Cuando el viento o el despertar de la bruja

Acerca de la obra ganadora del “Concurso de proyectos de cortometrajes por una vida libre de violencias hacia las mujeres y las niñas en Cuba”, organizado en 2021 por el ICAIC, y del Fondo Noruego para el Cine Cubano en 2023.

La adolescente Ana (Vida García) aprende a cazar en el entorno rural y patriarcal de Contra el viento.

Foto: Cortesía de GatoRosa Films

Cuando el viento (2024) propone un relato de horror, magia, emancipación y empoderamiento femenino. La película de ficción que escribió y dirigió Lisa María Vázquez Serrano (Tan lejos, 2020), se desarrolla en un espacio rural sin tiempo preciso, tampoco sin libertad, donde el monte presenta una poderosa dualidad de territorio opresivo y fuerza redentora.

Producida por GatoRosa Films, con la colaboración de Wajiros Films y el ICAIC, tuvo su estreno mundial durante el 16º Festival de Cine independiente de Nueva York (NYC Independent Film Festival) en 2023; y fue proyectada para públicos cubanos en diciembre de 2024, dentro del espacio “Cine bajo las estrellas” de la Real Embajada de Noruega, en La Habana.

Este cortometraje de 20 minutos de duración representa, además, un viaje nada cómodo a estratos de la iniquidad humana, en los que el deseo y poder patriarcales “subliman” las monstruosidades sordas, cotidianas, que se normalizan a través de rutinas, deberes y obligaciones. Trenzadas de una manera tan ceñida a las lógicas del cariño, se tornan imposibles de distinguir, sobre todo para la percepción de los propios perpetradores.

Horror y magia

La relación de Antonio (Luis Alberto García), el abuelo cazador, montaraz y ceñudo, con sus nietas Adela (Jennifer de Armas) y Ana (Vida García), está determinada por un absolutismo patriarcal anclado en los tiempos más remotos de la humanidad.

Contra el viento resultó proyecto ganador en el concurso “Por una vida libre de violencias hacia las mujeres y las niñas en Cuba”.

Asimismo, la relación de la niña más joven (García) con su abuela Amparo (Reyna Perdomo), postrada por la enfermedad en el presente diegético de la obra, se asienta sobre algunos de los roles más atávicos de la mujer tribal: chamán, intérprete de las voces ininteligibles de la naturaleza, depositaria de los secretos de la foresta.

El relato urdido por Velázquez Serrano entreteje esencias humanas tan terribles como protectoras. Quizás más antiguas que las propias nociones de bien y mal, cuando solo prevalecía la voluntad del más fuerte, sin ética, ni ley, ni moral. Sin virtudes ni pecados. Solo apetitos en estado prístino, y diálogos puros con las fuerzas recónditas de la naturaleza.

Antonio es el proveedor absoluto de la breve familia, que parece náufraga en medio de un océano selvático, intransitable e infinito. Aparece revestido de la autoridad más elemental y absoluta de quien puede matarte de hambre con solo negarse a compartir sus presas. Por ende, resulta medida y dueño de la existencia de las niñas, quienes deben satisfacer todos sus deseos sin discusión posible.

La omnipotencia del patriarca

Amor filial y carnal no difieren ante la vista del único hombre de este microcosmos, que ve a sus descendientes como depositarias de su devoción de patriarca, y también como dispositivos erógenos que le “pagarían” de alguna manera sus desvelos.

El cortometraje de Lisa María Vázquez Serrano aborda un universo femenino marcado por la dominación patriarcal. (Foto: Cortesía de GatoRosa Films).

El abuelo alegoriza la noción más reaccionaria del padre, sobre la que se ha erigido el poder a lo largo de la historia humana conocida. Ese poder anti-dialéctico, que demanda obediencia y mutila la voluntad. Que borra el pasado, cancela el futuro y eterniza el presente. Y se proclama esencia de este presente.

Ante esa omnipotencia del patriarca rural, las nietas parecen no tener opciones. Adela ya funge como recipiente de sus deseos; y a la menor, Ana, se le acerca el tiempo de iniciación, que pasa por aprender a cazar, a matar al prójimo animal, a insensibilizarse ante el dolor y la muerte. Esta ceremonia, en vez de implicar un segundo nacimiento, implica una muerte en vida. La mutilación simbólica de su voluntad. El ingreso al harén incestuoso.

Entre los hombres cis heterosexuales, la caza es una práctica viril, en la que el fusil resulta suerte de extensión fálica. El acto de apuntar y disparar, con toda la concentración, el flujo de adrenalina, y el agarre del arma, puede considerarse una especie de gesto onanista, que se sublimará con la explosiva salida de la bala hacia la víctima. El cazador experimentado instruye al neófito en el arte masturbatorio.

Poderes ancestrales femeninos

Entre un hombre y una mujer, específicamente en la película de marras, este ritual se ve ligeramente reconnotado, pues implicaría una “ceremonia” de flirteo, un juego previo al acto sexual. El fusil continúa siendo un dispositivo fálico que será acariciado por la aprendiz, hasta provocarle el placer del disparo.

El abuelo no busca enseñar a la adolescente a buscarse el sustento, lo que implicaría una peligrosa autonomía, sino que la prepara para el concubinato perpetuo a través del gesto sensual de la matanza.

Ante esta omnipotencia atávica, la nieta solo cuenta con los poderes ancestrales que heredados de miles de generaciones de mujeres mágicas, estigmatizadas y caricaturizadas por el poder patriarcal como brujas y satanistas.

Ana no es el Anteo patriótico que depende de la tierra natal para fortalecerse, sino la sacerdotisa que halla su poder donde sea que la naturaleza predomine feraz, en estado de puridad, esencial e inmaculada. Como era antes del ser humano.

El viento y el monte

Cuando el viento es también una historia de crecimiento trascendente, protagonizada por una niña que decide cómo será su iniciación para acceder hacia el resto de su existencia. El ritual pasa por entenderse como ser dialogante con un cosmos natural y añoso, como legataria de un linaje de mujeres poderosas, que han entendido el mundo como una madeja compleja, rizomática, expandida.

No como el linaje de esos otros hombres, como el abuelo cazador de inocencias, que han interpretado el mundo como plataforma e instrumento para alzarse por sobre la existencia. Adolecen de una perspectiva unidimensional de su entorno.

El viento ancestral vate y cataliza la autopercepción de Ana como dueña de sí y sus destinos. Redescubre la foresta como aliada que deja ipso facto de ser la prisión que la oprimía a favor de su abuelo. El monte y sus fuerzas secretas le hablan a su corazón de bruja, lo fortalecen, despiertan las memorias de quienes la precedieron, y todas estas fuerzas armonizan en un poder indoblegable (2025).

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