embargo, expresión sincera de los sufrimientos del esclavo, obligado a expresarse con la lengua y convenciones de los amos:
Treinta años ha que conocí la tierra;
treinta años ha que en gemidor estado
triste infortunio por doquier me asalta;
mas nada es para mí la cruda guerra
que en vano suspirar he soportado
si la comparo ¡oh Dios! con la que falta.
Fue tal la emoción que en aquellos salones causó el poema, que Del Monte y Valdés Machuca iniciaron una suscripción de quinientos pesos, para liberarlo, lo que pudieron lograr, con mucha dificultad, al año siguiente.
Manzano se estableció en Matanzas y ganó cierta estima con el oficio de dulcero. Las revistas acogieron algunos de sus versos más notables y en 1842 se atrevió a publicar nada menos que una tragedia en cinco actos Zafira, ubicada en Mauritania en el siglo XVI. La obra, de lenguaje recargado y llena de torpezas dramáticas, es un alegato contra la esclavitud, bajo la capa de los sufrimientos de los árabes a manos de los turcos invasores. El parlamento de Selim, en la quinta escena del primer acto, constituye en realidad una confesión del escritor:
Sí: despatriado, insólito, gimiente
La juventud y el mundo me enseñaron
El hombre a conocer, a un hombre digo,
Que con mano de acero, mis tiranos
Tormentos aglomera; y otros muchos
Que a la vida vinieron para escarnio
Del tiempo y la fortuna, en su indigencia,
De mi vagante vida son retratos.
No obstante, lo que daría celebridad, para su mal, al autor, sería la “Autobiografía” que Del Monte le incitó a escribir en 1839, para incluirla en el álbum que preparaba para el delegado inglés Richard Madden, con vistas a la campaña contra la trata negrera, en la que este andaba empeñado con el apoyo de algunos intelectuales y miembros de la oligarquía criolla, admiradores del modelo capitalista británico.
El texto, lleno de errores ortográficos y gramaticales, es una exposición detallada de su vida y sufrimientos y por su naturaleza, está libre de la retórica que contamina las piezas literarias del autor negro. Aún hoy su lectura es impresionante, sobre todo porque está escrita con una inocencia que es capaz de trasmitirnos ese “terror y compasión” que Aristóteles reclamaba para la tragedia y toda ella respira una rebeldía particular: la de una sensibilidad poética, un tanto débil y enfermiza, pero que no puede ser sujetada por la violencia física.
Madden tradujo al inglés e hizo imprimir en Inglaterra en 1840, la primera parte de la Autobiografía y una selección de sus versos. En ese mismo año V. Schoelcher, la vertió parcialmente al francés para incluirla en su alegato sobre la abolición. Quizá sin quererlo, el poeta se convirtió en un personaje peligroso para las autoridades coloniales.
Cuando comenzó el “proceso de La Escalera” en 1844, las autoridades militares no dejaron de implicar al dulcero intelectual, aunque este siempre estuvo convencido de que había sido Plácido quien por inquina personal lo había denunciado. Encerrado en una bartolina, llevado a Consejo de Guerra, fue absuelto por falta de verdaderos cargos contra él, a pesar de que, habitualmente tímido y apocado, se atrevió a participar en un careo público frente a Plácido para defender a Domingo del Monte y otras figuras de la burguesía ilustrada, de las acusaciones que el autor de “Xicotencal”, posiblemente instigado por los jueces, se hacía eco.
Del Monte pagó esa defensa de forma un tanto sospechosa. Un año después, en París, escribió una página en el álbum de Nicolás Azcárate, ciertamente seguro de su rápida difusión, en ella hace un paralelo entre Plácido y Manzano, donde denigra al primero, para exaltar al segundo:
“Plácido se complacía en cantar las pompas y los triunfos de los grandes de la tierra, con una magnilocuencia digna de los poetas clásicos de España. Manzano no sabe repetir en su encadenada lira, otro tema que el de las angustias de una vida azarosa y llena de peripecias terribles. Pero yo prefería los cantos tristes del esclavo, a las nugscanors (versos simples, aunque armoniosos) del mulato libre porque notaba más profundo sentimiento de humanidad nativa; porque los principios de mi estética y de mi filosofía, se avienen más con el lamento arrancado del corazón del oprimido, que con el concierto estrepitoso del oficial laureado, del poeta envilecido”.
¿Apreciaba el satisfecho heredero de una porción de la enorme fortuna de la familia Aldama al negro liberto? En modo alguno, simplemente lo veía como a un agradecido limosnero. No hay que olvidar que en carta al político norteamericano Alexander Everett, fechada en París el 28 de junio de 1844 donde procura exonerarse de toda implicación en la real o supuesta conspiración que dio lugar al Proceso de la Escalera, niega tener relaciones con gente que no sea de su clase:
“Yo conozco como lo conocen la mayor parte de los hacendados de la Habana, la injusticia de la esclavitud, sus grandes inconvenientes para la prosperidad económica y moral de un pueblo y, muchas veces en la Habana, he discutido en buena paz, estas teorías, en los salones de nuestros más ricos amos de ingenios; pero nunca cometí la cruel indiscreción de hablar de semejantes materias, delante, ni con gente de color; bien que, solo traté allí de esta clase, al poeta-cocinero Manzano, hombre de índole apacible, y humilde por extremo, y con quien únicamente hablaba de versos y pasteles”.
Una vez salido de esta angustiosa causa, Manzano enmudeció definitivamente. Había concluido una etapa brevísima en que el gobierno colonial toleró que ciertos círculos de negros y mulatos libertos se agruparan en milicias y sociedades y llegaran a tener cierto peso económico e intelectual. Por otra parte, muchos de los miembros de la sacarocracia, asustados por las sublevaciones de esclavos que ponían en peligro sus haciendas y presionados por las autoridades españolas, ocultaron su abolicionismo y cortaron su trato con los que apenas les habían servido como instrumentos de propaganda.
Elevado a la popularidad cuando convino a ciertas jugadas políticas, Manzano era entregado ahora a la marginalidad social y al olvido. Los fusilamientos de 1844 que le obligaron a presenciar, junto a otros encausados, como escarmiento, causaron su verdadera muerte, aunque los libros digan que falleció en 1854.
¿Era Manzano un intelectual mimético de los modelos blancos, una torpe imitación de una cultura que no le correspondía, o por el contrario, era un rebelde que se valía de los modelos a su alcance, para afirmar su dignidad y su protesta? ¿Fue para él escribir versos, tragedias y hasta su autobiografía – género entonces reservado para los ilustres y poderosos- un modo peculiar de “cimarronaje”? Las opiniones se encuentran divididas.
En todo caso, el poeta fue un producto de las estruendosas dicotomías de la época, una especie de ser híbrido que pudo vivir a la vez los horrores del azote y el cepo y el discurrir de los salones donde se fraguaba una cultura cubana a partir de modelos europeos y reservada para las élites del poder. Separar sus delicados versos o su prosa desgarrada de ese difícil equilibrio es tarea delicada y compleja. Sus estudiosos Roberto Friol y Fina García Marruz le han dedicado hermosas páginas, pero el estudio integral de su persona y obra está todavía por hacerse.
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