Visiones de la pandemia en suelo cubano (7)
El difícil reto de una artista visual por asumir intensas labores de cuidado, familiares y domésticas, sin interrumpir el trabajo profesional y la creación.
La artista visual, curadora y arquitecta Mabel Martín.
Casi año y medio después de registrarse los primeros contagios de SARS-Cov2 en el archipiélago, los cubanos enfrentan un sostenido rebrote de casos propiciado por las diversas cepas del virus que recorre el mundo desde fines de 2019. Con muy pocas opciones de aislamiento total, la gran mayoría debe seguir saliendo a la calle a diario para resolver sus necesidades más elementales con el consiguiente peligro de infección ante el más mínimo descuido en una cola, en un transporte, en un mercado, o en cualquier otro sitio.
Pero el prolongado encierro entraña también otros peligros para la salud. Vivir en un permanente estado de sitio es en extremo asfixiante, dañino, perturbador. Para saber su parecer al respecto, nos acercamos a un grupo de profesionales de la literatura, las artes, el periodismo, la comunicación, las ciencias, y les preguntamos cómo han lidiado con el tiempo, cómo han transcurrido sus días, qué reflexión quieren compartir sobre esta realidad y cómo imaginan el futuro post pandemia.
MABEL MARTÍN: QUIERO DECIR Y REPETIR, SIN SUJETO OMITIDO: YO EXISTO, YO CUENTO, YO SUEÑO, YO QUIERO RESPIRAR
La artista visual, curadora y arquitecta Mabel Martín Zuaznábar (La Habana, 1969) ´trabaja como especialista en el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño de La Habana e imparte artes visuales en un proyecto comunitario que ayuda a estudiantes con necesidades educativas especiales. Dado el mínimo tiempo de que dispone, solo le formulamos una pregunta.

José Antonio Michelena: Mabel, ¿cómo has lidiado con el encierro y las ocupaciones en esta época de pandemia?
Mabel Martín: Si algo bueno tiene esta situación de contingencia mundial es que todos percibimos hoy, con mucha más claridad, lo que verdaderamente importa. Es paradójico el hecho de que, lo estratificado por el desarrollo de la humanidad, la epidemia se ha encargado de situarlo a una equidistancia que nos sobrecoge. Para este virus no existen fronteras, poder económico, estratos sociales, profesiones, razas, religiones…, aunque innegablemente la peor parte la han llevado los más desfavorecidos, los pobres y los migrantes.
La covid-19 parece sintonizarnos a todos para escuchar una música que quizás sea la más genuina: una conversación familiar sin prisa, la voz de un amigo o un ser querido, el murmullo del mar y sus olas, o la caricia del viento en nuestro rostro.
Expuestos al mundo de hoy en la famosa cultura del envase –como nos recordara Eduardo Galeano– esta pandemia mundial, pese a la dolorosa lección que nos deja, revela la imperiosa necesidad de la búsqueda hacia el interior del recipiente: nosotros mismos.
Vivimos y sufrimos una realidad que nos demanda responsabilidad personal, sensatez, tolerancia, disciplina, solidaridad, sacrificio, y algo que quizás se ha ido perdiendo en los extensos y duros años de carencias económicas y sociales: la empatía. Tendremos que declarar cada vez más alto y fuerte “ponte en mi lugar”, una frase que implica entender que el peso de nuestras decisiones importa mucho porque favorecen o perjudican al otro.
Año y medio de duro confinamiento, angustiosas colas para obtener lo imprescindible, desesperación, y el temor a enfermar o contagiar a seres queridos, ha sido lo más desesperante de estos tiempos. En un santiamén todo ocurría en un mismo sitio y todos compartíamos los mismos horarios. Mi casa ya no era un refugio, sino el centro de todo: el cuidado, la educación, la socialización, y el trabajo artístico. La carga de trabajo doméstico se había duplicado, y por ende, las relaciones de convivencia demandaban mucha paciencia.
Soy madre de un adolescente de diecisiete años y cuido a mi anciana madre. Ninguna de las dos cosas es fácil, pero he tratado de incorporarle cierto humor a las situaciones que me acontecen; lidiar con una mentalidad adolescente en un país donde lo absurdo se vuelve tan cotidiano como sus cambios de parecer, se volvió una tarea titánica. Decidí que mi lucha no era por mantener el orden en la casa –eso era exigirme demasiado– sino por mantener la calma y la risa.

Aproveché mis días para dedicar tiempo a mi hijo, comenzando con compartir las teleclases de matemáticas que al principio fueron bien acogidas, pero con el tiempo se fueron haciendo indeseadas, por ser obligatorias. Afortunadamente, eso le fue inculcando cierta independencia en el estudio, y para mi asombro, su foco de atención hoy es un libro de Historia de Cuba, del que hace anotaciones diarias para futuros exámenes. Poco a poco también fue descubriendo mi librero y escogiendo libros de su preferencia. Dicho así parece un cuento de hadas, pero nada más irreal: la ofensiva para conservar el cuarto en orden y la música en decibeles cincuentones ha sido campal.
Con mi madre, caminé lentamente explorando ciertos recursos, dediqué las horas que pude y las empleé hablándole de algunos cuentos que me hacía de niña, aunque sabía de antemano que no me entendería del todo, pero que mi voz sí era importante, y alguna que otra vez mi risa se encontraba con la de ella, así como con la mirada de la mujer fuerte que fue y que me enseñó siempre que si algunos podían hacer algo, yo también podría hacerlo.
El doble reto de ser mujer, asumir intensas labores de cuidado, familiares y domésticas, y ser artista visual, me ha obligado a replantearme la creación de arte a espacios y horarios reducidos. Incluso algunos proyectos con otros artistas los he monitoreado desde las redes. Encontrar un espacio de reflexión, intimidad, y trabajo, me ha sido lo más difícil. Esto necesariamente exige pensar e indagar zonas de la creación inexploradas por mí, y reevaluar otras que habían sido relegadas.
Hasta cierto punto he convertido el escenario de la pandemia en una situación provechosa para acometer la creación. Mi tiempo lo pasaba organizando nuevas ideas de proyectos, escribiendo anécdotas, revisando poesías, y realizando bocetos, dibujos y pinturas, algunos incluso para regalar a los amigos y a sus hijos.
Distanciamiento social y no distanciamiento mental me recomendaban los sicólogos; las redes sociales y los chats del Whatsapp permitieron la comunicación con muchas personas y en especial con una buena parte de amigos de la adolescencia.
Reencontrar esos amigos en una situación de crisis, me develó que debía intentar retener este instante en una obra, quizás no tan artística, pero sí provechosa desde ambos lados. Era importante para mí poder escuchar sus voces, sus risas, sus ideas, sus ilusiones, chistes, y sus sacrificios, más allá de compartirlos o no, más allá de las diferencias, más allá de todo lo que existe.
Así concebí el proyecto “A todos los que saben amar”, para realizar un video aglutinador que reúne, por sobre todas las cosas, a queridos amigos. Tomamos como base e hilo conductor el discurso «Con todos y para el bien de todos», de nuestro José Martí, pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, el 26 de noviembre de 1891.
Dicho audiovisual recogerá fragmentos de videos muy cortos, filmados por quienes se sumen al proyecto. Cada cual aportará y enriquecerá el audiovisual con su propia imaginación y libertad de creación. Mi labor fue proponer la idea general para que todos se convirtieran en artífices de su propia obra artística, en la que cada uno se filmaría escribiendo, o en cualquier caso leyendo, fragmentos del discurso mencionado. Todos estos amigos coincidimos durante el período de 1981-1987 en la –primero– llamada Escuela Vocacional V. I. Lenin, y posteriormente Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas de La Habana.
La idea era convocarlos a realizar una obra en común, en aras de rememorar, desde un texto que invita a la unidad –a pesar de la diferencias de cualquier índole– aquellos años donde fundamos esa amistad, y nos formamos con altos valores humanos y con una buena preparación para la vida futura.
Es una obra colectiva donde todos podamos opinar y dar ideas, y donde siempre respetemos las diferencias. Amigos de diversas profesiones, desde diversas geografías, con diferentes posiciones políticas y religiosas, pero juntos bajo la grandiosa idea martiana de la unidad para un bien común: una mejor patria para todos. Un concepto de patria sin límites de espacio geográfico y basado en los afectos de hijos, amigos y familias, hermanados en las tradiciones y costumbres comunes.
Cuba tiene que pensar desde el individuo pleno en su libertad de expresión. Pido licencia a mi amado idioma español para pensar en ese Yo. Quiero decir y repetir sin sujeto omitido: Yo existo, yo cuento, yo sueño, yo quiero respirar. (2021)
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