Crónica de mi paso por un centro de aislamiento en Cuba

Por su edad, 63 años, la autora se acerca al grupo etario de mayor riesgo ante la covid-19. Su historia muy personal desvela luces y sombras del sistema de salud de su país.

centro aislamiento

La población de 60 años y más es el grupo etario de mayor riesgo ante la covid-19.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

El viernes 15 de mayo me desperté con muchos dolores musculares y de huesos. Si no fuera por los malestares de garganta y oído, hubiera pensado que se trataba de la artrosis que me acompaña desde hace años, o la artritis que se hace cada vez más presente en mis manos, luego de haber estado enferma de chikungunya en 2014. Tengo que decir que empecé a sentir un callado y ligero pánico y me preguntaba: ¿será coronavirus?

Me medí la temperatura y obtuve una lectura de 37.5, ya considerada fiebre; mis temores se acrecentaron, pero traté de ocultarlos a mi familia por un rato hasta que ya no pude hacerlo más. Y ahí fue cuando comenzaron las primeras presiones. Mi esposo y mi hijo decían que debía ir al médico para salir de la duda, y yo insistiendo que nadie conocía mejor mi cuerpo, y que estaba segura era solo la garganta.

De pequeña, y aun en algunas ocasiones de adulta, tuve ese padecimiento que terminó en una alergia a la penicilina, luego de tantos tratamientos que debí hacer, y una secuela de pérdida ligera de audición debido a los remedios para la otitis. Mi nuera decidió irse para la casa de sus padres, y con ella llevarse a mi nieto de dos años y medio. De eso me enteré el sábado, pues ese día permanecí encerrada en mi cuarto.

El sábado decidí acudir al médico, pero cuando salí al portal me encontré con un fuerte aguacero. En mi conflicto de si iba o no al médico, pues sabía que necesitaba un tratamiento, me alegré que estuviera lloviendo… me ayudaba a justificarme para evadir la atención sanitaria.

 

Sospechosa

Me quedé en mi casa, en mi cuarto. Mi esposo atendía mis necesidades de alimentación, para lo que se puso una mascarilla, seguía presionando y yo insistiendo que no era coronavirus. Para mi familia era ya una sospechosa, mi vida podía correr peligro y la de ellos también. Mi esposo me peleaba por irresponsable y haber permitido que un sobrino, que vino de visita a recoger algo a la casa, me hubiera dado un beso, en tanto mi nuera marcó la distancia. Y yo le reprochaba que si él había venido era por su culpa. Se generaron tensiones y yo estaba molesta porque ya se daba por sentado que tenía la enfermedad y que esa era la vía de contagio.

Cuando estaba sola pensaba en la histeria general que la dichosa pandemia había generado, y como no se da la oportunidad a la gente de creer que puede haber disimiles respuestas a una garganta enferma, que es un padecimiento común en Cuba. Y, en el caso de que fuera covid-19…¿Por qué tenía que ser aquel beso y no otra la fuente de infección? Pensé que un beso siempre bienvenido, porque era de un sobrino querido, parecía el beso de Judas.

Era de todas formas para mí un conflicto emocional y de valores, que por momentos me hacía sufrir y en otros reírme de la situación. Logré comprender entonces qué podría sentir un tuberculoso rechazado y presionado por el medio familiar, o una persona que vive con VIH/sida. Ese pensamiento me pareció después exagerado para mi caso, pues me consta que ellos siempre se preocuparon y ocuparon de mi salud, todo el tiempo me acompañaron y atendieron mis necesidades en el proceso.

El domingo amaneció mejor el clima, yo ya no tenía dolores de hueso y musculares, por tanto no había una justificación para no acudir a la consulta del policlínico, en la atención primaria de la salud, que se había creado para atender a todos los casos con problemas respiratorios. Por otro lado, persistía el dolor de garganta y oído, y me daba cuenta que los remedios familiares de gárgara de agua con sal, o de romerillo y miel, así como tomar jarabe de orégano, no resolvían mi problema.

 

En moto al policlínico

centro aislamiento Cuba

El modelo de salud pública cubano prioriza la Atención Primaria de la Salud, la prevención, amplia cobertura y articula las relaciones entre los diferentes niveles de atención.

Foto: Archivo IPS

El policlínico de Los Pinos, enclavado en el municipio habanero de Arroyo Naranjo, donde resido, me queda a 15 cuadras y yo no tenía fuerzas ni motivación para ir, pero tenía la suerte de que mi hijo contaba con una moto y deseaba salir de dudas y conseguir un tratamiento adecuado. No quiero imaginarme lo que sería para quien a falta de transporte se viera obligado a caminar ese trayecto tan inclinado.

Una vez llegué a la institución de salud, me recibieron en la consulta la doctora y enfermera con toda su indumentaria de protección, a través de la cual lo único que puede conocerse es la raza y el sexo, pero no su edad, ni el físico. Me sentí bien atendida. La doctora me tomó la presión, me evaluó la respiración, revisó mi garganta y ganglios, y me hizo algunas preguntas que yo respondía explicando todos mis síntomas y los tratamientos que me había auto indicado: aplicó el método clínico.

Entonces me dijo algo que ya sabía: tienes amigdalitis. Me indicó un tratamiento de azitromicina y como complemento gárgaras de llantén para atacar la inflamación. Le pregunté cómo era esa planta que no conocía. Y cerró con unas palabras mágicas: “no es necesario que ingreses pues no es coronavirus”. La tranquilidad se posesionó de mi espíritu y retorné a mi casa. Felizmente mi hijo fue a la farmacia y encontró el medicamento a un precio asequible e inicié mi tratamiento de inmediato, menos el de llantén porque en mi patio no tenía la planta y además yo era incapaz de identificarla, seguí con mi romerillo y miel de abeja.

 

La alegría duró poco

Solo unas horas más tarde entró una llamada del municipio de salud, realizada por la jefa de la doctora que me atendió. Según ella, yo no había sido bien atendida, pero yo creía que sí. Me acordé del libro del sociólogo argentino Mario Brofmann Cómo se vive se muere: los pacientes no siempre tienen las mismas opiniones que los médicos sobre la atención a la salud. Según esa doctora, debía volver al policlínico para obtener una remisión y una ambulancia me llevaría a un hospital. Afirmó que a todos los pacientes con fiebre se les estaba ingresando. Cuando mi esposo me dijo tengo que darte una mala noticia y me contó todo, quería que la tierra se abriera y me tragara: ir a un hospital.  Le dije categóricamente que no iba, que me quedaba en la zona confortable de mi cuarto, haría cuarentena y seguiría mi tratamiento.

Unos minutos después me llama mi hija de Texas, atacada en llanto, que cómo me sentía, que tenía que ir a hacerme la prueba porque era una irresponsabilidad, que si un amigo de ella había retardado su partida al hospital, se puso grave y falleció. Apareció la Parca ante mis ojos, la palabra que tiene a todos en inseguridad generalizada: la posibilidad de morir, y yo seguía insistiendo que era una simple amigdalitis que hacía años no me daba, ¡qué suerte la mía!, era un mar de conflictos emocionales, pero mi hija tiene una poderosa influencia sobre mí y le dije a mi esposo: mañana voy al policlínico. Él luego se burlaba de cómo cambiaba de opinión.

El lunes 18 de mayo, muy temprano en la mañana, mi hijo me llevó al policlínico y de ahí una ambulancia me trasladó al hospital Salvador Allende, popularmente llamado La Covadonga, en el municipio El Cerro, donde me ingresaron. Pasé por admisión, me hicieron el mismo reconocimiento que antes ya me habían realizado en el policlínico, y por médicos que usaban todos los instrumentos de protección que los hacen irreconocibles. Me destinaron para la Sala Mella.

 

Conociendo el terreno

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Además de los hospitales, en las provincias han sido acondicionados inmuebles que cumplían otras funciones (escuelas, hoteles, villas y bases de campismo, entre otros) como centros de aislamiento.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Fue impresionante conocer la Sala Mella. Estaba en un pabellón de una construcción antigua y monumental, que se conservaba bien, no sé con certeza si fue de los restaurados hace algunos años, pero se veía hermoso con sus grandes pasillos internos, y externos a cada lado. Unos pisos que realzaban.

A cada lado del pasillo interno una hilera de cuartos con puertas grandes, pues se trata de una construcción de puntal alto. Me tocó el único cuarto que tenía la puerta rota, ¡qué mala suerte!, aunque casi todos las mantenían abierta por el calor. Esa situación hacía imposible que me pudiera cambiar de ropa en el cuarto, perdía mi intimidad en una sala que compartían hombres y mujeres.

El cuarto al que me destinaron ya estaba habitado por una señora. De repente pensé que podría ser relativo mi aislamiento, que habían aislado a la sociedad de mí, pero no a mí de otras personas. Aquella señora sí estaba enferma, tenía una sonda conectada a un pomo plástico que se iba llenando de su orina y estaba sentada en la única butaca que había en el cuarto. Contemplé el cuarto que me tocó y no me gustó, aunque sus pisos eran tan imponentes como los del pasillo.

No tenía donde guardar mi ropa, solo una mesita que parecía un tanto vieja, junto a la cama tradicional que siempre tienen los hospitales. Se notaba que los pisos estaban limpios, pero la mesita no, guardaba pastillas y alguna basura en su gaveta, no la abrí más; limpié la parte de arriba y un espacio que tenía para guardar la mochila que había llevado conmigo con alguna ropa y utensilios para el aseo. Me dieron un piyama, una sábana y una toalla, todo limpio.

Entonces decidí reconocer el terreno y buscar el baño, pues observé que el cuarto no tenía. Y mi sorpresa fue enorme cuando supe que solo había uno que debía compartir con todos los sospechosos de la sala, aproximadamente 10 ingresados, aunque la sala tenía camas para más de 20.

 

Dificultades y carencias

Mi mayor temor era que debía compartirlo con hombres, pertenezco a la generación de un baño para mujeres y otro para hombres. Cuando hace algunos años nos movilizamos en la facultad para apoyar a la agricultura, y en el grupo íbamos estudiantes y profesores, quedó claro para mí que la forma en que los jóvenes de ambos sexos compartían espacios no era igual que la de mi generación.

Experiencias de violencia de género que viví, me obligaron a poner barreras en la relación con los hombres. La violencia de género es una realidad en el país que no se debe ignorar, y menos las mujeres, incluso las de mi edad. Había un segundo baño, pero lo usaba el personal de salud que también era compartido por hombres y mujeres.

La segunda mala impresión que me despertó el servicio sanitario fueron los problemas de higiene provocados por diferentes tipos de roturas: pilas que mantenían clausurados los lavamanos, válvulas de salida de inodoros y picaportes de algunas de sus puertas, ausencias de duchas donde solo se veía un hueco y pilas para abrirlas. Por suerte funcionaba una ducha con una pila improvisada y su puerta cerraba bien.

Durante esos días tuve que lavarme las manos y los dientes en un vertedero que estaba al lado de los lavamanos, donde se colocaba el cubo de la limpieza, y cuya pila tenía problemas de salidero, además de estar bastante sucio. Debido al uso frecuente que del baño hacían todos los pacientes, decidí usarlo en la noche y controlar mi cuerpo. Debo reconocer que el agua era abundante y muy refrescante ante tanto sudor que soportaba durante el día por el calor y la falta de ventiladores en los cuartos.

Esta situación con los baños es un problema reiterado en las instituciones de salud del país que afecta la calidad del servicio, incluso en aquellas sometidas a reparaciones recientes. Lo he observado en varias entidades, debido a mi paso tanto como paciente o en calidad de acompañante familiar de alguien enfermo de mi familia. Es un problema nacional que afecta a casi todos los servicios, también los de educación y gastronómicos. Y es preocupante, porque tiene mucho que ver con la formación (o más bien deformación) de una cultura de higiene en la población.

 

Temores e incertidumbre

La repercusión directa de una pandemia siempre va hacia el recurso más importante de un país, su población, y resultan relevantes factores como el envejecimiento y la densidad demográfica.

Juan Carlos Alfonso, vicejefe de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, en comparecencia en la televisión nacional

Ante estas circunstancias no higiénicas, todos los días meditaba sobre la posibilidad de contagiarme con otra bacteria, hecho que por suerte no ocurrió. A favor de la higiene debo dejar constancia que todos los días muy temprano, varías muchachas ataviadas con sus medios de protección, limpiaban toda la sala, sus pasillos y cada cuarto, con hipoclorito y agua jabonada.

Era una tarea ardua dadas las dimensiones enormes de la instalación, aunque no siempre se limpiaban las mesitas y las camas. Los baños también se higienizaban diariamente, pero las afectaciones mencionadas y su uso tan amplio, impedían que la limpieza se mantuviera las 24 horas.

La aceptación a mi situación y la tranquilidad que embargó a mi espíritu, llegó cuando tuve el primer contacto con el personal de salud. Todos bien protegidos, cumplían rigurosamente con los procedimientos de atención y trataban muy bien a los pacientes, incluso cuando uno reclamaba algo no se molestaban. El médico principal era hasta simpático, por la expresión de sus ojos podía conocerse que frecuentemente se reía, a pesar del tiempo que todos llevaban ahí sin ver a sus familias, y en riesgo.

Yo sin lugar a dudas estaba alterada, y aunque respiraba cada vez que reclamaba algo para hacerlo de la mejor manera, era algo repetitiva en la afirmación de que lo mío era amigdalitis y no coronavirus; él, sin embargo, nunca se molestó. Todos los días me chequeaban la presión y la respiración. Las enfermeras me traían la medicina (una pastilla de azitromicina cada día y oseltamivir cada 12 horas) indicada por el protocolo del Ministerio de Salud Pública.

En ese momento empecé a aceptar mi situación de tener una acompañante en mi cuarto, pues apenas hablaba la señora, y para evitar el contagio eso es importante. Observé que la distancia entre mi cama y la de ella era de más de dos metros. Mi hija me llamaba al celular atacada y me repetía no te bajes de la cama, algo que era imposible pues debía ir al baño y necesitaba estirar las piernas.

 

Quien espera, desespera

Por supuesto que el mayor tiempo lo viví encima de mi cama, a lo cual me ayudó el celular y las diarias llamadas de amigos, amigas y familias con palabras de aliento que fueron mi mejor tratamiento psicológico, haciendo posible mi interacción con el mundo. Yo tenía la suerte de tener un celular para entretenerme, en un lugar donde no había televisión, ni radio, y la mayoría de los pacientes no contaban con esa tecnología.  Supongo que a lo mejor obtuve algún apodo, así como yo se lo puse a mi acompañante del cuarto: La susurradora. Ella no hablaba pero cantaba o rezaba bajito, y en la noche cuando la trasladaban a la cama parecía hablar con el techo. Otro problema de salud que padecía era una obesidad mórbida.

El primer día de mi ingreso supe que al siguiente me harían la prueba para comprobar si era positiva o no a la covid-19. Conocí también en qué consistía el examen, pues se lo hicieron a mi colega de cuarto.

Mi intranquilidad retornó el segundo día de mi ingreso cuando no me hicieron la prueba y, por tanto, ello implicaba estar un día más ingresada. Le pregunté al doctor qué había pasado y me explicó que se había cometido un error, pues mi nombre y el de otro paciente no se habían incluido en la lista que en admisión se hace para solicitar las exámenes, me dijo que comprendiera que a veces se reciben muchos pacientes, que el  tiempo de trabajo y el agotamiento a que todo el personal de salud estaban sometidos, explicaban esos errores.

No hice ningún reproche, me callé porque era un argumento plausible, solo atiné a preguntarle si ya se había subsanado y me harían la prueba al otro día. No obstante, sentí que el argumento del médico sólo tenía en cuenta el lado de ellos. ¿Y mis sentimientos? No hubo una disculpa manifiesta, necesaria para una paciente afectada por su situación vulnerable, aunque en honor a la verdad se ocupó de subsanar el error. Creo que ese día se debió sentir acosado de la cantidad de veces que le pregunté si se había subsanado el error y me harían la prueba el miércoles. Dejé de insistir cuando ya me confirmó que se había resuelto el problema.

 

La incertidumbre cede a la esperanza

Los centros de aislamiento contribuyen a evitar la congestión hospitalaria y, a su vez, ayudan a proteger al personal de la salud.

Foto: Jorge Luis Baños/IPS

Vea también Centros de aislamiento descongestionan hospitales cubanos.

El martes La Susurradora supo que era negativa su prueba, aunque debido a su problema de salud la mantuvieron ingresada hasta que un urólogo la atendiera para obtener un mejor tratamiento médico. Me tranquilicé por su resultado, por ella que tenía bien complicada su salud, y por mí que constantemente debía aproximarme a recoger su bandeja de comida y traerle agua en solidaridad con su situación. Otro paciente que también dio negativo y presentaba otros problemas de salud fue remitido a la consulta de otros especialistas.

El miércoles, a las 48 horas de mi ingreso, al fin me realicé el examen. Ese fue mi primer momento de alegría, aunque la espera de un resultado incierto no permitía que fuera completa. El deseo de comer, que había perdido durante los días anteriores, regresó. La Susurradora se fue de alta y me quedé sola en mi cuarto.

Quiero reconocer que en un momento de tantas complicaciones que el país vive con la seguridad alimentaria de su población, en el hospital los ingresados recibíamos una comida abundante (seis comidas que eran servidas en cantidades adecuadas) y variada. El estrés me quitó el apetito y el mal sabor de algunos de sus productos, que no eran de mi agrado, me mantuvieron a dieta. Disfrutaba en las noches del yogurt frío y de las proteínas que siempre acompañaban el almuerzo y la comida.

 

Una cuestión de género

Toda mi vida me he dedicado a defender los derechos de las mujeres, para mí es una satisfacción saber que en esa sala trabajaban un número mayoritario de ellas, en todas las actividades: enfermería, personal de limpieza, doctoras y pantristas. Me ratificaba la percepción que tenía de la participación de mi género en esta lucha contra la pandemia que vive el país y que también observaba en los programas de televisión cuando un número notable de virólogos y epidemiólogos involucrados eran del sexo femenino.

Era mi tercera noche, y esperaba fuera la última. Llevaba dos sin dormir debido al calor y los mosquitos, a pesar de que todos los días se fumigaba en los exteriores del hospital. Tengo suerte para que los mosquitos siempre sientan mi presencia, parece que los atraigo. Apenas dormía dos horas cada día en las mañanas cuando se sentía una brisa y los insectos desaparecían. En las tardes recorría el pasillo lateral para disfrutar la vista agradable de los parques del hospital, las noches se hacían interminables.

Llegó el jueves, ese día estaba nerviosa. Cometí una pifia de la cual me di cuenta al rato. Creía que mi caso aparecería en las estadísticas de ese día del doctor Francisco Durán, director de Epidemiología del Ministerio de Salud y encargado del parte diario televisivo, aunque no en la lista de los positivos. Al revisar las informaciones del día anterior todas eran mujeres y sabía que en el centro de aislamiento se había trasladado para la instalación de los positivos a un joven. Ese dato aparecía en la información que se había dado en la reciente conferencia; había escuchado que se identificó un caso de Arroyo Naranjo que finalmente supe era del sexo masculino. Entonces me di cuenta que primero informan a los pacientes en el hospital y al otro día aparece la información en boca del doctor Durán.

No recuerdo bien si esa mañana o la anterior, dos trabajadoras me hicieron una encuesta sobre la satisfacción con la atención. Por supuesto no conté los detalles que aquí describo, pero en términos generales apunté sobre las fortalezas y debilidades que consideraba tenía la atención, siempre hice énfasis en el buen trato de los trabajadores de la salud y su profesionalidad, no puedo decir otra cosa, esa fue mi experiencia.

 

De vuelta a casa

La noticia del resultado me la dio uno de los doctores a las tres de la tarde: eres negativo, dentro de un rato te vienen a recoger y te trasladamos a tu casa en una gacela (localismo de microbuses). Llamé a mi familia, a mi hija y a todos los amigos y amigas pendientes del resultado. A mi hijo que no tenía que buscarme, porque tenía garantizado mi regreso a casa.

Sobre las cuatro de la tarde del jueves me despedí del personal que me atendió y me monté en mi gacela junto a otras cinco personas ingresadas en diferentes salas del hospital. Se inició el recorrido por la ciudad, transitamos por diferentes municipios y pude ver desde mi ventanilla que algunos vivían en hogares muy humildes. Una señora que estaba en la parte de atrás del carro, estallaba de alegría cada vez que llamaba a alguien y le comunicaba su resultado negativo y próxima llegada a su casa. Aun cuando el centro de aislamiento del hospital podría ser más confortable que sus viviendas, todos estaban contentos de regresar: “no hay nada como el hogar”.

El viernes 22 de mayo la doctora del consultorio me llamó para conocer como me sentía, y el lunes me visitó para recoger el alta, preocuparse por mi salud e indicarme que debía continuar aislada en mi cuarto. Desde entonces sigo en mi habitación escribiendo esta crónica y superando el estrés, gracias al apoyo constante de mi familia que se ha hecho cargo de todas las tareas domésticas y de mis cuidados.

 

Modelo de salud pública, estrategia válida

Sala de terapia intensiva de un hospital en Cuba.

Foto: Archivo IPS

Mi experiencia me reafirma la convicción de haber defendido siempre el modelo de salud pública, porque da valor a la Atención Primaria de la Salud, la prevención, al papel de la familia, la solidaridad, genera cobertura amplia y articula las relaciones entre los diferentes niveles de atención. Contar con ese modelo en tiempos de pandemia, cuya estrategia de la Organización Mundial de la Salud emergió en la Asamblea de Alma Ata de 1978, sin lugar a dudas ha salvado la vida a muchos cubanos y contribuido a mantener un perfil bajo en el comportamiento de la covid-19.

Los salubristas cubanos creyeron en esa estrategia mucho antes de la mencionada asamblea y ella es parte esencial de la presente lucha contra la nueva epidemia, como lo fue contra la del dengue y la neuropatía. Pero eso no excluye que durante todos estos años nos acompañen problemas que afectan la calidad del servicio como los que aquí he descrito, sin entrar en la explicación de sus determinantes sociales externas e internas, bien conocidas.

Espero que la batalla contra la epidemia nos deje lecciones positivas y negativas, que hagamos un ejercicio de la crítica que ayude a superar las dificultades que persisten en el tiempo y a evaluar las mejores prácticas sin perder de vista que la opción de futuro sigue siendo la Salud Pública. (2020)

3 comentarios

  1. Leticia Artiles Visbal

    Excelente crónica que da cuenta de las fortalezas y debilidades del sistema de salud. Realmente mas las fortalezas y la excelencia de l*s profesionales de la salud.

  2. Yoanna Maceda

    Excelente crónica !!.. Por su narrativa cautivadora, que fluye hasta el final; por su reflexión profunda, oportuna, equilibrada, que se percibe Vívida y por holistica y eficaz en su mirada social…

  3. Flabia Fuentes Beltrán

    Una muy buena crónica. Realmente esclarecedora teniendo en cuenta su vivencia personal, en la cual muchos pueden sentirse identificados. Orgullosa de la APS y el personal de Salud Pública en general.

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