Los intelectuales y el debate constitucional

Quisiera creer que se trata de un malentendido, pero todo indica que no lo es. Por ello siento vergüenza ajena. Y propia.

Proyecto de Constitución

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Ajena porque sé que no soy culpable: Fueron otros quienes decidieron y otros los que admitieron la decisión. Pero también propia, porque, a fin de cuentas, se supone que unos y otros estamos en la misma trinchera.

¿O será que no es así?

¿Será que quienes más repiten vocablos como “vanguardia”, “patria” y “revolución” ocupan en realidad una trinchera diferente de la nuestra, la de quienes hemos hecho de nuestras vidas una entrega a ideales patrióticos y revolucionarios?

No sé cómo se han manifestado los miembros de otras asociaciones dentro de la UNEAC, pero me consta, pues al menos en tres ocasiones he estado presente, que los escritores hemos reclamado con insistencia nuestro derecho a participar, por nosotros mismos, como los intelectuales patriotas cubanos que somos, en la  discusión del anteproyecto de constitución.

La respuesta siempre ha sido negativa.  “Alguien de arriba” decidió que no nos reunamos para esa discusión. Para analizar la futura constitución están las asambleas de barrio o de centro de trabajo. La Uneac, que se clasifica como organización social, no gubernamental, con personería jurídica propia, acató la absurda decisión.

Pareciera que una ong reconocida por el Estado cubano no está capacitada para reunir a sus miembros para discutir, analizar, ampliar, mejorar, el texto legal supremo de la nación. Sus dirigentes lo aceptaron. No defendieron los derechos ciudadanos de los miembros de la Uneac.

¿Tenemos los intelectuales cubanos que esperar a que alguien nos oriente ser patriotas? ¿Debemos esperar “orientaciones de arriba” para serlo de hecho y de derecho, y no meros repetidores de consignas en la plaza pública o en los medios?

Los intelectuales cubanos, como ciudadanos, tenemos el derecho y la obligación de participar en la discusión de cuanto documento o ley incida sobre el tipo de nación en que se haya de convertir nuestra patria, el derecho y la obligación de participar como tales, en discusión entre pares, no en asambleas de centros de trabajo que no tienen por qué invitarnos, pues una gran cantidad de nosotros no pertenece a ellos, o de barrio, donde apenas podríamos expresarnos, pues no cuentan con las condiciones logísticas y de tiempo para discusiones profundas y detalladas sobre aspectos que no incidan de modo inmediato sobre la comunidad.

¿Quién nos impide participar?

¿Alguien “de arriba” decidió que en el concepto “pueblo” no entra el sector intelectual del país? ¿No somos de la república?

Por falta de espacios donde hacerlo, algunos hemos circulado por correo electrónico nuestras reflexiones sobre el tema constitucional. No pocos de esos textos contienen importantes aportes que se deberían incorporar al proyecto definitivo de constitución. Pero nadie nos ha hecho caso.

Y nuestra organización, la Uneac, no nos oye, no nos apoya. Nos ignora.

Hace más de medio siglo, Ernesto Guevara se refirió a los intelectuales del momento, y afirmó que el pecado original arrastrado por muchos de ellos era no ser verdaderamente revolucionarios.

La frase, propia de un contexto muy específico, fue aprovechada por quienes no eran verdaderamente revolucionarios ni tampoco verdaderos intelectuales. Devenidos cazadores de brujas, la interpretaron a su conveniencia y cometieron incontables crímenes contra la cultura nacional. A  pesar de ello, los intelectuales heredados por la revolución dieron una contribución imposible de ocultar: Eran patriotas.

Guevara completaba su frase con una recomendación: Injertar perales en los olmos; esto es: Educar en la revolución a quienes llegaron a ella ya maduros. A la vez, sembrar perales; esto es: Formar las nuevas generaciones de creadores en el espíritu de la revolución.

Las nuevas generaciones de intelectuales cubanos, ni superiores ni inferiores a nuestros antecesores, nos formamos en la revolución, en ella hemos crecido y trabajado. Como parte del pueblo cubano, contribuimos a erigir un país que pretendemos con todos y para el bien de todos. Hemos crecido formando parte de un proceso lleno de luces y de sombras, como nosotros mismos, como nuestra obra personal. Comunistas y no comunistas, religiosos y no religiosos, diversos en nuestras concepciones y nuestras estéticas, en nuestros proyectos de vida, trabajamos día a día por una patria que creemos posible.

No somos creadores encerrados en nosotros mismos. Entre nosotros hay quienes fundaron armas dentro de las fuerzas armadas, alfabetizadores, combatientes internacionalistas, jueces legos, delegados del poder popular, dirigentes sindicales de base, maestros, trabajadores simples. Entre nosotros se cuentan sobrevivientes de la lucha contra la tiranía batistiana, incluso torturados por pertenecer a organizaciones revolucionarias. Todos juntos formamos la intelectualidad cubana de hoy.

Algunos críticos con el actuar gubernamental, otros más moderados, los creadores cubanos tenemos un común denominador: Amamos la tierra en que nacimos, somos patriotas cubanos. Como tales deseamos aportar nuestros criterios de ciudadanos a la nueva constitución.

¿Quién teme a la expresión de nuestras ideas? No será un revolucionario, seguramente: Es imposible ser revolucionario verdadero y temer a las ideas.

Ante la prohibición (y su aceptación por la Uneac), imagino la satisfacción de los herederos de los parametradores y cazadores de brujas de décadas atrás, ansiosos de revancha, felices por esta censura actualizada, esperando el momento en que tendrán manos libres para volver a imponer, tras una fraseología falsamente revolucionaria, su imperio de terror y mediocridad sobre la verdadera intelectualidad cubana.

Lamento la actitud de la Uneac como institución. Pierde con ello la que acaso sea su última oportunidad de rescatarse a sí misma como representante de los creadores del país. Regala armas a quienes afirman que no es más que un medio de control del gobierno sobre los escritores y artistas cubanos.

Lamento también el mutismo de nuestros premios nacionales en las distintas manifestaciones. Sus voces son más difíciles de silenciar que las nuestras.

Pero callan.

Aún se puede revertir la situación. Aún está la Uneac a tiempo de manifestarse como “organización social con fines artísticos y culturales, continuadora de las más auténticas tradiciones culturales, patrióticas y éticas de la nación cubana”. De no esperar por “orientaciones de arriba” y actuar como organización revolucionaria de hecho, no de consignas, y convocar a sus miembros a la discusión del anteproyecto de constitución.

Con permiso o sin permiso “de arriba”.

 

 

 

Este texto se publica en La Cosa con autorización expresa del autor.

Rodolfo Alpízar. Escritor, lingüista y traductor. Desde hace décadas, es el principal introductor de la literatura africana de expresión portuguesa en Cuba, cuyos escritores más importantes ha dado a conocer. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas (Universidad de La Habana, 1974). Ha dictado cursos de introducción a la Terminología en universidades y organismos de traducción en su país, así como en la Oficina de la organización intergubernamental Unión Latina en Cuba. Ha asesorado a varios ministerios y organismos estatales del país en temas relacionados con la Terminografía. Traductor miembro de la Federación Internacional de Traductores (traductor FIT). Miembro fundador de la Asociación de Traductores e Intérpretes de Cuba (ex miembro del ejecutivo nacional, ex vicepresidente, ex presidente). Presidente de la Comisión de Ética de la Asociación de Traductores e Intérpretes de Cuba. Vicepresidente de la Sección de Traductores Literarios de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). (Datos tomados de Ecured.)

 

Los intelectuales y el debate constitucional

 

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