Cuidadoras, ¿un trabajo solo para mujeres?

Vidas rotas que exigen reparación.

IPS Cuba

Las mujeres asumen tácitamente el rol de cuidadoras, porque la sociedad las considera «mejor preparadas» para esta tarea.

Desde hace 12 años no tengo vida propia. Amo a mi hijo y por eso me he dedicado a cuidarlo. ¿Qué más puede hacer una madre?», confiesa Evelín Sánchez.

Para ella, de 40 años, las cosas cambiaron con el nacimiento de su único hijo, Yosi, quien por complicaciones en el parto vive con severos problemas motores y retraso mental. «Yosi no puede hacer nada solo y, aunque cuento con el apoyo de mi familia, es mi responsabilidad, sobre todo desde hace un año, cuando su padre se fue a Estados Unidos», cuenta.

Historias similares se repiten entre un sinnúmero de mujeres, encargadas del cuidado de un hijo discapacitado. «Cuidador primario familiar o informal» es el término acuñado por los especialistas para definir a Sánchez y a todas aquellas personas que no reciben salario ni beneficios materiales por el cuidado de un pariente dependiente.

Sin embargo, la psicóloga Haydeé Otero, especialista de la facultad de Ciencias Médicas del Hospital General Calixto García, en La Habana, opina que quien realiza esta función es, por lo regular, una mujer.

Esposas, hijas, hermanas o nueras asumen tácitamente el rol de cuidadoras, porque la sociedad las considera «mejor preparadas» que los hombres para esta tarea. Según se dice, ellas tienen mayor «capacidad de abnegación, de sufrimiento y de voluntad». De ahí que sexo, convivencia y parentesco sean variables importantes para decidir cuál persona del núcleo familiar asumirá ese papel. La respuesta hoy parece obvia porque, según las estadísticas mundiales, las mujeres son las responsables del cuidado de sus familiares, al menos, en el 70 por ciento de los casos.

Algunas investigaciones revelan el predominio de ellas en estas funciones. Representan el 60 por ciento entre las principales personas encargadas de la población anciana, el 75 en los casos de discapacitados y el 92 en los de personas necesitadas de atención por cualquier motivo.

En la década de los setenta nace el concepto de cuidado informal, muy influenciado por la ideología feminista. En los inicios, se trataba de demostrar que era un trabajo opresivo y se reclamaba su reconocimiento oficial. Pero, para los ochenta, había que pensar en la repercusión de esta labor en la vida de las mujeres. Ya en los noventa empiezan a identificarse las relaciones de poder que condicionan el asunto y su repercusión en la ciudadanía, la política y la democracia.

En la actualidad, el cuidado informal se sigue basando, fundamentalmente, en el esfuerzo y el tiempo de las mujeres. Cuidar de los hijos, de los mayores o enfermos de la parentela es una función asignada a ellas, como parte de las funciones de género, en las que la sociedad las ha encasillado.

Con frecuencia, atender a otras personas entraña la ejecución de muchas tareas, incluso de forma paralela. Quienes lo hacen se convierten en enfermeras, abogadas, empleadas domésticas, madre-esposa-hija, ama de casa o trabajadora, en una jornada laboral que no tiene principio ni fin. Pese a todo, las cuidadoras han sido invisibles.

No todas las mujeres han desempeñado esta función de igual forma. Las de menor nivel educativo, sin empleo y de clases sociales inferiores, asumen con más frecuencia este papel; mientras las de mejores condiciones laborales y mayores ingresos pagan por la ayuda.

Si bien las diferencias de género son visibles con sólo detenerse en las cifras de hombres y mujeres que desempeñan estos papeles, hay características propias que distinguen el cuidado femenino y el masculino. «Las mujeres dedican más tiempo a cuidar que los hombres, ofrecen formas más intensivas y complejas de cuidado, que logran equilibrar con otras responsabilidades familiares y laborales con más frecuencia que ellos», afirma Otero, autora del estudio de casos múltiples La mujer, el estrés y el cuidado de un familiar dependiente, donde la psicóloga concluye: «La sociedad otorga mayor reconocimiento a los hombres cuidadores… Además, parece que ellos piden más ayuda y reciben apoyo de tipo instrumental (material) y emocional (…)¡Qué hombre tan maravilloso! Es una exclamación común en estos casos. Y no podemos perder de vista que el reconocimiento es un modulador del estrés».

La mujer y su estrés

Eusebia fue diagnosticada como maníaca depresiva dos años antes del nacimiento de Mariana Leal, su última hija, hace 43 años.

«En 1993 me fui a Italia con la intención de iniciar una nueva vida. Entonces vivía mi padre, pero mi mamá empeoró y regresé para ayudarlos», cuenta Mariana, quien quedó sola con los padres, tras la salida del país de su único hermano, a inicios de los ochenta. Con el deterioro de la salud del padre, Mariana se hizo cargo de ambos y, tras la muerte de éste, en marzo de 2006, se dedicó a la atención de su madre de 84 años, agravada ahora por la avanzada edad y la viudez.

«Me siento bastante desanimada. Me deprimo con facilidad, aunque trato de ser fuerte para que no se dé cuenta, y estoy muy irritable. Mi mamá no puede entenderme. Estoy sola. Apenas duermo porque estoy al tanto de cualquier movimiento y ella deambula por la casa durante la madrugada», confiesa Mariana. Ella sufre, además, de un síndrome de mala absorción y, como consecuencia de la pérdida de peso y del esfuerzo de cargar en brazos a sus padres, padece de un desprendimiento del riñón derecho.

Según la doctora Haydeé Otero, estas son características comunes del estrés que experimentan las cuidadoras y agrega a esto una larga lista: «la sensación de que embrutece, la incertidumbre ante la muerte del familiar bajo su cuidado, la sensación de que no hay tregua, la convicción de que no existe nadie que la pueda sustituir o hacer mejor». Y adiciona también «la renuncia a proyectos y motivaciones, el descuido de la apariencia física y la salud, la disminución de la autoestima, la incapacidad para relajarse y la ausencia o disminución considerable de actividades placenteras, incluidas las relaciones sexuales».

Para otros autores, estos rasgos conforman lo que han denominado «síndrome del cuidador» o conjunto de alteraciones físicas, psíquicas, psicosomáticas, así como laborales, familiares y económicas que enfrentan estos individuos, aunque puedan distinguirse diferencias a partir del tipo de limitación de la persona cuidada. Incluso se ha llegado a sugerir la relación entre este estrés mantenido y las demandas de cuidado, con la vulnerabilidad física de los cuidadores como factor de riesgo de mortalidad.

Descentralizar responsabilidades, buscar soluciones a los problemas, conocer a fondo el estado de salud de su familiar, aceptar la situación y darse lugar y tiempo para sí mismos sin experimentar culpa por esto, podrían contribuir, entre otros factores, a controlar el estrés.

Pero no se trata sólo de voluntades individuales. Según Otero, se necesita implementar «acciones comunitarias en las que tanto el sistema de atención primaria de salud como los trabajadores sociales puedan satisfacer las necesidades de información sobre el cuidado del familiar». Además, habría que «propiciar la participación de las cuidadoras en grupos de autoayuda y utilizar en la psicoterapia los elementos que favorecen la satisfacción de estas personas».

El vertiginoso aumento de la demanda de cuidados está determinado, en parte,  por la mayor supervivencia de personas con enfermedades crónicas y discapacidades y el progresivo envejecimiento poblacional. Esto hace pensar en la disponibilidad futura de cuidadoras informales mejor preparadas y en las reformas de los sistemas sanitarios y de atención social.

Mariana sueña: «me gustaría recomenzar mi vida, aprovechar lo poco que me queda de juventud para hacer lo que no he podido, como crear mi propia familia». Pero, hasta ahora, no ha conseguido sensibilizar a las autoridades de asistencia social de su zona para que le asignen una cuidadora institucional o formal, y sólo recibe una modesta ayuda económica.

Mientras, Evelín, que obtiene una pensión estatal, dice: «No pienso en el futuro. No quiero ni imaginar qué le pasaría a Yosi si yo le faltara. Desearía que apareciera una buena oportunidad para él en el sistema de enseñanza especial cubano, pero hasta ahora ninguna me da confianza».

Pese al predominio femenino en estas faenas, los hombres participan cada vez más en la atención a los mayores, como cuidadores principales o ayudantes de ellas, lo que significa un cambio progresivo de la situación.

(Tomado del Agencia Internacional Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamerica y el Caribe, SEMlac)

Un equipo multidisciplinario de profesionales del Centro de Investigaciones sobre longevidad, envejecimiento y salud de Cuba imparte un programa psicoeducativo a grupos de familiares que asumen el cuidado primario o secundario de pacientes con demencia tipo Alzheimer y vascular.

Entre los objetivos de los expertos figuran brindar información acerca de la enfermedad, desarrollar habilidades para el manejo y cuidado del enfermo y ofrecer apoyo emocional al cuidador. El curso consta de nueve sesiones de trabajo, en las que también se brindan consejos para reducir el estrés.

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