Padura agradece nombramiento de académico de número en Panamá

Discurso del eminente escritor cubano.

Foto: Cortesía de Padura

 

Estimada señora Margarita Vázquez Quirós, Directora de la Real Academia de la Lengua Española de Panamá.

Distinguidos Académicos de número.

Amigos de la Cámara del Libro de Panamá.

Señoras, señores, amigos:

 

Con sorpresa, que de inmediato se convirtió en gratitud, hace apenas una semana recibí la comunicación de la señora Margarita Vásquez Quirós, directora de la Real Academia de la Lengua Española de Panamá, la información de que esta institución, en medio de las celebraciones por su nonagésimo aniversario y por decisión de todos sus miembros de número, había decidido hacerme el enorme honor de nombrarme Miembro Correspondiente de su capítulo nacional. Por eso esta tarde, como no podía dejar de ser, mis primeras palabras son para agradecer a mis nuevos colegas académicos que se hayan fijado en el trabajo de este escritor y periodista cubano que soy y hayan visto en mi labor los méritos necesarios para concederme tan importante distinción, que ahora se une a la que hace apenas unos meses me concedieron mis colegas puertorriqueños y que agradecí con igual intensidad y cariño, siempre dominado por la sorpresa.

Y es que hace ya cuarenta y un años, en un tórrido mes de agosto de 1975, cuando entré por primera vez en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana para oficializar mi matrícula en dicho centro, jamás hubiera podido imaginar las cosas que me están ocurriendo. Es cierto que desde aquel año 1975 mi vida comenzó a ser otra: el joven jugador de beisbol y apenas lector, frustrado en sus aspiraciones atléticas y profesionales de ser al menos cronista de ese deporte de mi alma, muy pronto sufrió la contaminación de la literatura y, peor aún, el virus de la escritura que andaba suelto por aulas y pasillos de aquel recinto universitario. Desde entonces he vivido dentro de esos ámbitos, he vivido para ellos, incluso, tengo la suerte de que vivo de ellos: de la literatura y de su escritura.

Pero en aquellas jornadas ya remotas de 1975 ni los mejores babalawos cubanos habrían sido capaces de predecir que, al adquirir esos gérmenes, estaba comenzando a recorrer un camino que podría llevarme a tantos sitios maravillosos de la imaginación y de la realidad, que van desde el misterioso nacimiento de una idea que me parece factible de ser convertida en literatura hasta la posibilidad de concretarla en un texto que alguien se atrevería a publicar, e incluso, hacerlo llegar a las mesas de venta de una pequeña librería cubana para, escalón tras escalón, colarse hasta un salón como este, para un acto como este, habiendo ya pasado por las fabulosas e increíbles experiencias de ver mis libros publicados y distribuidos en todo el ámbito de la lengua, en otros más de 20 idiomas, y reconocidos con muchos premios institucionales y literarios pero, sobre todo, con el favor de esos seres difusos, difíciles y necesarios que son los lectores.

No descubro nada si recuerdo hoy que una de las patrias del escritor es su lengua. La patria menor es geográfica, con la que uno se relaciona por vía sanguínea y que lo hace parte de una identidad, de una cultura por vía de la ósmosis de la pertenencia. Con esa identidad y cultura se adquiere una lengua, un idioma en el que todos somos capaces de expresarnos, muchos somos capaces de leer y escribir, y algunos hasta de propiciar el milagro de crear. Y entonces, nosotros, los escritores hispanohablantes, nos hacemos ciudadanos de un territorio inmenso y generoso, tupido y esquivo, que es el de esta lengua española o castellana a través de la cual exudamos nuestras obsesiones, expresamos nuestros pensamientos, sufrimos nuestras incertidumbres con el sueño de alcanzar la letra impresa, con la mayor belleza que seamos capaces de extraerle al idioma y, con toda esa carga a cuestas, robarnos la atención del otro: ese complemento indispensable que es el lector. Al menos para un escritor como el que soy, que aspira a ser leído, que sueña con comunicarse.

Por mi procedencia geográfica y mi cultura e identidad natal soy cubano, profunda e irreversiblemente cubano, y a esa pertenencia debo mucho de lo que soy. Pero a mi lengua, mi patria mayor, que es cubana e iberoamericana, trasatlántica, isleña y continental, debo grandísimas satisfacciones creativas, personales, de reconocimientos que me han llegado desde mi tierra de pertenencia e, incluso, hasta de más allá de las fronteras de mi nación, congratulaciones internacionales para el escritor cubano que soy y de las que muchas veces apenas tienen noticias mis compatriotas de geografía, cultura e identidad. Por eso, el hecho de estar hoy en tierra panameña, recibiendo la condición de Miembro Correspondiente de su academia y celebrando tal honor, implica una doble gratitud para los colegas que me acogen en su foro.

Distinciones como esta que hoy recibo implican compromisos: buenos compromisos. No son sociales, políticos, económicos… Son compromisos artísticos, de trabajo, de representatividad. Por eso espero que desde hoy mi labor también sea vista como el de un cubano anonadado y agradecido al que la patria panameña, a través de su Academia de la Lengua Española, le ha abierto sus brazos para acogerlo y su corazón para impulsarlo.

 

Colegas y amigos, con todo mi amor y eterno asombro: muchas gracias, en mi nombre y en el nombre de la literatura cubana.

 

 

Leonardo Padura,

Panamá, 19 de agosto 2016.

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