¿Qué está pasando con la memoria nuestra, la de todos y cada uno de nosotros en los tiempos de la era digital?
Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas Albert Einstein
Tengo un gran amigo que a todos impresiona por su prodigiosa memoria. Bástale un par de lecturas para grabar textualmente en su «disco duro», lo mismo un pasaje del 18 Brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, que un aburrido informe del Ministerio de Asuntos Exteriores. Cuando le pregunté si eso era un don de la naturaleza o si había hecho algo para desarrollarlo, admitió que al parecer su «materia prima» –gris- era de buena calidad, pero también me contó un recuerdo revelador. Al llegar a Francia, me dijo, no sabía una palabra de francés, entonces su abuela tuvo la feliz idea de ponerlo delante de una montaña de libros más alta que él, de modo que a la tierna edad de seis años aprendió «de carretilla» palabras, poemas y prosa de una complejidad que no llegaría a saborear sino mucho tiempo después, pero que hoy recuerda intactos y enriquecidos: fragmentos de la ciclópea obra de Víctor Hugo. Su buena memoria llegó a salvarle el pellejo una vez que cayó en manos de unos cristianos fundamentalistas.
Recuento de una época de unión cultural entre México y Cuba.
El cine mexicano llega a las pantallas cubanas con sistematicidad desde los últimos años de la década de 1930. Dos estrenos de la época a que se hace referencia, contribuyen a que los cinéfilos de la Isla se aficionen a la cinematografía azteca: La Zandunga y No basta ser madre. La primera de estas películas contaba en sus roles protagónicos con Lupe Véliz y Arturo de Córdova, estrellas mexicanas que sobresalen y logran hacer cine en Hollywood. No basta ser madre sirve de catapulta a Sara García para apropiarse del corazón de los cubanos. Esta artista se convierte, sin duda alguna, en la mejor actriz de carácter del cine mexicano.
Acercamiento a las etnias Caribes, de los primeros pobladores de América.
Yo soy un niño caníbal nadie me quiere a mí no me quedan Amiguitos porque ya me los comí Alejandro García (Virulo) ´
Seguimos descubriendo… el agua tibia que nos rodea.
Un día de noviembre de 1492, el domingo 4 para ser precisos, Cristóbal Colón habló por primera vez de nuestros ancestros caribes como «hombres de un ojo, y otros con hocicos de perros, que comían a los hombres». El viernes 23 ya les daba nombre: «se llamaban Canibales». Aquí empieza el enredo. El 11 de diciembre explica que «caniba no es otra cosa sino la gente del gran Can». Como es de notar, el Almirante estaba en Katay, o sea, en China. Dos meses después, el 15 de febrero de 1493, ya anuncia al mundo su «descubrimiento» y sigue despejando incógnitas: «Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla (de Quarives), la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, las cuales comen gente humana»1. Desde entonces y por los siglos de los siglos, el gran descubridor nos colgó el San Benito sembrando la confusión universal y la caníbal difamación que tan bien vino a los verdaderos devoradores.
Preciso es saber de dónde venimos para saber a dónde vamos. Esa es una verdad universal. Pero, ¿qué sabemos realmente? ¿Qué queda de los aborígenes del Caribe? ¿Qué estamos haciendo por ellos?